sábado, 7 de diciembre de 2019

Los caminos torcidos serán enderezados, las sendas dispares serán allanadas, y todos verán la salvación de Dios

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6

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EL BAUTISMO DE JUAN Y EL BAUTISMO DE JESÚS


En la Escritura encontramos el bautismo por primera vez cuando Juan el Bautista entra en escena. Juan ministró antes de que Jesús comisionara a sus discípulos a bautizar (Mateo 28:19) o siquiera dijese algo acerca del bautismo. En los cuatro relatos evangélicos se nos dan ciertos datos acerca del ministerio de Juan, pero quizá Lucas proporcione la mirada más extensa a su vida y obra. Allí leemos:

  Era el año decimoquinto del imperio de Tiberio César. Poncio Pilato era entonces gobernador de Judea, Herodes era tetrarca de Galilea, su hermano Felipe era tetraca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias era tetrarca de Abilinia. Anás y Caifás eran sumos sacerdotes. En esos días Dios le habló a Juan hijo de Zacarías en el desierto. Juan fue entonces por toda la región cercana al Jordán, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados, tal y como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor y enderecen sus sendas. Todo valle será rellenado, y todo monte y colina será nivelado. Los caminos torcidos serán enderezados, las sendas dispares serán allanadas, y todos verán la salvación de Dios” (3:1–6).

Está claro que los apóstoles del Nuevo Testamento entendieron la venida de Juan el Bautista en el contexto de la profecía de Isaías sobre uno que vendría como heraldo del Mesías, uno cuya principal responsabilidad en el plan de redención de Dios sería preparar el camino para la llegada del Señor. Ellos además estaban muy conscientes de una profecía en el libro del profeta Malaquías. En el último capítulo de su libro —de hecho, en el último párrafo de su libro—, Malaquías habló de la llegada del “día del Señor”, que no ocurriría sino hasta la reaparición del profeta Elías (Malaquías 4:5). Por lo tanto, durante cuatrocientos años después de Malaquías, el pueblo judío esperó el regreso del profeta Elías, quien había sido llevado al cielo cientos de años antes (2 Reyes 2:11). En cada celebración de la Pascua, se dejaba una silla desocupada en la mesa en memoria de Elías, en caso de que llegara como un invitado aquella noche.

Por lo tanto, no es de extrañar que cuando Juan comenzó a captar la atención, “los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntaran: ‘Tú, ¿quién eres?’. Juan confesó, y no negó, sino que confesó: ‘Yo no soy el Cristo’. Y le preguntaron: ‘Entonces, ¿qué? ¿Eres Elías?’. Dijo: ‘No lo soy’ ” (Juan 1:19–21a). Cuando Juan descartó cualquier idea de que él podría ser el Mesías, a continuación las autoridades supusieron que era Elías. Pero Juan negó eso también.

Esta negación es más bien misteriosa, porque un ángel había dicho de Juan: “Lo precederá [al Señor] con el espíritu y el poder de Elías” (Lucas 1:17), y más tarde Jesús dijo: “Si quieren recibirlo, [Juan] es Elías, el que había de venir”, y: “ ‘Yo les digo que Elías ya vino, y no lo reconocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron…’. Al escuchar esto, los discípulos comprendieron que les estaba hablando de Juan el Bautista” (Mateo 11:14; 17:12–13). Sin embargo, la forma en la que Jesús calificó esos comentarios, y la declaración de que Juan vendría “en el espíritu y el poder de Elías”, indican que Juan no era el Elías real. No obstante, había una continuidad entre ellos, de manera que el ministerio de Elías se reintrodujo en la persona de Juan el Bautista.


¿EL FIN DEL SILENCIO?

Intenta imaginar que eres un judío del siglo I. De pronto, pareciera que todos están hablando de la aparición de un hombre de Dios que viene del desierto, que era el lugar de encuentro tradicional entre Dios y sus profetas en el Antiguo Testamento. En el desierto, el profeta recibía su unción; allí se le daba la Palabra de Dios y era comisionado para proclamarla a Israel. La gente pronto comenzó a preguntarse si Juan era un profeta.

Esta pregunta tenía mucho significado porque había habido un largo periodo de silencio profético. En los relatos del Antiguo Testamento, pareciera que hay un profeta detrás de cada piedra. Aquella era una época en la que la profecía era muy importante para la vida de los israelitas, y Elías encabezaba la lista de los profetas. Pero luego, de pronto la Palabra profética de Dios había cesado en la tierra. Malaquías había sido el último profeta en Israel. No había habido palabra de Dios por cuatrocientos años. El pueblo de Israel había estado esperando durante lo que parecía una eternidad a que Dios hablara nuevamente. Así, rápidamente revivió la esperanza de que Juan trajera la tan esperada palabra de Dios.

Tengo una pregunta capciosa que me gusta plantearles a mis alumnos: “¿Quién fue el mayor profeta del Antiguo Testamento?”. Algunos dicen Elías; algunos dicen Isaías; otros insisten en Jeremías. Finalmente yo digo: “No, el mayor profeta del Antiguo Testamento fue Juan el Bautista”. A veces nos olvidamos de que si bien leemos sobre Juan el Bautista en el Nuevo Testamento, él vivió antes de que Jesús inaugurara el nuevo pacto en el aposento alto la noche de su traición. Así que la economía del antiguo pacto se extendía desde el principio en el huerto del Edén hasta el momento de la Última Cena. Por lo tanto, Juan el Bautista pertenecía al periodo del Antiguo Testamento, y Jesús dijo de él: “De cierto les digo que, entre los que nacen de mujer, no ha surgido nadie mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11:11).

“EL REINO DE DIOS SE HA ACERCADO”

Si bien Juan fue el mayor profeta del Antiguo Testamento, su tarea consistió en anunciar el fin del periodo de la historia redentora del Antiguo Testamento, porque el reino de Dios estaba a punto de irrumpir. En el Antiguo Testamento, la llegada del reino de Dios era un suceso futuro ambiguo. Pero Juan comenzó su mensaje con una radical nota de urgencia. Él clamaba: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2). Él estaba diciendo que el reino de Dios no estaba en el futuro distante, sino que estaba a punto de llegar.

Juan utilizó dos metáforas para ilustrar la urgencia del momento. Primero, dijo: “El hacha ya está lista para derribar de raíz a los árboles” (Mateo 3:10a). No era como si el leñador recién se hubiera internado en el bosque y hubiera comenzado a desastillar la corteza de un árbol, pero todavía tuviera que dar otros mil hachazos antes de poder derribarlo. Más bien el leñador ya había cortado hasta el corazón mismo del árbol. Juan estaba diciendo que con un hachazo más el árbol caería.

En segundo lugar, Juan dijo: “Ya tiene el bieldo en la mano, de modo que limpiará su era, recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que nunca se apagará” (Mateo 3:12). El bieldo era una herramienta que usaban los agricultores de grano para separar el trigo de la paja. Después de que se trillaba el grano, es decir, se separaban las semillas de las cáscaras, el agricultor usaba una horqueta larga para arrojar montones de semillas al aire para que el viento arrastrara la paja más liviana, los últimos fragmentos de la cáscara. La paja volaba con el viento, pero las semillas más pesadas volvían a caer al montón. Juan estaba diciendo que el agricultor no estaba simplemente pensando en separar el trigo de la paja, ni iba caminando hacia el granero para tomar su bieldo. En lugar de eso, el agricultor tenía el bieldo en la mano y estaba a punto de comenzar el paso final en el proceso de su cosecha. El momento de separación, el momento crítico que apartaría el buen trigo de la paja inútil e indeseable, estaba a punto de acontecer. Juan estaba diciendo: “Israel, tu Rey está a punto de llegar, el Mesías está a las puertas, y tú no estás preparado”.


EL ESCÁNDALO DEL BAUTISMO

¿Qué tenía que hacer el pueblo para estar listo para la llegada del Mesías? Juan se lo dijo claramente: tenían que arrepentirse de sus pecados y bautizarse.

En la mente de los teólogos y los líderes de ese entonces, el llamado de Juan a que el pueblo se presentara en el Río Jordán para bautizarse era escandaloso. ¿Por qué? Cuando un gentil se convertía al judaísmo, tenía que adoptar los principios y las doctrinas del judaísmo, y tenía que circuncidarse. Además, tenía que pasar por un ritual que se había desarrollado durante el periodo intertestamentario, un baño ceremonial de purificación conocido como “bautismo del prosélito”. Este rito de purificación era administrado a los gentiles convertidos porque los judíos consideraban a los gentiles ceremonialmente impuros. Por el contrario, los judíos eran considerados limpios, así que no necesitaban pasar por ningún tipo de ritual de purificación. Pero cuando Juan los llamó a bautizarse, los fariseos se sintieron ofendidos por la implicación de que los judíos eran impuros. Ellos no podían ver que Dios le estaba imponiendo un nuevo requisito a su pueblo porque se acercaba un nuevo momento en la historia de la redención —la llegada del Mesías— y aun los judíos necesitaban remisión de sus pecados.

Un día, mientras Juan bautizaba en el Río Jordán, vio acercarse a Jesús. Él clamó: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29b). Entonces Jesús vino a Juan y le pidió que lo bautizara. Juan quedó pasmado. Mateo nos dice que “Juan se le oponía, diciendo: ‘Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?’ ” (3:14). Él sabía que Jesús no tenía pecado, y por lo tanto no tenía necesidad de un ritual de limpieza. Pero Jesús le dijo: “Por ahora, déjalo así, porque conviene que cumplamos toda justicia” (v. 15). Como Mesías, Jesús tenía que someterse a la totalidad de la ley de Dios. Su vocación no era simplemente morir por los pecados de su pueblo, sino que también tenía que obedecer perfectamente la ley para lograr la justicia que le sería imputada a dicho pueblo. Cada requerimiento que se le imponía a Israel se le imponía al Mesías de Israel, incluida la orden de bautizarse, una orden entregada por Juan el Bautista, un profeta de Dios. Así que Jesús fue bautizado.

Al considerar el bautismo de Juan, no obstante, es crucial que entendamos que este no es equivalente al bautismo del Nuevo Testamento. Son similares en muchos aspectos, pero no son lo mismo. El bautismo del Nuevo Testamento va más allá de lo que implicaba y simbolizaba el bautismo de Juan. Su bautismo era un ritual preparatorio para el pueblo judío mientras esperaban la llegada del Mesías, así que su significado estaba fundado y arraigado en el Antiguo Testamento. Funcionaba como un puente al sacramento del bautismo del Nuevo Testamento. Más tarde, Jesús ordenó algo más profundo y de mayor significación.


EL BAUTISMO ORDENADO

Al final del evangelio de Mateo, encontramos una comunicación culminante entre Jesús y sus discípulos. Mateo escribe:

  Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había señalado, y cuando lo vieron, lo adoraron. Pero algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos en todas las naciones, y bautícenlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Enséñenles a cumplir todas las cosas que les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Amén (28:16–20).

Es significativo, creo yo, que Jesús introdujera este mandato diciendo a sus discípulos: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra”. En toda su enseñanza hasta el momento de su crucifixión, Jesús nunca ordenó el bautismo. Pero aquí lo hizo. Habiéndose levantado de la tumba, él tenía autoridad, debido a su obra consumada, para crear una nueva señal para el nuevo pacto, y eso hizo precisamente al ordenar el bautismo.

En el Post anterior, afirmé que el bautismo no es necesario para la salvación. Sin embargo, si alguien me preguntara: “¿El bautismo es necesario para el cristiano?”, yo le diría: “Absolutamente”. No es necesario para la salvación, pero es necesario para la obediencia, porque Cristo, sin ambigüedades, ordenó que todos aquellos que le pertenecen, que son parte de la nueva familia del pacto, y que reciben los beneficios de su salvación, deben ser bautizados con la fórmula trinitaria.

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La Iglesia Católica Romana dice que la causa instrumental de la justificación es el bautismo

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6

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EL BAUTISMO Y LA SALVACIÓN

Una de las descripciones más emotivas de la iglesia se encuentra en Efesios 4:4–6, donde leemos: “Así como ustedes fueron llamados a una sola esperanza, hay también un cuerpo y un Espíritu, un Señor, una fe, un bautismo, y un Dios y Padre de todos, el cual está por encima de todos, actúa por medio de todos, y está en todos”. La iglesia es un cuerpo lleno de un Espíritu y unida en torno a una esperanza, adora a un Señor y un Dios en una fe. Y se nos dice que hay un solo bautismo.

Gracias a este pasaje y otras numerosas afirmaciones bíblicas, el sacramento del bautismo ha desempeñado un rol central en la iglesia a través de su historia y es un importante aspecto de la adoración cristiana. No obstante, encontramos que existe una gran medida de controversia en torno al tema del bautismo. Aparentemente, hay interrogantes acerca de prácticamente cada aspecto del sacramento: 
A. El origen o institución del bautismo; el significado del bautismo; 
B.La administración del bautismo (¿quién está autorizado para bautizar a las personas?); 
C. La formula el bautismo (¿el bautismo debe administrarse solo en el nombre de Jesús o en el nombre de las tres personas de la Trinidad?);
D. El modo del bautismo (¿el bautismo debe realizarse por aspersión, infusión, inmersión parcial, o total inmersión?); y
E. Los receptores adecuados del bautismo (¿está restringido a los adultos que hayan hecho una profesión de fe creíble, o se puede bautizar a los niños también?). 
Otra importante controversia tiene que ver con la eficacia del sacramento (¿qué es realmente lo que el bautismo efectúa en la vida de quienes lo reciben?).

Dado que tenemos un Señor, una fe, y un bautismo, se podría pensar que habría menos preguntas en torno a este sacramento. Es trágico que los cristianos estén tan agudamente divididos respecto a estas cuestiones. Con todo, las divisiones y las controversias demuestran que los cristianos reconocen que el bautismo es un asunto serio. Después de todo, nadie puede leer el Nuevo Testamento, aunque sea someramente, y no ver claramente que el bautismo es un elemento muy importante de la fe cristiana. Así que los cristianos que toman su fe en serio también toman el bautismo en serio, y quieren entenderlo correctamente. Les importa lo bastante como para debatir las áreas de incertidumbre acerca del bautismo.

No cabe duda de que la mayor controversia sobre el bautismo se ha centrado en su rol en la salvación. ¿Debe bautizarse una persona para experimentar el nuevo nacimiento? Esta pregunta ha sido un enorme punto de debate en la historia de la iglesia, así que quiero abordarla en este capítulo inicial.


FE Y BAUTISMO

La Iglesia Católica Romana ve el sacramento del bautismo como la causa instrumental de la justificación. ¿Qué quiere decir Roma con eso? Para ayudar a responder esa pregunta, quiero que nos volvamos al antiguo filósofo griego Aristóteles, quien articuló la idea de la causalidad instrumental.

Aristóteles identificó varios tipos de causas. Su ilustración favorita de las diversas causas involucraba a una estatua. Él decía que una estatua tiene varias causas, varias cosas que deben estar presentes para que la imagen tome forma. 

Primero, dijo él, tiene que haber una causa material, que él definió como el material del que la estatua está hecha. Podría ser un bloque de piedra, un trozo de madera, o alguna otra substancia. 
Segundo, identificó la causa eficiente, una persona que cambia la forma del material y lo remodela. Para la estatua, la causa eficiente es el escultor. 
Tercero, está la causa formal, un plan, idea, o plano que dirige la alteración del material. 
Cuarto, está la causa final, que es el motivo de la estatua. 
Quinto,  Aristóteles identificó la causa instrumental, que es la herramienta o el medio por el que se realiza la transformación del material. Al esculpir su Piedad, Miguel Ángel no podía simplemente ordenarle al mármol que tomara la forma que él deseaba. Necesitó un cincel y un martillo. Esos fueron los instrumentos por los cuales ocurrió el cambio en el mármol.

Como cristianos, decimos que la justificación es solo por la fe. Esa pequeña palabra por es crucial para nuestra comprensión de cómo se lleva a cabo la justificación. No significa que la fe sea meritoria y obligue a Dios a salvarnos. Más bien la palabra por indica gramaticalmente lo que llamamos el dativo instrumental, que describe el medio por el cual una cosa se lleva a cabo. Por lo tanto, empleando las categorías de Aristóteles, la fe es la causa instrumental de la justificación, según la postura protestante.

Por el contrario, la Iglesia Católica Romana dice que la causa instrumental de la justificación es el bautismo. Roma proclama que una persona es justificada al ser bautizada por un sacerdote. En el bautismo, la persona recibe una infusión, un derramamiento de la gracia en el alma. A veces esta gracia se denomina la gracia de la justicia de Cristo o la gracia de la justificación. Cuando esa gracia se infunde en el alma de la persona bautizada, esta entra en un estado de gracia.


UNA SEGUNDA TABLA DE SALVACIÓN

Desde la perspectiva católica romana, es necesario que la persona bautizada coopere con la gracia infundida para permanecer en un estado de gracia, porque, según Roma, las personas pueden perder su justificación. Si una persona comete un pecado muy grave, mata la gracia de la justificación. En consecuencia, la Iglesia Católica Romana llama a este tipo de pecado “pecados mortales”.

Dado que la gracia salvadora se infunde en la persona en el bautismo, aparentemente si alguien que está bautizado comete un pecado mortal, eliminando así la gracia de la justificación de su alma, esa persona tendría que ser bautizada de nuevo para ser justificada nuevamente. Pero la Iglesia Católica Romana no rebautiza a las personas que cometen pecados mortales; ella enseña que si bien la justificación se pierde con los pecados mortales, hay un character indelebilis, una marca indeleble puesta en el alma de cualquiera que sea bautizado.

De esta forma, la restauración de la justificación en caso de pecado mortal se realiza por medio de otro sacramento, la penitencia, que la Iglesia Católica Romana describe como la segunda tabla de salvación para aquellos cuyas almas han naufragado (el sacramento de la penitencia fue lo que provocó la controversia que condujo a la Reforma Protestante en el siglo XVI). Así que la primera causa instrumental de la justificación es el sacramento del bautismo. Si alguien pierde la justificación, la próxima vez la causa instrumental será el sacramento de la penitencia. En resumen, según la iglesia de Roma, los sacramentos son los instrumentos por medio de los cuales se comunica la salvación.

“POR LA OBRA REALIZADA”

Como parte de su argumento a favor de la eficacia de los sacramentos, la Iglesia Católica Romana afirma que ellos funcionan ex opere operato, que literalmente significa “por la obra realizada”. Cuando los reformadores protestantes comenzaron a cuestionar las enseñanzas de Roma, afirmaron que ex opere operato debe significar que cualquiera que sea bautizado es automáticamente justificado. Las autoridades católicas romanas respondieron que la justificación no es automática, porque la infusión de gracia que ocurre en el bautismo no conduce a la justificación si el receptor la obstaculiza con incredulidad. A propósito, esto significa que aquellos que son bautizados cuando niños ciertamente son justificados porque ellos no son capaces de resistirse a la infusión de la gracia.

Contra el principio ex opere operato de Roma, los reformadores argumentaron que los beneficios significados por el bautismo no se reciben aparte de la fe. Cuando Dios le da a alguien la señal del bautismo, le hace una promesa de todos los beneficios que él concederá a todos los que creen. Por lo tanto, una persona puede ser bautizada y no obstante nunca venir a la fe y nunca experimentar todos los beneficios que hemos enumerado. En consecuencia, la teología reformada clásica repudia la idea de cualquier tipo de eficacia automática del bautismo.

¿Significa esto que el bautismo es simplemente un signo vacío? ¿Por qué realizarlo si no efectúa nada? En primer lugar, lo hacemos porque Cristo lo ordenó, pero también porque comunica la señal de la promesa de Dios de salvación por fe y de los beneficios que emanan de ello. Cuando una persona es bautizada y viene a la fe, si más tarde se preocupa por la pérdida de su salvación, puede hacer memoria de su bautismo —no porque el bautismo garantice su salvación, sino porque le recuerda la promesa fiel de Dios de preservar a todos los que están injertados en Cristo. Como veremos, cuando Abraham preguntó cómo podía estar seguro de que Dios cumpliría su promesa de darle la tierra de Canaán, Dios celebró una ceremonia de pacto. En otras palabras, Dios hizo un juramento. Hizo una promesa de pacto, diciendo, en esencia: “Abraham, que yo sea destruido si no cumplo la promesa que te hice”.

Dios no promete ninguno de los beneficios de salvación a los incrédulos. La promesa es solo para los que creen, y la promesa es absolutamente segura para ellos. Por lo tanto, el bautismo es infinitamente valioso.

El bautismo, entonces, no es necesario para la salvación. Solo tenemos que considerar el ejemplo del ladrón en la cruz. Él no fue bautizado, y no obstante Jesús prometió que en aquel día estaría en el paraíso. Algunos que creen están físicamente impedidos para ser bautizados, y algunos se abstienen de hacerlo porque creen que no es necesario. Con todo, yo creo que ellos estarán en el cielo si verdaderamente han confiado solamente en Cristo para su salvación.

El debate sobre el lugar del bautismo en la salvación de los pecadores es tan solo una de las controversias que han acompañado a este sacramento a través de los siglos. 
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jueves, 5 de diciembre de 2019

Un habito que daña a nuestro prójimo

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6
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Juzgar a los demás 
Jesucristo prohíbe la práctica de juzgar indiscriminadamente: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido (Mateo 7:1–2). Cuántas veces pasamos por nuestra lupa los defectos de otros y de inmediato, a la hora del café, en la oficina, a bordo del auto, junto a quien consideramos nuestro amigo, comenzamos a divulgar los errores de otras personas.

Note que el pasaje de Mateo 7:1–5 hace hincapié en la prohibición de Jesús respecto a la crítica entre los creyentes. ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.

Con frecuencia nos dejamos llevar por el impulso de juzgar sin misericordia y la mayoría de las veces observamos detalles mínimos, sin trascendencia. Es como si viéramos la paja y nosotros no observáramos nuestras propias faltas. Lo lamentable es que esto ocurra entre hermanos, oficiales y líderes de la iglesia, incluso entre ovejas y el pastor. El fenómeno cunde por todos los rincones del cristianismo, entre jóvenes y viejos, en el púlpito y los asientos, entre grandes y pequeños. Sin lugar a dudas, la enfermedad más urgente a curar es la de la lengua.


Salomón dijo: El que cubre la falta busca amistad; mas el que la divulga, aparta al amigo (Proverbios 17:9). La palabra de Dios es tan clara como el agua purificada; es decir; no podemos criticar aquello que nosotros mismos practicamos. La palabra de Dios nos confronta y nos dirige a conclusiones muy alarmantes. Si murmuramos es porque no amamos lo suficiente y por esa razón no podemos candado a la lengua. El apóstol Pablo dijo: El amor no se alegra del mal, sino que se alegra de lo justo (1 Corintios 13:6). La versión “Dios llega al hombre” lo dice de la siguiente forma: No se alegra del pecado de otros, sino de la verdad. En otras palabras, el amor no guarda un archivo de los errores ni se regodea en los pecados de otros, antes bien, se goza en la verdad.

El gran hombre de Tarso, salvo por el poder de Jesucristo y experimentado en la consejería pastoral, nos dice: Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado (Gálatas 6:1).


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