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miércoles, 25 de enero de 2017

En cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su Nombre

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Los opositores poderosos

Los Gigantes Bíblicos


    I.      Definiendo a los Gigantes en las Escrituras
      A.      Palabras Hebreas para “Gigante”
         1.      Refaim – viene de la palabra raíz rafa – enmendar, curar, sanar, restauración a lo normal. La revelación obvia aquí es que cuando uno lidia con un gigante de cualquier tipo, el resultado final será sanidad, enmienda, o ser restaurados a lo normal. Así que vemos que debemos derrotar a los gigantes en nuestras vidas simplemente para ser normales, hablando espiritualmente. A continuación hay algunos pasajes donde se usa esta palabra:
           a.      Deuteronomio 2:10–11 – Una tierra de gigantes, “10 (Los emitas habitaron en ella antes, pueblo grande y numeroso, y alto como los hijos de Anac. 11 Por gigantes eran ellos tenidos también, como los hijos de Anac; y los moabitas los llaman emitas.”
           b.      Josué 12:4 – “Y el territorio de Og rey de Basán, que había quedado de los Refaitas…”
           c.      1 Crónicas 20:4 – “…y Sibecai husatita mató a Sipai, de los descendientes de los gigantes…”
           d.      Josué 13:12 – “todo el reino de Og en Basán, el cual reinó en Astarot y en Edrei, el cual había quedado del resto de los Refaitas; pues Moisés los derrotó, y los echó.”
         2.      Nefil – un abusivo o tirano, un leñador; viene de la palabra raíz nafal – caer, echar hacia abajo, derribar. La única vez que esta palabra se usa para gigantes es una vez en Génesis 6:4 y dos en Números 13:33. A continuación algunos pasajes donde la palabra raíz nafal se utiliza:
           a.      Génesis 4:6 – “Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?”
           b.      Génesis 15:12 – “Mas a la caída del sol sobrecogió el sueño a Abram, y he aquí que el temor de una grande oscuridad cayó sobre él.”
           c.      Éxodo 19:21 – “Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos.”
           d.      Josué 6:5 – “Y cuando toquen prolongadamente el cuerno de carnero, así que oigáis el sonido de la bocina, todo el pueblo gritará a gran voz, y el muro de la ciudad caerá; entonces subirá el pueblo, cada uno derecho hacia adelante.”
           e.      Salmos 20:8 – “Ellos flaquean y caen, más nosotros nos levantamos, y estamos en pie.”
           f.      Miqueas 7:8 – “Tú, enemiga mía, no te alegres de mí, porque aunque caí, me levantaré; aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz.”
         3.      Gibbor – Fuerte, poderoso, hombres valientes, guerreros (Job 16:14). A continuación otros lugares donde se usa esta palabra:
           a.      Génesis 6:4 – “Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos. Estos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.”
           b.      Génesis 10:8–9 – “8 Y Cus engendró a Nimrod, quien llegó a ser el primer poderoso en la tierra. 9 Este fue vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová”

Debemos entender que Babilonia (Babilonia espiritual – el grande sistema de la ramera) comenzó por un gigante (Nimrod), por tanto, la “otra mujer” de la cual se habla en las Escrituras es un gigante o un poderoso. Esto es lo que estamos enfrentando. Se necesitará de una compañía de vencedores para lidiar con este gigante, Babilonia. Como David, no sólo debemos matarlo, sino también cortarle la cabeza (gobierno) y mirar cómo huyen (1 Samuel 17:50–51).

    II.      Una Mirada a Todos los Gigantes en las Escrituras:
      A.      Lista En La Palabra:
         1.      Génesis 6:4 – Antes del gran diluvio
         2.      Génesis 15:18–20 – Tierra de Refaim
         3.      Números 13:33 – Los hijos de Anac
         4.      Génesis 14:5 – Una raza de gigantes que vivieron en Palestina derrotados por la coalición de reyes del oriente
         5.      Deuteronomio 2:9–11 – Los Emitas habitaron en Ar y eran altos como lo Anaceos
         6.      Deuteronomio 2:19–21 – Los Zomzoneos habitaron con los Amonitas
         7.      Deuteronomio 3:1–11 – Og, rey de Basán
         8.      Josué 14:15 – Arba (Quiriat-Arba)
         9.      Josué 15:13 – Anac el hijo de Arba
         10.      Josué 15:14 – Sesai, Ahimán y Talmai
         11.      1 Samuel 17:4–10, 39–52 – La historia de Goliat
         12.      2 Samuel 21:16–22 – Hermanos de Goliat: Saf, Lahmi, Isbi-benob (1 Crónicas 20:4–5)
         13.      Deuteronomio 9:2 – Anac
         14.      1 Crónicas 20:6–8 – Gigante en Gat a quien Jonatán mató

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martes, 24 de enero de 2017

Oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder, para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




¿Es bueno orar?

Animo a la Oración

           I.      Ánimo a la Oración
             a.      1 Timoteo 2:1–3 – Primero que nada
             Existen seis diferentes tipos de oración en la Palabra
                        i.      Súplicas
                        ii.      Intercesión
                        iii.      Acción de Gracias
                        iv.      Velando
                        v.      Dolores de Parto
                        vi.      Oración General

             Todas estas tienen un significado diferente y conllevan un énfasis completamente distinto. En las siguientes lecciones trataremos cada una de ellas en detalle.

             b.      Exhortaciones Bíblicas para orar
                        i.      Lucas 18:1
                        ii.      Lucas 11:2 (Mateo 6:5)
                        iii.      1 Timoteo 2:8
                        iv.      Filipenses 4:6
                        v.      Juan 16:23–24
                        vi.      Marcos 14:38
                        vii.      1 Crónicas 6:24–42
                        viii.      Judas 20 (1 Corintios 14:15)
                        ix.      1 Crónicas 7:14

             Una cosa es ciertamente evidente en estas escrituras: Dios quiere que oremos siempre, en todo y sobre todo. La mayoría de nosotros puede ver y entender que deberíamos orar y probablemente podemos hablar mucho al respecto, pero la pregunta es ¿ESTAMOS ORANDO?

           II.      Orar Debe Estar En Nuestros Corazones, Sino No Lo Haremos
             a.      La oración debe originarse en nuestro corazón
                        i.      1 Samuel 7:17
                        ii.      Lamentaciones 1:15–17
                        iii.      Lamentaciones 2:17–19
                        iv.      Lamentaciones 3:45–51

             Muchas veces para que seamos motivados, debemos ver algo que nos afecte. Si tan solo fuésemos motivados a orar antes de una crisis, muchas veces podríamos prevenirlas
                        v.      Salmo 126:5–6
                        vi.      1 Samuel 1:9–18

             b.      Ejemplos en las Escrituras de guerreros de oración
                        i.      Lucas 2:37 – Ana
                        ii.      Daniel 6:4–14 – Daniel
                        iii.      Colosenses 1:3 – Pablo
                    1.      Colosenses 1:9
                    2.      2 Tesalonicenses 1:11
                        iv.      Santiago 5:17–18 – Elías
                        v.      Jeremías 3:18–21 – Jeremías
                        vi.      Marcos 1:35 – Jesús
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Oí, y se conmovieron mis entrañas; a la voz temblaron mis labios; pudrición entró en mis huesos ...Yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación...

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




El desánimo nos anula espiritualmente .

Los cristianos no deberían desanimarse, independientemente de su situación

Consideremos  la siguiente doctrina:

Los santos del pueblo de Dios no tienen un verdadero motivo para desanimarse, cualquiera que sea su situación.

David tuvo tantos motivos de desánimo en esta vida como cualquier otro, porque le faltaban los medios de gracia. De hecho, se vio privado de ellos; por eso dijo en los versículos Salmo 42:1-2 :

 “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?”. 

Después de haber conocido la dulzura de aquellas cosas se vio privado de ellas, como leemos en el Salmo 42:4  

“[…] Yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios”. 

Y en este estado tenía muchos enemigos; era perseguido y estaba afligido; sus enemigos le reprochaban diariamente en cuanto a su Dios, como vemos en Salmo 42:3-10:

 “Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? […]. Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?”.

Además, ahora se encontraba abandonado. Aunque sus enemigos le reprochaban en cuanto a su Dios, si la presencia de Dios hubiera estado presente con él, aún se habría encontrado bastante bien; pero ellos le decían: “¿Dónde está tu Dios ahora?”. Su propio corazón le hacía la misma pregunta, diciendo que Dios le había abandonado lo cual era un error que vemos en el versículo 9: “Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?”. A pesar de todo ello, dice: “¿Por qué te abates, oh alma mía? […]”. Parece que se amonesta a sí mismo, diciendo: “No solo tus enemigos te reprochan en cuanto a tu Dios, sino que también te reprocha tu propio corazón. Ahora te ves privado de esos preciosos medios de gracia que antes disfrutabas; ¿pero por qué te turbas y te abates? No hay motivo para eso”. Estas palabras dejan patente una verdad: el creyente piadoso no tiene motivo bíblico alguno para el desánimo, independientemente de su estado.

El profeta Habacuc se nos presenta en un estado lamentable, pero dice en el capítulo 3: “Con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Habacuc 3:18). 

Pero quizá, siervo de Dios, te encuentras bajo una amenaza, en lugar de una promesa, que hace conmoverse tus entrañas; ¿y quieres y puedes gozarte? Habacuc responde que sí en Habacuc 3:16: “Oí, y se conmovieron mis entrañas; a la voz temblaron mis labios; pudrición entró en mis huesos […]. Con todo, yo me alegraré en Jehová”.

Tal vez creas que la amenaza nunca se verá cumplida. Pero Habacuc dice en el versículo 17: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová”. Uno puede alegrarse aunque no tenga vino para beber ni aceitunas para comer, porque estas cosas son simples beneficios físicos que nos sirven de refrigerio. ¿Pero te alegrarás, oh profeta, si te faltan el pan y los bienes terrenales que nos sirven de alimento diario? “Sí —responde Habacuc—, aunque los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales, con todo yo me alegraré en Jehová”. De manera que, cualquiera que sea el estado del creyente, puede gozarse; no hay verdadero motivo para el desánimo.

De hecho no existe pecado tan irracional que el pecador no considere que tiene sus motivos para cometerlo; de igual manera, los santos del pueblo de Dios pueden considerar que tienen motivos para su desánimo. Por eso levantan tanto clamor: “¿Por qué te has olvidado de mí?”. “¿Por qué andaré enlutado?”. Ciertamente, no solo parecen tener razón en parte, sino que, de forma natural, tienen motivos para estar desanimados; por eso David dice: “Viendo la prosperidad de los impíos […] [dije] ‘Verdaderamente en vano he limpiado mis manos’ […] hasta que [entré] en el santuario de Dios […]” (Salmo 73:3, 13 y 17). De manera que, mientras se movía en el mundo natural y empleaba el razonamiento natural, veía los motivos para su desánimo.

No solo eso: Si se examinan las cosas por partes y consideramos todos los elementos y separamos los medios del fin, entonces los santos bien pueden tener motivos verdaderos y reales para el desánimo, ya que toda aflicción es angustiosa. Si el agricultor se concentra únicamente en arar sus tierras, sin considerar la cosecha, bien puede desanimarse; pero si considera las dos cosas a la vez, no se desanima. De igual manera, si los santos consideran sus quebrantos aparte de la cosecha, tal vez vean motivos para desanimarse; pero si consideran juntos el sufrimiento y la cosecha —esto es, los medios y el fin en conjunto— entonces, cualquiera que sea su estado, no tendrán motivos para estar abatidos ni turbados.

¿Qué hay dentro de los santos, o para ellos, que les sirva de protección suficiente contra todo desánimo?

Mi respuesta es esta: El creyente piadoso tiene parte e interés en Dios mismo. Hay algunos hombres y algunas mujeres especiales en el mundo a quienes se entrega el gran Dios del Cielo y de la Tierra; es su Dios y su porción, y no tienen motivos para turbarse, cualquiera que sea su estado. Este es el caso de los santos; por tanto, el Salmista no dice que se goza un poco, sino que Dios es “[su] supremo gozo” (Salmo 43:4 LBLA). 

Satanás puede ensombrecer su luz y su gozo durante un tiempo, pero nunca podrá extinguirlos; todos los santos del pueblo de Dios los poseen. Se dice del emperador romano Antonino —que en los tiempos antiguos perseguía a los cristianos— que, estando rodeado de sus enemigos de manera que tanto él como su ejército estaban a punto de morir por falta de agua, ordenó a los cristianos que formaban parte del ejército que oraran pidiendo lluvia. Vino el alivio de inmediato, su ejercitó se salvó y destruyeron a sus enemigos; entonces escribió una carta al Senado romano a favor de los cristianos, en la cual los elogiaba diciendo “que eran un pueblo Deo contenti (‘que se contentaba en Dios’) quem circunferunt secum in pectore (‘al cual siempre llevaban consigo en el corazón’)”; en esa misma carta decía: “Es muy verosímil que, aunque nosotros los consideremos malos, Deum pro munimento habere in conscientia (‘tengan a Dios en su conciencia como defensa’)”. Esta es la confesión de un pagano, un enemigo que poco antes estaba persiguiendo a los cristianos; ¿no diremos nosotros lo mismo?

Ah —dicen algunos— pero tolle meum et tolle Deum (quita la palabra mi y habrás quitado la palabra Dios); no hay Dios para mí si no es mi Dios. Y hay muchos miembros del pueblo de Dios que no pueden decir que Dios es su Dios, porque carecen de seguridad; por tanto, ¿cómo podrán consolarse en esa situación?

Efectivamente, si apoyarme en Dios lo hace mío, entonces también puedo consolarme en Él. Los santos del pueblo de Dios se apoyan en Él y siempre podrán hacerlo, y aunque Satanás diga para tentarlos que no han creído, ni se has apoyado en Dios, ellos pueden responder: “Ah, pero ahora sí me apoyo en Dios”. De esta manera siempre pueden consolarse en lo que les pertenece y en su interés en Dios.

Dios siempre los conoce y conoce su estado. Cristo dice a la iglesia en Esmirna: “Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza […]” (Apocalipsis 2:9–10). Lo dice como alivio y consuelo para esa iglesia debido a su triste estado; porque, como dice Cristo en el versículo 10: “El diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel por diez días. Pero consuélate, Esmirna, porque te conozco a ti, y tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza; cualquiera que sea tu estado, te conozco en esa situación”. Parece que este es un remedio general, ya que se da a todas las iglesias: “Conozco tus obras, oh Éfeso”; el Señor dice lo mismo a Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis y Filadelfia. De hecho, estas palabras son terribles para Laodicea, ya que lo que más consuela al bueno es lo más terrible para el malvado, como ocurre con la presencia de Dios, la omnisciencia de Dios, etc. Pero para los santos esto es un gran consuelo: cualquiera que sea mi estado, mi Padre Dios lo conoce, y me conoce en esa situación.

Dios no quiere que su pueblo se desanime, y si Dios su Padre y Jesucristo su Salvador no quieren que se desanime, entonces no hay motivo verdadero para que lo haga, independientemente de su estado. Nuestro Salvador dijo a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón […]” (Juan 14:1). Es como decir: Ahora voy a morir, dejándolos a todos para ir con mi Padre; y cuando me haya ido, tendrán muchas dificultades, pero no quiero que se desanimen; “no se turbe vuestro corazón”.

—Pero, Señor —responden—, si te mueres, perderemos tu presencia. ¿Acaso existe una dificultad o aflicción más grande que perder tu presencia?

—Bueno —dice Cristo—, aun así no quiero que se turben vuestros corazones. “No se turbe vuestro corazón”.

—Pero, Señor, si te perdemos a Ti, perderemos todas los medios de gracia, y las muchas y dulces oportunidades de recibir beneficios para nuestras almas que disfrutamos en tu presencia.

—Así es —dice el Señor—, pero no quiero que os angustiéis por eso. “No se turbe vuestro corazón”.

—Pero, Señor, si te perdemos a ti, seremos como ovejas dispersadas; algunos te negarán, todos te abandonarán; y cuando se hiera al Pastor, nosotros seremos como ovejas dispersas y caeremos en penosas tentaciones, aflicciones y abandono.

—Bueno —dice el Señor—, cualquiera que sea la situación, de todas formas no quiero que se turben vuestros corazones. Esta es la mente de Cristo, su voluntad para sus discípulos y lo que le complace.

Pero tal vez digas: “¿Cómo sabemos que Dios el Padre quiere que su pueblo sea de un mismo sentir y disposición y que nunca se desanime? Mi respuesta es que se ve claramente, porque Dios ha provisto promesas de consuelo, socorro y alivio apropiadas para todo estado y situación. Me atrevo a desafiar a todos los hombres a que me muestren un estado para el que Dios no haya proporcionado una promesa de consuelo, misericordia y socorro que sea apropiada para la situación.

Si examinas las promesas y las meditas bien, verás que están escritas, expresadas y moldeadas de manera que toda objeción desalentadora queda plenamente rebatida y borrada en el momento de surgir. Por ejemplo, supongamos que la Iglesia de Dios sufre persecución a manos de sus enemigos. Tenemos la respuesta en Isaías 54:17: “Ninguna arma forjada contra ti prosperará”.

Señor —puede que digas—, nuestros enemigos son muchos; se levantan contra nosotros y forman ejércitos, y se unen contra tus siervos.
Él quita esta objeción en el versículo 15: “Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá”.

—Oh Señor —añades—, tienen instrumentos de muerte, y todo el poder del ejército y armas en sus manos.

Así es —te responde Dios—; y leemos en el versículo 16: “He aquí yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir. Ninguna arma forjada contra ti prosperará […]”.

—Pero, Señor, las autoridades están de su parte, y levantan pleitos contra nosotros.
Fíjate bien en el resto del versículo 17: “Y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio […]”.

—Pero esta promesa —sigues objetando— fue hecha solamente a la Iglesia judía, y no a nosotros.

No es así: “Esta es la herencia de los siervos de Jehová […]” (versículo 17). De manera que, si eres uno de los siervos del Señor, te dice que esta promesa es para ti.
Puede que presentes otra objeción: Pero nos encontramos en un estado de incredulidad y no podemos aferrarnos a esta promesa.

Bien; pero esta promesa dice: “Esta es la herencia de los siervos de Jehová”. Los niños reciben su herencia, aunque por el momento no puedan reclamarla; les llega a su debido momento.

—Ah, pero tal vez pequemos contra el Señor y nos veamos privados de esta promesa y esta herencia” —puede que insistas.

Entonces, fíjate bien en el final del versículo 17: “Y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová”. El Señor dice: “No solamente esta promesa procede de mí, sino que la justicia por la cual la creerán, se aferrarán a ella y andarán en ella, viene de mí”. ¡Esta promesa se expresó con una gracia divina que quita toda objeción! Y así es con todas las promesas; si las observas detenidamente, se han expresado, ordenado y escrito de manera que cada palabra de la promesa presenta una respuesta clara a tus objeciones. Si Dios ha expresado sus promesas de manera que suprimen toda objeción incrédula en cuanto surge, ¿qué nos demuestra sino que Dios nuestro Padre no quiere que su pueblo se desanime, independientemente de su estado? Por tanto, no tiene motivos para ello.

No existe desánimo alguno con el cual se puedan encontrar los santos que no vaya acompañado de un ánimo más grande aún. Dios muestra más misericordia a su pueblo precisamente cuando tiene más motivos para estar desanimado. Juan estuvo varios años estrechamente unido a Jesucristo durante su vida, pero no recibió la revelación del Apocalipsis entonces. Cristo murió y Juan se vio afligido, perseguido y exiliado en la isla de Patmos; allí Cristo se le apareció y le dio aquel bendito libro de consuelo que es el Apocalipsis. Leemos en cuanto a Jacob que, en un momento determinado, vio al Señor de tal manera que llamó aquel lugar Peniel: “[…] Porque […] vi a Dios cara a cara […]” (Génesis 32:30). ¿Y cuándo fue eso? Cuando por un lado tenía al nada amistoso Labán tras él y por otro a su tosco hermano Esaú que iba a enfrentarse a él de manera hostil. Una vez Jacob tuvo una visión de “una escalera que estaba apoyada en la tierra, y cuyo extremo tocaba en el cielo, y […] ángeles de Dios que subían y bajaban por ella” (Génesis 28:12). En Juan 1:51, Cristo interpreta esta escalera como un símbolo de sí mismo: “[…] Veréis […] a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre”. ¿Pero cuándo tuvo Jacob esta visión? No la tuvo en todo el tiempo que vivió en casa de su padre, sino cuando se vio obligado a huir de la ira de su hermano y a dormir en pleno campo toda la noche sin más almohada que una dura piedra; entonces Cristo se le apareció y se le manifestó como nunca. ¿Y cuándo fue el Sr. Robert Glover tan lleno de gozo celestial que clamó: “¡Él ha llegado! ¡Ha llegado!”? Podemos leer el relato de su vida en el Libro de los mártires de Fox. Durante cinco años estuvo agotado, consumido por dudas y dificultades. No podía dormir ni comer por los escrúpulos que afligían su alma. Creía que, cuando muriera, sería inevitablemente arrojado al Infierno. La historia nos cuenta que pensaba que no podría desesperarse más aunque estuviera en el Infierno; pero después de esta larga lucha contra la tentación, Dios se complació en enviarle consuelo. ¿Pero cuándo? Especialmente cuando llegó a ver la hoguera; entonces Glover clamó batiendo palmas: “¡Él ha llegado! ¡Ha llegado!”. Así es como Dios —en quien hay gran misericordia— reserva sus consuelos más dulces para el momento de las peores aflicciones, y atempera las unas en las otras en la justa proporción.

El Señor no solamente nos consuela en los momentos de desánimo, proporcionando aliento frente a nuestro desánimo, sino que también transforma el desánimo en aliento y consuelo. El Señor “hizo caer sueño profundo sobre Adán” y luego tomó una de las costillas de su costado para proporcionarle ayuda idónea (cf. Génesis 2:21). De igual manera, Dios hace que caiga sueño profundo sobre ti en medio del desánimo, del cual saca una costilla para proporcionarte ayuda, de forma que las propias dificultades de los santos contribuyan a alentarlos. “Pero he aquí [dice el Señor] que yo la atraeré [esto es, a la Iglesia, su pueblo] y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza […]” (Oseas 2:14).
—Pero aquel que está en el desierto está perdido; ¿y cómo puede consolarse aquel que está perdido?

—Es verdad —dice Dios— que ella por sí misma no puede hacerlo, pero aquí le hablaré palabras de consuelo; entre todos los momentos para predicar el Evangelio a una pobre alma, prefiero hacerlo cuando está perdida en el desierto.
Pero quizá digas: Aunque el Señor nos hable palabras de consuelo, si estamos en un desierto árido sin comida ni comodidad, ¿cómo podemos evitar el desánimo?
—No —responde el Señor—, “le daré sus viñas desde allí”.
—Pero si pecamos y murmuramos en el desierto como hicieron los israelitas, el Señor nos cortará como hizo con ellos; y el desierto es un lugar de dificultades, donde es probable que murmuremos y nos desanimemos.
—No —responde el Señor—, “le daré sus viñas desde allí, y el valle de Acor por puerta de esperanza”.
El valle de Acor fue valle de turbación, dificultades y gran desánimo cuando huyeron los israelitas y cayeron delante de los hombres de Ai por el pecado de Acán (cf. Josué 7:26); pero por esa puerta llegaron los israelitas a la tierra de reposo.
—Ya ves lo que les pasó a ellos —dice el Señor—. Aunque el valle de Acor fue de turbación y dificultad, aun así fue la entrada al reposo para los israelitas. Así será contigo: haré de tus dificultades y desánimos la puerta misma de tu esperanza. El valle de tus desánimos será la entrada a todo tu consuelo y reposo.
Dios hace con los miembros lo mismo que hizo con la Cabeza: la Cruz de Cristo fue la entrada a la gloria. Su sufrimiento fue el valle de Acor para sus discípulos; ¿y no fue una puerta de esperanza para ellos y para todos los santos? Así actúa Dios: el desánimo conlleva el aliento, y cuanto más desánimo sufren los santos, más aliento recibirán. Aun sus desánimos contribuirán a este aliento, abriéndoles la puerta de la esperanza. Entonces, si por la promesa el valle de Acor es la puerta de la esperanza, ¿por qué vamos a desanimarnos, independientemente de cuál sea nuestro valle de Acor o nuestro estado?
Un cristiano que ora nunca podrá estar abatido, cualquiera que sea su estado, porque tiene a Dios que le escucha, al Espíritu que mora en él dirigiendo sus deseos, un Amigo en el Cielo que los presenta y a Dios mismo que recibe sus deseos como un Padre. Es una gran virtud orar aun cuando no reciba lo que pido; por medio de la oración, Dios baja hasta nosotros y nosotros subimos hasta Dios. Es la comunión del alma con Dios aquí en la Tierra y un gran alivio para el espíritu atribulado y cargado; por medio de la oración puede derramar todo su corazón en el corazón de su mejor Amigo. Todo creyente piadoso es una persona de oración. En mayor o menor medida, “ora”. Es lo que se nos dice en Hechos 9:11 en cuanto a la conversión de Saulo: “He aquí, él ora”. De la misma manera que todos los seres humanos hablan, todos los cristianos oran. Dios no tiene ningún hijo mudo. En cuanto nace un niño, llora, mama y duerme. Así es toda persona que nace de Dios. En cuanto nace, clama a Dios en oración, toma la leche de la promesa y duerme en el regazo de Dios por el contentamiento divino, muerto a todo lo que hay en el mundo. Tal vez no pueda orar como quisiera, pero aunque no pueda orar como desea ni oír ni cumplir con sus disciplinas espirituales como quisiera, aun así se puede decir de él: “He aquí, él ora”. A dondequiera que se vuelva: “he aquí, él ora”. Si está enfermo, “he aquí, él ora”; si se ve tentado, “he aquí, él ora”; en casa o en la calle, “he aquí, él ora”. ¿Puede estar angustiado mientras ora? ¡Claro que no! ¿Entonces cómo va a desanimarse, cualquiera que sea su estado?
Si los desánimos de los santos son unas meras nubes que se van con el viento y se desvanecen, entonces no hay motivos para el desánimo, independientemente de su estado. Este es el caso del pueblo de Dios. Aunque se encuentre rodeado de tinieblas muy densas, estas solamente son nubes; y como se dice: Nubecula est, cito transibit (“es una nube, pronto pasará”). Se puede decir lo mismo en cuanto a todas las causas de su desánimo: “Ciertamente hay tinieblas, pero pronto pasarán; nos ha sobrevenido una tempestad, pero pronto volveremos a ver tierra y llegaremos a la orilla; ¡solo es una nube, una nube!”. Por eso David confortó su propio corazón en el Salmo 42 y frenó la aflicción desmesurada de su alma: “¿Por qué te abates, oh alma mía […]?”. “Espera en Dios; porque aún he de alabarle”. Seré liberado; esta nube pasará, no durará; estas tinieblas son solo una nube.
Pero tú dirás: ¿Cómo pueden ser estas tinieblas solo una nube? Yo creo que es de noche, profunda noche dentro de mi alma, una noche que nunca verá el amanecer. Si supiera que el motivo de mi desánimo es solo una nube, entonces bien diría: “No hay motivo para este desánimo”; ¿pero cómo puedo saber si estas tinieblas provienen de una nube o de la noche?
Si las tinieblas son de las que vienen inmediatamente después del amanecer de la promesa brillante, entonces provienen de una nube, y no de la noche. El Sol no amanece para volver a ponerse enseguida; por tanto, si hay oscuridad inmediatamente después del amanecer, probablemente sea por un eclipse o por una nube, y no porque es de noche. Para José amaneció y brilló una hermosa promesa cuando el Señor le dijo que su manojo estaría puesto más alto que todos los de sus hermanos (cf. Génesis 37:7). Inmediatamente después, le sobrevinieron las tinieblas; pero eran tinieblas de una nube, y no de la noche. ¿Y por qué? Porque primero recibió la promesa que brilló sobre él. De igual manera, David recibió la hermosa promesa del reino cuando lo ungió Samuel; pronto le sobrevinieron las tinieblas, pero eran tinieblas de una nube y no de la noche. ¿Y por qué? Porque eran la clase de tinieblas que surge inmediatamente después de brillar la promesa. Y te ruego que me enseñes cualquier pasaje de la Escritura donde diga que surgieron algunas tinieblas poco después de brillar una promesa y que fueron más que una nube que pronto se desvaneció. ¿O dónde se ve en toda la Escritura que alguna pobre alma entrara en tinieblas inmediatamente después de recibir una promesa y nunca volviera a salir a la luz? En cuanto a las tinieblas que cubren a los santos, suelen ser las que surgen inmediatamente después de recibir la brillante promesa; por tanto, esas tinieblas son de nube y podrán decir: Es solo una nube, una nube, y pasará.
Si uno anda un poco a oscuras pero aún ve lo suficiente para trabajar y cavar, esto prueba que su oscuridad viene de una nube. De noche no se puede ver lo suficiente como para trabajar; pero, aunque haya mucha oscuridad a causa de las nubes, podrá ver para trabajar y cavar, porque es de día. En el Salmo 84:5–7, el Salmista dice: “Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos. Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; verán a Dios en Sion”. Esta es una alusión a una costumbre de los judíos. Cuando subían a Jerusalén, el camino pasaba por el valle de Baca, un valle muy seco y sin casas ni agua para refrescarse y encontrar alivio; entonces cavaban pozos, y al caer la lluvia se refrescaban, cobraban fuerzas y seguían camino a Jerusalén, donde veían al Señor en sus medios de gracia. Por eso dice el Salmista: “Bienaventurado el hombre […] en cuyo corazón están tus caminos”. Hay una generación en el mundo que tiene la Ley de Dios en el corazón, aunque no pueda actuar y trabajar para Dios como quisiera. A veces se encuentra en un estado árido, sin agua ni consuelo; pero si en este estado cava pozos, ora y espera en Dios cumpliendo con sus deberes espirituales —aunque no surja consuelo alguno de ello por el momento—, a su debido tiempo la lluvia de la bendición divina llenará los pozos secos y las disciplinas espirituales vacías y su vida será como un estanque lleno de agua; irán de poder de gracia en poder de gracia hasta ver al Señor. Si conoces a alguien que está ahora en este valle de Baca, “donde no hay aguas” (Salmo 63:1), pero que se esfuerza en cavar pozos, orar, leer, oír, meditar, conversar y cumplir con sus disciplinas espirituales, aunque estas no conlleven consuelo alguno por el momento, la lluvia de gracia y de misericordia caerá sobre esos pozos e irá de poder en poder hasta presentarse ante el Señor en gloria. Este es el caso de los santos. Aunque les sobrevengan tinieblas muy espesas, aún en este estado siguen cavando pozos; por tanto, no es oscuridad de la noche, sino de una nube, y podrán decir: Es oscuridad de nubes, que pronto pasará.
Si la oscuridad que envuelve al hombre deja entrever algo de luz, entonces será oscuridad de nubes, y no de la noche. Aunque las nubes puedan producir mucha oscuridad, de vez en cuando se abren y dejan pasar algún rayo de luz; pero la noche no se abre ni deja ver luz alguna. Estos momentos de luz son promesas seguras de una luz más plena que vendrá. Como ya sabemos, cuando David huyó de Absalón, su estado era muy penoso, porque como dice 2 Samuel 15:30: “Y David subió […] llorando […] [con] los pies descalzos”. Su propio hijo lo perseguía y lo echaba de su trono; se había levantado una gran conspiración de los malvados contra David, encabezada por su hijo. Estas son tinieblas sobre tinieblas y gran motivo de desánimo, pero era solamente una nube, nada más.
Quizá te preguntes: ¿Cómo pudo David saber que era oscuridad de nubes y nada más?
Oró pidiendo que el Señor entorpeciera el consejo de Ahitofel; y antes de que venciera a Absalón y recuperara su reino, Ahitofel se ahorcó (cf. 2 Samuel 15:31 y 23). David oró particularmente en contra de Ahitofel, y el Señor escuchó su oración. El juicio contra Ahitofel fue la respuesta a su oración. Aquí se abrieron las nubes, y la respuesta a la oración en este momento fue una señal para David de la plena liberación que vendría después, porque Dios sella varios asuntos con el mismo sello. Por tanto, si se está rodeado de tinieblas a causa de una tentación, aflicción o por el abandono de alguien y no se puede ver el fin del asunto, si en el período anterior a la llegada de la plena liberación le llega alguna liberación menor, esta es señal de la liberación venidera y podrá decir: “Esta es la promesa de la plena liberación, porque se han entreabierto las nubes”. Siempre es así para el pueblo de Dios. Cuando cae en alguna tentación o aflicción, o cuando es abandonado, antes de llegar la gran liberación recibe alguna provisión especial que la aviva en medio de su tribulación; se entreabren las nubes y penetra algún rayo de luz. Por tanto, en medio de todo podrá decir: “Sin duda estas tinieblas que me rodean no son de noche cerrada, sino de una nube”. Todo desánimo que sobreviene a los santos es una nube, y podrán decirlo así: “Es una nube, pronto pasará; por tanto, ¿por qué desanimarnos?”. Ciertamente no tienen motivo para desanimarse, cualquiera que sea su estado.
Siendo esto así, ¡esta doctrina reprende grandemente a algunos siervos y miembros del pueblo de Dios, aunque me pese decirlo! El cristiano no tiene verdaderos motivos para desanimarse, por muy penoso que sea su estado; pero algunos siempre están desanimados, por muy bueno que sea el suyo. Pase lo que pase, los santos nunca deben desanimarse por cosa alguna; sin embargo, muchos se desaniman por cualquier cosa. ¡Qué forma de andar más indigna! ¡Así te opones a Dios! ¿Y sabes a lo que lleva oponerse a Dios? ¿No ha dicho: “Si te opones a mí, me opondré a ti”? (cf. Levítico 26:21).
Uno podría decir: Tengo motivos para desanimarme, porque no siento el amor de Dios.
No vivimos por los sentimientos, sino por la fe. Es el deber de todo cristiano empezar por la fe para luego subir hasta los sentimientos. Tú quieres empezar por los sentimientos para luego descender hasta la fe; pero hay que hacerlo a la inversa. Te ruego que me respondas: ¿No te basta con parecerte al Maestro? Cristo no sintió el amor de Dios al clamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:28). Cristo sintió caer toda la ira de Dios sobre Él al llevar a cabo el acto de obediencia más grande que el mundo ha visto; ¿pero acaso dijo entonces que no era hijo de Dios porque no sentía el amor de Dios, y porque estaba bajo el peso de la ira de Dios? ¡De ninguna manera! En el mismo momento de decir que se sentía abandonado, exclamó: “Dios mío, Dios mío”; y a la vez llamó a Dios Padre suyo: “Padre, perdónalos […]” (Lucas 23:24). Tú puedes hacer lo mismo; aunque creas que Dios te ha abandonado, aunque no sientas su amor, sino la ira de Dios, aun así podrás decir: “el Señor es mi Padre”, y podrás acudir a Él como tu Padre. Y si puedes decir: “Dios es mi Padre”, ¿acaso tienes motivos para el desánimo? ¡Sin embargo, cuántas veces se desanima y se abate el pueblo de Dios! Los que somos discípulos de Cristo debemos esforzarnos cada vez más por seguir los pasos del Maestro; igual que David en el Salmo 42:11, debemos repetir a menudo: “¿Por qué te abates, oh alma mía?”.
A este respecto existe una enorme diferencia entre el cristiano y el inicuo. El cristiano no tiene motivos para el desánimo, cualquiera que sea su estado; el inicuo no tiene motivos para el ánimo, cualquiera que sea el suyo. El cristiano puede desanimarse mucho, aún sin motivos; el inicuo puede animarse mucho sin motivos verdaderos. El Salmo 7:11 nos dice en cuanto al inicuo: “[…] Dios está airado contra el [inicuo] todos los días”. Cualquiera que sea el día, Dios está airado contra el inicuo. Aunque sea un día de oración y ayuno, Dios sigue airado contra él; aunque sea un día de acción de gracias y alabanzas, Dios sigue airado contra él. Peque más, peque menos el inicuo, Dios está airado contra él. No pasa ni un solo día en el que Dios no esté airado contra él, y la ira divina le dirige algún que otro golpe cada día. No siempre siente los golpes, pero Dios le golpea, y está airado contra él todos los días; por tanto, cualquiera que sea su estado, no tiene motivos para animarse. Imaginemos a un hombre en la cárcel, condenado a muerte bajo la ira del príncipe o del gobierno por una grave ofensa. Digamos que llega su criado y le dice: “Señor, consuélese, su esposa está bien allá en su casa, tiene unos hijos preciosos y una gran cosecha de trigo, sus vecinos le estiman mucho, su ganado prospera y sus propiedades van bien y están en buen estado”. Es probable que respondiera así a su siervo: “¿Qué más me da todo eso, si yo estoy condenado a muerte?”. Esta es la situación en el caso de todo inicuo: está condenado bajo la ira del gran Dios, que está airado con él todos los días. Si fuera consciente de esto, diría: “Me hablas de mis amigos, mis bienes, mi reputación y mis negocios; ¿pero qué más da, si estoy condenado y Dios está airado contra mí todos los días?”. Por el momento no es consciente de la ira divina, no la siente. Pero hay que hacerle saber que vienen días en que descubrirá la verdad. Saúl exclamó en 1 Samuel 28:15: “[…] Los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí […]”. De igual manera, el inicuo exclamará: “Dios se ha apartado de mi alma; me sobrevienen tentaciones y llevo toda la carga de mis pecados y mi culpa. Dios me ha abandonado, y ahora los demonios me atacan”. Pero repito que el cristiano, por muy triste que sea su estado presente y por muy abatida que esté su alma, no tiene motivos para el desánimo. ¡El estado de los santos es muy glorioso! ¿Quién no estaría encantado de compartirlo? ¿Quién no quisiera estar en Cristo y abandonar los caminos de los malvados? ¿Quién no quiere volverse a Dios? Oh impío, esfuérzate por volverte a Dios.
Sin embargo, esta exhortación se dirige especialmente a los santos, y dejo con vosotros esta palabra de exhortación: Cuidado con el desánimo y el abatimiento; no hay motivo para ellos, sino muchos motivos en contra.

Al desanimarte, deleitas a Satanás. Bate palmas y se ríe al verte abatido. “Ahora —dice— este cristiano se parece a mí; yo soy un espíritu desesperado, y él también; yo estoy abatido y desalentado, y él también”. Satanás triunfa sobre ti al verte desanimado. Cuando tú estás triste, él se regocija.

Y, al deleitar a Satanás, entristeces el corazón de Dios. Un amigo se entristece por la pena, el dolor y el desánimo de su amigo. Cuanto más real sea la amistad, más profunda es la aflicción y el dolor de uno si el otro está angustiado. Dios fue el amigo del fiel Abraham, el “amigo de Dios” (Santiago 2:23) de forma activa y pasiva —pues Dios fue su amigo y Abraham fue amigo de Dios—, y así es con todos los cristianos. Cristo es nuestro amigo, pues dijo: “Ya no os llamaré siervos […] pero os he llamado amigos […]” (Juan 15:15). El Espíritu Santo es nuestro amigo, porque el Espíritu viene para morar en nosotros y manifestarse a nosotros; y Efesios 4:30 dice que podemos contristar al Espíritu Santo. Dios es el peor enemigo que se puede tener; pero, de igual manera, es el mejor amigo, el más sincero y leal que existe. Por tanto, cuando estás abatido y desanimado, le contristas; ¿y sabes lo que haces al contristar al Señor? ¿Crees que carece de importancia apenar a un amigo así?

Al hacerlo, en gran medida haces vano y frustras el propósito de la Venida de Cristo, quien vino para librarnos no solamente del Infierno, sino de nuestros temores actuales: “Que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos […]” (Lucas 1:74). ¿Y andarás cabizbajo, desanimado, cargado de temores toda tu vida?

Al hacerlo, te incapacitas para servir a Cristo. En la Antigüedad, la Pascua no se podía comer con levadura vieja; la levadura se eliminaba y ninguno que estuviera triste ni apenado podía comer de las cosas sagradas (cf. por ejemplo, Deuteronomio 16:1–15). Ahora bien, el apóstol Pablo dice: “[…] Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta [esto es, la fiesta del Evangelio] no con la vieja levadura”. ¿No sirve otro pan que no sea el pan leudado, el pan agrio, el pan de luto? ¿Así celebras tu pascua, tu fiesta cristiana? Algunos llevan años dudando, temiendo, temblando, abatidos y desanimados; ya es hora de llorar por la incredulidad y honrar la libre gracia. ¿Siempre vas a estar contristando al Espíritu, al Padre y a Cristo? ¿Siempre vas a estorbar la obra de Cristo? ¿Vas a comer siempre la levadura vieja? Ya es hora de decir: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío”.

Quizá alguien diga: De verdad sé que no tengo motivos justificados ni bíblicos para mi desánimo. Veo que hay muchos motivos en contra de ello, pero mi espíritu está turbado. De buena gana lo cambiaría para por fin glorificar la libre gracia. ¿Qué tengo que hacer para soportar todos los desánimos y para no turbarme, cualquiera que sea mi estado?
La única manera de hacerlo según nos enseña el Salmista en el Salmo 42 es esperar, confiar y creer en Dios. Más adelante veremos la manera de ejercer la fe en Cristo para evitar el desánimo. 

Por ahora, sigamos estas instrucciones:

1. Si quieres evitar el desánimo cualquiera que sea tu estado, entonces no hagas que tu consuelo dependa de tu estado ni te dejes seducir por tu estado en sí; no dejes que este sea la causa o la razón de tu ánimo. Si cuelgas una capa de un gancho podrido, el gancho se rompe y la capa cae al suelo. Todo estado en esta vida es un gancho podrido. Es variable; no hay estado tan permanente que no esté expuesto a muchos cambios. Es un ancla oxidada. Dios es un pilar, o mejor dicho, muchos. Su nombre es Adonai, que significa “pilar”; y en Isaías 26:4 se nos manda: “Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”. El Salmista dice en el Salmo 73:26: “Mi carne y mi corazón desfallecen, mas la roca de mi corazón […] es Dios para siempre”. Si el fundamento de tu consuelo es tu propio estado, edificas sobre arena que arrastra cualquier viento, tormenta y tempestad; pero si edificas sobre Cristo mismo, esto es, sobre Dios mismo, edificas sobre la Roca; y aunque venga diluvio, tormenta o tempestad, y aunque el viento te golpee, no perderás tu consuelo, porque su fundamento es la roca (cf. Mateo 7:24–27).

2. Asegúrate de tener un concepto correcto de Cristo como respuesta a tu estado tal y como se refleja en el Evangelio. Es una tendencia humana tener conceptos falsos de Cristo. Satanás, igual que a veces se transforma en un ángel de luz, intenta transformar a Cristo para que lo veas como un ángel de tinieblas; pero la Escritura nos muestra a Cristo de tal manera que resulta muy agradable a los pobres pecadores. ¿Te acusa Satanás, el mundo o tu propia conciencia? Cristo es tu Abogado. ¿Eres ignorante? Cristo es el Profeta. ¿Eres culpable de pecado? Cristo es el Sumo Sacerdote. ¿Te afligen muchos enemigos interiores y exteriores? Él es el Rey de reyes. ¿Estás en una situación apurada? Cristo es tu Camino. ¿Tienes hambre o sed? Él es el Pan y el Agua de la Vida. ¿Temes alejarte de Dios y terminar condenado? Cristo es nuestro segundo Adán, un personaje público en cuya muerte morimos todos y por cuya expiación satisfacemos toda justicia. Para cada tentación o aflicción hay una promesa; de igual manera, para todo estado en esta vida hay un nombre, título o atributo de Cristo que sirve de consuelo. Puesto que contemplas a Cristo con referencia a tu estado, no debes contemplar tu estado solo, sino con el atributo apropiado de Cristo. Si contemplas el atributo del amor de Cristo sin referencia a tu estado, puedes llegar a presumir; si contemplas tu estado sin el atributo del amor de Cristo, puedes caer en el desaliento. Contempla ambos juntos y no te desanimarás.

3. Si surgen desánimos que te oprimen, párate y di: “¿Por qué voy a multiplicar mis pensamientos sin conocimiento? ¿Por qué agotar mi alma con estos pensamientos? ¿Acaso puedo añadir un codo a mi estatura espiritual (cf. Mateo 6:27)? ¿Acaso puedo alterar mi estado por medio de mi ansiedad? No; mi ansiedad me aleja aún más de la misericordia que tanto deseo”. La verdad es que la única manera de perder el consuelo deseado es afanarte por tenerlo. La única manera de disfrutar de una bendición exterior es contentarte sin ella; de igual manera, la única manera de quitar una aflicción, ya sea espiritual o exterior, es aceptar que siga si es la voluntad de Dios y de Cristo. Pero tú dices que necesitas que la aflicción sea quitada de inmediato para saber inmediatamente que estás en estado de gracia como hijo de Dios, y que si no, caerás en el desánimo. Cuanto más lucha por liberarse un pájaro atrapado en una red, más se enmaraña en ella; este es tu caso. Por tanto, si te sobrevienen tentaciones y aflicciones o te quedas solo, y si Satanás se une a estas cosas y le dice a tu alma que siempre será así, tú respóndele: “Bueno, eso lo dices tú, Satanás, que eres un mentiroso, pero yo creo lo contrario; y si Dios así lo quiere, yo lo acepto y lo dejo en sus manos. No es asunto mío el que yo siga en este estado o no; pero ahora, oh Señor, déjame servirte. Ese es mi único deseo; que yo te vea como y cuando tú quieras. Lo dejo, Señor, lo dejo. He estado cuestionando mi estado durante años y ya veo que no hay fin de esto. Cuanto más cuestiono, más cuestionaré, y no saco provecho alguno de ello; entonces, ¿por qué voy a agotar mi alma con esta clase de ansiedad?”. Es la mejor manera de frenar este proceso.

4. Cuando pienses en algo que es terrible en sí o en un asunto que te desanima, asegúrate de mezclar la consideración de este asunto con aquellas cosas dulces que Dios te ha dado y que ha prescrito para ti. A cada cosa terrible, Dios ha unido algún consuelo. El nombre de Dios es Terrible, el Dios glorioso y temible (cf. Deuteronomio 28:38). Pero, para endulzar esto, se llama también “Dios de toda consolación” (2 Corintios 1:3). La muerte es terrible, la llaman el rey de los terrores; pero, para endulzarla, Dios la llama “sueño”. El día del Juicio es terrible; pero, para endulzarlo, nuestro abogado actual, nuestro mejor amigo, será el Juez. Si separas el terror que encierra cualquier cosa de esa dulzura, no me sorprende que te desanimes grandemente. Es nuestro deber contemplar las cosas tal y como Dios las presenta y tomarlas como Dios nos las da. “Lo que Dios juntó, que no lo separe el hombre” (Mateo 19:6). Si consideras la dulzura de un objeto o estado aparte de su acritud, tal vez te vuelvas demasiado frívolo; si consideras el terror de un objeto o estado aparte de su dulzura, tal vez temas en exceso; pero si consideras ambos aspectos a la vez, temerás a la vez que crees y creerás a la vez que temes, evitando así el desánimo.

5. Si quieres evitar el desánimo cualquiera que sea tu estado, esfuérzate cada vez más en mortificar tu amor propio, incluyendo el orgullo religioso. Todo desánimo estriba en el amor propio; no se trata del veneno inherente en una situación, sino de la toxina del amor propio.
—Ah —dirás—, pero estoy desanimado porque me falta la seguridad.
—Bueno, supongamos que tuvieras esa seguridad; ¿entonces qué?
—Ah, entonces me consolaría.
—¿Y no se ve claramente aquí el “yo”?
—Pero es que estoy abatido en cuanto a mi estado eterno.
—¿Y ese no es el “yo”? Esas palabras —“mi estado”— hablan claramente del “yo”. Me atrevo a decir que todo tumulto en el alma o desánimo desmesurado está arraigado en el amor propio. Si fueras capaz de abandonarte a ti mismo y dejar tu estado en manos de Dios y Cristo para ocuparte más de su servicio, gloria y honor, Dios se encargaría de consolarte; pero, cuando te fijas tanto en ti mismo y en tu estado para prestar tan poca atención a su servicio, gloria y honor, no es extraño que te desanimes. Por tanto, esfuérzate por mortificar cada vez más el amor propio y nunca te desanimarás, cualquiera que sea tu estado.

6. Cuando la tentación te oprime y fomenta el desánimo, habla así con tu alma: ¿Por qué pagar tan caro el arrepentimiento? Después te sentirás avergonzado de todas estas dudas, temores incrédulos y desánimos. El viajero que cree que aún no ha amanecido pasea lentamente y se sienta; pero, cuando sale el Sol de entre las nubes y le ilumina la cara, se da cuenta de que el día va muy adelantado. Entonces dice: “¡Qué necio he sido al creer que no había amanecido porque yo no veía el Sol! ¡Fui necio al perder mi tiempo sentado!”. Este será tu caso. Ahora te postras en tierra y te arrastras en el polvo a causa del desánimo; pero la gracia de Dios y el amor de Cristo se acercan por detrás de las espesas nubes y al final brillarán sobre ti, iluminando tu cara con los rayos dorados de la misericordia divina. Irá por delante de ti y entonces dirás: “¡Qué necio he sido al desanimarme así! Soy una criatura indigna que duda del amor de Dios; he pecado por mi incredulidad. ¡Perdona ahora, oh Señor, todas mis dudas! Señor, me avergüenza el haber cuestionado y dudado de tu amor; perdóname por haber dado cabida a tales cosas en mi alma, oh Señor”. Tienes que llegar a este punto: debes avergonzarte y arrepentirte de tu incredulidad, duda y temor. Por tanto, cuando estas cosas te oprimen, dirás desde el principio: “¿Por qué pagar tan caro el arrepentimiento al ceder ante estos desánimos?”. Puesto que hay que arrepentirse del desánimo, los santos del pueblo de Dios no tienen motivos para desanimarse, independientemente de su estado.
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domingo, 2 de octubre de 2016

Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6





Alimentemos a nuestras ovejitas puestos a nuestro cuidado
LIBERACIÓN DEL ENDEMONIADO GADARENO
Marcos 5:1-20
1Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. 
2Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, 3que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. 
4Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. 5Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras. 6Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. 
7Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. 8Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. 10Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región. 11Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. 12Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. 13Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron. 

14Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido. 
15Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. 16Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de los cerdos. 17Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. 
18Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 
20Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban. 

Una gran lucha espiritual en un sitio de muerte


 EL ENDEMONIADO GADARENO LIBERADO   (Marcos 5:1–20)  (Mt. 8:28–34; Lc 8:26–39)
  a.      Descripción del endemoniado (Marcoa 5:1–5)5:1. Jesús y sus discípulos vinieron al lado oriental del mar (de Galilea) a la región de los gadarenos. Los mss. griegos están divididos en cuanto a cuál es el lugar preciso en cuestión, pues citan tres nombres: gadarenos (cf. Mt. 8:28), gergesenos (de Orígenes) y gerasenos. (V. el comentario de Lc. 8:26). La evidencia confiable favorece el nombre gerasenos (cf. NVI), que probablemente se refiere a un pequeño pueblo llamado Gersa (la moderna Kersa) localizado en la orilla oriental del lago. La mayoría de sus habitantes era gentil (cf. Mr. 5:11, 19).5:2–5. Los vívidos detalles de todo este relato reflejan tanto el informe de un testigo ocular como el de la gente del pueblo que había estado familiarizada por largo tiempo con este endemoniado. Tan pronto (en seguida, euthys; cf. 1:10) salió Jesús de la barca, encontró a un hombre con espíritu inmundo (cf. 5:8, 13 con 1:23) de (ek, “fuera de”) los sepulcros. Estos eran probablemente espacios en forma de cueva hechos en la roca de las montañas cercanas y que servían de sepulcros y algunas veces como guarida de gente demente. Mateo mencionó “endemoniados”, mientras que Marcos y Lucas enfocaron su atención en uno, probablemente el peor caso.Marcos 5:3–5 describe elaboradamente su condición patética. Tenía su morada en los sepulcros (era despreciado); era incontrolable porque nadie lo podía dominar (de damazō, “domar un animal salvaje”), ni con grillos para los pies o cadenas para las manos. De día y de noche, andaba gritando salvajemente e hiriéndose con piedras puntiagudas, tal vez practicando alguna forma demoniaca de adoración.Tal conducta muestra que la posesión demoniaca no es una mera enfermedad o locura, sino un desesperado intento satánico de distorsionar y destruir la imagen de Dios en el hombre (cf. TDNT, bajo “daimōn”, 2:18–19).
  b.      El mandato al demonio (Marcos 5:6–10)5:6–7. La breve declaración del encuentro de Jesús con el endemoniado (v. 2) se relata ahora con más detalle. Tres cosas indican que el demonio que estaba poseyendo a ese hombre, estaba completamente consciente del origen divino y poder superior de Jesús: se arrodilló ante él (en reconocimiento, no en adoración); usó el nombre divino de Jesús en un intento de obtener control sobre él (cf. 1:24); y con descaro le pidió a Jesús que no lo castigara. Las palabras Dios Altísimo eran usadas a menudo en el A.T. por parte de los gentiles, para referirse a la superioridad del verdadero Dios de Israel sobre todos los dioses hechos por los hombres (cf. Gn. 14:18–24; Nm. 24:16; Is. 14:14; Dn. 3:26; 4:2; cf. el comentario en Mr. 1:23–24).La súplica que hizo: Te conjuro por Dios, era usada en los exorcismos. El demonio no quería que Jesús lo atormentara enviándolo a su castigo final en ese momento (cf. 1:24; Mt. 8:29; Lc. 8:31).5:8. Este v. es un breve comentario explicativo (gar, porque) de Marcos (cf. 6:52). Jesús le decía, al demonio, que dejara a aquel hombre. A través de esta sección se ve el intercambio entre la personalidad del hombre y el demonio que lo poseía.5:9–10. Estos vv. retoman la conversación del v. 7. El demonio dijo: Legión me llamo; porque somos muchos. Muchos poderes malignos controlaban al endemoniado y lo sometían a intensa opresión. Lo atormentaban como una fuerza combinada bajo el liderazgo de un demonio, su vocero. Esto explica el cambio del sing. (“me llamo”) al pl. (“somos”). Repetidamente, el demonio líder rogaba mucho a Jesús que no los enviase fuera de aquella región (cf. v. 1) a un exilio solitario donde no podrían atormentar a la gente.El término latino “legión”, comúnmente usado en Palestina, denotaba a un regimiento de unos 6,000 soldados del ejército romano, aunque probablemente también se refería a un número grande (cf. v. 15). Para la gente que se encontraba bajo el dominio romano, la palabra sin duda indicaba una gran fuerza y opresión.
  c.      La pérdida del hato de cerdos (Marcos 5:11–13)5:11. Los judíos consideraban a los cerdos como animales “inmundos” (cf. Lv. 11:7). Pero los granjeros del lado oriental del mar de Galilea, con su predominante población gentil, criaban cerdos para los mercados de carne de Decápolis, “las diez ciudades” de aquella región (cf. Mr. 5:20).5:12–13. Los demonios (cf. v. 9) específicamente le rogaron a Jesús que los enviara a (eis, que aquí indica movimiento hacia) los cerdos para que pudieran entrar en ellos como sus nuevos anfitriones. Los demonios sabían que estaban sujetos al mandato de Jesús e hicieron esta apelación en un intento desesperado de evitar que los consignara a un estado incorpóreo hasta el juicio final.Jesús les dio permiso de hacerlo. Cuando los demonios dejaron a aquel hombre y entraron en los cerdos, todo el hato, de como dos mil cerdos, se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron (lit., “uno tras otro se ahogaban a sí mismos”). El “mar” tal vez simbolizaba al reino satánico.
  d.      El ruego de la gente del pueblo (Marcos 5:14–17)5:14–15. Los pastores que apacentaban los cerdos huyeron con temor y dieron aviso de este hecho sorprendente en la ciudad (probablemente Gersa; cf. v. 1) y en los campos de alrededor. El informe era tan inverosímil que muchos salieron a investigar el asunto por sí mismos. Vieron al que antes había estado endemoniado sentado, vestido (cf. Lc. 8:27) y en su juicio cabal, dueño de sí mismo y en pleno uso de razón (contrástese con Mr. 5:3–5). Tan completa fue la transformación, que las personas del pueblo tuvieron miedo (se aterrorizaron; cf. 4:41).5:16–17. Los pastores (y tal vez los discípulos) relataron lo que había acontecido al hombre y lo de los cerdos, un detalle que Marcos enfatizó para mostrar que esta pérdida económica (no el hombre) era la mayor preocupación de la gente. El resultado fue que aquellas personas comenzaron a rogarle a Jesús que se fuera. Aparentemente temían tener mayores pérdidas si se quedaba. No existe otro relato que diga que Jesús haya vuelto a esta área.
  e.      La petición del hombre restaurado (Marcos 5:18–20)5:18–20. A diferencia de los habitantes locales (cf. v. 17), el que había estado endemoniado le rogaba (parekalei, la misma palabra usada por el demonio, v. 10) que le dejase estar con él. Los milagros de Jesús ahuyentaban a algunos (vv. 15–17) y atraían a otros (vv. 18–20).Las palabras “estar con él” (lit., “para que estuviesen con él”) recuerdan una cláusula similar en 3:14, que describe uno de los propósitos para los cuales Jesús llamó a los doce. Es en este sentido que Jesús rechazó la petición de aquel hombre.Jesús … le dijo que se fuera a su casa (su familia inmediata) y a los suyos (su pueblo), de quienes había estado alejado y que les contara todo lo que el Señor, el Dios Altísimo (cf. 5:7; Lc. 8:39), había hecho por él y cómo había tenido misericordia de él. Aquel hombre obedeció y comenzó a publicar (cf. Mr. 1:4, 14) en Decápolis (la unión de diez ciudades griegas, salvo una, que se encontraban al oriente del Jordán) las cosas maravillosas que había hecho Jesús (cf. “Señor”, 5:19) por él. Quienes lo oían se maravillaban (ethaumazon, cf. “asombrarse”; 6:6a; 12:17; 15:5, 44).Puesto que el hombre era gentil y su actividad de predicación se confinó a un área gentil, donde el Señor no era bienvenido, Jesús no le hizo su acostumbrada prohibición de guardar silencio (cf. Marcos 1:44; Marcos 5:43; Marcos 7:36).

La liberación del endemoniado gadareno
LA GUERRA ESPIRITUAL DE GADARA
La liberación del hombre maltratado por los demonios de Marcos 5 es una prueba dramática de este enfoque de conflicto armado. En la introducción a su estudio de dicho capítulo de Marcos, el fallecido Dr. Merrill F. Unger dice: «El hecho al que nos enfrentamos en todo caso de demonización es que los espíritus malos tienen control [parcial] de la persona endemoniada. Esto, naturalmente, es así cualquiera que sea el grado de influencia demoníaca; incluso en la invasión leve, moderada y grave».
Luego, Unger comenta sobre la demonización grave:4
Pero en los casos más graves el control es mucho más profundo, dominante y esclavizante. El número de demonios puede ser mayor, la maldad más acentuada, su fuerza más terrible y su arraigo en la vida más atenazador. Todo esto lo ilustra con mucha claridad el caso del endemoniado de Gadara (Marcos 5.1–20; Lucas 8.26–32).
Alfred Edersheim habla, en su estilo característico, del yacimiento arqueológico de Gadara, situado frente a las llanuras de Genesaret, en el lado oriental del Mar de Galilea; así como de las tumbas en los cerros de caliza y de las cuevas en el empinado risco, por el que los cerdos corrieron hacia su propia destrucción sumergiéndose en el mar (Marcos 5.13).5
Tal vez su mayor contribución sea sin embargo la comprensión que tiene de las a menudo enigmáticas y desconcertantes mezclas de dos personalidades (la humana y la demoníaca) en el cuerpo del endemoniado, y del ajuste cultural de los demonios. En este relato, los espíritus malos viven en el cuerpo de un hombre evidentemente judío. Aunque para muchos resulte cuestionable la condición hebrea del endemoniado, eso no cambia el fondo de la cuestión, ya que los gentiles tenían ideas parecidas. No obstante, nosotros supondremos que era judío.6 Los demonios se comportan justo como cabría esperarse de ellos al vivir en la persona de un judío de primer siglo. Hay en sus palabras y acciones una dimensión cultural.
Aunque la actividad satánico-demoníaca es supracultural, también se adapta a las culturas. Los demonios «aprenden» la cultura de sus víctimas y actúan de una manera, en cierto modo, predecible dentro de su contexto cultural. En mi ministerio transcultural de enseñanza y consejo sobre la guerra espiritual, siempre intento aprender lo más posible acerca del mundo de los espíritus tal y como actúa dentro de cada cultura local. Aunque esto es decisivo para el ministerio transcultural moderno, lo es también para la interpretación del mundo espiritual de la Escritura y para aplicar dicha interpretación a la situación contemporánea.
No tenemos ni un solo libro o porción de libro en la Biblia que nos presente un bosquejo general de las dimensiones supraculturales de la actividad de lo sobrenatural maligno. Por tanto, como a menudo señala Dickason, debemos contar con experiencia y ejemplos actuales para aprender lo que los demonios hacen o no hacen con frecuencia en un determinado contexto contemporáneo. Esto es algo que no puede determinarse de antemano partiendo sólo de la Escritura, como muchos afirman dogmáticamente. Algunas dimensiones de la demonología bíblica pueden descubrirse examinando con cuidado los relatos escriturales, como este asombroso caso de Marcos 5, pero sólo algunas.
Este es sólo un ejemplo limitado a los problemas de un hombre con los demonios, y también el caso más grave de demonización de un varón adulto que aparece en la Escritura. Por lo tanto, no podemos, utilizando el método inductivo de interpretación bíblica7 y partiendo de un solo caso, sacar conclusiones acerca de cómo actúan siempre los demonios en las vidas humanas y de qué manera debe tratarse con ellos en todas las ocasiones. Sólo podemos extraer enseñanzas valiosas en cuanto a su actividad en ese caso particular de demonización grave y sobre la manera en que Jesús trató con ellos.8
Para sacar conclusiones más universales tenemos que examinar cada caso registrado en las Escrituras y toda la enseñanza de éstas acerca de la actividad demoníaca en el mundo bíblico. Con este cimiento de verdad delante, podemos empezar a considerar tanto la actuación extrabíblica como posbíblica de los demonios, y la actividad actual y mundial de ellos.
El trasfondo del relato (Marcos 5.1–2)
El trasfondo del relato es el viaje en barco hasta «la región de los gadarenos (v. 1, junto con Marcos 4.35–41) y el endemoniado que anda entre las tumbas (v.2). La parte importante del mismo se refiere a la presencia de dicho endemoniado entre los sepulcros. Marcos nos dice que era «de los sepulcros» y tenía «un espíritu inmundo», así como que «vino» a Jesús. Me gusta la forma en que Barclay escribe acerca del hombre que moraba entre las tumbas.9
Era una parte de la ribera del lago donde había muchas cuevas en la roca caliza, algunas de las cuales se utilizaban como tumbas. En su mejor momento se trataba de un lugar espectral y al caer la noche debía ser verdaderamente horripilante.
De repente, de los sepulcros salió un hombre poseído por demonios. Aquel era un lugar adecuado para él, ya que, según se creía entonces, los demonios vivían en bosques, huertos, viñedos y lugares sucios, en parajes solitarios y desolados, y entre las tumbas. Ese hombre poseído moraba en la guarida de los demonios.
Los demonios estaban particularmente activos por la noche hasta el canto del gallo. El dormir uno solo en una casa vacía era peligroso, como también saludar a alguien en la oscuridad, ya que podía tratarse de un demonio. Salir de noche sin una lámpara o una antorcha era exponerse a tener problemas. Se trataba, pues, de un lugar y una hora arriesgados, y el hombre era un tipo peligroso.
Marcos dice a continuación que aquel hombre tenía «un espíritu inmundo» (v. 2). El evangelista utiliza de manera alterna los términos «espíritu inmundo», «demonios» y «espíritus».10 El endemoniado «vino» a Jesús (v. 2c), y los versículos 3 al 6 nos explican cómo sucedió aquello. Marcos hace también una descripción detallada del endemoniado, acerca de la cual Edersheim comenta:
Debemos[ … ] recordar la confusión que hay en la mente de los endemoniados entre sus propias ideas y las que les imponen[ … ] los demonios. Está muy en consonancia con las nociones judías sobre los endemoniados el hecho de que[ … ] se sintiese como arrastrado a los lugares desiertos y estuviese en los sepulcros[ … ] Era característico de los endemoniados el no poder separar su propia identidad, al encontrarse ésta fundida y perdida en el mismo grado con la de sus atormentadores. En ese aspecto, el estado de los endemoniados era también semejante a la locura[ … ] El endemoniado habla y actúa como un judío que está bajo el control de un demonio. Por lo tanto, escoge sitios solitarios de día y los sepulcros de noche. No es que los demonios prefirieran en realidad tales moradas, sino que los judíos imaginaban aquello y los espíritus malos, actuando según el entendimiento existente, le guiaban, de acuerdo con sus nociones preconcebidas, a elegir esos lugares.11
Las acciones del endemoniado y su interpretación
Guelich añade que «la morada del hombre entre los sepulcros indica su ostracismo por parte de la sociedad y corresponde a su posesión por un espíritu inmundo, un ser que a menudo se creía moraba entre las tumbas».12
¿Sucede así hoy en día? En general no, aunque puede pasar en algunas culturas cuya idea se asemeje a la de los judíos. Se dice, por ejemplo, que en ciertas partes de la India las personas muy endemoniadas viven entre las tumbas para comer la carne de los recién enterrados.
Algunos comentaristas utilizan este pasaje para enseñar que tres de los síntomas claves de la demonización son el aislamiento, la suciedad y el retraimiento del contacto humano, pero esto no es forzosamente cierto. El comportamiento antisocial extremo revelado aquí sólo caracteriza a algunos de los endemoniados más graves. Y una dolencia semejante a la locura tampoco sería verdad más que en ciertos casos muy serios de demonización. La mayor parte de los endemoniados, aunque luchan con problemas, y algunos de ellos muy graves, no actúan como dementes.
Además, la demonización y los verdaderos problemas mentales, biológicos o neurológicos no son idénticos. Aunque tengan ciertas cosas en común, comportan diferencias sustanciales. No obstante, las dos afecciones pueden darse juntas. Edersheim comenta que «los judíos no sostenían que todos los desórdenes físicos o mentales fueran causados por demonios».13 Tampoco pensaba eso Jesús, ni los primeros cristianos. Ellos sabían diferenciar ambas cosas y las trataban de un modo distinto. Así debemos hacer nosotros.
Marcos dice que «nadie podía atarle, ni aun con cadenas» (5.3b). Y en el versículo 4 amplía esta declaración con detalles que terminan con las palabras: «Nadie le podía dominar». Debido a ello, algunos afirman que otro síntoma de la demonización es una fuerza inusual. De nuevo hay que decir que no siempre es así. Depende de otros factores tales como la gravedad de la demonización, el tipo de demonios presentes y las expectativas de ellos, del endemoniado y de aquellos que tienen relación con él. Algunos endemoniados se vuelven muy violentos y muestran una gran fuerza sólo cuando los demonios se están manifestando. Otros pueden dar señales de ira no acompañada de violencia o fuerza sobrenatural. Los factores desconocidos en cada caso son tan complejos e individualizados que debemos tener cuidado con generalizar.
El evangelista dice a continuación que «siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros» (v. 5a). Según Wuest, la expresión «dar voces» es krázo en el griego, y significa «un grito inarticulado, un chillido» o «un alarido» (v. 5b).14 Muchos afirman que este es otro síntoma de demonización. Pero aunque puede ocurrir en ciertos casos graves lindantes en la locura, gran parte de las veces, aun en los casos serios, por lo menos en Estados Unidos, tal cosa no sucede.
Cuando algo así sucede, por lo general se debe a los cuatro factores siguientes o a cualquier combinación de ellos. Primero, se están manifestando plenamente demonios de suma ferocidad, por lo general en protesta a alguna interferencia en sus actividades. Segundo, están amenazando a su víctima o a otras personas. Tercero, están saliendo de su víctima con un último alarido sonoro (Marcos 1.26; Hechos 8.7). Cuarto, es la persona endemoniada, y no los espíritus malos, quien grita de angustia o de rabia por su desdicha o contra sus atormentadores demoníacos.
Marcos dice a continuación que el hombre se hacía daño «hiriéndose con piedras» (v. 5c). «Herirse», aquí, es katak̊pto, que según Vine significa «cortar en pedazos».15 Wuest, por su parte, expresa que quiere decir «cortarse, en el sentido de rajarse, tajarse o sajarse todo el cuerpo de tal manera que quede lleno de cicatrices».16 El pobre hombre tenía el cuerpo herido por todas partes.
La respuesta del endemoniado a la presencia de Jesús
Ahora descubrimos la respuesta inicial del endemoniado a la presencia del Señor (vv. 6, 7, con v. 2d). Cuando se encontraba a cierta distancia le reconoció, y en vez de huir de Jesús, como se nos dice que suelen hacer los endemoniados, corrió en su dirección y «se arrodilló ante Él» (v. 6). A menudo se afirma que otro de los síntomas de la demonización es un sentimiento de rechazo a la presencia de Jesús. «Los demonios», nos aseguran, »no quieren tener contacto con el Señor ni con su pueblo, esa es la razón por la que la gente endemoniada se mantiene lejos de los cristianos y nunca va a la iglesia». Esto no es necesariamente cierto.
¿Por qué entonces corrió el endemoniado y se echó a los pies del Señor? Sugiero varias respuestas posibles. La primera, es que no lo sé, ni tampoco lo sabe ninguna otra persona, ya que la Biblia no lo dice. La segunda, que según Marcos, siempre que los espíritus inmundos veían a Jesús, caían a tierra delante de Él gritando confesiones sobre su divina persona. La más corriente y espontánea era: «Tú eres el Hijo de Dios» (Marcos 3.11). El Señor tenía incluso que “reprenderlos mucho” para que no le descubriesen (3.12).17 Hay algo aquí que necesita más explicación. En esta aparente reacción contradictoria de los demonios a su presencia se esconde un misterio. Los espíritus malos le temen, y sin embargo se sienten constreñidos a rendirle homenaje.18
La tercera es que, puesto que cada vez que se relata el discurso de un demonio el mencionado homenaje al Señor está en el contexto de una confesión instantánea de su deidad, señorío y posición de futuro juez, es probable que la confusa respuesta de los espíritus se deba al miedo abrumador que tienen a que los castigue ahora, «antes de tiempo». Después de todo ellos no sabían cuando llegaría el «tiempo» fijado. En los casos de liberación actuales se comportan del mismo modo. Confesarán incluso que su amo, Satanás, es un engañador destinado a arder en el lago de fuego con ellos. Reconocerán que Jesús los ha derrotado como también al diablo. Al igual que descubrimos aquí, en Marcos, no le confesarán como Señor, pero sí dirán que es el Señor.
Cuarta, que siempre cabe la posibilidad de que sea el mismo hombre endemoniado quien se sienta fuertemente atraído por Cristo. Si la pobre, herida y atormentada víctima rechaza cualquier interferencia demoníaca en su atracción hacia Jesús, por así decirlo, los demonios se ven «atrapados». No pueden detenerla. Y adonde va su víctima allá van ellos con él. A menudo, ante la deslumbrante gloria de la santidad de Jesús, los espíritus malos se manifiestan a plenitud, confesando atemorizados quién es Él y lo que hará con ellos. Le ruegan que los deje en paz y que no los atormente antes de tiempo.
El discurso de los demonios
En primer lugar tenemos la pregunta-protesta desafiante: «¿Qué tienes conmigo[ … ]?» (Marcos 5.7a). Cole comenta que esas primeras palabras del demonio significan: «¿Qué tenemos tú y yo en común?» ¡Qué comentario tan perspicaz para un demonio!
Enseguida encontramos su confesión de que Jesús es el «Hijo del Dios Altísimo» (v. 7b). Alan Cole comenta también acerca de este y otros arranques de confesión acerca de la divinidad de Jesús. «Resulta extraño que el mal tuviera una percepción tan clara e instantánea de la naturaleza de Cristo cuando los hombres ordinarios eran tan lentos en reconocer su deidad (vv. 6–8)».19
Todo esto ocurrió cuando el hombre y sus demonios corrieron a Jesús y se arrojaron a sus pies. Y dice Cole:20
Corrieron y rindieron su homenaje con absoluta mala gana, confesando en seguida el abismo que los separaba, y testificando del efecto abrasador que el bien tiene sobre el mal. Sería difícil encontrar una mejor respuesta para la hipócrita acusación de que el Espíritu Santo que reposaba sobre Cristo y el espíritu del mal eran fundamentalmente uno solo (Marcos 3.22). El mal mismo rehusaba reconocer alguna afinidad con Cristo.
Por último tenemos otra protesta desafiante: «Te conjuro por Dios que no me atormentes» (5.7). Esto es lo que Wuest llama una fórmula de juramento.21 Y Guelich dice que estas palabras revelan aún más la desesperación que sienten los demonios en presencia de Jesús, y escribe: «El endemoniado traiciona la clara percepción que tiene de su posición de inferioridad y de la futilidad de su situación (Gnilka, 1:204) “conjurando” con desesperación a Jesús para que no lo “torture”».22
¡El endemoniado conjura a Jesús por el Dios a quien acaba de reconocer como su Padre! Por tanto, la respuesta que el hombre da a Cristo demuestra aún más la confusa desesperación del espíritu inmundo ante Jesús[ … ] Ha encontrado la horma de su zapato y simplemente desea negociar un acuerdo.
Luego, Guelich declara:23
Por último, el endemoniado expresa la superioridad de Jesús sobre el espíritu inmundo con su miedo a la «tortura». Muchos ven en esto una referencia latente a la expectativa apocalíptica del juicio final, como en Mateo 8.30 (así Lohmeyer, 95; Taylor, 280; Grundmann, 144). A otros les parece un simple miedo del espíritu al «castigo» o a la expulsión de su «hogar», como indica el contexto (p. ej., 5.10–13; Haenchen, 193; Gnilka, 1:205).
Marcos cuenta que Jesús había hablado a los demonios antes de que todo ese discurso demoníaco, el cual ya hemos examinado, ocurriese: «Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo» (v.8). Esta es la única ocasión en que los demonios no obedecen a Jesús de inmediato. Muchos comentaristas tienen dificultades con esta parte de la narración.24 Como es habitual, Barclay no ve ningún problema:25
No empezaremos siquiera a comprender el relato a menos que veamos con claridad cuán grave caso de posesión demoníaca representaba este hombre. Está claro que Jesús hizo más de un intento por curarlo[ … ] El Señor había comenzado utilizando su método habitual, una orden con autoridad dirigida al demonio para que saliese. En esta ocasión no tuvo éxito.
Barclay tiene razón. Otros comentaristas tratan de evitar el problema, pero él sugiere que Jesús preguntó al demonio cómo se llamaba porque en aquel tiempo se suponía que el conocimiento del nombre de un espíritu malo confería poder sobre él.26
Me gusta la primera parte de la posición de Barclay, pero no la relativa a que fuera necesario conocer el nombre del demonio para tener autoridad sobre él. Esto no es lo que Jesús tenía en mente. Tal interpretación es mágica. Lo que el Señor hace aquí es lo usual en aquellos que ejercen un ministerio de liberación: pedir información del demonio para saber mejor lo que estaba ocurriendo en la vida de aquel pobre hombre.
Alguien preguntó a John Wimber por qué Jesús había pedido al demonio que le diera su nombre. Y en su estilo característico, John le contestó: «Porque Jesús quería saberlo». Tal vez el Señor preguntase al espíritu inmundo cómo se llamaba porque sabía que en la vida de aquel hombre había una concentración de demonios poco corriente con la que jamás se había encontrado. Quería saber con exactitud qué sucedía en su interior. Guelich concuerda con esto. No piensa que Jesús preguntó al demonio su nombre como una forma de tener control sobre él, sino para conseguir una información más precisa acerca de la dolencia de la víctima:27
En vez de conceder a Jesús control sobre el o los demonios, la pregunta y la respuesta revelan el grado de dominio que éstos tenían sobre aquel hombre. Por una parte, este versículo explica su incontrolable conducta (vv. 3, 4) en términos de la «legión» de poder[ … ] Por otra, la pronta sumisión del hombre a Jesús (vv. 5, 6) acentúa el poder del Señor sobre estevasto ejército de demonios.
Legión es «un término referente a una unidad de combate de aproximadamente seis mil soldados romanos», explica Hurtado.28 Eso no quiere decir que hubiera seis mil demonios dentro de él, sino quizás aquello que el demonio expresó luego: «Porque somos muchos» (v. 9c). Barclay añade una interesante nota histórico-cultural: «Más tarde dos mil cerdos encontrarían la muerte al precipitarse por el despeñadero[ … ] A razón de un demonio por cerdo, el número debe haber sido de dos mil espíritus o más. Ese es mucho personal para un cuerpo humano, no es de extrañar que estuviera en una condición tan desesperada».29
Hurtado hace un excelente comentario relacionado con la guerra espiritual:30
El término legión tiene también el efecto de presentar el escenario como un campo de batalla entre los poderes del mal y Jesús, que viene en nombre del reino de Dios. Esta metáfora es probablemente intencionada, puesto que Jesús ya ha descrito sus exorcismos como asaltos a las fortalezas de Satanás. (Véase 3.23–27.)
La petición de los demonios
La petición demoníaca tiene dos partes: la primera, que Jesús no les envíe «fuera de aquella región» (Marcos 5.10); y la segunda, que no los mande «al abismo» (Lucas 8.31). La idea de no enviar a los demonios fuera de la región tiene paralelo, según indica Lane, en la literatura judía.31 A. B. Bruce menciona la opinión negativa que tenían los judíos de «la región» de los gadarenos y de toda el área de Decápolis (vv. 1, 20), las diez ciudades que trabajaban juntas como una Comunidad Económica Europea en miniatura, y cita a un escritor que dice: «Decápolis, amada de los demonios por estar llena de judíos helenizantes apóstatas».32
De nuevo la experiencia en el terreno de la liberación revela la naturaleza territorial de algunos demonios. A menudo éstos se sienten a gusto donde están y no quieren ser enviados a otros lugares. Sin embargo no tengo problemas con eso: los envío sencillamente adonde lo haga Jesús.
La adición de Lucas acerca de la petición de los demonios de no ser mandados al abismo (Lucas 8.3) vale la pena considerarla. Se trata de la palabra tártaros, y se menciona siete veces en Apocalipsis como el lugar de los demonios. Es un sitio de confinamiento para ellos y, en determinado período, incluso para Satanás, mientras aguarde ser arrojado al lago de fuego (Apocalipsis 20.1–3). Es obvio que no se trata de un lugar de tormento. A los demonios no les gusta ser mandados al abismo porque entonces se les dejará inactivos excepto algunos que evidentemente serán soltados en una fecha futura (Apocalipsis 9.1s).
Cuando empezaba mi ministerio de liberación, casi siempre mandaba al abismo a los demonios basándome en este pasaje. Al igual que otros, yo también recibía críticas por manejar así a los espíritus malos. Casi simultáneamente, varios líderes evangélicos reconocidos, que también practicaban el ministerio de liberación, cambiaron al uso de otra orden: «¡Vete adonde te mande Jesús!»
Los demonios sí van adonde Jesús los envía. La mayoría de nosotros creemos, sin embargo, que Él los manda al abismo o pozo. Cómo pasaba en aquellos días sucede en la actualidad: los espíritus malos siguen rogando que no se los envíe allí.
Marcos no relata ninguna respuesta de Jesús a la súplica de los demonios. En vez de ello el evangelista cuenta la tercera respuesta temerosa de los espíritus inmundos a la presencia de Jesús (Marcos 5.11, 12). Piden ser mandados a un hato de cerdos que estaba cerca.33
La repuesta de Jesús
Luego tenemos la respuesta del Señor a la petición de los demonios. Mateo escribe: «Id» (Mateo 8.32); y así lo hicieron (Marcos 5.13). Marcos y Lucas dicen que Jesús «les dio permiso». Aquello tuvo como consecuencia la destrucción de los cerdos y lo que los demonios más temían: la pérdida de un cuerpo donde vivir (v. 13b). Guelich da una explicación excelente:34
Al igual que la descripción de aquel hombre incontrolable de Marcos 5.3, 4, cuyo comportamiento «Legión» ayuda a explicar, los dos mil ingobernables cerdos demuestran el inmenso poder del ejército que había tomado control de su víctima[ … ] La muerte de dichos cerdos describen claramente la naturaleza destructora de aquellas fuerzas perversas.
Hurtado hace una observación adicional. Comenta que el episodio de los cerdos no sólo demuestra el poder destructor de los demonios, sino también la autoridad de Jesús.35 Eso es en parte lo que aquellos choques de poder pretendían (Mateo 12.28).
La expulsión de los demonios
Observamos que los demonios temían que Jesús fuera a comenzar a atormentarlos en aquel momento. «¡No es tiempo todavía!», protestan en Mateo 8.29. El miedo los invadía. Seguidamente descubrimos que las emociones demoníacas van y vienen entre el desafío estridente (Marcos 5.7a) y el reconocimiento enojado de su carácter divino de Hijo (v. 7b). Se trata de una ira mezclada con puro terror, hasta el punto de rogarle en nombre de Dios que no comience aún su futuro y aguardado tormento.
«Tormento» es basanízo. Wuest dice que se utiliza para describir formas de «probar metales», «probar mediante tortura» y «torturar», siendo este último su uso aquí.36 «¡Ahora no! ¡Ahora no!», exclaman. Sus confundidas mentes habían intentado en primer lugar subyugar o intimidar a Jesús mediante el desafío (v. 7a); luego con la arrogancia (v. 7b); más tarde por medio de su negativa a obedecer los mandamientos del Señor en cuanto a abandonar su casa, el cuerpo de su víctima (v. 8). Por último tratan de intimidarle simplemente con los números dispuestos en orden de batalla contra él (v. 9): «Somos Legión; somos muchos[ … ] ¡demasiados para ti!» Habiendo fracasado en todo ello y percibiendo en la tranquila apariencia del Señor que el tormento o la expulsión de su víctima se aproxima, comienzan a intentar lograr un acuerdo. «No nos mandes fuera de esta tierra, se nos ha dado este territorio para gobernarlo (v. 10). Tampoco nos envíes al abismo» (Lucas 8.31).
Antes incluso de que Jesús pueda contestar, ven el hato de cerdos y dicen para sí: «Mejor cuerpos de animales que nada. Como primer paso podemos ir a los cerdos, y luego, cuando se vaya Jesús, volver a nuestra presente morada humana o buscar alguna otra». No obstante, aquel monólogo demoníaco fracasó.
«Si nos echas fuera», o «como sabemos que nos vas a echar fuera, (Mateo 8.31), ¿qué te parecen los cerdos? Te prometemos no resistirte más si tienes la amabilidad de enviarnos a ellos. No volveremos jamás a atormentar a ningún ser humano. Viviremos en los puercos. ¿Qué te importan de todos modos?»
Entonces Jesús les deja ir a los cerdos. Y el verbo que emplea es hypagó en el griego, que según Vine significa «marchar, irse lentamente, partir, retirarse[ … ] a menudo con la idea de salir sin ruido o a hurtadillas».37 A. B. Bruce llama a esa contestación «la respuesta lacónica de Cristo».38
Marcos y Lucas emplean epitrépo, que quiere decir «permitir, dar permiso».39 Este término transmite la idea de aceptación, por parte de Jesús, de la frenética petición de los demonios de alguna clase de arreglo. Los deja salir de aquel hombre, el ser más importante del relato, para ir a los cerdos, que tienen una importancia mucho menor.
La liberación del endemoniado
Aquella tortura y el dolor horrible e increíblemente prolongado del hombre terminan. Por primera vez, quizás en toda su vida, está libre. Vuelve a ser una persona. Tiene libertad para ir a casa. «¡Por humilde que sea, no hay nada como el hogar!» Piénsalo: ¡Ir a casa! ¡Se acabaron el desierto y los sepulcros!
También es libre para pensar por sí mismo. Nunca más volverá a ser atormentado hasta la demencia por pensamientos demoníacos tan mezclados con los suyos que no pueda distinguirlos unos de otros.
Nadie que no haya sufrido la angustia y confusión que supone la injerencia de pensamientos o voces ajenas en la propia mente puede comprender del todo el infierno que esto representa. Se trate de voces internas de demonios, alter egos u otros desórdenes interiores relacionados con voces, o de las voces externas de la esquizofrenia o de trastornos semejantes del cerebro, vivir en tales condiciones es como hacerlo en una casa de locos.
Ahora el hombre está libre para amar a Jesús y servirle. Tal vez en ningún aspecto haya sido su transformación más radical que en éste. Sin saberlo, antes servía a los demonios. Tenía que rendirles homenaje por puro terror. Ahora sólo quiere estar con Jesús como su esclavo voluntario para siempre (v. 18).
Todo esto conduce a la pérdida por parte de los demonios de su casa corpórea. Ellos, bien quedaron sobre la tierra para buscar otras víctimas, bien acabaron en el abismo. Espero que sucediese esto último.
La muerte de los cerdos
Luego tenemos la muerte de los cerdos (v. 13), la cual produce un efecto negativo tanto en aquellos que los guardaban como en el público en general (vv. 14–17). ¿Se trata de una acción ilegítima de parte de Jesús? Algunos se quejan de que «significa destruir la propiedad de otras personas».
Contestemos primero a esta última objeción. Jesús no destruyó ninguna propiedad ajena; fueron los demonios. ¡Ya estamos echando otra vez la culpa al Señor de la maldad del diablo! Y ahora la segunda objeción: la crueldad hacia los animales. R. A. Cole dice al respecto: «Sabemos tan poco en este terreno que haríamos bien en actuar con reverencia. Pudiera ser que en este caso se necesitara de aquel signo externo para convencer a los hombres de la realidad de la expulsión».
«A menudo se sugiere medio en broma —añade Cole —que si los dueños de los cerdos eran judíos, aquello representó también un castigo para ellos. Pero parece improbable que el Señor se tomase tantas molestias en castigar un quebrantamiento de la ley ceremonial».40
William Barclay añade sus comentarios acerca de los que critican a Jesús por permitir la muerte de aquellos cerdos:41
Presumiblemente nosotros no tenemos ninguna objeción en cuanto a comer carne para la cena, ni rechazamos la de cerdo porque implique el sacrificio de algunos cochinos. En realidad si matamos animales para evitar el hambre, no podemos objetar a que para salvar la mente y el alma de una persona se necesitase dar muerte a un hato de dichos animales[ … ]
Esto no significa que no debamos preocuparnos por lo que le sucede a la creación animal de Dios, Él ama a cada criatura creada, pero sí que hemos de guardar las proporciones. En la escala divina no hay nada tan importante como un alma humana.
Me gusta el siguiente comentario que hace Stier, citado por John A. Broadus: «La pregunta de por qué nuestro Señor permitió que los demonios entrasen en los cerdos ya está contestada con otra pregunta: ¿Por qué les había permitido antes a aquellos que se introdujesen en el hombre?»42
La respuesta de la gente del lugar
Marcos relata a continuación la parte más triste de la historia, si dejamos a un lado la condición en que se encontraba el hombre mismo antes de su liberación: la respuesta de los vecinos de la región a Jesús, la muerte de los cerdos y el antiguo endemoniado (Marcos 5.14–17).
Sin embargo, la reacción inmediata de los porquerizos no es insólita: huyen para contar el incidente a los habitantes de la ciudad y del campo (v. 14). Wuest dice que la palabra «huyeron» (pheúgo) significa «"escapar, buscar seguridad huyendo". La implicación es que los porquerizos estaban aterrorizados tanto por lo que había ocurrido como por la tragedia de la destrucción y pérdida de un hato de dos mil cerdos».43
La triste escena comienza con la respuesta de la multitud que vino a ver por sí misma lo que había sucedido. Marcos relata su reacción al contemplar al hombre que había estado endemoniado (v.15), ahora sentado (no viviendo como un salvaje), vestido (no desnudo como antes, Lucas 8.27) y en su sano juicio (no más demente). Aunque todavía se le reconocía bien como el «que había tenido la legión».
¿Cómo reaccionó aquella gente? Marcos dice que «tuvieron miedo» (v. 15b). ¡Qué increíble reacción! Nadie corrió al hombre para preguntarle lo que le había sucedido. Ninguno lo abrazó con lágrimas de alegría por el hecho de que alguien que había sufrido como pocos otros en su comunidad estuviese completamente sano y restaurado. Nadie levantó las manos y el corazón con él en acción de gracias a Dios por el final definitivo de su increíble terror y agonía.
Luego, los guardas del hato de cerdos añaden una explicación al breve informe que ya habían dado (v. 16), quizás dirigida a los dueños de los puercos. En aquel tiempo era costumbre que muchos propietarios de cerdos mezclasen sus pequeños hatos y los dejaran a cargo de un grupo de porquerizos como los que nos presenta esta narración.
De inmediato viene el rechazo de Jesús por parte de la gente (vv. 16, 17). A. B. Bruce comenta en cuanto a esto:44
Los testigos, dando más explicaciones a sus patronos, relacionan ahora los dos acontecimientos: la cura y la catástrofe … Los propietarios sacan una conclusión natural: la catástrofe había sido causada por la cura. Entonces (v.17) piden a Jesús, al que consideran una persona peligrosa, que se vaya de allí.
A continuación vemos la primera respuesta que se nos relata del hombre curado a Jesús después de su sanidad (v. 18). A. B. Bruce dice que tal vez Jesús había planeado quedarse varios días en aquella región, pero que aquel rechazo produce la inmediata reacción por su parte de abandonar el área. Marcos relata que, «al entrar Él en la barca», el hombre sanado se le acercó rogándole que le dejara convertirse en discípulo suyo (v. 18).
¡Qué contraste entre las respuestas de las diferentes personas a los mismos acontecimientos! A la gente le importaba más la pérdida de los cerdos que la sanidad de su semejante. El hombre sanado, en cambio, estaba más interesado en Jesús que en las reacciones de sus conciudadanos. Veía a Cristo como Salvador, mientras que ellos lo consideraban una amenaza.
Marcos continúa con las palabras finales de Jesús al antiguo endemoniado, que son verdaderamente maravillosas. Aunque el Señor deniega su petición de convertirse en discípulo suyo y abandonar Decápolis, le encomienda a la evangelización (v. 19). En la mayor parte de los casos de sanidad, Jesús impide a aquellos a los cuales sana que den testimonio público de lo que ha hecho por ellos. Aquí sucede al contrario. ¿Por qué?
El versículo no lo dice, de modo que no podemos estar seguros. Sin embargo, podemos imaginar que es debido a que aquella área gentil necesitaba oír hablar del amor de Dios. ¿Y qué mejor evangelista que uno de los suyos que había sido transformado por el toque de Jesús?
Marcos concluye el relato con la historia del antiguo endemoniado testificando por toda Decápolis y la respuesta de la gente (v. 20). Aquel hombre hizo exactamente lo que Jesús le mandó: fue contando a todo el mundo cuán grandes cosas había hecho el Señor con él y cómo había tenido misericordia de su persona (v. 19). También interpretó de manera correcta quién era Jesús, puesto que lo consideraba el Señor (vv. 19, 20).
Aunque la liberación del endemoniado gadareno no dio como resultado la inmediata conversión de los que la presenciaron, si condujo a la evangelización de Decápolis por medio del liberado. Sin embargo, Jesús no libró de la demonización a aquel hombre atormentado con un propósito directo de evangelización. Lo curó, como el Señor mismo declara, porque tuvo misericordia de la magullada criatura (v. 19).
Pero todavía no hemos terminado con los habitantes de la región de Decápolis. John Hunter, el conocido maestro bíblico inglés, dice:45
Por último tenemos los versículos de Marcos 7.31–37, que nos hablan del regreso de Jesús a Decápolis. Observe qué recepción tan distinta. La primera vez pidieron a Cristo que se fuera; ahora le traen otros afligidos[ … ]
En Marcos 7.36 vemos que la gente corriente de Decápolis siguió el ejemplo del endemoniado gadareno, y fueron contando las cosas maravillosas que había hecho Cristo. ¡Qué final tan glorioso! «Y en gran manera se maravillaban, diciendo: Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar» (Marcos 7.37).
4 4.     Merrill F. Unger, What Demons Can Do to Saints , Moody, Chicago, 1977, p. 129.
5 5.     Alfred Edersheim, The Life and Times of Jesus the Messiah , Longmans, Green and Company, Nueva York, 1889 1:607.
6 6.     Los evangelistas ponen bastante cuidado en especificar los casos en que Jesús tuvo contacto personal con no judíos (Marcos 7.24–30; Mateo 8.5–13; Juan 12.20 y 21). También, en esta etapa de su ministerio, la misión de nuestro Señor iba dirigida de un modo primordial a los judíos (Mateo 1.25).
7 7.     Hay primordialmente dos grandes métodos de establecer la verdad (teología) partiendo de la Escritura. El método inductivo comienza desde lo particular y avanza hacia las conclusiones —es decir, generalizaciones—. También se conoce como método científico. Se examinan bastantes casos como para formar conclusiones genéricas. No obstante, dichas conclusiones deben estar siempre abiertas a la crítica de nuevos descubrimientos. Esta es la única manera de formular la teología bíblica. Luego, tenemos el método deductivo, en el que partiendo de una presuposición o de una afirmación probada con anterioridad (lo segundo es lo ideal y lo primero el problema) examinamos cada particular a la luz de lo general. Este es el método que se utiliza en el pensamiento silogístico, como veremos en estudios ulteriores, y que lleva incorporada una grave debilidad. Debe utilizarse con mucho cuidado si no se quiere llegar a conclusiones erróneas.
8 8.     Una razón por la que digo esto es porque ciertos autores utilizan constantemente esta historia para hacer una lista de los síntomas de la demonización, lo cual supone un enfoque equivocado del relato. Como mucho, éste puede usarse para enumerar algunos síntomas sugeridos de determinadas formas de la más grave demonización en un varón adulto religioso, o quizá, más precisamente, en un varón adulto religioso judío del siglo I. Aunque puede que esté yendo demasiado lejos al decir esto, ya que hay aquí algunos elementos supraculturales, me inquieta una utilización del método inductivo que pasa por alto el carácter único de esta narración.
9 9.     William Barclay, The Gospel of Mark, The Daily Study Bible , Westminster, Filadelfia, 1958, pp. 116 y 117.
10 10.     Marcos 1.23, 26, 27, 34, 39; 3.11, 15, 22, 30; 5.2, 8; 6.7, 13; 7.25, 26, 29, 30; 9.17–25, 38; 16.5, 17.
11 11.     Edersheim, pp. 607–609.
12 12.     Robert A. Guelich, Mark 1–8:26 , Word, Waco, Texas, 1989, 278.
13 13.     Edersheim, p. 479.
14 14.     Kenneth S. Wuest, Wuest’s Word Studies , Eerdmans, Grand Rapids, MI, 1983, p. 101.
15 15.     William E. Vine, An Expository Dictionary of New Testament Words , Oliphants, Londres, 1953), 1:263 y 264.
16 16.     Wuest, p. 101.
17 17.     Véanse las ideas de Larry W. Hurtado, Mark , Hendrickson, Peabody, MA, 1989, pp. 71–87, en cuanto a por qué Jesús prohibía a los demonios que descubriesen su identidad.
18 18.     Véase Wuest, pp. 102 y 103; Guelich, p. 279; Juan Calvino, Calvin’s Commentaries , Baker, Grand Rapids, MI, 1989, pp. 430s.
19 19.     R. Alan Cole, Mark , Hendrickson, Peabody, MA, 1989, pp. 27 y 28.
20 20.     Cole, pp. 97 y 98.
21 21.     Wuest, p. 103.
22 22.     Guelich, p. 279.
23 23.     Ibid. p. 279.
24 24.     Ibid. pp. 280 y 281; Cole, p. 98.
25 25.     Barclay, p. 118.
26 26.     Ibid p. 118.
27 27.     Guelich, p. 281.
28 28.     Hurtado, p. 71.
29 29.     Barclay, p. 118.
30 30.     Hurtado, p. 71.
31 31.     William L. Lane, Commentary on the Gospel of Mark , Eerdmans, Grand Rapids, MI, 1975, p. 185.
32 32.     A. B. Bruce, The Synoptic Gospels , Eerdmans, Grand Rapids, MI, p. 372.
33 33.     En una nota a pie de página, Lane menciona el libro de H. Ridderbos The Coming Kingdom (Filadelfia, 1962, pp. 113–115), que examina las siete interpretaciones principales del incidente de los cerdos, p. 186.
34 34.     Guelich, p. 282.
35 35.     Hurtado, p. 84.
36 36.     Wuest, p. 103.
37 37.     Vine, 2:156.
38 38.     Bruce, p. 37.
39 39.     Vine 2:327.
40 40.     Cole, pp. 98, 99.
41 41.     Barclay, p. 119.
42 42.     John A Broadus, Matthew , Judson Press, Valley Forge, PA, 1886, p. 192.
43 43.     Ibid.
44 44.     Bruce, p. 373.
45 45.     John Hunter, Impact , Christian Literature Crusade, Fort Washington, PA, 1966, p. 192.
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