Ley: Dar para Recibir

domingo, 29 de mayo de 2016

Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera que le aten al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Mi pastor dice que estoy en rebeldía contra Dios

VISOS DE UNO O VARIOS ... MUCHÍSIMOS ABUSOS ESPIRITUALES EN LAS CONGREGACIONES CRISTIANAS Y NO CRISTIANAS
Sara se sentó en la oficina de un consejero cristiano, y explicó que se sentía desesperada, que se estaba volviendo loca. «O es eso», dijo secamente, «o estoy en el umbral de un cambio radical importante en mi crecimiento espiritual».
«Esas son dos cosas completamente opuestas», señaló el consejero. «¿Cómo llegaste a esa conclusión?».

«Bueno», comenzó, con un nudo en la garganta, «fui a ver a mi pastor hace pocos meses porque me estaba sintiendo muy deprimida. Identificó el problema fundamental en seguida, pero parece que yo no puedo hacer nada al respecto».

«El problema fundamental…», el consejero repitió, «¿cuál fue?».

Sara bajó la mirada hacia la parte de arriba de sus zapatos: «Creo que debo decir que el problema, pues, soy yo. Mi pastor dice que estoy en rebeldía contra Dios».

Lo que resultó fue la historia de un caso desafortunado, y excesivamente común: La iglesia de Sara enseña que La Biblia es la Palabra de Dios, el estándar mediante el cual debemos vivir.

Pero la utilizan como una medida a través de la cual ganamos la aceptación de Dios, en lugar de como una guía para vivir. Por consiguiente, cuando le pidió a su pastor que la ayudara con su depresión, le dieron una «receta» de pasajes bíblicos de alabanza para memorizar y repetir una y otra vez. Esto, se le dijo, haría que pensara en Dios y que dejara de pensar en sí misma. La depresión se acabaría cuando superara su pecaminoso egocentrismo.

Sara había probado lo que el pastor le sugirió, pero su depresión no se acabó, y esto suscitó algunas preguntas. Observó que había un historial de depresión entre las mujeres de su familia, y que en ese momento ella estaba experimentando algunos problemas físicos. Además, le confió a su pastor que estaba batallando en sus relaciones con su marido, porque este no daba importancia a sus responsabilidades con sus dos adolescentes que estaban empezando a meterse en problemas.

—¿Cómo respondió él cuando le dijiste que su sugerencia no ayudó?
—Ahí fue cuando me arrojó la bomba—dijo Sara.
El consejero no dejó de notar la metáfora que ella eligió—la devastación que Sara intentaba retratar—y preguntó:
—¿Qué tipo de “bomba”?

El pastor le había dicho: «El hecho de que no aceptes mi consejo sin plantear todas estas objeciones y otras posibilidades fue la principal indicación para mí, Sara, de que la raíz de tu problema es espiritual, no físico o emocional. Cuando mencionaste que discutías con tu marido, en lugar de someterte a él y confiar en Dios, eso lo confirmó».

Concluyó que los demás problemas—depresión emocional, enfermedad física, problemas en el matrimonio y unos adolescentes conflictivos—eran el resultado de la incapacidad de ella de someterse completamente a Dios y a su Palabra.

Sara había intentado poner objeciones:
—Le dije que me sentía condenada. Que yo sentía que necesitaba ayuda de otro tipo.
—¿Qué sucedió?—el consejero la apremió.
—Eso empeoró las cosas. Mi pastor sonrió y dijo que yo no estaba dispuesta a aceptar sus consejos, así que eso probaba que él estaba en lo cierto. Ahí fue cuando me aplicó la palabra “R”. Dijo: «Sara, necesitas arrepentirte de tu rebelión contra Dios. Después todos esos problemas menores serán atendidos».
—Ese es un veredicto fuerte contra ti—el consejero observó—. ¿Qué opinas?

Las lágrimas le brotaron, y las secó suavemente con un pañuelo desechable. Luego se sentó estrujando el pañuelo y haciéndolo nudos mientras respondía:
—Me siento como una sabandija clavada en una cartulina con un alfiler. Trato de alabar a Dios; sí lo alabo. Pero el problema con mi marido y los niños es interminable. Y me enfurezco cuando soy sincera conmigo misma, porque solo repetir las Escrituras, mientras nuestra familia y nuestra salud se están cayendo a pedazos, me parece demasiado superficial.
«Pero luego despierto a media noche, escuchando las palabras de mi pastor. Y pienso que debo de ser una terrible cristiana—en rebeldía, como él dijo—o mi vida no sería semejante desastre. Él tiene razón, ¿no es así? La rebeldía es un pecado que todos afrontamos.

«Pero la perturbación en mí ha continuado durante cuatro meses, y me encontré pensando que debería meter la cabeza a nuestro horno de gas. Y en otras ocasiones creo que debo de estar en el umbral de un cambio radical para una mayor “santidad”… si pudiera alabar lo suficiente, o someterme lo suficiente. Pero no creo poder aguantar el tiempo necesario. Por eso me siento exhausta, y como que estoy perdiendo la razón. Ya no puedo soportar todo este peso—finalizó, en tono suplicante—. “Ayúdeme…”.

El dilema de Sara es similar a incontables casos con los que nos hemos encontrado, el cual representa un serio problema muy extendido entre los cristianos. El problema, tal como hemos llegado a conocerlo, es el abuso espiritual.

No hay duda de que el término en sí molestará, si es que no escandaliza, a mucha gente, aunque esta no sea la intención. Nuestra intención tampoco es ser alarmistas, aunque estemos haciendo un llamado de atención a la existencia de un problema.

Por consiguiente, es importante definir a qué nos referimos con abuso espiritual, y dejar claro desde el principio que cualquiera puede ser víctima, e incluso en ocasiones perpetrador, sin darse cuenta de lo que está haciendo.

Para empezar, examinemos las dinámicas que intervienen en la historia de Sara.

Anatomía del abuso espiritual
Podríamos señalar varios factores problemáticos: el pastor de Sara pasó por alto las dimensiones físicas, emocionales y relacionales de su problema y le dio un enfoque «espiritualizado» más limitado. Con poca investigación, supuso que conocía «el problema fundamental» de Sara, que había un «problema fundamental». Pero aquí intervienen más factores sutiles, y la sutileza es exactamente lo que da poder para que haya un gran daño.

Primero, examinemos el poder dinámico que interviene.
Sara voluntariamente se había hecho vulnerable al comentar un problema. Esto suponía, desde luego, que el pastor era más saludable en esa cuestión—o por lo menos tenía más conocimientos—y que podía ayudar. Debido a que ella se sentía débil en eso, lo que estaba buscando era la ayuda de alguien más fuerte. Añádele la posición de autoridad espiritual que tenía el pastor, y es fácil ver cómo las palabras de este tendrían doble peso en el pensamiento de Sara.

Y entonces, tristemente, lo que se le ofreció a Sara no fue ayuda. Aquí es donde entra una segunda dinámica: Se cambió sutilmente el enfoque del asunto.

Sara continuó hablando de su problema de depresión. El pastor trató el problema como si fuera Sara en persona. De acuerdo con el pastor, ella era «rebelde», así que ella era el problema. El enfoque lo cambió de la emoción a la persona, y el estado de los sentimientos de Sara al estado en el que se encontraba ella. La depresión ya no era el problema que juntos debían resolver; Sara misma era «el problema», etiquetada como una rebelde que necesitaba estar a la altura de cierta norma.

Sara nunca notó que no estaba recibiendo la ayuda que esperaba. En realidad cuestionaron y al parecer juzgaron su posición espiritual ante Dios.

En el fondo de este triste y doloroso encuentro quizá yace una dinámica más sutil: Sara cuestionó a una autoridad que se consideraba estar por encima de todo cuestionamiento, quizá incluso por encima de los errores.

Ahora bien, en un diálogo normal, por ejemplo, puedes malinterpretarme o no estar de acuerdo conmigo. Si cuestionas mi forma de pensar, y en realidad tu cuestionamiento corrige un error que estoy cometiendo, tu reto me es saludable. Me corrige. Y el simple hecho de que me cuestiones no te hace estar equivocado.

Lamentablemente, una serie de suposiciones más sutiles intervinieron contra Sara, y se presentaron de una manera parecida a esto:
Evidentemente este pastor interpretaba que su posición de autoridad significaba que sus pensamientos y opiniones eran supremos. Si él lo decía, la única respuesta correcta de ella era estar de acuerdo… definitivamente sin objeciones.

Segundo, se dio por hecho que los cuestionamientos de Sara provenían de un espíritu errado, no simplemente de un intento sincero de tener un diálogo con el pastor. En otras palabras, se asumió lo peor de ella, no lo mejor.

Más problemático que esto, francamente, fue el juego de poder que tuvo lugar. En resumen, Sara fue manipulada. No hay duda de que el pastor de Sara pensaba que solo estaba siendo honesto y directo con ella, tratando de «ayudarla» a ver el problema.

La manipulación entró en escena cuando Sara hizo una pregunta honesta, y él «hizo valer su autoridad». La actitud tácita con la que ella se encontró podría enunciarse mejor con palabras como estas: «Yo soy la autoridad, y porque soy la autoridad mis palabras no deben ser cuestionadas. El hecho de que las cuestionaste prueba que estás mal».

¿Qué revela esta actitud? Quizá inseguridad, frustración e ira sepultadas. También revela que el pastor, al menos en este encuentro, no estaba desempeñándose dentro de una posición compasiva a beneficio de Sara, aunque ella lo necesitaba a él. Por el contrario, al parecer se esperaba que ella afirmara y reafirmara estar de acuerdo, independientemente de cómo se sintiera y de si la valoración que él hizo de ella fuera o no atinada. Defender su posición de autoridad era lo que más importaba.

¿Qué es abuso espiritual?
Ser testigos de la angustia espiritual ocasionada por dinámicas como estas, una y otra vez, es lo que nos llevó a acuñar el término abuso espiritual. Una vez ilustrado con un caso para estudio, ahora definamos y apliquemos el término.

El abuso espiritual es el maltrato hacia una persona que tiene necesidad de ayuda, de apoyo o de mayor poder espiritual, lo que resulta en el debilitamiento, el menoscabo o el decaimiento del potencial espiritual de esa persona.

Esto es una perspectiva amplia. Refinémosla con algunas definiciones funcionales. El abuso espiritual puede ocurrir cuando un líder utiliza su posición espiritual para controlar o dominar a otra persona.

Con frecuencia implica pasar por encima de los sentimientos y opiniones de otro, sin importar qué consecuencias habrá en las condiciones de vida, las emociones o el bienestar espiritual de la otra persona. En esta práctica, se utiliza el poder para reafirmar la posición o las necesidades de un líder, por encima de la persona que se acerca a él con necesidades. Esto fue lo que ocurrió en el caso de Sara.

El abuso espiritual también puede ocurrir cuando se recurre a la espiritualidad para hacer que otros vivan a la altura de un «estándar espiritual». Promueve un «desempeño espiritual» externo, sin respetar el verdadero bienestar de un individuo, o se utiliza como un medio para «probar» la espiritualidad de una persona.

¿En qué consiste el tipo de «desempeño espiritual» al que nos estamos refiriendo? ¿Cuándo sobrepasa sus límites una autoridad, al extender críticas cuando lo que se necesita es apoyo? Escucha las experiencias de estos cristianos, heridos y abrumados por un peso excesivo debido a las demandas de sus líderes y su «espiritualidad», y quizá obtengas un panorama más claro.

«Mi líder de estudio bíblico me dice que yo no he aceptado el “manto” como cabeza espiritual de mi hogar. Debería estar orando más, tomando autoridad en el Espíritu; entonces las fuerzas espirituales no podrían atacar a mi familia. Mi esposa no estaría teniendo problemas menstruales, y mi hijo mayor no estaría padeciendo asma. Creo que la enfermedad de ellos es culpa mía».

«Muchos de nosotros queríamos más información respecto a cómo se estaban gastando las finanzas de la iglesia. Queríamos saber si podría destinarse más dinero directamente a los ministerios, caridades, cosas como esas. Cuando en una reunión de ancianos hice algunas preguntas, vaya, el cuarto sí se puso helado. Posteriormente se me dijo que dejara de tratar de crear una facción en la iglesia».

«Habíamos vendido nuestra casa y nos habíamos cambiado al otro lado del país para que yo pudiera trabajar para este importante ministerio. Después de un año empezaron con esto del peso. Debido a que tengo sobrepeso, se me dijo que tenía que bajar de peso porque tener sobrepeso es “un mal testimonio”. Mis aumentos de sueldo y hasta mi empleo estaban en peligro».

«La congregación me hizo saber que estaban decepcionados de mí porque pedí dos meses sabáticos, aun cuando he estado pastoreando aquí durante doce años, básicamente disponible día y noche, y nunca he tomado siquiera dos semanas de vacaciones al mismo tiempo. Me siento demasiado desanimado».

«Nuestra iglesia se metió en este fuerte énfasis en tener escuela en casa y familias grandes. También en que las mujeres se cubran la cabeza para mostrar que están bajo sumisión; y nada de maquillaje. Finalmente surgió. Nuestros amigos nos dijeron que no somos espirituales porque nuestro hijo está en escuelas públicas, y que yo soy “mundana” porque uso sombra para los ojos y lápiz labial».

«La controversia empezó—¿puedes creerlo?—cuando traje a colación una pregunta en la Escuela Dominical. Estábamos debatiendo sobre un tema doctrinal, la predestinación, del cual siempre pensé que era un tema ambiguo. No estuve de acuerdo con el maestro, dentro de un espíritu amistoso. Pero dos días después, el coordinador de ministerios de la iglesia me dijo que yo había estado muy “polémico” con el maestro en frente de todos; que ellos me agradecerían si dejaba las clases hasta nuevo aviso».

«Mi marido está convencido de que yo debo orar una hora al día, utilizando una “fórmula de oración” en la que él se había especializado. Le dije que la probé y que no me pareció adecuada para mí. Todo lo que me dijo fue: “Este es todo tu problema. No puedes aceptar nada por fe”. Me siento tan… por debajo del estándar».

En cada uno de estos incidentes intervino una dinámica similar. A la persona con una necesidad—ya fuera la necesidad de información, diálogo, apoyo, aceptación o consejo—se le envió el mensaje de que era menos que espiritual, o de que su espiritualidad tenía defectos. En varios casos, se ha recurrido a la vergüenza en un intento de hacer que alguien apoyara una creencia, o se recurrió a ella para esquivar preguntas legítimas.

Espero que hayas notado, como en el caso del pastor cansado, que el abuso espiritual se puede adjudicar lo mismo a líderes que a seguidores. De ninguna manera estamos atacando a líderes o al liderazgo espiritual. Estamos exponiendo un fenómeno que está hiriendo a muchos.

Cualquiera que sea el caso, los resultados del abuso espiritual suelen ser los mismos: El individuo se queda con el peso de la culpa, del veredicto o de la condenación, y se queda confundido respecto a su valor y posición como cristiano.

En este punto es cuando decimos que la espiritualidad se ha vuelto abusiva.
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viernes, 27 de mayo de 2016

Jesús... se presentó vivo después de su pasión mediante muchas señales convincentes; se les apareció durante un período de cuarenta días y les habló acerca del reino de Dios

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Los cuarenta días de espera


CUARENTA DÍAS Y DESPUÉS 
(Hechos1:1–26)

El primer capítulo de Hechos provee una breve introducción a la narración del derramamiento pentecostal del Espíritu y sus consecuencias. Trata dos temas: las conversaciones del Señor resucitado con sus discípulos en vísperas de su ascensión, y la designación de Matías para cubrir la vacante en el apostolado causada por la traición y muerte de Judas Iscariote.

A. PRÓLOGO (Hechos 1:1–3)

  1. El primer volumen que escribí, Teófilo, trataba de todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar
  2. hasta el día en que fue arrebatado, después que hubo dado su mandamiento por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido.
  3. Fue a ellos que se presentó vivo después de su pasión mediante muchas señales convincentes; se les apareció durante un período de cuarenta días y les habló acerca del reino de Dios.


Hechos 1:1–2
Teófilo, a quien está dedicado aquí el segundo volumen de la historia de Lucas, se menciona de modo similar al comienzo del primer volumen, donde recibe el título de “excelentísimo” (Lc. 1:3).

Ha habido mucha especulación dudosa acerca de él. Algunos han llegado a sugerir que no era ningún individuo en particular, sino que el nombre Teófilo —“amado por Dios”— se utiliza aquí para designar al “lector cristiano”.

El uso del título honorífico “excelentísimo” hace que esto sea improbable. No podemos estar seguros, sin embargo, si el título “excelentísimo” se aplica a Teófilo en sentido técnico, indicando su rango, o si se le otorga a modo de cortesía.

Tampoco se gana mucho señalando la omisión del título en Hechos, como cuando se sugiere que Teófilo se hizo cristiano después de recibir el “primer volumen” y, por lo tanto, ya no esperaría títulos mundanos de rango o de honor de parte de otro cristiano.

Otra sugerencia es que el nombre Teófilo oculta la identidad de alguna persona muy conocida, tal como Tito Flavio Clemente, primo del emperador Domiciano.

Esto también es improbable: Teófilo era un nombre personal sumamente corriente, atestiguado desde el siglo III a.C. A pesar del motivo claramente apologético de la historia de Lucas, es igualmente improbable que Teófilo fuera el abogado nombrado para la defensa de Pablo en la presentación de su apelación al César.

Es muy probable que Teófilo fuera un miembro representativo de las personas inteligentes de clase media en Roma a quienes Lucas deseaba ganar para que tuvieran una opinión menos prejuiciosa y más favorable hacia el cristianismo que la que era corriente entre ellas.

Lo cierto en cuanto al prólogo del primer volumen de Lucas (que sirve también como prólogo para las dos partes de la obra) es que Teófilo ya había aprendido algo acerca del origen y el desarrollo del cristianismo, y que el objeto de Lucas era ponerlo en posesión de información más precisa que la que ya tenía.

Tales dedicatorias eran corrientes en los círculos literarios contemporáneos. Por ejemplo, Josefo dedicó sus Antigüedades judías, su Autobiografía y sus dos volúmenes Contra Apión a un mecenas llamado Epafrodito. Al comienzo de su primer volumen Contra Apión, se dirige a él como “Epafrodito, el más excelente de los hombres”; además, comienza el segundo volumen de la misma obra con las palabras: “Por medio del volumen anterior, mi muy honorable Epafrodito, he demostrado nuestra antigüedad.”

Estas palabras de apertura son notablemente similares a las del segundo volumen de Lucas.

Lucas comienza con una breve referencia a su volumen anterior como relato de “todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta el día en que fue arrebatado” o, si seguimos el Texto Occidental, “hasta el día en que, por el Espíritu Santo, comisionó a los apóstoles que había elegido, y les encargó que proclamasen el evangelio”.

Esto resume exactamente la esfera que abarca el Evangelio de Lucas desde Hechos 4:1 en adelante: la comisión de los apóstoles se registra en Lucas 24:44–49. La implicación de las palabras de Lucas es que su segundo volumen será un relato de lo que Jesús siguió haciendo y enseñando después de su ascensión, ya no más en presencia visible sobre la tierra sino por su Espíritu en sus seguidores.

La expresión “hacer y enseñar” resume muy bien el doble contenido de todos los evangelios canónicos: todos registran la obra y las palabras de Jesús (para citar el título de una de las presentaciones de su contenido).

Fue “por medio del Espíritu Santo” que Jesús dio su encargo a sus apóstoles como despedida. Casi invariablemente Lucas limita la designación de “apóstoles” a los doce hombres a quienes Jesús eligió en una etapa temprana de su ministerio (Lc. 6:13–16), con la excepción de que Matías reemplazó a Judas Iscariote (como se nos dice más adelante en este capítulo). Su encargo los convirtió en los principales heraldos de las buenas nuevas que había traído. La extensión de las buenas nuevas en el poder del Espíritu es el tema de Hechos.

Cuando fue bautizado, Jesús había sido “ungido” con el Espíritu Santo y con poder (Hechos 10:38) y, más recientemente, en las palabras de Pablo, había sido “designado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Ro. 1:4).

En el relato joanino de la comisión encargada a los discípulos por el Cristo resucitado, Jesús indicó el poder por el cual iban a llevar a cabo su comisión cuando “sopló aliento” en ellos y dijo: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn. 20:22). Lucas deja en claro que es por el poder de aquel mismo Espíritu que se llevaron a cabo todos los hechos apostólicos que va a narrar, tanto que algunos han sugerido, como título teológicamente más apropiado para este segundo volumen, Los Hechos del Espíritu Santo.

Hechos 1:3
Durante un período de cuarenta días entre su resurrección y ascensión, Jesús se apareció a intervalos a sus apóstoles y a otros seguidores de un modo que no podía dejar dudas en sus mentes de que él realmente estaba vivo otra vez, levantado de entre los muertos.

La lista más antigua y más completa de estas apariciones es la que proporciona Pablo en 1 Corintios. 15:5–7, aunque los relatos en los Evangelios indican que aun la lista de Pablo no es exhaustiva. En las dos partes de la obra de Lucas las apariciones después de la resurrección se limitan a Jerusalén y sus alrededores.

¿Qué les enseñó Jesús durante esos días?
Muchas escuelas gnósticas, que florecieron en el siglo I y más tarde, afirmaban que les dio ciertas enseñanzas esotéricas, no registradas en la literatura canónica de la Iglesia Católica, de las cuales ellos mismos eran ahora los custodios e intérpretes. Dentro de las fronteras de la ortodoxia cristiana hubo una línea de tradición que lo representaba dándoles a los apóstoles instrucciones acerca del orden eclesiástico. Pero Lucas declara que continuó instruyéndolos sobre los mismos temas que habían formado el tema de su enseñanza antes de su pasión, asuntos relacionados con el reino de Dios.

Desde los tiempos más primitivos en Israel, Dios fue reconocido como rey (cf. Ex. 15:18). Su reinado es universal (Sal. 103:19), pero se manifiesta más claramente allí donde hombres y mujeres lo reconocen en la práctica, cumpliendo su voluntad. En tiempos veterotestamentarios su reinado se manifestó en forma especial sobre la tierra en la nación de Israel; a esta nación hizo conocer su voluntad y la llamó a una relación pactual consigo mismo (cf. Sal. 147:20).

Cuando en Israel se levantaron reyes humanos, fueron considerados vicerregentes del Rey divino, que representaban su soberanía en la tierra. Con la caída de la monarquía y el fin de la independencia nacional, surgió una nueva concepción del reino de Dios destinado a ser revelado en la tierra en su plenitud en fecha posterior (cf. Dn. 2:44; 7:13s.).

Es a la luz de esta última concepción que debemos entender las enseñanzas neotestamentarias acerca del reino de Dios. Jesús inaugura el reino, que se “acercó” con la inauguración de su ministerio público (cf. Mr. 1:14s). y fue liberado con poder por su muerte y exaltación (cf. Mr. 9:1). Las cosas relacionadas con el reino de Dios que constituyen el tema de su enseñanza posterior a la resurrección, al comienzo de Hechos, son idénticas a “las cosas relacionadas con el Señor Jesucristo” que constituyen el tema de la enseñanza de Pablo en Roma al final del libro (28:31).

Cuando contaban la historia de Jesús, los apóstoles proclamaban las buenas nuevas del reino de Dios, las mismas buenas nuevas que el mismo Jesús había anunciado antes, pero ahora con un cumplimiento efectivo a través de los actos salvíficos de su pasión y triunfo. Puede concluirse razonablemente que la enseñanza acerca del reino de Dios dada a los apóstoles durante los cuarenta días tenía como fin aclararles la relación de estos actos salvíficos con el mensaje del reino.

Lucas provee un ejemplo de esta enseñanza hacia el final de su Evangelio, donde muestra al Señor resucitado abriendo la mente de sus discípulos para que entiendan las Escrituras:


  • “Así está escrito, que el Cristo debía padecer y al tercer día resucitar de los muertos, y que debía predicarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc. 24:45–47). 
“El reino de Dios se concibe como algo que se hace presente en los hechos de la vida, muerte y resurrección de Jesús, y proclamar estos hechos, en su marco apropiado, es predicar el evangelio del reino de Dios.” Estas palabras de C. H. Dodd pueden adoptarse con una aclaración: Cuando los apóstoles proclamaban las buenas nuevas, no se detenían sólo en la resurrección y exaltación de Cristo, sino que continuaban hablando de otro acontecimiento más que consumaría la serie salvífica.

Pedro relató a la familia de Cornelio la forma en que Cristo había encargado a sus apóstoles “que predicaran al pueblo y testificaran que él es el que ha sido ordenado por Dios como juez de vivos y muertos” (Hechos 10:42).

Pablo les dijo a los areopagitas en Atenas que Dios “ha establecido un día en el cual va a juzgar al mundo en justicia, por un varón al cual ha designado, y de esto ha dado una garantía a todos, levantándolo de los muertos” (Hechos 17:31).

Este juicio del mundo coincide,

  • en la predicación apostólica, con la parusía de Cristo, 
  • la manifestación perfecta y final del reino divino, cuando toda rodilla se inclinará ante su nombre y toda lengua lo confesará como Señor (Fil. 2:10s)., 
  • cuando la voluntad de Dios se haga en la tierra como se hace en el cielo (Mt. 6:10). 
  • En la primera venida de Cristo la era futura invadió esta era presente; 
  • en su venida en gloria la era futura habrá reemplazado esta era presente. 
Entre las dos venidas, las dos eras se superponen parcialmente; el pueblo de Cristo vive temporariamente en esta época presente mientras que espiritualmente pertenece al reino celestial y disfruta con anticipación de la vida de la era venidera.

La escatología bíblica es algo que se ha cumplido o “realizado” ampliamente, pero no totalmente; falta un elemento futuro, que se hará presente en la parusía. Un relato equilibrado de la presentación que hace el Nuevo Testamento del reino de Dios requiere que se le preste la debida consideración a este elemento futuro tanto como a aquellos que ya han sucedido.
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Así como por la desobediencia de un hombre, los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Dios lo creó todo por el poder de Su Palabra
GÉNESIS: EL REGISTRO REVELADO DE LOS TRATOS Y PROPÓSITOS DE DIOS CON EL HOMBRE
«Es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe y que es galardonador de los que le buscan.»

Por esto la Sagrada Escritura, que contiene el registro revelado de los tratos y propósitos de Dios con el hombre, empieza con un relato de la creación. «Porque las cosas invisibles de él su eterno poder y divinidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas.»

Cuatro grandes verdades, que inciden en toda la revelación, nos llegan del más temprano relato de la escritura, como los cuatro ríos que brotaban en el jardín de Edén. 
  • La primera verdad es: la creación de todas las cosas por el poder de la palabra de Dios; 
  • la segunda: la descendencia de todos los hombres de nuestros padres comunes, Adán y Eva; 
  • la tercera: nuestra relación con Adán como la cabeza de la raza humana, por medio de quien toda la humanidad fue implicada en su pecado y caída; y 
  • la cuarta: que un descendiente de Adán, pero sin su pecado, debería, por medio del sufrimiento, librarnos de las consecuencias de la caída, y como segundo Adán sería el autor de salvación eterna para todos los que confían en él. A estas cuatro verdades vitales podemos añadir una 
  • quinta, la institución de un día cada siete para ser un día de reposo santo para Dios.

Es prácticamente imposible imaginar un mayor contraste que entre los relatos paganos del origen de todas las cosas y la narrativa bíblica. 

Los primeros están tan colmados de absurdos evidentes que solo pueden ser tenidos como fábulas; mientras que la última es tan sencilla, y no obstante tan llena de majestad, como casi para forzarnos a «adorar e inclinarnos», y a «arrodillarnos ante el Señor nuestro hacedor». 

Y puesto que éste era precisamente el objetivo, y no la instrucción científica, y mucho menos la satisfacción de nuestra curiosidad, debemos esperar encontrar en el primer capítulo de Génesis solamente los rasgos principales de lo acontecido, y no detalles relacionados con la creación. 

En estos detalles hay mucho lugar para la información que la ciencia pueda proporcionar, una vez seleccionado y cribado todo lo que se pueda aprender por el estudio de la tierra y la naturaleza. 

Este momento, no obstante, todavía no ha llegado y, por lo tanto, deberíamos estar en guardia contra las afirmaciones atrevidas y sin garantías que algunas veces han sido defendidas en estos temas. 

La escritura pone ante nosotros la creación sucesiva de todas las cosas, por así decirlo, en una escala ascendente, hasta que llegamos a la del hombre, la cabeza de las obras de Dios, y a quien su hacedor designó como señor de todo. 

Algunos han imaginado que los seis días de la creación representan períodos, más bien que días literales, principalmente sobre la base de la supuesta gran antigüedad de nuestro globo, y los diversos grandes períodos o épocas; cada uno de los cuales terminaban con una gran revolución, por la que parece ser que pasó nuestra tierra, antes de llegar a su estado presente, cuando vino a ser un lugar apto para ser habitado por el hombre. 

No obstante, no es necesario recurrir a tal teoría. 
  • El primer versículo en el libro de Génesis simplemente afirma un hecho general, que «en el principio» (cuando fuera que fuese eso) «creó Dios los cielos y la tierra». Luego, en 
  • el segundo versículo, nos encontramos la tierra descrita en su estado al final de la última gran revolución, anterior al estado actual de las cosas: «y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la superficie del abismo». Un espacio de tiempo casi indefinido, y muchos cambios, podían pues haber tenido lugar entre la creación del cielo y la tierra, como se menciona en el versículo 1, y el estado caótico de nuestra tierra, como se describe en el versículo 2
En cuanto a la fecha exacta de la primera creación, se puede afirmar sin dudar que todavía no tenemos el suficiente conocimiento para llegar a ninguna conclusión realmente digna de confianza.

No obstante es mucho más importante para nosotros saber que Dios «creó todas las cosas por Jesucristo»; y todavía más, que «todo fue creado por medio de Él y para Él», y que «de Él, y por Él, y para Él son todas las cosas». Esto no solo confiere unidad a toda la creación, sino que la coloca en una conexión viviente con nuestro Señor Jesucristo. 

Al mismo tiempo, siempre deberíamos tener presente, que «por la fe entendemos que el universo fue enteramente organizado por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de cosas no visibles».

Todas las cosas al salir de la mano de Dios eran «bueno en gran manera», es decir, perfecto para cumplir el propósito que le había sido asignado. «Y acabó Dios la obra que hizo; y reposó el día séptimo. Y bendijo Dios al séptimo día, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.» 

Es sobre esta institución original del sábado cual día de reposo santo en lo que se basa nuestra observancia del día del Señor (domingo). El cambio (del séptimo de la semana al primero) surgió por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, mediante el cual no solo la primera creación fue finalmente completada, sino también la nueva.

De todas sus obras Dios solo «creó al hombre a su imagen: a imagen de Dios lo creó». 

Esta expresión se refiere no solo a la inteligencia con la que Dios dotó al hombre, y la inmortalidad que le concedió, sino también a la perfecta naturaleza moral y espiritual que poseía el hombre al principio. 

Y todos sus alrededores concordaban con su estado de felicidad. Dios «lo puso en el huerto de Edén para que lo labrara y lo guardase», y le dio una compañera idónea en Eva, a quien Adán reconoció como hueso de sus huesos y carne de su carne. Así, como Dios había indicado, al apartar el sábado, la adoración como la relación adecuada entre el hombre y su creador; también estableció en el paraíso el fundamento de la sociedad civil por medio de la institución del matrimonio y de la familia.

Ahora solo quedaba poner a prueba la obediencia del hombre a Dios, y prepararlo para privilegios más elevados y más grandes de los que ya estaba disfrutando. 

Pero el mal ya existía en este mundo nuestro, porque Satanás y sus ángeles se habían rebelado contra Dios. 

El relato de las Escrituras sobre la prueba del hombre es enormemente breve y sencillo. Se nos dice que «el árbol del conocimiento del bien y del mal» había sido colocado «en medio del huerto», y Dios prohibió a Adán comer del fruto de ese árbol, bajo pena de muerte. 

Por otro lado, en el huerto también estaba «el árbol de la vida», probablemente como símbolo y voto de una vida superior, la cual nosotros hubiéramos heredado si nuestros primeros padres hubiesen continuado en obediencia a Dios. La cuestión de esta prueba apareció rápidamente. 

El tentador, en forma de serpiente, se acercó a Eva, negó las amenazas de Dios, y la engañó en cuanto a las consecuencias reales de comer el fruto prohibido. Esto, seguido por la seducción de sus sentidos, condujo a Eva a comer en primer lugar, y después a inducir a su marido a hacer lo mismo. Su pecado tuvo su consecuencia inmediata. Habían apostado para ser «como dioses», y, en lugar de someterse a ultranza al mandamiento del Señor, actuaron independientemente con respecto a él. 

Y ahora sus ojos estaban ciertamente abiertos, como había prometido el tentador, «para conocer el bien y el mal»; pero solo en su conocimiento culpable del pecado, el cual inmediatamente les provocó el deseo de esconderse de la presencia de Dios. De este modo, su alienación y separación de Dios, la voz acusadora de su conciencia, y su dolor y vergüenza manifestaron que la amenaza divina ya se había cumplido: «el día que de él comieres, ciertamente morirás». 

La sentencia de muerte que Dios pronunció ante nuestros primeros padres se extendía tanto a su naturaleza corporal como espiritual (a su parte mortal e inmortal). 

En el día que pecó, el hombre murió en cuerpo, alma, y espíritu. 

Y ya que Adán, como cabeza de su raza, representaba su totalidad; y ya que por él todos nosotros hubiéramos entrado en un estado de vida muy elevado y feliz, si él hubiese permanecido obediente, así ahora las consecuencias de su desobediencia se han extendido a todos nosotros; y puesto que «el pecado entró en el mundo por medio de un hombre, y por medio del pecado la muerte», así «la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron». 

Incluso «la misma creación», que había sido colocada bajo su dominio, fue, por su caída, «sujetada a vanidad», y cayó bajo la maldición, como dijo Dios a Adán: «Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá».

Dios, en su infinita misericordia, no abandonó al hombre para que pereciera en su pecado. Ciertamente fue expulsado del paraíso, para el que ya no era apto. 

Pero, antes de eso, Dios había pronunciado la maldición sobre su tentador, Satanás, y había dado al hombre la preciosa promesa que la simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente; es decir, que nuestro bendito Salvador, «nacido de mujer», debía redimirnos del poder del pecado y de la muerte, por medio de su propia obediencia, muerte y resurrección.

 Incluso el trabajo de sus manos, al que estaba condenado el hombre, era en esas circunstancias una gran ventaja. Por lo tanto, cuando nuestros primeros padres salieron del huerto de Edén, no fue sin esperanza, ni a unas tinieblas exteriores. Se llevaron la promesa de un redentor, la seguridad de la derrota final del gran enemigo, junto con la institución divina del sábado para adorar, y del lazo del matrimonio con el cual ser unidos en familias. 

Así los fundamentos de la vida cristiana con todas sus implicaciones fueron establecidos en el paraíso.

Hay otros detalles de interés práctico que debemos obtener. 
La descendencia de toda la humanidad de nuestros primeros padres determina nuestra relación con Adán. En Adán todos han pecado y caído. 

Pero, por otro lado, también determina nuestra relación espiritual con el Señor Jesucristo, como segundo Adán, la cual reposa sobre la misma base. Porque «como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial», y «como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados». «Porque así como por la desobediencia de un hombre, los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos». 

La descendencia de toda la humanidad de un tronco común ha sido cuestionada en el pasado, a pesar de que las Escrituras enseñan expresamente: «De una misma sangre ha hecho toda nación de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra». 

Es notable que esta negación, que nunca fue compartida por los más competentes científicos, ha sido abandonada recientemente, podemos decir, casi universalmente, y la unidad original de la raza humana en su descendencia común es ahora un hecho aceptado generalmente.

Aquí, además, encontramos por vez primera ese extraño parecido a la religión revelada que hace al paganismo tan similar y no obstante tan dispar respecto a la religión del Antiguo Testamento. 

Del mismo modo que podemos ver en el alma del hombre las ruinas de lo que habíamos sido antes de la caída, también en las leyendas y tradiciones de las diversas religiones de la antigüedad reconocemos los ecos de lo que los hombres habían oído originalmente de la boca de Dios. No solo una raza, sino casi todas las naciones, han conservado en sus tradiciones algunos vagos recuerdos parecidos a los de un estado original feliz y santo (la así llamada edad de oro), en el cual la comunicación entre el cielo y la tierra no estaba rota, y de un subsiguiente pecado y caída de la humanidad. 

Todas las naciones también han atesorado una débil creencia en algún retorno futuro de este estado feliz, es decir, algún tipo de redención venidera, tal como en lo más íntimo de su corazón todos los hombres tienen, por lo menos, el débil deseo de un redentor.

Mientras tanto, esta gran promesa primitiva «la simiente de la mujer herirá la cabeza de la serpiente» iba a estar en alto como una luz señalizadora para toda la humanidad durante su camino, brillando siempre con un mayor resplandor, primero en la promesa a Sem, luego en la hecha a Abraham, después en la profecía a Jacob, y continuando por las figuras de la ley hasta las promesas de los profetas, y hasta que en la plenitud del tiempo «el sol de justicia» se alzó «con la salvación bajo sus alas!
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Todo lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñarnos, a fin de que, alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Principios y Métodos  para descubrir  y explicar
INTERPRETEMOS LA BIBLIA CORRECTAMENTE
En su forma más sencilla, la hermenéutica ha sido definida como «la ciencia de la interpretación» El término viene del griego hermeneuo: interpretar; puede significar también explicar, traducir. 
Una definición más completa es: «la ciencia que estudia y define principios y métodos para interpretar el sentido o significado de un determinado autor u obra». Como ciencia de la interpretación, se aplica a toda clase de obra humana, ya sea literaria, filosófica, artística o religiosa. 
Aplicada a la Biblia, toma ciertas características que nos llevan a formular reglas y principios dentro de los cuales debe entenderse el sentido y propósito del texto sagrado para hacer que su mensaje llegue claro y preciso al lector u oyente.

El objetivo primario y básico de la hermenéutica es descubrir y explicar, hasta donde sea posible, el significado original del texto. Este objetivo puede ser más fácil cuando se trata de obras literarias o de otro género que no tienen el extraordinario contenido y rico mensaje de la Biblia. Pero si aceptamos que la Biblia es más que un mero libro de historias, oraciones, leyes y poesías, y que nos comunica un mensaje esencial de verdades y hechos que atañen a toda la humanidad, la función hermenéutica se complica y solo se cumple a cabalidad cuando llegamos a la comprensión plena de esas verdades y hechos. 

Un ejemplo puede ayudarnos: las parábolas de Jesús son hermosas, sencillas y transparentes; pero su contenido teológico-moral es profundo y trascendental: abarca valores universales como 
  • el del amor, 
  • la misericordia y 
  • el perdón, 
y verdades trascendentales como la de 
  • la providencia divina, 
  • el uso de los bienes y riquezas, 
  • la soberanía de Dios sobre la vida y la muerte, esta vida y la eterna. 
Las narraciones históricas como la de 
  • la liberación del pueblo de Dios de la esclavitud en Egipto, pueden estudiarse de una manera objetiva, como un hecho histórico de mucha trascendencia para el pueblo judío. Pero dentro de la narración de los hechos históricos aparecen mensajes teológicos y morales de aplicación universal, como el valor del pacto o alianza con un Dios que es fiel y los cumple; 
  • la infidelidad del pueblo y la persistencia amorosa del Dios de Israel en sacar a ese pueblo de su dolorosa peregrinación por el desierto hasta la tierra prometida «que fluye leche y miel». 
  • Y en el transfondo de todo se vislumbra claramente el principio de la «historia de la salvación», que solo será completa con la llegada del Mesías. 
Hasta aquí ya hemos empezado a descubrir que el texto bíblico es riquísimo en su contenido y nos brinda, además de su significado histórico y su sentido literal, otros mensajes de carácter teológico, moral y social, aplicables no solo a la época en la que la narración fue compuesta, sino también para todas las épocas y tiempos. 

Es precisamente esta realidad de la riqueza y multiplicidad de significados y mensajes que contiene el texto bíblico, la que nos lleva a estudiar, como parte de la hermenéutica bíblica, «los diferentes sentidos de la Escritura», que es precisamente el tema de este libro.
Un mensaje «encarnacional»
Si agregamos a lo ya afirmado, el hecho de que las Escrituras contienen un mensaje no sólo para su época, sino también para todas las épocas o, usando un lenguaje teológico, que el mensaje bíblico es eminentemente «encarnacional», es decir, que se encarna o hace parte de la realidad humana en la que vive el lector, debemos concluir que el ejercicio de la interpretación de ese mensaje debe pasar por diversos filtros exegéticos y hermenéuticos que nos permitan penetrar en todo su contenido. 
Dos preguntas son vitales para conseguirlo:
  • ¿qué quiso decir el escritor bíblico a los primeros destinatarios del texto?, y
  • ¿qué nos dicen ese mismo texto y autor a nosotros hoy en día?
Para descubrir este doble significado, debemos hacer lo que llaman los eruditos la «contextualización» del texto y del mensaje o sentido del mismo. Es decir, situar el texto dentro del contexto o ambiente histórico, social y literario en el que fue compuesto inicialmente para descubrir el significado o sentido primario que el autor quiso dar a sus primeros lectores u oyentes. 
Luego debemos situar ese mismo texto en el contexto en el que vive el lector o destinatario actual para descubrir lo que realmente quiere decir Dios, como autor supremo y último del texto, al lector de hoy, aquí y ahora, en la situación en la que actualmente está viviendo. 
Es aquí donde el conocer los diferentes sentidos que tienen las Escrituras nos ayuda enormemente. Descubriremos que, entre otros, existe 
  • un sentido literal histórico, 
  • un posible sentido alegórico o simbólico, 
  • un sentido típico, y 
  • un sentido que los estudiosos de la Biblia han llamado «pleno» (sensus plenior), que pudo estar oculto al mismo autor humano del libro sagrado, pero que permanecía en la mente divina para ser revelado a su debido tiempo. 
Multitud de pasajes del Antiguo Testamento tardaron siglos en revelar todo su contenido y mensaje hasta la llegada de Jesucristo. El mismo Jesús se encarga de revelarnos ese «sentido pleno» de las Escrituras que se refieren a él, como cuando explicó el pasaje de Isaías 61:1–3a, aplicándolo a su misión en la tierra. (Véase Lucas 4:16–19)
Hermenéutica y exégesis
Como hemos visto, el objetivo de la hermenéutica es el de establecer el sentido del texto de modo que el lector tenga un claro entendimiento de su contenido, siguiendo las reglas y cánones científicos de la investigación y la lectura.
El término exégesis (del griego exeghéomai = explicar, interpretar o describir) es casi sinónimo de «hermenéutica». Hay, sin embargo, una diferencia técnica importante. La exégesis aplica los principios y reglas dictados por la hermenéutica. Por eso decimos que «exégesis» e «interpretación» son sinónimos: la exégesis es, en realidad, la interpretación misma de las Escrituras. O dicho en otra forma: es la hermenéutica aplicada. La hermenéutica da los principios y normas, y la exégesis los aplica.
Divisiones de la hermenéutica
Son tres: 
  • la noemática, que estudia los sentidos bíblicos; 
  • la heurística, que se ocupa de los principios y normas de la interpretación; y 
  • la proforística, que se encarga de la formulación y exposición de las verdades bíblicas.
Significación y sentido
Ayudados por la Noemática, descubrimos que significado y sentido no son lo mismo: el significado es absoluto; cada palabra o término tiene su propio significado, independientemente de las circunstancias en que se utiliza o el uso que en determinado momento se le quiere dar. Significado es lo que la palabra quiere decir por sí misma. Podemos decir que cada palabra tiene sólo un significado. 
El sentido, por el contrario, es rico y variado; cada término tiene y puede tener una gran variedad de sentidos, desdoblarse en diferentes acepciones o concepciones. 
Por ejemplo, la palabra «blanco» básicamente significa o tiene el significado único de un color de la escala cromática. Ese es su significado básico y fundamental. Pero de acuerdo con las circunstancias y contextos en que la usemos, pasa a tener muchos sentidos: un punto al que se apunta para disparar; un estado de pureza o limpieza; un campo inexplorado y hasta un apellido. 
El significado o la significación lo tiene la palabra o término en sí y por sí. El sentido se lo dan el uso o las circunstancias, las cuales dependen en buena parte de quien habla o escribe; es decir, de quien emplea el término en un momento dado. 
Según el gran filósofo-teólogo Tomás de Aquino, creador del sistema escolástico que ha servido debase metodológica a las enseñanzas de la Iglesia Católica, «el oficio del buen intérprete no es considerar las palabras sino el sentido».
La Biblia, un libro divino-humano
Es verdad que identificamos las Sagradas Escrituras como «Palabra de Dios», pero en realidad estamos frente a un libro divino-humano. Es Palabra de Dios en el lenguaje del hombre; su autor último es Dios, pero él utilizó a autores humanos como instrumentos para transmitir su pensamiento y mensaje. 
Este mensaje y pensamiento divinos constituyen el sentido bíblico: lo que Dios nos quiere expresar, comunicar y enseñar, utilizando el lenguaje del autor humano. Lo que este autor humano primario nos transmite en su lengua, que él entiende como mensaje divino o revelación divina, es lo que constituye el sentido literal de las Escrituras; es el mensaje de infinita sabiduría de Dios encarnado en la letra y las palabras del escritor o transmisor humano del mismo. 
Este mensaje puede inclusive superar, en su contenido y alcance, el mismo entendimiento del escritor humano o hagiógrafo. Cuando esto ocurre, llamamos “oculto” a este sentido, porque ni el mismo transmisor humano lo conoce inicialmente, y que va a revelarse después con el sentido pleno o plenior, «más completo» de las Escrituras. 
Muchas veces este sentido está escondido no tanto en las palabras en sí, sino en su contenido simbólico o paradigmático. Cuando esto ocurre, estamos ante el sentido tipológico que, en algunos casos, puede identificarse como sentido alegórico. Vamos a tratar de estudiar individualmente cada uno de estos sentidos, definiéndolos y explicándolos con la ayuda de algunos ejemplos.
Principios hermenéuticos
Además de los diferentes sentidos que tiene la Escritura, la hermenéutica se ocupa del estudio de los diferentes géneros literarios que encontramos en la misma y de los variados métodos de interpretación del texto sagrado. 
Todo esto nos lleva a establecer principios claros y seguros de interpretación y exposición bíblica. Es innegable la importancia de este trabajo, ya que así como los principios claros y seguros y los métodos adecuados de investigación nos llevan a una sana y correcta interpretación, lo contrario nos conduce a un entendimiento equivocado y a una interpretación errónea de la Palabra. 
Detrás de esta afirmación hay un hecho bíblico-teológico fundamental que es parte esencial del concepto mismo de revelación, y que podría formularse así: «Dios quiere que todos conozcan, entiendan, acepten y vivan su revelación». En otras palabras, Dios revela su mente y pensamiento, sus leyes y mandamientos, todo lo que constituye su Palabra con el propósito explícito de que esta revelación llegue completa e intacta a la mente y el corazón de todos los seres humanos de todas las razas, tiempos, pueblos y culturas. 
De hecho, solo cuando este propósito divino se realiza plenamente, es decir, cuando la mente y el corazón de Dios se hacen mente y corazón humanos a través de la transmisión fiel de su revelación, es cuando se realiza plenamente esta revelación divina. 
De ahí la importancia del estudio del texto y su reconstrucción completa a través de la disciplina de la crítica textual, que nos da un texto único de las Escrituras en sus lenguas originales, fruto de la investigación, estudio y compilación de los mejores y más antiguos manuscritos de las Escrituras que hoy tenemos. 
De ahí también la importancia de contar con buenas y nuevas traducciones de la Biblia que superen los vacíos textuales de las antiguas versiones, y que nos transmitan la revelación divina en un lenguaje actual, fiel, fresco y confiable. Y de ahí también la importancia de una buena interpretación bíblica basada en principios y métodos hermenéuticos y exegéticos sanos y seguros, de acuerdo con los parámetros de las ciencias modernas de interpretación, según lo estamos estudiando en este libro.

En todo esto debemos presuponer que los autores sagrados inspirados por Dios no escribieron con el propósito de confundir o extraviar a los lectores o receptores de su revelación. No es justo pensar que las Escrituras divinamente inspiradas nos hayan llegado en forma de un jeroglífico o rompecabezas que solo los críticos y expertos puedan descifrar. La Palabra de Dios nos fue dada para hacernos a todos sabios en cuanto al negocio más importante de nuestra existencia, que es la salvación. 

A través de ella Dios nos habla clara y sencillamente, y comunica todo lo que debemos conocer para relacionarnos adecuadamente con él como nuestro Padre, y con Jesucristo su Hijo como nuestro Redentor y Maestro. Solo que toda esta revelación y estas verdades están en un lenguaje humano, que para la mayoría de los lectores de la Biblia es desconocido y está dentro de una cultura extraña o ajena para la mayoría de los lectores de la Biblia hoy. 

Esta revelación, por otra parte, se transmite a través de un lenguaje que contiene símbolos y metáforas, parábolas y alegorías, en forma de visiones y sueños y utilizando los recursos semánticos y retóricos del lenguaje. Pero la tradición judeo-cristiana de muchos siglos y el trabajo dedicado de miles de expertos amantes de la Palabra, nos han dejado herramientas de investigación, estudio y exposición bíblicas que nos ayudan hoy a captar claramente el mensaje que Dios nos ha dejado en su Palabra desde tiempos inmemoriales. 

Todos estos recursos de estudio e investigación, puestos en forma organizada y funcional, son los que constituyen las ciencias bíblicas a las cuales pertenecen en forma eminente la hermenéutica y la exégesis. Son estas dos ciencias las que animan las páginas de este libro, cuyo propósito fundamental es el de facilitar la exposición y presentación del mensaje bíblico con claridad y suficiencia a los lectores y oyentes de hoy a través de un mejor conocimiento y un más claro entendimiento del texto por parte del estudioso expositor del mensaje.

Esperamos abrir un camino más claro y expedito hacia la Palabra que, por ser eterna, no envejece y mantiene en todo tiempo un mensaje fresco y actual que da sentido y dirección a la vida, haciendo buenas las palabras del salmista:
Tu Palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero. Salmo 119:105
De esta manera las Escrituras podrán cumplir el cometido señalado por Pablo en la carta a los Romanos:
De hecho, todo lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñarnos, a fin de que, alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza. Romanos 15:4
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Por esta causa les he llamado para verlos y hablarles, porque por la esperanza de Israel estoy ceñido con esta cadena Santa

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Raíces que se debe recordar
Las raíces judías del cristianismo

Al leer el Nuevo Testamento resulta claro que uno de los asuntos que la iglesia tuvo que enfrentar fue el de su relación con Israel y con las eternas promesas hechas a Abraham y sus descendientes.

Según el testimonio de los evangelios, incluso durante su vida hubo quien asoció a Jesús con Elías, con Juan el Bautista o con uno de los profetas (Mt 16:14; Mc 6:15; 8:28; Lc 8:9, 19). En sus enseñanzas, Jesús se refirió repetida y constantemente a los textos sagrados de Israel. Lo mismo fue cierto de sus primeros seguidores y de todos los escritores del Nuevo Testamento. Incluso Pablo—el «apóstol a los gentiles», que por lo general comenzaba su misión hablando en la sinagoga de cada ciudad a la que llegaba—en su predicación constantemente citaba la Biblia hebrea; aunque es cierto que siguió la traducción griega que ya existía y, según Hechos, su predicación fue sobre «la esperanza de Israel» (Hch 28:20).

Según los evangelios, algunos de los líderes religiosos de Israel creyeron ver en Jesús un peligro para su nación y su religión. Para prevenir esto, lo entregaron a las autoridades romanas para que fuera crucificado.

Cuando los discípulos de Jesús comenzaron a predicar—después de los acontecimientos de Semana Santa y Pentecostés—tuvieron que enfrentarse a la oposición de muchos miembros del concilio judío, quienes les ordenaron abandonar esas actividades y los castigaron cuando se negaron a obedecer.

Conforme el cristianismo se fue extendiendo por el mundo gentil, muchos de sus primeros conversos fueron judíos, además de otras personas a quienes los judíos llamaron «temerosos de Dios» (quienes creían en el Dios de Israel y que seguían la mayoría de las enseñanzas morales de las escrituras hebreas, pero que todavía no estaban listos para aceptar la circuncisión, ni seguir todas las leyes rituales y las dietas de los judíos).

Tradicionalmente, cuando esos temerosos de Dios decidían hacerse judíos, solamente se les aceptaba como miembros del pueblo de Israel a través de una serie de actos que incluían un rito bautismal. Una vez realizado, se les consideraba «prosélitos». Sin embargo, a estas personas temerosas de Dios la predicación cristiana les ofreció una nueva opción. Ahora podían unirse a la iglesia a través de un proceso que también culminaba en un rito bautismal, pero dentro de esa comunidad podían adorar al Dios de Israel sin tener que someterse a las prácticas rituales judías que antes se habían interpuesto en su camino.

A tal grado tantos judíos aceptaron la predicación cristiana—a Jesús como el Mesías prometido—que, por varias décadas, una buena parte de los miembros de la iglesia fue de origen judío.

Algunos vieron al cristianismo como una nueva forma del judaísmo que parecía hacer más accesible la vida religiosa en medio de una sociedad donde los judíos ortodoxos temían mancharse por su contacto con los inmundos gentiles.

Desde esta perspectiva, el cristianismo parecía ser una forma menos estricta del judaísmo. Sin embargo, esta era la continuación de una tendencia que ya había aparecido bastante tiempo antes entre el pueblo judío. Incluso antes del advenimiento del cristianismo hubo judíos que estaban buscando maneras de construir puentes entre su tradición hebrea y la sociedad y cultura helenistas. Para esos judíos, y no solo para los temerosos de Dios, el cristianismo parecía ser una atractiva alternativa.

Debido a esto surgió un espíritu de competencia y sospecha entre los cristianos y los judíos. Una competencia que por lo general se centró en la cuestión de quién interpretaba las Escrituras correctamente.

Los cristianos reclamaron para sí la Biblia hebrea y acusaron al judaísmo de interpretar mal sus propias Escrituras. Insistieron en que había profecías en la Biblia hebrea que apuntaban a Jesús. Incluso, entre los cristianos pronto comenzaron a circular listas de «testimonios»: pasajes de los profetas y de los otros libros sagrados de los judíos que, según los polemistas cristianos, predecían la llegada de Jesús y muchos de los acontecimientos de su vida.

En el fragor de la competencia y la controversia, los cristianos comenzaron a culpar a los judíos en general por la muerte de Jesús, y no, como en realidad fue el caso, únicamente a la cúpula religiosa de Jerusalén. Culpar a los judíos por la muerte de Jesús tuvo el doble papel de ser un instrumento útil para los cristianos en su polémica contra los judíos y, al mismo tiempo, les permitió dejar a un lado el hecho de que Jesús había sido ejecutado como un criminal subversivo por el poderoso imperio romano.

Durante esa polémica y competencia, el judaísmo también se hizo más rígido en su oposición al cristianismo, particularmente después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., que los dejó sin templo e identidad territorial. Hasta ese entonces, el judaísmo había sido la religión de un pueblo que tenía una tierra y un antiguo centro de culto.

Así pues, se vio en la necesidad de definirse a sí mismo de una manera que no incluyera el templo ni la tierra, además de competir por un lugar dentro de la multitud de religiones que circulaban en el mundo grecorromano.

En esa competencia, su rival más serio fue el cristianismo, precisamente porque éste tenía raíces judías y reclamaba para sí buena parte de la tradición religiosa de Israel. El resultado fue un nuevo despertar del judaísmo cuyo centro fue Jamnia (hoy Yavneh, en Israel), donde algunos eruditos judíos se dedicaron al estudio y también a polemizar contra los cristianos.

En el año 90 d.C., los rabinos reunidos en Jamnia hicieron una lista de libros oficiales (el canon) de las Escrituras hebreas. Todavía se debate si lo hecho en Jamnia fue sencillamente una confirmación de aquello que los judíos habían creído por largo tiempo, o hasta dónde solamente fue una reacción en contra del cristianismo y su propaganda. En todo caso, el canon de Jamnia excluyó muchos de los libros más recientes que, por varias razones, también fueron algunos de los más citados entre los cristianos.

Hoy se nos hace difícil entender los debates y controversias que todo esto provocó. Por largos siglos el cristianismo y el judaísmo han sido religiones con una identidad bastante clara, a pesar de que hayan existido diferentes escuelas, tendencias y grupos dentro de cada una de ellas. Durante buena parte de ese tiempo los cristianos ejercieron el poder político y social, y frecuentemente lo utilizaron para suprimir al judaísmo, para abusar a sus seguidores, y hasta para perseguirlos y matarlos.

Sin embargo, la situación fue muy diferente durante los primeros siglos de la era cristiana, porque tanto el cristianismo como el judaísmo estaban tomando forma: el cristianismo por ser una nueva expresión religiosa, y el judaísmo porque estaba aprendiendo a vivir bajo nuevas circunstancias (ya sin tierra y sin templo). Así pues, ni el judaísmo ni el cristianismo eran exactamente lo que son hoy. Y por largo tiempo hubo duda sobre cual sería el resultado final de esa competencia.
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