sábado, 16 de mayo de 2015

Sabe el Señor rescatar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos bajo castigo hasta el día del juicio; y mayormente a los que van detrás de la carne en concupiscencia de contaminación, y desprecian la autoridad.

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6



 
 
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Hombres  y Mujeres Marcados

2 Pedro 2:10–16

¡Pedro no ha terminado con los apóstatas! A diferencia de algunos creyentes de hoy, al apóstol le perturbaban cómo avanzaban los falsos maestros en las iglesias. Sabía que el método de ellos era sutil, pero que sus enseñanzas eran fatales, y quería advertir a las iglesias en cuanto a ellos.

Recuerda, sin embargo, que Pedro empezó su carta con la enseñanza positiva sobre la salvación, el crecimiento cristiano y la confiabilidad de la Palabra de Dios. Tenía un ministerio equilibrado, y es importante que nosotros mantengamos ese equilibro hoy. Cuando Carlos Spurgeon empezó su revista, la llamó La Espada y la Cuchara de Albañil, aludiendo a los obreros del libro de Nehemías, que mantenían sus espadas en una mano y sus herramientas en la otra mientras reparaban los muros de Jerusalén.

Algunos tienen un ministerio puramente negativo y no edifican nada. ¡Están demasiado atareados luchando contra el enemigo! Otros aducen ser positivos, pero nunca defienden lo que han edificado. Pedro sabía que no bastaba con solo atacar a los apóstatas; también tenía que dar enseñanza sólida a los creyentes de las iglesias.

En esa sección de su carta, condena a los apóstatas por tres pecados específicos.

  Sus ultrajes (2 Pedro 2:10–12)
El cuadro aquí es de personas arrogantes que tratan de ensalzarse a sí mismas tratando de denigrar a los demás. No muestran respeto por la autoridad ni temen atacar o difamar a personas en cargos altos.

Dios ha establecido la autoridad en este mundo, y cuando la resistimos, estamos resistiendo a Dios (Romanos 13:1 en adelante). Los padres deben tener autoridad sobre sus hijos (Efesios 6:1–4) y los patrones sobre sus empleados (Efesios 6:5–8). Como ciudadanos y creyentes, debemos orar por los que están en autoridad (1 Timoteo 2:1–4), respetarlos (1 Pedro 2:11–17) y procurar glorificar a Dios con nuestra conducta. Como miembros de una asamblea local, debemos honrar a los que ejercen el gobierno espiritual sobre nosotros y procurar animarlos en su ministerio (Hebreos 13:7, 17; 1 Pedro 5:1–6).

El gobierno humano es, en cierto sentido, el don de Dios para ayudar a mantener orden en el mundo, de modo que la iglesia puede ministrar la Palabra y ganar a los perdidos para Cristo (1 Timoteo 2:1–8). Debemos orar a diario por las autoridades para que puedan ejercer esa autoridad dentro de la voluntad de Dios. Es grave que el creyente se oponga a la ley, y debe estar seguro de que es la voluntad de Dios cuando lo hace. También debe hacerlo de una manera que glorifique a Cristo, de modo que los inocentes (incluso los empleados no salvos del gobierno) no sufran.

La razón de su ultraje (v. 10). Una palabra da la razón: carnalidad. La naturaleza depravada del hombre no quiere someterse a ningún tipo de autoridad. “¡Ocúpate de lo tuyo!” es el mensaje insistente, y muchos lo siguen. En años recientes, han propagado libros que estimulan a que la gente triunfe a cualquier costo, incluso al punto de perjudicar o intimidar a otros. Lo importante, según estos libros, es cuidarse uno mismo: el número uno; y usar a otros como herramientas para lograr los propios objetivos egoístas.

La naturaleza caída del hombre estimula el orgullo. Cuando el ego está en juego, estos apóstatas no se detendrán ante nada para promoverse y protegerse. Su actitud es completamente opuesta a la de nuestro Señor, quien voluntariamente se despojó a sí mismo para convertirse en siervo, y después, murió como sacrificio por nuestros pecados (ve Filipenses 2). Estos hombres que Pedro describe eran “atrevidos”, lo que quiere decir que eran muy audaces en su manera de hablar de los que ocupaban cargos de dignidad. Hay una audacia heroica, pero también una satánica.

Estos hombres también eran “contumaces”, lo que quiere decir que vivían para agradarse solo a sí mismos. Eran arrogantes ¡e incluso desafiaban a Dios para conseguir lo que querían! Proverbios 21:24 los describe a la perfección. Aunque por fuera parecían servir a Dios y a la gente, por dentro, solo alimentaban su ego y acolchonaban sus nidos.

En su arrogancia, “no temen decir mal de las potestades superiores [gloriosas]”. En tanto que la referencia inmediata probablemente es a los “exaltados” en cargos de autoridad, aquí tal vez también se tenga en mente a los ángeles, puesto que en el próximo versículo, Pedro se refiere a ellos. ¡Estos apóstatas ultrajan incluso a los ángeles! ¡Y ni siquiera tiemblan cuando lo hacen! Están tan seguros en su orgullo, ¡que incluso se atreven a desafiar a que Dios los juzgue!
La seriedad de su ultraje (v. 11). Los apóstatas ultrajan incluso a los ángeles, ¡pero los ángeles no ultrajan a los apóstatas! Incluso los ángeles, aunque mayores en fuerza y poder, no se entrometen en la esfera que no les pertenece. Recuerdan la rebelión de Lucifer y saben lo grave que es rebelarse contra la autoridad divina. Si Dios juzgó a los ángeles rebeldes, ¡cuánto más juzgará a los hombres también rebeldes!
Esto significa que los ángeles santos ni siquiera hablan contra los ángeles caídos. Han dejado todo juicio al Señor. Aprenderemos más de esto cuando estudiemos Judas, porque él menciona este asunto de los ángeles en los versículos 8 y 9.

Hablar mal de otros es un gran pecado, y el pueblo de Dios debe evitarlo. Tal vez no respetemos a los que ocupan los cargos, pero debemos respetar el cargo en sí, porque toda autoridad es dada por Dios. Los que ultrajan a los funcionarios del gobierno en el nombre de Cristo deben leer y meditar en Tito 3:1, 2: “Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres”.

Cuando Daniel rehusó comer la comida del rey, lo hizo de una manera bondadosa que no metió en problemas a su guardián (Daniel 1). Incluso cuando los apóstoles se negaron a obedecer la orden del sanedrín de que dejaran de predicar en el nombre de Jesús, actuaron como caballeros. Respetaron a la autoridad aunque desobedecieron la orden. La carne empieza a operar cuando el orgullo entra, y es allí cuando usamos nuestras lenguas como armas en lugar de como herramientas. “Las palabras de su boca son iniquidad y fraude; ha dejado de ser cuerdo y de hacer el bien” (Salmo 36:3).

El castigo de su ultraje (v. 12). Pedro comparó a estos falsos maestros con “animales irracionales”, ¡cuyo único destino es el matadero! Al final de este capítulo, ¡se los pinta como puercos y perros! Los animales tienen vida, pero actúan puramente por instinto. Carecen de las finas sensibilidades de los seres humanos. Jesús nos advirtió que no desperdiciáramos cosas preciosas en bestias brutas que no saben apreciarlas (Mateo 7:6).

En una ocasión, hice una visita pastoral a una casa donde había fallecido alguien, y antes de que yo subiera las escaleras hacia la puerta, un enorme perro empezó a ladrar ferozmente como si yo hubiera ido para robar algo. Ignoré sus amenazas porque sabía que estaba actuando puramente por instinto. Hacía mucho ruido acerca de algo de lo que no sabía nada. Su dueño tuvo que llevarlo al sótano antes de que yo pudiera entrar a la casa y consolar a la familia afligida.

Lo mismo sucede con los apóstatas: ¡hacen mucho ruido por cosas de las que no saben nada! La traducción de Phillips de 2 Pedro 2:12 dice: “Estos maestros insultan lo que no entienden”. La Nueva Versión Internacional afirma: “Pero aquéllos blasfeman en asuntos que no entienden”. Cuando sus alumnos hacían ruido en clase, una de mis maestras solía decir: “¡Los barriles vacíos son los que más ruido hacen!”. ¡Cuán cierto es!

Es triste cuando los medios de comunicación se concentran en las bocas grandes de estos falsos maestros en lugar de en el silbo apacible y delicado del Señor mientras ministra por medio de los que son fieles a él. Es incluso más triste cuando los inocentes se fascinan ante estas “palabras infladas y vanas” (2 Pedro 2:18) y no pueden discernir entre la verdad y la propaganda. La verdad de la Palabra de Dios lleva a la salvación, pero las palabras arrogantes de los apóstatas guían solo a la condenación.

Estos “animales irracionales” están destinados a la destrucción, verdad que Pedro mencionó a menudo en 2 Pedro 2 (vs. 3, 4, 9, 12, 17, 20). Al procurar destruir la fe, ellos mismos serán destruidos; “perecerán en su propia destrucción”. Su propia naturaleza los arrastrará a la destrucción, como el puerco vuelve al lodo y el perro a su vómito (2 Pedro 2:22). Desdichadamente, antes de que eso tenga lugar, estos individuos pueden hacer mucho daño moral y espiritual.


  Su parranda (2 Pedro 2:13, 14a)

Las palabras que se traducen “gozar” y “recrean” implican placer sensual. También llevan la idea de lujo, blandura y extravagancia. A costa de los que los sostienen (2 Pedro 2:3), los apóstatas disfrutan de una vida lujosa. En nuestra sociedad, hay quienes piden fondos para sus ministerios, y sin embargo, viven en casas costosas, conducen carros de lujo y visten ropas caras. Cuando recordamos que Jesús llegó a ser pobre para enriquecernos, la forma de vida de lujo de estos individuos está lejos del cristianismo del Nuevo Testamento.

No solo engañan a otros, ¡sino que se engañan a sí mismos! Pueden demostrar con la Biblia que su forma de vida es correcta. En la antigüedad, se esperaba que la gente hiciera festejos desordenados por la noche, pero estos se atrevían a festejar de día, ya que estaban plenamente convencidos de sus prácticas. Una persona puede acostumbrarse tanto a sus vicios que los ve como virtudes.

Si ellos llevaran su forma de vida fuera de la iglesia, no tendríamos que preocuparnos tanto; ¡pero eran parte de la comunión de creyentes! Incluso estaban participando en las “comidas de amor” que la iglesia primitiva solía disfrutar en conexión con la celebración de la cena del Señor (1 Corintios 11:20–34). En esa ocasión, los creyentes más pobres podían disfrutar de una comida decente gracias a la generosidad de los hermanos en la fe que tenían más posibilidades económicas. Pero los apóstatas solamente usaban la “comida de amor” como tiempo para exhibir su riqueza e impresionar a los ignorantes que carecían de discernimiento.
En lugar de bendecir la comunión, estos falsos maestros eran “inmundicias y manchas” que contaminaban a la congregación. De alguna manera, su conducta en los festejos manchaba a otros y deshonraba el nombre del Señor. Es la Palabra de Dios la que ayuda a quitar las manchas de inmundicias (Efesios 5:27), pero estos maestros no ministraban la verdad de las Escrituras, sino que las tergiversaban para hacer que dijeran lo que ellos querían (2 Pedro 3:16).

Esta “contaminación inconsciente” es mortal. Los fariseos también eran culpables de lo mismo (Mateo 23:25–28). La doctrina falsa inevitablemente lleva a una vida falsa, y la vida falsa también estimula la enseñanza falsa. El apóstata debe “ajustar” la Palabra de Dios o cambiar su forma de vida… ¡y no va a cambiar su manera de vivir! Así que, a dondequiera que va, en secreto contamina a las personas y facilita que pequen. ¡Es posible asistir a la celebración de la cena del Señor de una iglesia y contaminarse!

Por cierto, nuestras iglesias necesitan ejercer autoridad y practicar disciplina. El amor cristiano no quiere decir que toleremos toda falsa doctrina y todos los llamados estilos de vida. La Biblia dice claramente que algunas cosas son buenas y que otras son malas. A ningún creyente con creencias o doctrinas contrarias a la Palabra de Dios se le debe permitir que participe en la cena del Señor o que tenga un ministerio espiritual en la iglesia. Su influencia contaminante tal vez no se vea de inmediato, pero a la larga, producirá graves problemas.

En 2 Pedro 2:14, se afirma claramente que los apóstatas asisten a las reuniones de la iglesia por dos razones: primero, para satisfacer sus propios deseos y concupiscencias; segundo, para lograr adeptos para su causa.

Mantienen sus ojos abiertos, buscando “almas inconstantes” a las que puedan seducir a pecar. Pablo advirtió acerca de apóstatas similares que “se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias” (2 Timoteo 3:6). Más de un “siervo de Dios” ha usado la religión como disfraz para cubrir sus deseos lujuriosos. Algunas mujeres, en particular, son vulnerables en las sesiones de consejería, y estos hombres se aprovechan de ellas.

En una de las iglesias donde fui pastor, noté que un joven del coro estaba haciendo todo lo posible para parecer un gigante espiritual ante los demás miembros del coro, especialmente, ante las jóvenes. Oraba con gran fervor y a menudo hablaba de su andar con el Señor. Algunos estaban impresionados con él, pero yo percibía que algo andaba mal y que había un peligro inminente. Sin duda, empezó a salir con una de las mejores jóvenes, la cual era una nueva creyente. A pesar de mis advertencias, ella continuó la amistad y terminó en que él la sedujo. Alabo a Dios porque pudo ser rescatada y ahora está sirviendo fielmente al Señor, pero podría haberse evitado esa terrible experiencia.

Satisfacer su lujuria es la principal ambición de los falsos maestros: no se sacian de pecar. El verbo sugiere “son incapaces de detenerse”. ¿Por qué? Porque son esclavos (2 Pedro 2:18, 19). Los apóstatas se consideran libres, y sin embargo, están en la peor esclavitud. Contaminan todo lo que tocan; al que logran convertir, lo esclavizan.

La expresión “seducen a las almas inconstantes” presenta el cuadro de un pescador poniendo la carnada en un anzuelo, o un cazador colocando el cebo en una trampa. La misma imagen se usa en Santiago 1:14, donde Santiago presenta la tentación como “la carnada de la trampa”. Satanás sabe que nunca podría atraparnos a menos que haya una carnada excelente para atraernos. Le prometió a Eva que ella y Adán serían “como dioses” si comían del fruto prohibido (Génesis 3:4, 5), y ellos mordieron la carnada y quedaron atrapados.

¿Qué clase de carnada usan los apóstatas para atrapar a la gente? Para empezar, les ofrecen “libertad” (2 Pedro 2:19). Esto probablemente quiere decir pervertir la gracia de Dios, “convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios” (Judas 4). “Puesto que eres salvo por la gracia —argumentaban—, tienes libertad para pecar. Mientras más peques, ¡más de la gracia de Dios tendrás!”. Pablo respondió a esa falsa argumentación en Romanos 6, porción de la Biblia que todo creyente debe dominar.

Junto con la “libertad” también cebaban la trampa con “satisfacción”. Esta es una de las “palabras de moda” de nuestra generación, y va junto con “ocúpate de lo tuyo” y “hazlo a tu manera”. Dicen: “La vida cristiana que la iglesia ofrece es anticuada y pasada de moda. Tenemos un nuevo estilo de vida que te hace sentir satisfecho ¡y te ayuda a ser tú mismo!”. Ay, como el hijo pródigo, estas almas inconstantes tratan de hallarse a sí mismas, pero acaban perdiéndose (Lucas 15:11–24). En su búsqueda de satisfacción, se vuelven egocéntricas y pierden las oportunidades de crecimiento que surgen al servir a los demás.

No puede haber libertad ni satisfacción sin sumisión a Jesucristo. “El propósito de la vida —decía P. T. Forsyth— no es hallar tu libertad, sino a tu Amo”. Tal como el músico talentoso encuentra libertad y satisfacción al ponerse bajo la disciplina de un gran artista, o un atleta bajo un gran entrenador, así el creyente halla verdadera libertad y satisfacción bajo la autoridad de Jesucristo.

¿Quiénes son los que muerden la carnada que los apóstatas ponen en sus sutiles trampas? Pedro los llama “almas inconstantes”. La estabilidad es un factor importante en la vida cristiana exitosa. Tal como el niño debe aprender a pararse antes de poder andar o correr, así el cristiano debe aprender a “estar firme en el Señor”. Pablo y los demás apóstoles trataron de establecer a sus convertidos en la fe (Romanos 1:11; 16:25; 1 Tesalonicenses 3:2, 13). Pedro estaba seguro de que sus lectores estaban “confirmados en la verdad presente” (2 Pedro 1:12), pero, de todo modos, los advirtió.


  Su rebelión (2 Pedro 2:14b–16)

Los apóstatas saben cuál es “el camino recto”, el sendero derecho que Dios ha establecido, pero deliberadamente lo abandonan el para seguir el propio. Con razón Pedro los llama “animales irracionales” (2 Pedro 2:12) y los compara con ellos (2 Pedro 2:22). “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento”, advertía el salmista (Salmo 32:9). Al caballo le encanta correr hacia delante y a los mulos les gusta quedarse rezagados; uno y otro pueden sacarte del camino derecho. Los creyentes son ovejas, y las ovejas necesitan quedarse cerca del pastor, o de lo contrario, se descarriarán.

Ya hemos aprendido una razón de la conducta impía de los apóstatas: quieren saciar los antojos de su carne. Pero hay una segunda razón: son codiciosos y quieren explotar a la gente para lucro personal. Pedro mencionó esto en 2 Pedro 2:3 y ahora amplía el pensamiento. No solo la perspectiva del falso maestro está controlada por sus pasiones (2 Pedro 2:14a), sino que su corazón está dominado por la codicia. ¡Es esclavo de su lujuria por el placer y el dinero!

Es más, ha perfeccionado la habilidad de conseguir lo que quiere. “Son expertos en la avaricia”, dice la Nueva Versión Internacional; y una versión ampliada en inglés es incluso más gráfica: “Su técnica para conseguir lo que quieren está altamente desarrollada, mediante una larga práctica”. Saben exactamente cómo motivar a la gente para que den. En tanto que el verdadero siervo de Dios confía en que el Padre suplirá sus necesidades y procura ayudar a las personas para que crezcan al aprender a dar, el apóstata confía en sus “habilidades para levantar fondos” y deja a la gente en peor condición que cuando las halló. Sabe cómo explotar a los inestables e inocentes.

Por cierto, no hay nada de malo cuando una organización les habla de sus oportunidades y necesidades a sus amigos que oran. Mi esposa y yo recibimos muchas publicaciones y cartas de este tipo, y francamente, algunas las echamos a la basura sin leerlas. Hemos aprendido que no se puede confiar en esos ministerios, que sus clamores dramáticos no siempre se basan en hechos y que los fondos que se donan no siempre se usan como dicen. Hay otras cartas y publicaciones que leemos con todo cuidado, oramos y conversamos al respecto, y vemos si Dios quiere que invirtamos en su obra. Sabemos que no podemos sustentar toda buena obra que Dios ha levantado, así que, tratamos de tener discernimiento, e invertimos en los ministerios que Dios ha escogido para nosotros.

Al escribir Pedro sobre las prácticas engañosas de esta gente, solamente pudo exclamar: “son hijos de maldición”. No eran los hijos “benditos” de Dios, sino los hijos malditos del diablo (Juan 8:44). Tal vez triunfen al engordar sus cuentas bancarias, pero al final, en el trono de Dios, serán declarados en bancarrota. “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41). “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16:26).

La avaricia o codicia es el deseo insaciable de tener más: más dinero, más poder, más prestigio. El corazón codicioso jamás se sacia. Esto explica por qué el amor al dinero es la raíz de todos los males (1 Timoteo 6:10), porque cuando alguien lo codicia más, cometerá cualquier pecado para satisfacer esa ansia. Ya ha roto los primeros dos de los Diez Mandamientos, porque el dinero ya es su dios e ídolo. Entonces, es un paso sencillo quebrantar los demás: robar, mentir, cometer adulterio, tomar el nombre de Dios en vano, etc. Con razón Jesús advirtió: “Mirad, y guardaos de toda avaricia” (Lucas 12:15).

He leído que los habitantes del norte de África han hallado una manera ingeniosa de atrapar monos. Agujerean una calabaza, con el tamaño justo para que pase la mano del mono, luego le ponen algunas nueces adentro y la amarran a un árbol. Por la noche, el mono mete la mano en la calabaza para sacar las nueces, ¡y entonces descubre que no puede sacarla de la calabaza! Por supuesto, podría soltar las nueces y escapar con facilidad; ¡pero no quiere soltar las nueces! Acaba siendo capturado por su codicia. Podemos esperar esta clase de insensatez en un animal, pero no en una persona hecha a imagen de Dios; y sin embargo, sucede todos los días.

Pedro conocía las Escrituras del Antiguo Testamento. Ya había usado a Noé y a Lot para ilustrar sus palabras, y en 2 Pedro 2:15, 16 usó al profeta Balaam. El relato de Balaam se halla en Números 22–25; dedica tiempo para leerlo.

Balaam es un personaje misterioso, un profeta gentil que trató de maldecir a los israelitas. Balac, rey de los moabitas, le temía a Israel, así que, acudió a Balaam para que lo ayudara. Balaam sabía que era un error cooperar con Balac, pero su corazón era codicioso y quería el dinero y el honor que Balac le había prometido. Balaam conocía la verdad y la voluntad de Dios, y sin embargo, en forma deliberada, abandonó el camino correcto y se descarrió. Es una ilustración perfecta de los apóstatas en sus prácticas codiciosas.

Desde el principio, Dios le dijo a Balaam que no ayudara a Balac, y al principio, Balaam obedeció y envió a los mensajeros de regreso. Pero cuando Balac envió más príncipes y le prometió más dinero y honor, Balaam decidió “orar al respecto de nuevo” y reconsiderar el asunto. La segunda vez, Dios probó a Balaam y le permitió que fuera con los príncipes. Esta no era la voluntad directa de Dios, sino su voluntad permisiva, diseñada para ver qué haría el profeta.

¡Balaam aprovechó la oportunidad! Pero cuando empezó a descarriarse, Dios reprendió al profeta desobediente mediante la boca de su burro. ¡Qué asombroso que los animales obedezcan a Dios, aun cuando sus dueños no! (Lee Isaías 1:3.) Dios permitió que Balaam levantara sus altares y ofreciera sus sacrificios, pero no dejó que maldijera a Israel. Más bien, convirtió la maldición de Balaam en una bendición (Deuteronomio 23:4, 5; Nehemías 13:2).

Balaam no pudo maldecir a Israel, pero sí pudo decirle cómo derrotar a la nación. Lo único que los moabitas tenían que hacer era invitar a los israelitas a ser “vecinos amistosos” y participar en sus festivales (Números 25). En lugar de mantener su posición separada, Israel hizo concesiones y se unió a las orgías paganas de los moabitas. Dios tuvo que disciplinar al pueblo y miles murieron.

Pueden verse en Balaam los dos aspectos de la apostasía que Pedro destacó en este capítulo: deseos sensuales y codicia. Amaba el dinero y condujo a Israel al pecado de la lujuria. Era un hombre que podía recibir mensajes del Señor, y sin embargo, hizo descarriar al pueblo de Dios. Cuando se leen sus oráculos, es imposible evitar impresionarse con su elocuencia; y sin embargo, en forma deliberada, desobedeció a Dios. Balaam dijo: “He pecado” (Números 22:34), pero su confesión no era sincera. Incluso oró: “Muera yo la muerte de los rectos” (Números 23:10), y sin embargo, no quería vivir la vida de los rectos.

Como Balaam le aconsejó a Balac que sedujera a Israel, Dios se cuidó de que el profeta fuera castigado. Murió atravesado por una espada cuando Israel derrotó a los madianitas (Números 31:8). Nos preguntamos quién recibió toda la riqueza que él se había “ganado” con sus caminos engañosos. Pedro llamó a su pago “premio de la maldad”. Esta frase nos recuerda a otro impostor, Judas, que recibió “salario de su iniquidad” (Hechos 1:18), y que también pereció en vergüenza.

No debemos ignorar la lección principal: se rebeló contra la voluntad de Dios. Como los falsos maestros que Pedro describió, Balaam sabía el camino correcto, pero en forma deliberada escogió el sendero errado porque quería ganar dinero. Se puso a “jugar con la voluntad de Dios” tratando de conseguir “un punto de vista diferente” (Números 22:41; 23:13, 27). Sin duda, tenía un don verdadero de Dios, porque pronunció algunas hermosas profecías en cuanto a Jesucristo, pero prostituyó ese don para usos viles solamente para ganar honor y riqueza.

Un funcionario de cierto banco habló con un subalterno en secreto y le preguntó: —Si te diera $50.000, ¿me ayudarías a alterar los libros de contabilidad?
—Sí, pienso que lo haría—, replicó el otro.
—¿Lo harías por $100?
—¡Por supuesto que no! —dijo el hombre—. ¿Qué piensa que soy? ¿Un ladrón común?
—Ya hemos establecido eso —dijo el funcionario—. Ahora estamos hablando en cuanto al precio.

El codicioso, en efecto, tiene su precio, y cuando se lo pagan, hará lo que sea que le pidan, incluso rebelarse contra la voluntad de Dios. Pedro llamó a esta actitud “locura”. La palabra quiere decir haber perdido el juicio, haber enloquecido. Pero Balaam pensaba que estaba haciendo algo sabio; después de todo, estaba aprovechando una situación que tal vez nunca volvería a presentarse. Pero cualquier rebelión contra Dios es locura y solo puede conducir a la tragedia. Fue cuando el hijo pródigo “volvió en sí” que se dio cuenta de lo necio que había sido (Lucas 15:17).

Pedro condenó tres pecados de los falsos maestros: sus ultrajes, sus parrandas y su rebeldía. Todos estos pecados brotan del orgullo y el deseo egoísta. Un verdadero siervo de Dios es humilde y trata de servir a otros (ve el contraste en Filipenses 2:20, 21). El verdadero siervo de Dios no piensa en un elogio o una paga, porque sirve al Señor debido al amor y la obediencia de su corazón. Honra a Dios y la autoridad que ha establecido en este mundo. En resumen, el verdadero siervo de Dios imita a Jesucristo.

En estos últimos días, habrá abundancia de falsos maestros que supliquen sustento. Tienen talento y experiencia cuando se trata de engañar a la gente y sacarle dinero. Es importante que el pueblo de Dios esté establecido en la verdad, que sepa cómo detectar cuando están tergiversándose las Escrituras y explotando a la gente. Agradezco a Dios por las organizaciones que ayudan a exponer los fraudes religiosos, pero, de todos modos, se necesita discernimiento espiritual y un conocimiento creciente de la Palabra de Dios.

No todos los fraudes religiosos se descubrirán y suspenderán, ¡pero Dios un día lidiará con todos ellos! Como animales, “perecerán en su propia perdición” (2 Pedro 2:12). Recibirán el “galardón de su injusticia” (2 Pedro 2:13) para compensar por el salario que han explotado de otros. Como “hijos de maldición” (2 Pedro 2:14) serán proscritos de la presencia de Dios para siempre.
Son hombres y mujeres marcados; no escaparán.

 
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viernes, 15 de mayo de 2015

Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
 
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EVANGELIZAR: LA NECESIDAD DE RESPONDER A TODOS


Bueno, todo eso de los argumentos en pro de la existencia de Dios y las pruebas de la resurrección resulta interesante, y sé que tiene su importancia, pero nunca lo he necesitado —, dijo el pastor mirando por el espejo retrovisor para cambiar de carril.
El joven sentado a su lado permaneció callado, impresionado por lo que acababa de escuchar.
El pastor prosiguió:
—La gente a la que le predico el evangelio no pregunta esas cosas. Realmente, no les interesa si una verdad es objetiva o no, ni qué dijeron los historiadores antiguos sobre Jesús y la resurrección, ni las soluciones al problema del mal. La mayoría de las personas no consideran filosóficamente lo que creen.
Al fin, el joven dijo abruptamente:
—¿En serio? ¡Esa es la única clase de preguntas que siempre me hacen!

Él provenía de una familia que de cristiana solo tenía el nombre. Había sido criado en una parte del país donde la religión suele ser ridiculizada. Cuando al fin llegó a ser cristiano —mientras estudiaba en la universidad—tuvo que lidiar con una serie de preguntas difíciles acerca de su fe; los inconversos con que se relacionaba estaban cabalmente preparados para ser escépticos y agnósticos. Toda su vida estuvo muy consciente de que el mundo se opone al cristianismo en el terreno intelectual. Cada vez que hablaba de Cristo con alguien, la persona le planteaba, en forma ineludible, algunas de las objeciones que él mismo se había formulado antes. Por eso le parecía inconcebible que un pastor pudiera ministrar sin haber enfrentado la misma clase de oposición.

Estos dos hombres estaban comprometidos en dos ministerios diferentes, ambos importantes y necesarios. El del pastor se enfocaba en la evangelización, en cambio el joven era usado por Dios en un peculiar ministerio de preevangelización, en el cual antes que intentar llevar a la persona a Cristo, eliminaba lo que le obstaculizaba creer. Más que predicar la Palabra, invertía tiempo razonando para explicar por qué las objeciones carecen de fundamento. En vez de pedir el compromiso espiritual inmediato, procuraba el acuerdo intelectual en aspectos que deben ser comprendidos antes de poder aceptar el evangelio.

Si alguien no cree, por ejemplo, que Dios existe y puede obrar milagros, no tiene sentido que le digan que Dios levantó a Jesús de los muertos, porque eso es un milagro, ¡y bien grande! No toda la gente plantea preguntas de esta clase, pero cuando lo hacen necesitan recibir respuestas antes de poder creer. A veces, antes que podamos hablar del evangelio, tenemos que allanar el camino, eliminar los obstáculos y responder las preguntas que impiden que la persona acepte al Señor. El siguiente cuadro aclara las diferencias entre la evangelización y la preevangelización.



 

Por lo tanto, la evangelización y la preevangelización son ministerios distintos. Sabemos que la Biblia nos dice que evangelicemos, pero ¿qué ocurre con la preevangelización? ¿Es solo para unos pocos genios especialmente dotados o deberíamos efectuarla todos? ¿Tenemos, en realidad, que responder a toda persona? Hay tres razones sencillas que explican por qué necesitamos involucrarnos en la preevangelización.


LOS INCONVERSOS PLANTEAN BUENAS PREGUNTAS

Las objeciones que los inconversos plantean casi nunca son triviales. A menudo se enfocan directamente al corazón de la fe cristiana y desafían sus propios fundamentos. Si los milagros no son posibles, entonces ¿por qué creer que Cristo era Dios? Si Dios no puede controlar el mal, ¿es en realidad, digno de adoración? Enfréntelo: Si tales objeciones no tienen respuesta, mejor creamos en cuentos de hadas. Estas son preguntas razonables que merecen respuestas razonables.

NOSOTROS TENEMOS BUENAS RESPUESTAS

La mayoría de los escépticos oyen solo las preguntas y creen que no hay respuestas. Sin embargo, en realidad tenemos grandes respuestas para sus preguntas. El cristianismo es verdadero. Eso significa que la realidad siempre estará de nuestra parte y que solo tenemos que encontrar la prueba apropiada para responder cualquier pregunta. Afortunadamente, los pensadores cristianos han contestado esas preguntas incluso desde los tiempos de Pablo, y podemos recurrir a su sapiencia para ayudarnos a encontrar las respuestas que deseamos.


DIOS NOS MANDA QUE LES CONTESTEMOS

Esta es la razón más importante. Dios nos ordena hacerlo. En 1 Pedro 3:15 leemos: «Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros».

Este pasaje afirma varias cosas importantes. Primero, dice que debemos estar preparados. Puede ser que nunca nos crucemos con alguien que formule preguntas difíciles acerca de nuestra fe, pero, de todos modos, debemos estar listos por si se presenta la ocasión. Estar preparados no es solo tener a disposición la información correcta, sino también una actitud dispuesta y el anhelo de dar a conocer a otros la verdad que creemos.

Segundo, tenemos que presentar defensa a los que formulen preguntas. No esperemos que todos necesiten preevangelización, pero cuando la gente la requiera, debemos ser capaces y estar dispuestos a darles respuestas.

Por último, cuando respondemos, vinculamos la preevangelización con el establecimiento de Cristo como Señor de nuestros corazones. Si Él es realmente el Señor, debemos obedecerlo «derribando argumentos, y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Corintios 10:5). En otras palabras, debemos confrontar estos asuntos tanto en nuestra mente como en los pensamientos que expresan otras personas, lo que constituye el impedimento para conocer a Dios. La preevangelización trata, precisamente, de eso.

Sin embargo, ese pasaje no es el único que manda preevangelizar. Judas 3 también exhorta: «Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos». Judas escribe a gente atacada por falsos maestros y tenía que animarlas a proteger la fe tal como fue revelada a través de Cristo. En el versículo 22, Judas expresa una declaración significativa en cuanto a la actitud que debemos tener cuando dice: «A algunos que dudan, convencedlos».

También hay un pasaje en Tito que requiere que el liderazgo de la iglesia conozca las evidencias cristianas. Cualquier anciano de la iglesia debe ser: «Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen» (1:9).

Pablo, en 2 Timoteo 2:24, 25, también nos indica cuál debe ser nuestra actitud en este obrar: «Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad». Cualquiera que intente responder las preguntas de los inconversos seguramente será maltratado y tentado a impacientarse, pero nuestro objetivo principal es que puedan llegar a conocer la verdad de que Jesús murió por sus pecados. Con una tarea tan importante entre manos, no debemos descuidar la obediencia a este mandamiento.


PERO, ¿QUÉ ACERCA DE …?

Sin duda, algunos ya habrán pensado en varias razones por las que no tenemos que comprometernos en la preevangelización. Algunas hasta parecen ser «bíblicas». No hay manera en que podamos responder a todas esas objeciones, pero hay unas cuantas, muy comunes, que merecen un momento de atención.


«LA BIBLIA DICE: NUNCA RESPONDAS AL NECIO DE ACUERDO CON SU NECEDAD»

Estamos de acuerdo con Proverbios 26:4. También lo estamos con el versículo que sigue: «Responde al necio como merece su necedad, para que no se estime sabio en su propia opinión» (26:5). Ese pasaje nos enseña que debemos ser cuidadosos respecto a elegir cuándo y cómo enfrentar las ideas falsas, a menos que el Libro de los Proverbios haya sido obra de un loco.

No alegue con alguien que no escucha razones, pues será tan necio como esa persona. Pero si es capaz de mostrarle lo erróneo de su pensamiento en una manera que le resulte comprensible, quizás esa persona busque la sabiduría de Dios antes que confiar en sí mismo.


«LA LÓGICA NO ES VÁLIDA. NO PUEDE DECIRNOS NADA ACERCA DE DIOS»

Lea esto con mucho cuidado. Dice que la lógica no trata estos asuntos. Pero la declaración sobre estos asuntos es lógica ya que establece ser cierta mientras que su opuesto es falso. Esa afirmación es la base de toda lógica y se llama: la ley de la no contradicción.

Para decir que la lógica no tiene que ver con Dios, uno debe aplicársela a Dios en esa misma declaración. De modo que la lógica es ineludible. Uno no puede negar la lógica con las propias palabras a menos que lo asevere con esas mismas palabras. Es innegable. Cuando una verdad no puede negarse, debe ser verdadera. De manera que esta objeción es falsa. La lógica puede decirnos algunas cosas de Dios. Por ejemplo: como Dios es verdad, no puede mentir (Hebreos 6:18). La lógica es una herramienta útil para descubrir la verdad y puede usarse efectivamente con los inconversos que no creen que la Biblia es revelada por Dios.


«SI LA PREEVANGELIZACIÓN ES BÍBLICA, ¿POR QUÉ NO VEMOS QUE SE PRACTICARA EN LA BIBLIA?»

Es una buena pregunta. Puede ser que no la busquemos o no la reconozcamos cuando la vemos. Moisés preevangelizó. El primer capítulo de Génesis confronta claramente los relatos míticos de la creación conocidos en su época. Elías lo hizo. Toda la escena que transcurre en el Monte Carmelo con los profetas de Baal está concebida para mostrar la superioridad de Yavé. Jesús lo hizo. Su encuentro en el pozo con la mujer es un buen ejemplo de enfrentamiento con las barreras sociales, religiosas y morales que se levantan ante la fe.

Pablo lo hizo bastante. Al menos, en cuatro ocasiones (Hechos 14:8–18; 17:16–34; 24:5–21; 26:1–29), lo vemos que expone y defiende la fe ante los inconversos de diferentes trasfondos religiosos. Además, están los mandamientos que hemos examinado y las múltiples ocasiones en que los autores del Nuevo Testamento confrontan en sus escritos a los falsos maestros. Hay muchos ejemplos de preevangelización a través de todas las Escrituras, a medida que Dios ha ido llegando al mundo con el mensaje de su amor.

Los inconversos tienen buenas preguntas. El cristianismo tiene buenas respuestas. Y Dios nos ha dicho que les demos las respuestas que están buscando. No todos plantean preguntas filosóficas profundas, y Dios nunca nos garantiza el éxito. El éxito es Su negocio. Pero nos ha dicho que estemos preparados.  
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He aquí, Yo haré una cosa en Israel que a todo el que la oiga, le retiñirán ambos oídos. En ese día ejecutaré contra Elí todas las cosas que he anunciado respecto a su casa, de principio a fin.

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
 
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DIOS LLAMA PARA UNGIR: FORMACIÓN DE LOS UNGIDOS POR JEHOVÁ


    “Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque éste es. Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David. Se levantó luego Samuel, y se volvió a Ramá” (1 S. 16:12–13).

Jehová habló a Samuel su profeta y lo hizo con pregunta y respuesta (1 S. 16:1 cp. 16:2). La voluntad de Dios para con los creyentes muchas veces es pregunta y es respuesta (Éx. 3:11–12; Hch. 16:30–31).

Con una interrogante Jehová le confirma a Samuel que Saúl ya no era su voluntad para el pueblo. ¿Será usted o seré yo la voluntad de Dios en el ministerio donde estamos? ¿Nos habrá desechado Dios, pero todavía cumplimos con el tiempo de la posición? ¿Estaremos en posición sin ministerio?

La voluntad de Dios fue directa, pero no específica a Samuel: “Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey” (1 S. 16:1).

A Samuel le llegó palabra de revelación en cuanto al lugar y a la familia, pero no al ungido. Dios le manifestó su voluntad progresiva. Entender la voluntad progresiva de Dios exige obediencia, tiempo y paciencia. Se necesita saber esperar en Él.

Ante la interrogante de Samuel y su temor a Saúl: “¿Cómo iré? Si Saúl lo supiera, me mataría” Dios le dio por excusa el propósito de que iba a ofrecerle sacrificio a Él y que ya allá invitaría a Isaí (1 S. 16:2–3).

Notemos las palabras de Dios: “y yo te enseñaré lo que has de hacer; y me ungirás al que yo te dijere” (1 S. 16:3). Samuel tenía que aprender lo que era la voluntad de Dios y tenía que hacer la voluntad de Dios. Nadie será el ungido porque quiera serlo o porque lo elijan como ungido; será el ungido porque Dios mismo lo elige y lo separa.

Una persona puede ser electa a una posición religiosa, pero solo Dios puede llamarla a esa posición. Esa es la razón por la cual hoy día tenemos tantos problemas con personas que han sido electas a posiciones sin llamado de Dios.


I. El tiempo de la elección del ungido
En 1 Samuel 16:5 leemos: “El respondió: Sí, vengo a ofrecer sacrificio a Jehová; santificaos, y venid conmigo al sacrificio. Y santificando él a Isaí y a sus hijos, los llamó al sacrificio”.

Cuando el profeta Samuel llegó a Belén, su presencia causó miedo. La llegada de los profetas era siempre un momento de preocupación, principalmente cuando se trasladaba fuera de su territorio profético. A eso se debe la pregunta de los ancianos de Belén: “¿Es pacífica tu venida?” (16:4).

Notemos que Samuel santificó a Isaí y a sus hijos y los convocó al sacrificio (16:5). Pero en esa ceremonia de consagración y en ese sacrificio de adoración faltaba David. Él ya estaba santificado por Dios mismo y era un adorador individual del Eterno.

El ungido debe ser seleccionado y elegido de un ambiente de santidad y adoración. El ungido debe ser una persona santa y que adora al Dios Todopoderoso. No es tanto dónde se adora, sino cómo se adora (Jn. 4:20–24).

El ungido aunque está en el campo del mundo, no es del mundo. Le pertenece a Dios (Jn. 15:19; 17:24; Gá. 6:14). El mundo no afecta al ungido que está en una buena relación con Dios; es el ungido quien afecta al mundo. La presencia de Jesucristo en el creyente es la que destaca a él o ella ante el mundo.

Santos y adoradores son la clase de personas que el Espíritu Santo está buscando para llenarlos de la gloria y la presencia divina.

II. La obediencia en la elección del ungido
Un tremendo desfile de jóvenes apuestos y capacitados ante el juicio humano pasaron delante del profeta Samuel. Todos hijos de Isaí. Siete en total; el número del complemento. Pero ninguno de ellos, aunque con razones válidas externamente, tenía la calificación interna para ser el ungido de Dios (1 S. 16:8–9). Con siete no se completaba la voluntad de Dios, sino con ocho.

Ya la Dios le había dado especificaciones a Samuel en la elección del ungido: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7).

La visión de Dios no es la misma que la del ser humano. El primero mira por dentro, el segundo mira por fuera. Dios no está interesado en “parecer” ni en grandeza humana. Esos son los requisitos carnales del mundo. Los más capacitados y los mejor parecidos son los que muchas veces reciben empleos y obtienen promociones. A Él le interesa el corazón del que será su ungido.

Samuel miraba lo que estaba afuera, veía en el balcón; “pero Jehová mira el corazón”, ve la sala y las habitaciones. Nadie podrá ser el ungido de Dios si verdaderamente no le ha entregado su corazón (figura de la mente y asiento de las emociones) a Dios. Abinadad, Sama y sus otros cinco hermanos tenían todo, menos el corazón que Dios buscaba.

Samuel no se dio por vencido y le preguntó a Isaí: “¿Son éstos todos tus hijos?” (16:11). A lo que Isaí respondió: “Queda aún el menor, que apacienta las ovejas” (16:11). Samuel entonces decidió no comer hasta que llegara el que faltaba.

El ungido muchas veces es ese “menor” que no es tomado en cuenta por los mayores. Ese que parece no prometer mucho y del cual se espera muy poco en el futuro Ese que no cuenta para nada y que su opinión no vale. Ese que no forma parte de la “política” familiar. Ese que siempre está lejos y difícilmente lo dejamos acercarse a nosotros. Ese puede ser el “menor” que Dios quiere llamar y ungir con su Santo Espíritu.

Samuel decidió que no comería hasta que el “menor” llegara. Por causa del “menor” los mayores deben hacer sacrificios personales. A ese “menor” tenemos que esperarlo. Es importante. Dios tiene un plan para él. Debemos ser parte en el propósito de Dios para la elección del “menor”. El profeta lo esperó (16:11).
En 1 Samuel 16:12 leemos: “Envió, pues, por él, y le hizo entrar”. Aquí notamos el espíritu de obediencia en David: “envió, pues, por él”. Luego su espíritu de humildad: “y le hizo entrar”. David se sometió a la autoridad espiritual de su padre Isaí. El que tiene problemas con estar bajo autoridad, le será difícil estar en autoridad. El sometimiento a la autoridad tiene que salir del corazón y no de la mente. La mente sin corazón produce carnalidad, pero con el corazón produce espiritualidad.


III. La confirmación en la elección del ungido
La apariencia de David se describe así: “y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer” (1 S. 16:12). La mirada y la apariencia de David son señaladas; físicamente describían al ungido David, pero espiritualmente señalan dos cualidades que deben tener los ungidos.
Veamos, el ungido es elegido y seleccionado por las cualidades de su apariencia y su visión. De David leemos: “y era rubio”. Otra versión traduce “sonrosado”, al igual que en Cantares 5:10, y no es una alusión al pelo sino a la piel.

Denota un estado más bien de salud. El ungido debe gozar de una buena salud espiritual y emocional. Creyentes con cargas, bajo presiones, deprimidos, rencorosos, angustiados, enojados… muchas veces transmiten esa clase de espíritu en sus ministerios, enseñanzas y prédicas. Lo que ellos mismos están sintiendo es lo que muchas veces proyectan a otros. Sus palabras son “catarsis” emocionales. Predican con ira y promueven las contiendas y la rebelión.

La visión del ungido llama la atención de los demás. No mira como los demás y ve más allá que los demás. El visionario mira las cosas como las ve Dios.
El ungido se distingue por su “buen parecer”. Espiritualmente este “buen parecer” habla de una vida transformada. Personas cambiadas por el poder transformador de Jesús de Nazaret, serán las que cambiarán familias, ciudades y naciones. Un estilo de vida diferente es la más poderosa predicación que cualquiera puede ministrar.


Conclusión
(1) El que desea ser elegido como ungido para Dios, tiene que ser paciente y esperar el tiempo de Dios. 
(2) Tiene que ser obediente a los que Dios le ha puesto como autoridades espirituales. 
(3) Debe poseer una visión de Dios y un estilo de vida que muestre a un Dios que cambia.
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La eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación y de todo cuanto tiene nombre no sólo en este mundo sino también en el venidero.

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
 
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¿QUÉ ESTAMOS TRATANDO DE HACER? : LA META AL ACONSEJAR


¿Es
egoísmo lo que pretendemos hacer ?

He aquí lo que podría ser una conversación típica entre un paciente y un consejero cristiano:

               Sujeto:      Estoy frustrado. Siento como que voy a explotar. Tiene que haber alguna manera de aplacar esto. Si ocurre una cosa más, creo que me vuelvo loco.
               Consejero:      Parece que se siente realmente desesperado.
               Sujeto:      Así es. Aunque soy cristiano y creo en la Biblia, no encuentro la solución. He probado la oración, la confesión, el arrepentimiento, el dar lo que tengo, todo. Tiene que haber alguna respuesta en Dios, pero no la encuentro.
               Consejero:      Comparto su convicción de que el Señor puede traer paz. Pero veamos qué puede estar impidiendo que responda en su caso.

En este punto la acción de aconsejar puede tomar distintos rumbos, según sea la posición teórica del consejero, la naturaleza de su relación con el paciente, y muchos otros factores. Pero cualquiera que sea la dirección que tome, tenemos que pensar cuidadosamente en el fin. ¿Qué es lo que en definitiva pide el paciente? ¿Qué es lo que espera principalmente como resultado del consejo? Al escuchar a muchos pacientes y al considerarme yo mismo cuando estoy luchando con un problema personal, llego a la conclusión de que el objetivo general que se desea con tanta desesperación es fundamentalmente egocéntrico: «Quiero sentirme bien…» «Quiero ser feliz…»

Ahora bien, nada hay de malo en querer ser feliz. Sin embargo, una preocupación obsesiva por «mi felicidad» a menudo puede nublar la visión del camino bíblico hacia un gozo profundo y perdurable. El Señor dice que hay gozo eterno para nosotros a su derecha. Si queremos gozar de esa dicha, tenemos que aprender lo que significa estar a la derecha de Dios. Pablo nos dice que Cristo ha sido exaltado hasta la diestra de Dios (Ef 1:20). De ello resulta que cuanto más permanezcamos en Cristo, más disfrutaremos de la dicha disponible por la relación con Dios. Si quiero experimentar la verdadera felicidad, debo desear por sobre todas las cosas vivir en sujeción a la voluntad del Padre como lo hizo Cristo mismo.

Muchos de nosotros damos prioridad no al hacernos semejantes a Cristo en medio de nuestros problemas sino al hallazgo de la felicidad. Quiero ser feliz, pero la paradójica verdad es que nunca voy a ser feliz si mi primera preocupación es ser feliz. Mi meta principal deberá ser siempre responder bíblicamente en cualquier circunstancia; poner primero al Señor; buscar actuar como él quiere que lo hagamos. La maravillosa verdad es que si dedicamos todas nuestras energías a la tarea de llegar a ser lo que Cristo quiere que seamos, él nos llenará de un gozo indecible y de una paz que sobrepasa con mucho a la que el mundo ofrece. Por un acto de la voluntad, debo rechazar con firmeza y convicción la meta de ser feliz y adoptar la de llegar a ser más como el Señor. El resultado será mi felicidad a medida que vaya aprendiendo a morar a la diestra de Dios y en relación con Cristo. El énfasis moderno en la integridad personal, el potencial humano, y la libertad de ser uno mismo nos ha alejado silenciosamente de la ardiente preocupación por llegar a ser más como el Señor, y hemos sucumbido al interés más primario de la realización personal, el cual —se nos promete— nos conducirá a la felicidad.

Véanse los títulos de muchos libros cristianos actuales: El secreto cristiano de una vida feliz; Sé todo lo que puedas ser; Lo que estamos destinados a ser; La mujer completa; La mujer satisfecha. Muchos contienen conceptos excelentes y verdaderamente bíblicos; pero el mensaje, ya sea explícito o implícito, a menudo está orientado más a la preocupación por la autoexpresión que al interés de conformarnos a la imagen de Cristo. Sin embargo, la Biblia enseña que si permanecemos obedientes en la verdad a fin de llegar a ser más como Dios y así darlo a conocer, la consecuencia será a su tiempo nuestra felicidad. Pero la meta de la vida cristiana, como así también la del don cristiano de aconsejar, no es la felicidad individual. Tratar de encontrar la felicidad es como tratar de dormir. Cuanto más nos afanamos y tratamos desesperadamente de dormirnos, menos lo logramos.

Pablo dijo que su meta no era llegar a ser feliz sino agradar a Dios en todo momento. ¡Qué idea más revolucionaria! Cuando conduzco mi coche camino al trabajo y alguien me obstruye el paso, cuando mis hijos se portan mal durante el culto, cuando se descompone el lavarropas… ¡mi primera responsabilidad es agradar a Dios! En Hebreos 13:15, 16 se nos dice que los creyentes-sacerdotes (todos los somos) tienen una doble función: (1) ofrecer el sacrificio de adoración a Dios y (2) ofrecer el sacrificio del servicio a otros. Si quiero agradar a Dios en todo momento, debo tener como preocupación central la adoración y el servicio. Pienso que una verdad que se ha descuidado en la mayoría de los intentos de aconsejar es la siguiente: la razón bíblica básica para querer resolver un problema personal debiera ser querer entrar en una relación más profunda con Dios, para agradarle con más eficacia mediante la adoración y el servicio.

Se nos proveerá de beneficios y recompensas personales en abundancia. Pablo se sentía muy fortalecido en medio de sus aflicciones por la perspectiva del cielo. Miraba hacia adelante, al maravilloso descanso y al gozo imperturbable que está disfrutando en este momento. Yo imagino que ha venido pasando un tiempo maravilloso durante estos últimos 1900 años, conociendo mejor al Señor y gozando de conversaciones con Pedro, Lutero, y mis abuelos entre otros. Disfruta de un gozo supremo. Pero la felicidad personal debe considerarse un subproducto, no la meta principal. Debo glorificar a Dios, y al hacerlo, voy a disfrutar de él. No necesito leer el Catecismo para saber que debo glorificar a Dios para disfrutar de él. Como meta, la felicidad será siempre imposible de alcanzar cualquiera que sea nuestra estrategia. Pero la felicidad como consecuencia está maravillosamente a disposición de aquellos cuya meta es agradar a Dios en todo momento.

La próxima vez que luche con algún problema personal (tal vez lo está haciendo en este momento), pregúntese a sí mismo: «¿Por qué quiero solucionar este problema?» Si la respuesta sincera es: «Para poder ser feliz», está a kilómetros de distancia de la respuesta bíblica. ¿Qué puede hacer entonces? Adoptar una meta diferente por un acto de la voluntad consciente, definitivo, y completamente decisivo: «Quiero resolver este problema de una manera que me haga más como el Señor. Entonces podré adorar a Dios con más plenitud, y servirle con más eficacia.» Escríbalo en una tarjeta, y léalo cada hora. Afírmelo regularmente aunque al comienzo le parezca artificial y mecánico. Ore para que Dios lo confirme en su interior a medida que continúa afirmándolo por un acto de la voluntad. Ponga su meta en práctica en formas concretas. Comience a alabar al Señor dándole gracias por aquello que más lo aflige, y busque formas creativas para comenzar a servirle.

Los consejeros cristianos debieran estar atentos a la profundidad del egoísmo que reside en la naturaleza humana. Es terriblemente fácil ayudar a una persona a pretender una meta no bíblica. Es nuestra responsabilidad como miembros compañeros del mismo cuerpo, exhortar y recordar continuamente unos a otros cuál es la meta de un verdadero acto de aconsejar liberar a la gente para que pueda servir y adorar mejor a Dios, ayudándolos para que lleguen a ser más como el Señor. En una palabra, la meta es la madurez.

Madurez espiritual y psicológica

Pablo escribió en Colosenses 1:28 que su trato (¿aconsejando?) con la gente estaba destinado a promover la madurez cristiana. Solamente el creyente que está madurando está entrando con más profundidad en el propósito fundamental de su vida, a saber, el servicio y la adoración. En consecuencia, el consejero bíblico debe adoptar como su estrategia principal la promoción de la madurez espiritual y psicológica. Cuando hablamos con otros creyentes, debemos siempre tener presente el propósito de ayudarles a madurar a fin de que puedan agradar mejor a Dios.

La madurez envuelve dos elementos: (1) obediencia inmediata en situaciones específicas y (2) crecimiento a largo plazo del carácter. Para comprender lo que quiero significar por madurez y para ver cómo estos dos elementos contribuyen a su desarrollo, debemos primero captar el punto de partida bíblico en nuestra búsqueda de la madurez. Nada es más crucial para una vida cristiana efectiva que una clara conciencia de sus fundamentos. La experiencia cristiana comienza con la justificación, el acto por el cual Dios me declara aceptable. Si quiero llegar a ser psicológicamente sano y espiritualmente maduro, debo comprender claramente que mi aceptación por parte de Dios no se basa en mi conducta sino más bien en la conducta de Jesús (Tit 3 s.). Él fue (y es) perfecto. Como nunca pecó, no merecía morir. Pero fue a la cruz voluntariamente. Su muerte fue el castigo que merecía mi pecado. En su amor, Jesús proveyó para un intercambio. Cuando yo le doy mis pecados, Él paga por ellos para perdonarme con justicia y después me da el regalo de su justificación. Dios me declara justo a base de lo que Jesús ha hecho por mí. Soy declarado justo. Soy justificado. No es un don que Dios pone en mí (sigo siendo pecador), sino que Él declara que ahora me pertenece. No puedo perderlo. Soy aceptado como soy porque mi aceptación no tiene nada que ver con la forma en que soy o que era ayer, o que seré mañana. Depende únicamente de la perfección de Jesús.

Este punto no debe ser relegado al reino árido de la teología. Es un punto que está en el centro de todo crecimiento cristiano; sin embargo, muchos de los que entienden la doctrina de la expiación sustitutiva no ven su tremenda aplicación práctica a la vida. Toda nuestra motivación para todas nuestras conductas depende de esta doctrina. Los esfuerzos para agradar a Dios viviendo como debiéramos y resistiendo la tentación están muy a menudo motivados por la presión. Tenemos un vago sentimiento de pavorosa compulsión que nos incita a obedecer. Entonces obedecemos bajo la amenaza de algún presentimiento. ¿Tenemos miedo de la ira de Dios? «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.» ¿Estamos preocupados por si seremos o no aceptados? Nuestra aceptación depende de la obra expiatoria de Cristo. ¿Tal vez tememos perder su amor? «¿Quién acusará a los escogidos de Dios?» Nada «nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». Porque nos preocupamos por todas estas cosas y no creemos verdaderamente en las Escrituras, tendemos a mirar a otros cristianos para confirmar nuestra aceptación. Su aprobación se vuelve sumamente importante, de modo que tratamos de agradarlos para ganar su aprobación. En ese momento comenzamos a sentir la presión para estar a la altura de ellos. No satisfacemos las expectativas que creemos ellos tienen de nosotros. Nos sentimos culpables y los evitamos o los engañamos. Se rompe el compañerismo. Cuando hacemos lo mejor que podemos y ellos muestran desaprobación o no alaban nuestros esfuerzos, nos ofendemos con ellos.

De manera que mucha de nuestra actividad cristiana está motivada por un deseo personal de ganar la aprobación de alguien y con ello ser aceptables. Todo el dolor y los problemas que resultan de esa clase de motivación son innecesarios gracias a la doctrina de la justificación por la fe. Ya he sido aceptado. No necesito de la aprobación de nadie. Dios ha declarado que estoy bien. Cuando llego a entender eso, aunque sea débilmente, mi respuesta inevitable es: «Gracias, Señor… quiero agradarte.» Pablo dijo que estaba constreñido no por la presión de ser aceptado sino más bien por el insondable amor de Cristo (2 Co 5:14). Su motivación fundamental era el amor. Quería agradar a Dios y servir a los hombres, no para ser aceptado sino porque ya era aceptado. La base de toda la vida cristiana, pues, es una adecuada comprensión de la justificación.

Algún día seré glorificado. Estaré en el cielo. En ese momento serán quitadas todas mis imperfecciones. Lo que Dios ha declarado como verdad, que soy totalmente aceptable, él mismo lo hará verdad un día en mi estado consciente: seré completamente libre de todos los deseos, pensamientos, y actitudes pecaminosos. Hasta ese momento (que generalmente llamamos glorificación), Dios está en el proceso de santificarme, de purificarme, de ayudarme lentamente a ser más como él ha declarado que ya soy. Me ha asegurado la posición en la aceptabilidad. Ahora me indica que debo ir creciendo hasta esa posición, para actuar en forma cada vez más aceptable. La motivación para poder hacerlo es el amor. Me ha dado el Espíritu Santo, quien me indica cómo debo vivir y me capacita para vivir de esa manera. Por ser justificado, tengo asegurada la glorificación. Voy a manifestar el carácter de Dios cuando lo vea, porque entonces seré como él. Pero Dios me ha dicho que durante el tiempo entre mi justificación y glorificación debo andar por el camino de la obediencia. La madurez cristiana envuelve llegar a ser cada vez más como el Señor Jesús a través de una creciente obediencia a la voluntad del Padre. Permítaseme hacer un esquema de lo que hasta ahora he dicho:
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Todo aquel que es justificado algún día será glorificado. Nuestra justificación (pasado) y glorificación (futuro) dependen enteramente de Dios. Pero en el ínterin todos tenemos mucho problema con la obediencia. Nos salimos fácilmente del camino de la rectitud, y no siempre seguimos modelos bíblicos para nuestra conducta. El consejero cristiano se preocupa de si el paciente está respondiendo en forma obediente o no en cualquier circunstancia que esté pasando. Muchas veces en el acto de aconsejar se pondrá de manifiesto que el sujeto no está respondiendo de manera bíblica a su circunstancia problemática. Puede encontrarse bajo una terrible presión; tal vez hay una historia que hace perfectamente comprensible y natural su conducta y podemos sentir profunda compasión hacia él por esos problemas. Sin embargo, debemos insistir en que, a pesar de la circunstancia o trasfondo, la fidelidad de Dios nos asegura que el paciente tiene todos los recursos que necesita para aprender a obrar bíblicamente en su situación actual. Dios nunca permitirá que una situación en la vida de un creyente llegue a tal punto que le impida responder en forma bíblica. Tal como yo entiendo la realidad de «Cristo en mí» a través de su Espíritu, nunca puedo decir: «Pero no puedo obrar como Dios quiere que lo haga. Las circunstancias son demasiado difíciles.» El consejero deberá ayudar a su paciente a entrar en el camino de la obediencia. Yo le llamo a eso la meta de ENTRAR. Agregando la meta de ENTRAR a nuestro esquema, resulta como sigue:




Mucho de la operación de aconsejar equivale a quitar obstáculos tales como «No puedo», «No voy a», «No sé cómo manejar esto». A menudo el problema del sujeto son tentaciones ante las cuales sucumbe. Estas requieren más que una exhortación como «Haga de la manera que Dios ordena». Más adelante consideraremos métodos específicos para resistir la tentación, que dependen de recursos tanto psicológicos como espirituales. Cualquiera que sea el enfoque, la meta es ayudar al paciente a responder bíblicamente ante la circunstancia problemática, a ENTRAR.

Sin embargo, la obediencia es sólo una parte de la meta. Un cristiano debe hacer algo más que cambiar su conducta. Debe cambiar su actitud, sus deseos deben acomodarse lentamente al plan de Dios, debe manifestar un nuevo estilo de vida que represente más que una suma de respuestas obedientes. El cambio debe ser no solamente obediencia externa sino también renovación interior: una manera renovada de pensar y percibir, un conjunto de metas cambiadas, una personalidad transformada. A este segundo objetivo más amplio lo llamo la meta de SUBIR. La gente necesita no solamente ENTRAR sino también SUBIR.
                                                                                    


 

Pablo habla de cristianos inmaduros que realmente no asimilan de una manera práctica para cada momento la realidad del señorío de Cristo. Viven de una manera que no es notoriamente diferente de los no creyentes. Pelean, se irritan con facilidad, expresan celos y resentimientos, no se llevan bien unos con otros. Los maduros (más bien aquellos que están creciendo en madurez) son los que entienden verdaderamente en qué consiste la vida cristiana. En sus corazones no tienen otro deseo mayor que adorar y servir a Cristo. Comprenden cuál es la meta fundamental de la vida cristiana. Tropiezan y caen, pero se arrepienten rápidamente, se ponen de pie, y siguen andando.

Gene Getz ha escrito un valioso libro titulado The Measure of a Man [La medida del hombre] cuyo contenido representa esencialmente una definición operante de la madurez cristiana. Cuando Pablo indicó a Timoteo y a Tito que buscaran hombres para asumir posiciones de dirección les dijo que se fijaran en ciertas características que en su conjunto reflejan madurez. Getz enumera veinte medidas de madurez y considera brevemente lo que cada una de ellas envuelve, y sugiere muchas ideas prácticas sobre cómo desarrollarlas. Estas descripciones son útiles para un consejero como una guía para promover y evaluar la madurez. En capítulos posteriores trataremos a fondo la idea de que, para desarrollar madurez —de la calidad que puede afrontar tormentas difíciles— es necesario identificar y cambiar directamente ciertas partes cruciales del sistema de creencias del paciente. El cambio de conducta (la meta de ENTRAR) es un prerrequisito necesario para la madurez, pero si se quiere desarrollar una madurez cristiana estable hay que llegar a cambios más fundamentales en las ideas del sujeto acerca de lo que satisface necesidades básicas como las relativas a la estima, la importancia, y la seguridad personal.

Hay que tener en cuenta que las metas de ENTRAR Y SUBIR son radicalmente diferentes de las que generalmente establecen los consejeros seculares. Ullman y Krasner, dos conocidos psicólogos behavioristas, han definido al humanismo como «cualquier sistema o forma de pensamiento o acción en que predominan los intereses, los valores, y la dignidad humanos». La mayoría de las teorías psicológicas explícita o implícitamente aceptan la doctrina humanista como la base de su pensamiento. Un sistema en que «predominan los intereses, los valores y la dignidad humanos» está abiertamente centrado en el hombre, dejando fuera la dirección sagrada de un Dios objetivo y personal. Si, a juicio del terapeuta, los intereses humanos entran en conflicto con los mandatos bíblicos, las Escrituras se dejan tranquilamente de lado en favor de la meta más elevada. Para la persona secular (y, como vimos antes, muchas veces también para el cristiano) la felicidad del paciente es lo fundamental. Todo aquello que promueva un sentido de bienestar se considera valioso. Lazarus, en un libro en general excelente y provechoso, adopta como su sistema de valores un único precepto moral que muchos secularistas adoptarían con gusto: «Usted tiene el derecho de hacer, sentir, y pensar lo que se le antoje, a condición de que nadie resulta lastimado en el proceso». De acuerdo con este precepto, las ideas sobre moralidad se pueden establecer fácilmente sin tener en cuenta en absoluto el carácter y la ley revelada de Dios. Sin embargo, digamos brevemente que los terapeutas seculares sensatos no tratan necesariamente de cambiar el sistema de valores de una persona para que adopte el de ellos, y pueden ser de verdadera ayuda al tratar a creyentes, siempre que las metas de su terapia coincidan, o al menos no entren en conflicto en determinado momento, con la meta general de ENTRAR Y SUBIR.

Debe aclararse, sin embargo, que la psicología secular opera partiendo de un conjunto de presupuestos radicalmente diferentes de los que el cristianismo enfatiza, y las metas para un paciente particular pueden resultar afectadas por esas diferencias. Por ejemplo, un acuerdo matrimonial que contradiga la enseñanza de la Biblia sobre los papeles del esposo y la esposa podrá satisfacer al paciente secular pero no al cristiano. Tal acuerdo no viola la preocupación humana limitada por los intereses, los valores, o la dignidad personales, y ciertamente no daña a otras personas. Pero la meta de ENTRAR al esquema bíblico no se ha logrado y la de SUBIR hacia una actitud como la de Cristo en su sumisión a la voluntad del Padre no se ha tenido en cuenta en ningún momento (y en la mayoría de los casos se la consideraría risiblemente irrelevante).


Resumen

La meta del acto bíblico de aconsejar es promover la madurez cristiana, ayudar a las personas a entrar a una experiencia más rica de adoración y a una vida de servicio más eficaz. En términos generales, la madurez cristiana se desarrolla (1) al encarar circunstancias problemáticas inmediatas en una forma consecuente con la Biblia: ENTRAR; Y (2) al desarrollar un carácter interior que esté de acuerdo con el carácter (actitudes, creencias, propósitos) de Cristo: SUBIR.

 
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