sábado, 26 de marzo de 2011

Curso de Preparación Matrimonial: Ayuda Pastoral - Preparación Ministerial

Curso de Preparación Matrimonial: Ayuda Pastoral
Preparación Ministerial
Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: 2MBytes| Idioma: Spanish | Categoría: Consejería Pastoral
Información
Las metas del Curso para matrimonios:• Ayudar a las parejas a acercarse más
-a través de mayor compromiso
-a través de más tiempo juntos
-a través de una comprensión mutua más profunda
-a través del desarrollo de buenos hábitos

Para construir una relación matrimonial para toda la vida hay que dedicar tiempo.
Si no separamos tiempo para la pareja en forma deliberada, descubriremos que las demandas del trabajo, la familia, las finanzas, y muchos otros quehaceres diarios y distracciones, o el tomarse por sentado, no nos permitirán acercarnos.
Planeen pasar por lo menos una o dos horas solos juntos cada semana para redescubrir su romance, relajarse, hablar juntos acerca de sus sentimientos (temores, esperanzas preocupaciones, alegrías etc.).  Llamamos a este tiempo para la pareja.

Las metas del tiempo especial para la pareja es:• Mantener vivo el romance.
• Profundizar nuestra comprensión y apreciación el uno de la otra.
• Asegurar que haya comunicación regularmente en un nivel significativo.  
Un tiempo especial para la pareja produce mayor intimidad

La meta del curso matrimonial es establecer patrones de relaciones que va a mantener matrimonios vivos por toda la vida.
Construyendo bases fuertes
• Haga una costumbre prioritaria de tener un tiempo especial con su pareja cada semana
• Busque como responder a las necesidades de su pareja.
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Venciendo en la Tierra de Gigantes: Preparación Para Líderes Juveniles

Venciendo en la Tierra de Gigantes: Preparación Para Líderes Juveniles
Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: 2MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Capacitación Ministerial
Información
CONTENIDOEL AUTOR 4
INTRODUCCIÓN 5
SEMANA 1: ¿Qué es la “mentalidad de langosta”? 7
SEMANA 2: Pensar positivamente en situaciones negativas 27
SEMANA 3: Enfrentar a los gigantes 45
SEMANA 4: Una nueva actitud 65
SEMANA 5: No te apartes de lo básico 81
SEMANA 6: En resumen 98
ACTIVIDADES PARA EL APRENDIZAJE EN GRUPO 116

Propósitos de este estudio

En las próximas seis semanas te desafiaré a ver tu vida en una forma completamente diferente. Será importante que te comprometas con este estudio para poder aprovecharlo al máximo. Necesitarás entre 15 y 20 minutos diarios para hacerlo, pero será tiempo bien invertido. Los principios que comparto en este libro son cosas que he aprendido a lo largo de los años y que he observado en las vidas de otras personas. £Y funcionan! Al principio es necesario un esfuerzo voluntario y constante para practicarlos, pero con el tiempo, se dan naturalmente.

Todos nos sentimos fuera de lugar algunas veces, y nos culpamos a nosotros mismos. Venciendo en la Tierra de los Gigantes fue escrito para ayudarte a reconocer que no hay  razón por la que debas sentirte así, y a poner en práctica pensamientos y actividades que  tomen el lugar de esos sentimientos negativos. Haz que este tiempo sea divertido;  considéralo una manera de salir de la forma “normal” de vivir (lo normal, en el mundo, no es muy positivo) y aprender a experimentar la vida tal como Cristo desea que la vivamos.

Cómo utilizar este estudioLa mejor manera para aprovechar al máximo este estudio es completar las lecciones  diarias y luego participar en una reunión grupal semanal. Utiliza estas sugerencias para aprovechar bien los estudios.
  1. Elige un lugar y un momento específicos para trabajar en las lecciones. Intenta encontrar un lugar donde no sufras muchas interrupciones. Aunque la mayoría de los textos bíblicos diarios están escritos en la lección, será bueno que tengas la Biblia a mano para estudiarla en mayor profundidad.
  2. Memoriza el versículo semanal y el “pensamiento vencedor” de cada semana. La memorización de textos bíblicos es una de las mejores disciplinas que podemos practicar. ¿Recuerdas el Salmo 119:11? Si no lo recuerdas, búscalo ahora. Es un excelente versículo para memorizar.
  3. Intenta estudiar el libro como si yo estuviera sentado a tu lado comentando contigo los principios y los temas de los estudios. Cuando tengas preguntas que no puedas responder en el estudio diario, escríbelas en el margen para plantearlas al líder del grupo en la próxima reunión.
  4. No te apresures a terminar cada estudio diario. Algunas veces, al apresurarnos, olvidamos que el proceso de “trabajar” cada pregunta es el mejor aprendizaje.
  5. No te desanimes si pierdes una lección. Ponte al día completándola el sábado o domingo, si es necesario. Son cinco lecciones diarias por semana. En realidad, tienes siete días para completar cinco lecciones. Intenta no dejar para después tu tiempo de estudio diario. Cuanto más logres la meta de completar tu estudio cada día, más fácil te será establecer el hábito del estudio diario.
  6. Anima a los demás integrantes de tu grupo. Si ves a alguien a quien le cuesta hacer el estudio diariamente, comprométete a ayudarlo a controlar su progreso. Si tú tienes dificultades en hacerlo, pide a alguien del grupo que te ayude y controle que completes todas las lecciones diarias. Recuerda: ¡puedes hacerlo! Combate esa actitud de derrota y busca a otras personas que te ayuden en tu andar diario con Cristo.
Antes de comenzarRecuerda que lo que lleva al éxito es poner en práctica las cosas básicas que te enseña la Palabra de Dios. Para vivir la vida que Cristo desea para nosotros, debemos confiar en sus fuerzas. No podremos tener éxito a menos que estemos dispuestos a ser obedientes a susmandatos.  No te confundas con las falsas creencias que existen en nuestro mundo. Las ideas de la Nueva Era que andan por ahí son, en realidad, mentiras de la vieja era que prometen esperanza y autoestima, pero sólo entregan soledad y desesperación. Lo que aparentemente es maravilloso, pronto se convierte en negrura. Este libro habla de poner en práctica las cosas básicas que encontramos en la Palabra de Dios. Pon todo de ti en esta empresa, y pide a Dios que te dé la valentía de hacer cambios positivos en tus pensamientos y acciones.
Toma aire profundamente, pídele a Dios que te guíe, y diviértete aprendiendo más de Dios y de las verdades que él desea que conozcas y vivas en tu vida. Oh, de paso... ¿buscaste el Salmo 119:11? Por si no lo has hecho, aquí está: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. Buen versículo. ¡Que te diviertas venciendo gigantes!

Para dirigir un grupo de estudio con este libro A partir de la página 116 encontrarás actividades de aprendizaje grupal que te permitirán dirigir una sesión semanal con un grupo. La intención es presentarte una variedad de actividades de aprendizaje. Utiliza las que mejor puedan adaptarse a las necesidades de tu grupo.
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Uno de los gozos de vivir la vida cristiana es tener la victoria sobre toda la basura que Satanás parece arrojar en nuestro camino. Como entrenador, educador y orador, he descubierto que, en la vida, la actitud es importante. A través de los años he aprendido de hombres como el desaparecido Dr. Norman Vincent Peale, Lou Holtz, Bobby Bowden y Billy Graham que lo que decimos y hacemos es muy importante. Estos hombres, aun sin ser perfectos, me han demostrado que realmente podemos llegar a ser “vencedores en la tierra de los gigantes”, cuando permitimos que Dios trabaje por medio de nuestras vidas.

viernes, 25 de marzo de 2011

Consejos De Dios Para El Día De Ruina: La Alerta Está Decretada


Consejos De Dios Para El Día De Ruina

Por Hamilton Smith


  • Introducción
  • Roboam
  • Jeremías
  • Daniel

Introducción

Los creyentes que desean andar en el camino de la obediencia a Dios, tendrán siempre a su disposición la luz de las Escrituras, aun en los tiempos más oscuros y difíciles de la historia de la Iglesia. Algunos quizás evitan este camino por ignorancia o por voluntad propia; otros tal vez sean indiferentes a él por falta de devoción; y aun otros, quizás por falta de fe, se apartan del mismo; sin embargo, la luz necesaria para poder andar en dicho camino siempre estará disponible para los que desean y buscan caminar en obediencia a la Palabra.
Encontramos esta luz en las instrucciones del Nuevo Testamento y en las ilustraciones del Antiguo Testamento. De este último consideraremos tres escenas que nos ayudarán a conocer los grandes e invariables principios de Dios que pueden guiarnos en tiempos de divisiones y dispersiones en el pueblo de Dios.

Roboam (2.º Crónicas 11)

El pueblo de Israel constituyó un solo reino que permaneció unido hasta los días de Roboam, pero cuando éste comenzó a reinar se produjo una división. Al estudiar la historia de esta división, ¿no hallaremos la luz necesaria para comprender cómo se producen las terribles divisiones que fragmentan al pueblo de Dios en nuestros días? ¡Por supuesto que sí!
En primer lugar deberíamos preguntarnos: ¿Cuándo se originó dicha división? Ella tuvo lugar en los días de Roboam, pero para descubrir su origen deberíamos retroceder hasta los días de Salomón. Y algo similar sucede con las  divisiones del pueblo de Dios, ya que el verdadero origen de éstas se encuentra muchas veces en un pasado lejano. En el primer libro de los Reyes, capítulo 10, versículos 26 a 29 y en el capítulo 11, hallamos los dos componentes de la raíz de la gran división que se produciría tiempo después en Israel: la falta de fidelidad a Dios y la desobediencia a su Palabra. Para comprender la verdadera causa de este fracaso debemos recordar que la ley de Moisés tenía advertencias muy precisas que todo rey según Dios debía obedecer. Estas instrucciones, que hallamos en Deuteronomio 17: 14-20, indicaban que el rey no tenía que vivir una vida mundana ni debía apartarse de la Palabra de Dios. El rey tampoco debía multiplicar para sí caballos, y no debía incitar al pueblo a retornar a Egipto, porque el Señor había dicho: “No volváis nunca por este camino”. De la misma manera se le advertía que no tuviera muchas esposas ni que multiplicara para sí oro y plata. Además, recibía otra importante instrucción: “Escribirá para sí en un libro una copia de esta ley... y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley”.
Al leer los capítulos 10 y 11 del primer libro de los Reyes, observamos que el rey Salomón violó cada una de estas ordenanzas. Él multiplicó sus caballos; dio ocasión a que el pueblo regresara a Egipto; multiplicó esposas para sí mismo y acrecentó grandemente su fortuna en oro y plata. Y si bien mucho se ha escrito acerca de las riquezas, sabiduría y magnificencia de Salomón, no hallamos ningún texto que diga que él haya leído dicha ley. Por todo esto, el Señor tuvo que decirle: “No has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé” (1.º Reyes 11: 11).
La mundanalidad no juzgada que impide una sincera devoción a Dios, y la desobediencia a su Palabra constituyen la raíz de la división que se produjo en Israel y, por qué no, la de todas las divisiones que se producen en el pueblo de Dios.
A causa de todas esas cosas, Dios le dice a Salomón que su reino será dividido. No obstante, debemos reconocer que dicha división no se produjo sólo por la desobediencia del rey, sino también por la de todo el pueblo. Cuando el profeta Ahías le advierte a Jeroboam que el reino será dividido, él no hace mención del fracaso de Salomón, sino que se refiere únicamente al fracaso del pueblo. Dios anuncia los motivos de la división: “Me han dejado, y han adorado a Astoret... y no han andado en mis caminos para hacer lo recto delante de mis ojos, y mis estatutos y mis decretos” (1.º Reyes 11: 31-33).
Aquí encontramos mencionadas otra vez las mismas causas que originaron la división: una vida mundana que lleva a adorar a otros dioses y la desobediencia a la Palabra de Dios; pero esta vez la acusación recae sobre el pueblo. Por grandes que fueran la locura y el fracaso de los líderes, no se produciría una división en un pueblo cuyo estado espiritual fuera bueno. “Por cuanto ha habido esto en ti” (v. 11) es la acusación individual para el líder; “Me han dejado” (v. 33) indica la baja condición espiritual del pueblo, que no depende del fracaso del líder.        
Luego de considerar el origen de la división, meditemos cómo ésta se produjo en la práctica. El relato lo hallamos en 1.º Reyes 12 y 2.º Crónicas 10. Luego de la muerte del rey Salomón lo sucedió en el trono su hijo Roboam. Inmediatamente se desató una crisis. Durante los años precedentes el pueblo había vivido bajo una mano dura y soportando una dolorosa servidumbre; ahora, gran parte de este pueblo se levantaba para protestar. ¿Cómo actuó este nuevo líder? Los ancianos del pueblo, ricos en experiencia, le aconsejaron a Roboam lo siguiente: “Si tú fueres hoy siervo de este pueblo y lo sirvieres, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre” (2.º Crónicas 12:7). ¿No nos hace pensar en Romanos 15: 1-4? El primer versículo nos enseña que debemos “soportar las flaquezas de los débiles” antes que poner sobre ellos un doloroso yugo; los versículos 2 y 3 nos enseñan que tenemos que “agradar al prójimo en lo que es bueno, para edificación” en vez de agradarnos a nosotros mismos; y en el versículo 4 hallamos las buenas palabras que nos dan “consolación” y “esperanza”.
Tal fue la advertencia espiritual de los ancianos. Muy diferente fue el consejo carnal dado por los “hombres jóvenes”. Ellos le aconsejaron a Roboam que mantuviera una línea de conducta rigurosa, altamente recomendable desde el punto de vista carnal, porque supuestamente esto mantendría en alto la autoridad y la majestad real. Lamentablemente, ¡Roboam siguió estos consejos carnales! Él asumió una actitud dominante e irracional, amenazando a los manifestantes con una disciplina extrema y violenta (1.º Reyes 12: 12-15). La violencia del rey es contestada con la violencia del pueblo; un oficial del rey es apedreado, y, como resultado final, se produce la división (1.º Reyes 12: 16-19).
Sin embargo, si considerásemos que la división se produjo únicamente por la locura de Roboam, perderíamos de vista el pensamiento de Dios. El pueblo de aquel entonces, al considerar todos los hechos que tenían ante sí, podía llegar a la conclusión de que la división era producto de la locura de Roboam. Este pueblo podía argüir: «Si Roboam no hubiera tomado una actitud tan dominante e irracional, si no hubiera intentado subyugarnos, no se hubiera producido la división.» No obstante, este argumento que a la mente carnal le puede parecer razonable, es totalmente falso. Es cierto que la locura de Roboam fue la causa inmediata de la división, pero la palabra de Dios que anunció el juicio había sido pronunciada mucho antes que las violentas palabras del rey, y la poderosa mano de Dios dispuesta a ejecutar su disciplina estaba detrás de la débil mano del monarca. El santo gobierno de Dios había rasgado el reino; y detrás de la pobre condición espiritual del pueblo estaba la disciplina de Dios.
La división se produjo, y a partir de este hecho la historia de Roboam será para nosotros muy instructiva; nos enseñará a no caer en ciertas trampas y cómo debemos comportarnos ante las divisiones que se producen en el pueblo de Dios.
Roboam comenzó a trabajar de inmediato para unir nuevamente a todo el pueblo de Dios; y para lograr su propósito, decidió utilizar un método muy adecuado para esa época: reunió un gran ejército. Sin dudas, esta idea de unir otra vez al pueblo estaba en concordancia con los pensamientos de Dios. Cuando este pueblo había comenzado a andar en los caminos de Dios estaba unido, y lo estará en el futuro según las palabras del profeta: “Y los haré una nación en la tierra, en los montes de Israel, y un rey será a todos ellos por rey; y nunca más serán dos naciones, ni nunca más serán divididos en dos reinos” (Ezequiel 37:22). Esto parecería justificar los esfuerzos de Roboam para terminar con la división y unir otra vez al pueblo de Dios.
Sin embargo, Roboam y todo Israel tenían que aprender que, a pesar de la división, los integrantes de las diez tribus seguían siendo sus hermanos, y que no debían “ir y pelear contra ellos”. Semaías, varón de Dios, anunció a Roboam que debían desistir de atacar a sus hermanos porque Dios había dicho: “Esto lo he hecho yo”. Dios había rechazado a Salomón por su mundanalidad y su desobediencia a la Palabra de Dios, y le dijo: “Por cuanto ha habido esto en ti ... romperé de ti el reino”. El fracaso de Roboam en su intento de unir al pueblo se convirtió en una situación propicia para que Dios le aclarara el porqué de la división: “Esto lo he hecho yo”. Tratar de deshacer las cosas malas que había hecho Salomón podía ser una intención correcta, pero ignorar los actos gubernamentales de Dios ciertamente era un serio error (véase 1.º Reyes 11:11 y 2.º Crónicas 11:4). Roboam y sus compañeros tenían que aprender, como también nosotros tenemos que aprender en medio de las divisiones que nuestra locura ha provocado, que el gobierno de Dios no puede tomarse a la ligera.
Roboam y las dos tribus mostraron una gran sabiduría al desistir de sus esfuerzos, según lo que está escrito de ellos: “Oyeron la palabra de Jehová, y se volvieron” (2.º Crónicas 11:4). Aceptaron la humillación y la tristeza que causaba la división y se inclinaron bajo la mano disciplinaria del Señor.
A partir de entonces Roboam permaneció dentro de la limitada esfera que imponía la división; leemos que “habitó Roboam en Jerusalén”. ¿Significaba esto que él se entregaba a una vida despreocupada e inactiva? ¿Ya no le concernían los intereses del pueblo de Dios? Por el contrario, leemos que él comenzó a desempeñarse como edificador: “Edificó ciudades para fortificar a Judá” (2.º Crónicas 11: 5-10). Como diríamos en nuestros días, él «resguardó las cosas que quedaban». Además, se encargó de que no faltaran “provisiones, vino y aceite” (v. 11). Es decir, se ocupó de que el pueblo de Dios tuviera alimento.
¿Cuál fue el resultado de este accionar? Judá se convirtió en un refugio para todo el pueblo de Dios. Leemos que “los sacerdotes y levitas que estaban en todo Israel, se juntaron a él desde todos los lugares donde vivían”, y “acudieron también de todas las tribus de Israel los que habían puesto su corazón en buscar a Jehová Dios de Israel”; “Así fortalecieron el reino de Judá” (versículos 13, 16 y 17). Esta prosperidad continuó durante tres años, pero, ¡Roboam olvidó la ley del Señor, y el desastre sobrevino rápidamente! (2.º Crónicas 12:1). Si él hubiera persistido en la obediencia, ¡cuánta prosperidad más hubiera disfrutado! ¿No es ésta una seria advertencia para nosotros que en estos días sufrimos tantas divisiones en el pueblo de Dios? Muchos esfuerzos realizados para terminar con las divisiones, a menudo terminaron provocando más confusión. ¿No deberíamos ser sabios y reconocer el gobierno que Dios ejerce sobre nuestras vidas, inclinándonos bajo la disciplina de Dios y cargando con la tristeza y el oprobio de la división? ¿No tendríamos que permanecer en el terreno de Dios, obedientes a la Palabra, buscando fortalecer las cosas que quedan, y alimentando al pueblo de Dios? ¿No deberíamos hacer todas estas cosas con devoción y fidelidad a Dios para que la gente angustiada del pueblo de Dios venga desde todas partes a encontrar refugio?

JEREMÍAS (Jeremías 42 y 43:1-7)

Desde la gran división que se produjo en Israel hasta los eventos relatados en estos capítulos transcurrieron cuatrocientos años. En esa época no sólo hallamos al pueblo de Dios dividido, sino también dispersado. Ciento treinta años antes, las diez tribus habían caído en la cautividad para luego dispersarse entre las naciones. En cuanto a Judá, reiteradas cautividades fueron reduciendo sus dominios hasta que finalmente el reino dejó de existir.
Sin embargo, en la tierra de Dios todavía se hallaba un remanente. En los primeros versículos del capítulo 42, leemos que este remanente recurrió al profeta en busca de luz para conducirse en medio de la dispersión. “(Vino) todo el pueblo desde el menor hasta el mayor”. No obstante, contando a todos, desde los menores hasta los mayores, sólo daba como resultado un pequeño resto; ellos mismos confirmaban esto con sus palabras: “De muchos hemos quedado unos pocos” (v. 2). Este pequeño resto expresó al profeta su deseo: “Que Jehová tu Dios nos enseñe el camino por donde vayamos, y lo que hemos de hacer” (v. 3).
Ellos reconocían que la nación estaba en ruina, y que sólo habían quedado unos pocos. En medio de dicha ruina, confesando su debilidad, se juntaron para preguntarle al Señor cuál era el camino que debían seguir, y cómo tenían que obrar. ¿Qué actitud podría haber sido más acertada para este pequeño remanente— y en semejantes  circunstancias— que volverse al Señor para buscar su guía?
Jeremías aceptó orar al Señor por ellos y transmitirles todos Sus pensamientos  sin reservarse nada (v. 4). Como consecuencia de la promesa del profeta este remanente declara solemnemente: “Sea bueno, sea malo, a la voz de Jehová nuestro Dios al cual te enviamos, obedeceremos”. Además, ellos sabían con precisión las consecuencias benditas de actuar así: “Para que obedeciendo a la voz de Jehová nuestro Dios nos vaya bien”.  Por espesas que sean las tinieblas, por grande que sea la ruina, ciertamente les irá bien a los que escuchan la voz del Señor (v. 5 y 6).
Sin embargo, una cosa estropearía esta hermosa declaración. La continuación de esta historia nos revela que por detrás de las hermosas palabras proferidas, estaba trabajando la voluntad propia de estas personas. Ellos ya habían decidido andar por su propio camino. La voluntad de su carne se puso de manifiesto porque ellos, llenos de confianza en sí mismos, prometieron obedecer con prontitud a la voz del Señor. Cuántas veces se manifiesta nuestra carne cuando, tan seguros de nosotros mismos, proferimos palabras que dejan al descubierto la voluntad propia de nuestro corazón. ¡Cuántas veces nos encontramos con personas que, al igual que este remanente, dicen: «¡Si nos dan las Escrituras, si nos dan la Palabra del Señor, nos inclinaremos ante ella!» Bien podemos percibir que detrás de estas palabras tan convincentes se esconde la voluntad propia.
No obstante todo esto, Jeremías acude al Señor, quien le daría una respuesta diez días después. Durante ese tiempo el profeta no se comunicó con el pueblo, ni se aventuró a darles su opinión en cuanto a cómo debería ser su andar. Él esperaría las claras directivas del Señor (v. 7).
Los caminos del Señor son muy claros. Si este pequeño remanente deseaba ser edificado y establecido, y si quería disfrutar de la presencia del Señor y sus misericordias, había una condición que debería cumplir: “Si os quedareis quietos en esta tierra”. Aun cuando había sido tan grande el fracaso y completa la ruina, estaba reservada una bendición para el pequeño remanente —unos pocos de muchos— que permaneciera en el terreno que Dios había preparado para su pueblo. Su rey y sus líderes huirían, la casa del Señor sería quemada hasta sus cimientos y los muros de Jerusalén serían derribados (Jeremías 52: 7, 8 y 13) sin embargo, estaba asegurada una bendición para aquellos que permanecieran en la tierra. Esta tierra era el sitio donde debía estar todo Israel, pero la mayoría de las personas habían sido cautivadas y dispersadas entre las naciones; este remanente, en cambio, tenía que permanecer en dicha tierra para seguir gozando de todas las bendiciones de Dios (42: 9-12).
Deberíamos detenernos y considerar la historia de este pueblo y los eventos que han tenido lugar hace tantos años, y preguntarnos a nosotros mismos: ¿Tiene esta historia lecciones para aquellos que hoy día, en pequeñez y debilidad, buscan conocer “el camino por donde vayamos, y lo que hemos de hacer” (v.3) en medio de tantas divisiones y dispersiones en el pueblo de Dios? ¿No nos brinda acaso una gran lección el hecho de que, aun cuando la ruina es muy grande y el pueblo de Dios está dividido y esparcido, hay bendición para aquellos que permanecen en el terreno que Dios ha establecido para su pueblo? En otras palabras, para gozar de la bendición de Dios, debemos seguir caminando —a pesar del fracaso— en la luz de lo que es verdadero en cuanto a la Iglesia o Asamblea de Dios, y rechazar la posibilidad de andar en cualquier otro terreno.
Ninguna falla de nuestra parte nos exime de la responsabilidad de caminar y actuar de acuerdo a la verdad de Dios en cuanto a su Iglesia, ya sea en el aspecto local o universal. Los principios que deberían guiar a la Asamblea siguen vigentes y están expuestos con toda su fuerza en la primera epístola a los Corintios. En cuanto a esto, debemos tener en cuenta lo que un hermano dijo alguna vez: «No debemos imitar los eventos de aquellos capítulos, ni tratar de actuar como los Corintios como si tuviéramos todos sus dones. Tampoco debemos suponer que constituimos la única luz en el lugar donde estamos, como fue el caso de la iglesia que estaba en Corinto. No obstante, debemos reconocer que la dispersión de los testimonios o el juicio de los candeleros no significa que el Espíritu Santo se haya retirado... Debemos aferrarnos a los principios de Dios en el lugar o escenario donde nos toca vivir... Aun cuando tuviéramos un enorme poder corporativo como el de aquel entonces, el juicio divino caería igual sobre el candelero. No debemos renunciar a los sanos principios porque nos rodea la corrupción, ni debemos ceder ante ella porque los esfuerzos para afirmarla nos desalientan. “Antes bien, sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4). No debemos abandonar dichos principios ni porque son vehementemente atacados, ni porque son débilmente enseñados. Los principios sobrevivieron a miles de ataques que intentaban evitar que se enseñaran. La luz no puede ser juzgada porque brilla a través de una lámpara sucia...  Yo puedo afligirme y desalentarme porque la lámpara ha estado, por así decirlo, bajo un almud; pero debo recordar siempre que dicha lámpara sigue siendo útil para alumbrar toda la casa” (J.G.B.).
Volvamos a los días de Jeremías y a la historia del remanente, en la cual encontramos advertencias e instrucciones muy útiles para nosotros. Jeremías les había dado la palabra del Señor a fin de que ellos recibieran bendiciones; ahora, el profeta procedería a pronunciar palabras de advertencia (42:13-17). Si el remanente dijera: «No habitaremos en la tierra porque no queremos enfrentar conflictos, sobresaltarnos por el  sonido de las trompetas, ni pasar hambre; por lo tanto, hemos decidido abandonar la tierra y escapar de todas estas cosas huyendo hacia otro lugar», entonces les sucedería lo que Dios les había advertido: aquellas cosas que ellos querían evitar los alcanzarían. Además, lo más grave era que no sólo no gozarían de la presencia del Señor ni de sus bendiciones, sino que tendrían que soportar sobre ellos la mano del Señor ejecutando su gobierno. El Señor les había advertido: “No habrá de ellos quién quede vivo, ni quien escape delante del mal que traeré yo sobre ellos” (42:17).
¿No es una advertencia para nosotros? En estos días que nos tocan vivir, ¿no nos sentimos tentados a abandonar el «agobiador» camino de Dios y buscar —en algún sistema humano con métodos y principios mundanos— la forma de evitar un continuo ejercicio de la fe? ¿No nos sentimos muchas veces agobiados ante los continuos conflictos para mantener la verdad? ¿No nos sobresalta el llamado de las trompetas que nos advierten de un ataque? ¿No somos propensos a pensar que si debemos enfrentar conflictos permanentemente, terminaremos por carecer de espiritualidad? ¿No son nuestros pensamientos atacados terriblemente por la idea de renunciar a la verdad de Dios en relación con su Iglesia? Si llegaran a surgir en nuestros corazones semejantes argumentos, o si fueren sugeridos por otros, recordemos las serias advertencias que el Señor le hizo al remanente de la época de Jeremías.
En primer lugar, dar un paso en falso para escapar de los problemas es un camino seguro hacia los mismos problemas que hemos querido evitar. Abandonar el terreno de Dios para escapar de las dificultades del camino de la fe, nos conducirá a enredarnos en el mundo y a sentirnos abrumados por las dificultades que nos acarreará nuestra propia voluntad. En segundo lugar, aquellos que han sido advertidos por Dios y aun así toman este camino deben escuchar una seria advertencia: “No veréis más este lugar” (42:18). Ésta es una solemne enseñanza para los que han caminado por algún tiempo a la luz de la verdad de Dios en cuanto a su Iglesia, y que luego la han abandonado para encontrar un camino más fácil en algún sistema humano, de donde raramente podrán ser recuperados. Ellos “no verán más ese lugar”, y cuando Dios, ejerciendo su gobierno, dice “nunca más”, quiere decir que la cuestión llegó a su fin.
Pero, increíblemente, aquellos a quienes habló Jeremías ¡rechazaron las enseñanzas y las advertencias del Señor! Jeremías no ignoraba el motivo de este rechazo, pues él les dijo: “¿Por qué hicisteis errar vuestras almas?” o, como  leemos en varias traducciones, “os engañáis a vosotros mismos” (42:20). Ellos habían sido engañados por su propia voluntad, que los llevó a transitar un camino equivocado. No hay nada como la voluntad propia para deformar el conocimiento de la verdad e impedir su aprehensión. Ella no verá lo que no le conviene ver. Además, detrás de la voluntad propia está, como siempre, el orgullo que no reconocerá el error; leemos que “los varones soberbios dijeron a Jeremías: Mentira dices; no te ha enviado Jehová nuestro Dios para decir: No vayáis a Egipto para morar allí” (Jeremías 43: 2). Y para colmar su necedad, acusaron a Jeremías de no ser guiado por Dios, sino por el hombre (v. 3). Ellos concretamente le dijeron, «nosotros te hemos pedido palabra del Señor, y tú simplemente nos dices lo que Baruc te ha mandado para que terminemos siendo esclavos» (cf. 43:1-3). Engañados a sí mismos por su voluntad propia y su orgullo, ellos se apartaron de las instrucciones del Señor y de Su camino. Dejaron el terreno que Dios designó para su pueblo y eligieron su propio camino; en consecuencia, Dios les dijo: “No veréis más este lugar”.
Debemos saber “el camino por donde vayamos, y lo que hemos de hacer”, y obedecer al Señor y “quedarnos quietos en esta tierra”. Consideremos seriamente las instrucciones del Señor y no nos apartemos de su camino, de lo contrario, Él nos dirá a nosotros también: “no veréis más este lugar”.

Daniel (Daniel 9)

El remanente abandonó la tierra de Dios y terminó en la dispersión. Pasaron cincuenta años para que Dios, en su gracia, permitiera un avivamiento para que unos  pocos de Su pueblo fueran liberados de la cautividad y pudieran retornar a su tierra. En la oración de Daniel están expuestas las experiencias de los que regresaron, y los principios que ellos debían haber seguido. Estas mismas instrucciones tienen vigencia hoy en día para aquellos que son liberados de los sistemas humanos para caminar en la luz de la Iglesia de Cristo.
Los días en que vivimos actualmente son muy diferentes a los días de Daniel; sin embargo, moralmente hay muchas cosas que coinciden en ambos períodos.
En primer lugar, Daniel consideró los fracasos del pueblo de Dios que habían ocurrido en los mil años precedentes, retrocediendo incluso hasta cuando Dios sacó al pueblo de Egipto, y afirmó lo que desde esa época venía haciendo este pueblo: “hemos pecado, hemos hecho impíamente” (v. 15).
En segundo lugar, en los capítulos 7 y 8 vemos que Daniel mira hacia el futuro y que allí también puede observar los fracasos y sufrimientos por los que tendría que pasar el pueblo de Dios. Él pudo avistar el poder gentil que sojuzgaría a los santos; el sacrificio continuo quitado; la verdad echada por tierra; el santuario pisoteado; el poderoso pueblo de Dios  destruido y el enemigo grandemente prosperado (Daniel 7:21; 8:11, 12, 13, 24).
En tercer lugar, Daniel pudo ver que el pueblo de Dios no sería librado de esta larga historia de fracasos hasta que viniera el Hijo del Hombre a establecer su reinado (Daniel 7: 13, 14).
En este momento, Daniel observaba un pasado marcado por el fracaso, un futuro lleno de angustias y grandes caídas, y ninguna esperanza de liberación para el pueblo de Dios hasta el tiempo en que el Rey viniera.
Ante estas cosas, Daniel se sintió profundamente afligido, sus pensamientos lo turbaron, su rostro se demudó, y estuvo enfermo y quebrantado por algunos días (Daniel 7: 28; 8: 27). En la actualidad quizá no distinguimos los hechos que podía discernir Daniel. Sin embargo, si analizáramos los últimos doscientos años del testimonio del pueblo de Dios podríamos ver sus fracasos; y deberíamos saber también que en el breve tiempo que nos resta aquí abajo observaremos un marcado incremento de la ruina en el profesante pueblo de Dios. El apóstol Pablo nos dice que “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos... los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor... porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina... y apartarán de la verdad el oído” (2.ª Timoteo 3: 1, 13; 4: 3,4).  El apóstol Pedro también nos advierte que “habrá entre vosotros  falsos maestros... y que éstos “aun negarán al Señor que los rescató” (2.ª Pedro 2:1)  En tercer lugar, Daniel observó algo que  también para nosotros debería ser lo suficientemente claro porque está enseñado en las Escrituras: el hecho de que la unidad visible del pueblo de Dios no será recuperada hasta el retorno del Señor.
Pero ésta no es la única coincidencia que encontramos entre los hechos de nuestros días y los de la época de Daniel. Él aprende, además, que a pesar de todo el fracaso del pasado y de la ruina venidera, Dios había predicho que habría un pequeño avivamiento en la mitad de los años. Daniel aprendió por la Palabra de Dios dada a Jeremías que después de setenta años habría cierta recuperación en la desolada Jerusalén. Y así nosotros podemos mirar en las Escrituras que en medio de la corrupción y muerte espiritual que manifiesta la cristiandad, la cual se expone en los mensajes a Tiatira y Sardis, hay un avivamiento como el que se expone en el mensaje dirigido a Filadelfia.
Este avivamiento tiene cuatro importantes características. El Señor le dice a Filadelfia: 1º, “tienes poca fuerza”; 2º, “has guardado mi Palabra”; 3º, “no has negado mi Nombre”; y 4º, “has guardado la palabra de mi paciencia”. En esta época en la cual la religión de la carne se despliega con gran poder, según el modelo que tenemos en la Gran Babilonia, los creyentes que son despertados por Dios se caracterizan por su debilidad externa. Cuando en todas partes se desprecia la Palabra de Dios, ellos la guardan en toda su pureza e integridad. Mientras que la persona de Cristo es atacada, ellos no niegan su nombre. Más aún, mientras los hombres buscan desesperadamente arreglar las divisiones de la cristiandad, estos fieles guardan la palabra de Su paciencia. Ellos esperan al Señor, quien sanará las divisiones y llevará a su pueblo unido a su presencia.
Ahora bien, hay consecuencias benditas cuando obedecemos la Palabra y no negamos el nombre de Cristo. Si en este tiempo que estamos aquí abajo nos sujetamos a las Escrituras y le damos a Cristo el lugar que se merece, estaremos en condiciones de disfrutar de las verdades concernientes a Cristo y su Iglesia, al llamamiento celestial, la venida de Cristo, y otros temas importantes.
No obstante, los fieles corren el serio peligro de apartarse de las verdades que han sido recuperadas, por lo cual es necesaria la advertencia: “Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona”; notemos de paso que esta exhortación está dirigida “al que venciere”.
Pero, ¿cómo podemos retener lo que tenemos y, además, ser vencedores? Es evidente que no lo podemos conseguir con nuestras propias fuerzas. Sólo podemos lograrlo si permanecemos firmes en la gracia que es en Cristo Jesús. Debemos mirar al Señor Jesús y elevarle nuestras oraciones.  La oración y la búsqueda de su gracia deben estar acompañados también con una condición moral aceptable ante Él, y esto nos conduce a la confesión. En relación con estas dos cosas, oración y confesión, podemos aprender mucho de Daniel. Él observó lo que había sucedido en el pasado y consideró la condición en la que se encontraba en ese momento el pueblo de Dios; y todo esto lo afligió sobremanera. Pero, en medio de su aflicción él hizo dos cosas: en primer lugar, apartó su mirada de los hombres y la dirigió hacia Dios para elevar su oración, como está escrito en Daniel 9:3: “Volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego”. En segundo lugar, hizo otra cosa muy importante: “Hice confesión” (v. 4).
Ahora, consideremos los resultados de su oración y confesión a Dios. En primer lugar, Daniel percibió intensamente la grandeza, la santidad y la fidelidad de Dios. Daniel fue conciente de su propia debilidad y de la pequeñez del hombre, por eso pudo expresar con confianza “Señor, Dios grande” (v. 4). Más aún, él comprendió que Dios es fiel a su Palabra, y que si el pueblo guarda su Palabra y le ama hallará misericordia a pesar de todas sus flaquezas.
El segundo resultado de la oración y confesión de Daniel, fue que él pudo comprender profundamente la ruina total en la que se encontraba el pueblo de Dios. Pudo reconocer que la baja condición moral y espiritual de este pueblo era la raíz de todas sus divisiones y de su dispersión. Daniel no intentó echar las culpas de las divisiones a algunas personas que efectivamente tenían un alto grado de responsabilidad y que habían pervertido la verdad y conducido a muchos al error; él miró más allá de los fracasos individuales y le adjudica la culpa de los fracasos al pueblo de Dios como un todo. Daniel afirmó: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad... no hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra” (Daniel 9:5-6). Daniel no tuvo nada que ver con los sucesos que habían provocado la dispersión setenta años antes; sin embargo, el hecho de no haber tenido responsabilidades en eventos que habían tenido lugar mucho tiempo atrás, no lo indujo  a ignorar la división o a buscar culpables; por el contrario, ante Dios él se identifica con el pueblo: “Hemos pecado”.
El pueblo de Israel, lleno de fracasos y en una condición espiritual deplorable, exigía tener un rey; y tuvieron muchos reyes que los llevaron por mal camino. Sucedió lo mismo en la historia de la Iglesia. En los capítulos 3 y 4 de 1.ª  Corintios el apóstol Pablo explica claramente que la causa de las divisiones que ocurrían en el pueblo de Dios tenían como raíz el accionar de la carne. Esta actitud carnal era la que también los llevó a someterse a la conducción de ciertos líderes. El mismo apóstol Pablo había anticipado estas cosas: “Yo sé que después de mi partida... de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:29-30).
Podemos concluir entonces que la raíz de toda división, sea en Israel o en la Iglesia, puede ser hallada en la baja condición moral del pueblo de Dios visto como un todo, y no simplemente considerando los fracasos individuales. Por este motivo, la confesión debe involucrar a todo el pueblo de Dios. Además, Daniel no tuvo en cuenta solamente lo sucedido en la ciudad de Jerusalén (aunque esta ciudad podía tener la mayor cantidad de fracasos), sino que involucró a “todo Israel”; tampoco limitó sus pensamientos a los israelitas que estaban “cerca”; en cambio, consideró a “los de cerca y los de lejos” (Daniel 9:7). Todos estos ejemplos, ¿no deberían impulsarnos a tener una actitud de confesión y humillación? Y aunque nosotros no podemos solucionar el problema de las divisiones, tenemos la posibilidad de encomendar estas cosas al Señor —a quien le hemos fallado tristemente—, con el fin de que seamos restaurados moralmente y colocados a la altura de nuestro llamamiento celestial, del que nos hemos desviado.
La tercera consecuencia de la oración y confesión de Daniel fue que él aprendió un principio muy importante: Dios ejerce su gobierno ineludiblemente. Debemos aceptar que las divisiones forman parte de la santa disciplina de Dios y que no son simples consecuencias de la locura o la debilidad de algunos. Esto puede observarse con claridad en la división que ocurrió en Israel. Es cierto que el principal instrumento de aquel cisma fue la locura de Roboam, pero Dios expresó con precisión: “Yo he hecho esto” (2.º Crónicas 11:4). Cuatrocientos cincuenta años después de estos eventos, mientras el pueblo de Dios estaba dividido y esparcido entre las naciones, Daniel pudo reconocer este gran principio: “Tuya es Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti”. Y siguó refiriéndose al accionar de Dios: “Y él ha cumplido la palabra que habló contra nosotros y contra nuestros jefes que nos gobernaron, trayendo sobre nosotros tan grande mal”; por último afirmó: “Jehová veló sobre el mal y lo trajo sobre nosotros” (Daniel 9: 7, 12, 14). De esta manera, Daniel demostró que no estaba considerando la locura y la debilidad de los hombres. Él no mencionó nombres, no habló de Joacim y “las abominaciones que hizo”, ni de Sedequías y sus locuras; tampoco mencionó la crueldad de Nabucodonosor. Más allá de todos los hombres, él observaba en medio de la dispersión la mano de su Dios justo.
Poco tiempo después, Zacarías escucharía la palabra del Señor dirigida a los sacerdotes, y a todo el pueblo, diciendo: “Los esparcí con torbellino por todas las naciones que ellos no conocían” (Zacarías 7: 5-14). De la misma manera, Nehemías conocía muy bien las palabras que el Señor había dado por medio de Moisés: “Si vosotros pecareis, yo os dispersaré por los pueblos” (Nehemías 1: 8).
Estos hombres de Dios sabían muy bien cómo obraba Dios mediante su disciplina. Ni siquiera se atrevían a decir que Dios «permitía» que su pueblo fuese dispersado o conducido a lugares lejanos, sino que afirmaban claramente que Dios mismo había dispersado al pueblo y traído el mal sobre ellos.
En cuarto lugar, aprendemos otro gran principio que surge de la oración y confesión: Dios es el único que puede reunir y bendecir a su pueblo. Cuando reconocemos que Dios trata con nosotros mediante su disciplina, también comprendemos que, por medio de ésta, Él nos brinda la esperanza de tener un avivamiento espiritual o la recuperación de lo que se ha perdido; porque cuando miramos a Dios, miramos al que puede dividir, pero también al que puede unir; al que puede esparcir, pero que puede juntar; al que puede herir, pero que puede vendar (Oseas 6:1). El hombre puede dividir, esparcir y herir; pero no puede unir, juntar ni sanar. Dios puede hacer las dos cosas, y de forma justa. Esto también lo aprendemos de la confesión de Daniel: “Tuya es, Señor la justicia... los has echado a causa de su rebelión... Jehová veló sobre el mal y lo trajo sobre nosotros; porque justo es Jehová nuestro Dios en todas sus obras que ha hecho” (Daniel 9:7 y 14). Luego, Daniel menciona por tercera vez la justicia de Dios, pero esta vez en relación con Sus bendiciones y con Su misericordia: “Oh Señor, conforme a todos tus actos de justicia, apártese ahora tu ira y tu furor” (v. 16).
Daniel puede elevar su ruego con absoluta confianza porque a pesar de que el pueblo había sido desobediente y merecía ser disciplinado, aun así, seguía siendo el pueblo de Dios. El profeta puede expresar: “Tu ciudad Jerusalén... tu santo monte... y tu pueblo... son el oprobio de todos en derredor nuestro... oye la oración de tu siervo... tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado” (v.16-17). Daniel rogó que la bendición fuese concedida “por amor del Señor”. Además, él imploró al Señor por “sus muchas misericordias” y, finalmente, invocó el nombre del Señor exclamando: “Tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (v. 19).
Hasta aquí hemos visto algunos de los grandes principios que deberían ser nuestra segura guía en medio de la confusión y de la ruina.
Primero, necesitamos volver a Dios para orar y confesar todo nuestro mal, y considerar ante su misma presencia su grandeza, santidad y gracia que siempre están a favor de aquellos que desean guardar su Palabra. (v. 3 y 4).
Segundo, debemos confesar nuestro fracaso y aceptar que nuestra ruina es total. (v. 5 al 15).
Tercero, tenemos que reconocer y aceptar el justo gobierno que Dios ejerce sobre nosotros (v. 7, 14, 15).
Cuarto, debemos recurrir a la justicia y la misericordia de Dios por los cuales Él puede permitir un avivamiento en su pueblo.                          

Estudios Ministeriales para Obreros Itinerantes: El Evangelio de Juan - En el principio Era El Verbo



Estudios Ministeriales para Obreros Itinerantes: El Evangelio de Juan
Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: 2MBytes | Idioma:Spanish | Categoría: Estudios Ministeriales
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Sugerencias para el estudio

Capítulo 1. Introducción del Verbo de vida
A. Juan el hombre
B. Juan el libro

Capítulo 2. El Verbo de vida hecho carne (1:1-5, 9-14)
A. Jesús el Verbo (1:1-5, 14)
B. La Luz viene al mundo (1:9-14)

Capítulo 3. Mensajeros del Verbo de vida (1:6-8, 15-51)
A. Juan el bautista (1:6-8, 15-34)
B. Los primeros discípulos (1:35-51)

Capitulo 4. La proclamación del Verbo de vida (2:1—6:59)
A. El primer milagro de Jesús (2:1-11)
B. La purificación del Templo (2:13-17)
C. Señales en el Templo (2:18-25)
D. Un visitante después de la noche (3:1-21)
E. El texto de oro (3:16-21)
F. El Verbo proclamado por los hebreos (4:1-42)
G. Sanidad del hijo de un oficial real (4:43-54)
H. La sanidad en el estanque (5:1-31)
I. Testigos al Verbo de vida (5:31-47)
J. Los panes y los peces (6:1-14)
K. El Señor del mar (6:16-24)
L. “Yo soy el pan de vida” (6:25-59)

Capitulo 5. El rechazo del Verbo de vida (6:60—8:59)
A. Regresar o seguir adelante (6:60-69)
B. La gente reunida acerca de Jesús (6:70—8:1)
C. La mujer pecadora (8:2-11)
D. Testigo verdadero (8:1-30)
E. La verdadera libertad (8:31-36)
F. ¿Hijos de Abraham o de Dios? (8:37-56)

Capítulo 6. Los “Yo soy” del Verbo de vida (8:12—11:57; 14:16; 15:1-11)
A. “YO SOY” (8:58)
B. “Yo soy la luz del mundo” (8:12; 9:1-41)
C. “Yo soy la puerta” (10:1-10)
D. “Yo soy el buen pastor” (10:11-42)
E. “Yo soy la resurrección y la vida” (11:1-57)
F. “Yo soy el camino la verdad y la vida” (14:1-6)
G. “Yo soy la vid” (15:1-11)
Capítulo 7.  Las enseñanzas del Verbo de vida (12:1—16:33)
A. La unción de Jesús (12:1-9)
B. La entrada triunfal de Jesús (12:12-19)
C. Los hebreos buscan a Jesús (12:20-22)
D. Morir para vivir (12:23-26)
E. Puesto en alto en una cruz (12:27-34)
F. La bendición de la luz (12:35-50)
G. El aposento alto (13:1-38)
H. Anunciando al Espíritu Santo (14:1—16:33)

Capítulo 8. La oración del Verbo de vida (17:1-26)
A. Obra consumada (17:1-5)
B. La gloria y gozo de Jesús (17:6-16)
C. “Santifícalos” (17:17-19)
D. “No para ellos solamente” (17:20-26)

Capítulo 9. El juicio y crucifixión del Verbo de vida (18:1—19:42)
A. El arresto (18:1-14)
B. El juicio (18:15-40)
C. La burla (19:1-16)
D. La crucifixión (19:17-42)
E. El sepulcro (19:38-42)

Capítulo 10. La resurrección del Verbo de vida (20:1-31)
A. La piedra removida (20:1-2)
B. Los primeros visitantes (20:3-10)
C. María y su Señor (20:11-18)
D. Puertas cerradas y heridas abiertas (20:19-29)
E. Para que podamos creer (20:30-31)

Capítulo 11: Las palabras finales del Verbo de vida (21:1-25)
A. La red vacía (21:1-3)
B. La red llena (21:4-14)
C. La prueba del amor (21:15-17)
D. La prueba de la obediencia (21:18-24)
E. Muchas otras cosas (21:25)
Preguntas de estudio

Métodos de estudio

Bienvenido a la serie de estudios bíblicos de Ministerios Continuos para Laicos. Usted está participando en una aventura de estudio el cual será de ayuda y agradable. A continuación algunas sugerencias que harán este estudio bíblico de más beneficio para usted. 

1. Siendo que es un estudio bíblico, tenga su Biblia cerca de usted en todo momento. Este bosquejo de estudio está diseñado solamente para ayudarle a leer la Biblia.
2. La versión de la Biblia que se usa para este estudio es la Nueva Versión Internacional. El editor usa el lenguaje de la (NVI) para preparar las lecciones. Usted puede usar otras versiones de la Biblia si usted desea. Mientras que el lenguaje puede ser diferente, el significado será el mismo.
3. Antes de que principie cada sección, lea todo el pasaje bíblico. Por ejemplo, en el Capítulo 4, sección F titulada “El Verbo proclamado a los hebreos”, lea Juan 4:1-42. Esto es muy importante. El bosquejo de estudio le ayudará a comprender los versos bíblicos en particular, pero no dice lo que ellos dicen.
4. IMPORTANTE: Note que los pasajes bíblicos del Evangelio de Juan no tiene el nombre del libro.
Si la referencia bíblica es (1:6-8), usted encontrará estos versos en el Evangelio de Juan. Otros libros de la Biblia incluirán el nombre en la referencia, por ejemplo Lucas 9:54 y Mateo 17:1.
5. Vaya a través del bosquejo de estudio cuidadosamente. Tome tiempo para ver todos los versos bíblicos en el bosquejo.
6. Use un lápiz marcador para marcar su Biblia conforme avanza. Marcar su biblia ayudará a que las palabras vengan a ser más y más suyas.
7. Finalmente, lea el pasaje bíblico otra vez para comprender mejor su significado.

Si una familia o un grupo de amigos deciden tomar juntos este estudio, aquí están dos sugerencias.

1. Pida que una persona lea el pasaje bíblico y otra persona lea el bosquejo de Ministerios Continuos para Laicos.
2. Luego discuta el pasaje bíblico y el bosquejo. Haga preguntas de cada uno para ayudar a aclarar el significado de la Escritura.

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miércoles, 23 de marzo de 2011

Estudios Profundos Pero para tomarlos con Pinzas: El Código del Apocalipsis



Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: 14MBytes | Idioma:Spanish | Categoría: Escatología Bíblica
Información
En toda la historia de la iglesia cristiana, enseñanzas equivocadas han aparecido
que atraen temporalmente a una gran cantidad de personas, para luego
desvanecerse una vez que la luz de una interpretación bíblica correcta ilumina
su error. Un ejemplo actual es la teología pretribulacional y dispensacional del
rapto promovida por llamados expertos en profecía tales como Hal Lindsey,
Tim LaHaye, John Walvoord, Thomas Ice,]ohn Hagee y otros más. Por varios
años, me he preguntado qué es lo que convencería a esos especialistas en la
profecía para que se dieran cuenta de que la escatología que están presentando
al mundo sencillamente avergüenza a la Iglesia, y que los hiciera abandonar ese
callejón sin salida dispensacional. El libro de Hank Hanegraaff, El código del
Apocalipsis, quizá sea esa respuesta. De manera brillante, el anfitrión de Bible
AnswerMan no sólo desmantela las declaraciones fantásticas hechas por estos
hombres, sino que da una corrección saludable al presentar métodos acertados
de interpretación bíblica que resuenan exquisitamente con lo que la iglesia ha
enseñado por los siglos.

Contenido
Reconocimientos Xl
Introducción Xlll
~ Resurrección del Anticristo XVII
~ Discriminación racial XVIll
~ Propiedad XXI
1. Escatología exegética ~: Método vs. modelo 1
~ Principio literal 3
~ Principio de iluminación 4
~ Principio gramatical 5
~ Principio histórico 7
~ Principio de tipología 8
~ Sinergia de la Escritura 9
2. Principio literal: Leyendo la Biblia como literatura 13
~ Forma 20
  • Lenguaje figurado 23
  • Imágenes defantasía 32
3. Principio de iluminación: 37
Iluminación fiel vs, imaginación fértil
  • Dospueblos distintos 48
  • Dos planes distintos 50
  • Dos fases distintas 58
4. Principio gramatical: «Depende del significado de la palabra "existe"»69
  • Esta generación 72
  • El pronombre ustedes 80
  • El adverbio pronto 88
5. Principio histórico: Realidades históricas 93
vs. revisionismo histórico
~ Ubicación 108
  • Esencia 113
  • Género 124
o Autor 133
  • Contexto 140
  • Años 148
6. Principio de tipología: La llave de oro 157
  •  La Tierra Santa 170
  • La Ciudad Santa 178
  • El Santo Templo 197
7. Sinergia de la Escritura: El descifrador del código 221
  • La regla suprema 224
  • Sustancia asombra 229
[i1 Sacrificando tradiciones 230
Notas 231
Glosario 269
Índice temático 277
Índice depasajes blblicos 289
Bibliografía selecta 295
Acerca delautor 303

Una década después de la publicación de El código del Apocalipsis de Lindsey, he decidido titular mi libro de la misma forma esperando que usted y muchos como usted, sean capacitados para leer la Escritura por su valor real. Al continuar leyendo, descubrirá que me refiero mucho a los escritos del doctor Tim LaHaye más que a cualquier otro llamado experto en profecía moderna. Aunque pude haberme centrado en escritos de otros numerosos autores, es el doctor LaHaye quien, como ningún otro en la historia contemporánea de la Iglesia, se ha convertido en el portador más reconocido de la escatología de Lindsey. El manto de Lindsey ha caído sobre sus hombros. Al igual que Lindsey, que dice interpretar la profecía «en el sentido más literalmente futurista posible»," LaHaye se esfuerza en destacar que, a diferencia del «falso maestro» que trafica con lo «extraño», él está muy comprometido con el principio literal que se concibe en lamentalidad dispensacionalísta." No se equivoque, esto no es un asunto sin importancia. Lo que está en juego para el cristianismo y la cultura con respecto a la controversia que rodea la escatología es inmenso. No solamente aquellos grandiosos y gloriosos pasajes que a través de la historia de la Iglesia se utilizaron para referirse directamente a la bendita esperanza de la resurrección son arrogados por la teoría del rapto pretribulacional y dispensacional popularizada en el siglo XIX por un pastor llamado J ohn Nelson Darby, sino también la extensión lógica del significado y la singularidad de la resurrección de Cristo queda socavada.
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