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martes, 26 de marzo de 2019

TU ENSEÑANZA, OH MAESTRO... ES PARA SIEMPRE

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6



 
PREPARARSE PARA EL SALVADOR  


Juan el Bautista señala el camino
TEXTO: Marcos 1:1–15
Propósito: A los niños se les requerirá su propia respuesta a la venida del Señor después de describir estos acontecimientos tempranos que encontramos al inicio del Evangelio según Marcos.


Introducción para los maestros

Anhelamos que cada uno de los niños que tenemos a nuestro cuidado se convenza de que ha de buscar al Señor, y esperamos que Él les llame mientras estén en nuestras clases. ¿Cómo podemos prepararles para que oigan? Juan el Bautista preparó al pueblo de Judea para la llegada de su Mesías. Podemos aprender mucho de él.

Tres errores que debemos evitar. 

  1.  El primer error que hemos de evitar es el de dar la impresión de que el arrepentimiento es “una buena obra”, o una forma de ganarnos la salvación. Juan el Bautista llamaba a la gente al arrepentimiento porque sabía que era la preparación adecuada para la visita del Salvador, el único que podía reformar el corazón mediante la obra del Espíritu Santo.
  2. El segundo error es el de hacer que la lección se vuelva demasiado solemne. El arrepentimiento es, por supuesto, solemne, pero aquí lo estamos enseñando en el contexto de “ganancias” gloriosas. El motivo de la petición de arrepentimiento de Juan fue la gran venida del Señor, tan larga y ansiosamente esperada. Dejar nuestros caminos pecaminosos no se puede comparar en modo alguno con el privilegio de conocer al Salvador y sus bendiciones. El mismísimo Señor da un ejemplo de ello con la parábola de la Perla de gran precio.
  3. El tercer error que hemos de evitar es aquel que el mismo Juan trata con minucia: concluir la lección con Juan y su misión en lugar de con el Señor y su obra (cf. Marcos 1:7)
Bosquejo de la lección

Prepararse para recibir visitas. 
Atrae la atención de los niños mediante la descripción de la forma en que se hacen los preparativos para recibir a las visitas especiales. A las clases de los mayores quizá les guste pensar en la preparación y revisión de la contabilidad antes de la llegada del auditor. Las clases de los pequeños habrán vivido la tarea de poner orden y de colocar exposiciones especiales en la escuela cuando preparan una fiesta para los padres. Recuerda a la clase que, cuando los líderes mundiales visitan otro país, es necesario hacer frenéticos preparativos —desfiles militares y banquetes de Estado— para impresionar al invitado.

Prepararse para una visita real. 
Luego haz que los niños se remonten atrás en el tiempo a un viaje de un personaje real. Explica que, en aquellos días, los reyes orientales, acompañados de sus sirvientes, tenían que viajar por los desiertos con una caravana de camellos, y cargar a los animales con todas sus pertenencias y todos sus regalos. Podían surgir todo tipo de problemas, que retrasarían su llegada durante semanas y hasta meses. No había teléfonos para avisar a sus anfitriones de la hora a la que esperaban llegar. La costumbre era, por tanto, que el visitante real o especial enviase a un mensajero por delante para que anunciara que ya se encontraba cerca. Los ciudadanos recibirían el aviso con tiempo para poder llevar a cabo los planes necesarios ante la llegada de su visitante.

¡Viene un Salvador! 
Recuerda a la clase que ya en el principio del mundo, cuando Adán y Eva pecaron por primera vez y fueron expulsados del huerto de Edén, Dios había prometido enviar a un Salvador que llevaría el pecado y restituiría a Dios a aquellos que creyeran en Él. En todas las épocas del Antiguo Testamento, Él renovaba su promesa: a Abraham, a Moisés, al rey David y luego, con detalles aún más gráficos, a profetas como Isaías y Malaquías.

Se promete un mensajero. 
Tan grande e importante iba a ser la venida del Salvador que Dios prometió enviar a un mensajero para preparar su camino. Isaías predijo que este mensajero no aparecería en cortes reales, ni tampoco en el palacio de un rey judío, sino en el desierto. Profetizó que el mensajero sería una voz solitaria que llamaría al pueblo a prepararse para la venida del Señor y lo instaría a enderezar sus sendas (cf. Marcos 1:3). Luego indica a los niños que, aunque Isaías habló más de 700 años antes del nacimiento de Cristo, esto fue exactamente lo que ocurrió.

Aparece Juan el Bautista. 
Explica que su primo Juan apareció como un solitario mensajero en el territorio desértico situado a las afueras de Jerusalén, poco antes de que el Señor Jesús empezara su ministerio público. Había sido preparado solo por Dios para esta obra especial. No provenía de las filas de los líderes religiosos de aquellos días, tampoco se había educado en sus escuelas. En lugar de eso, un ángel había anunciado su nacimiento a su anciano padre Zacarías. El ángel había predicho que Juan conocería al Señor desde su nacimiento y que su vida se reservaría para la tarea especial que tenía por delante. Viviría una vida austera en el desierto, que haría recordar a los judíos al profeta Elías (cf. Lucas 1:13–17). Esta singular figura, que se vestía de pelo de camello, que ceñía en sus lomos con un cinto de cuero y que vivía de la comida del desierto —langostas y miel silvestre— (cf. Marcos 1:6), aparece súbitamente en escena predicando a las multitudes que acudían en masa procedentes de las ciudades, de los pueblos y de la capital, Jerusalén.

Prepararse para el Señor. 
Pregunta a los niños qué suponen ellos que decía Juan a estas multitudes. ¿Les pedía que cambiaran la decoración del palacio, o que colgaran vistosas guirnaldas para la venida del Mesías? Si el Señor Jesús hubiese sido un rey terrenal, una bienvenida semejante habría sido adecuada, pero era el Rey del Cielo. No le preocupaba la parafernalia externa. Había nacido, en efecto, en un pobre establo, y su cuna fue el pesebre. Su preocupación era la situación de los corazones de las personas. Recuerda a los niños que uno de los nombres de Cristo es “Sol de justicia” (Malaquías 4:2). Cuando sale el Sol, pone en evidencia la suciedad y la oscuridad de los meses de invierno, y nos indica que es tiempo de hacer la limpieza de primavera. Cuando el Señor Jesús aparece, brilla en los corazones, mostrando todo el egoísmo y el pecado, y haciendo que hombres y mujeres se avergüencen de sus caminos.

Se arrepintieron. 
Así fue como respondieron los oyentes de Juan cuando este anunció la llegada del Salvador. Se sintieron avergonzados y poco preparados para un invitado semejante. El pueblo de Judá y de Jerusalén sabía que su Dios era puro y santo y que la venida de su Mesías significaría que tenían que arrepentirse y rechazar sus pecados. Juan hizo algunas indicaciones muy prácticas al pueblo, mostrándoles que debían cambiar sus caminos, abandonar la falta de honradez, la opresión, el egoísmo y la hipocresía (cf. Lucas 3:11–14).

Fueron bautizados. 
Muchas personas se tomaron muy en serio las palabras de Juan y, como señal de sus intenciones, fueron bautizadas en el río Jordán. Explica que esto es un buen ejemplo para explicar el arrepentimiento, el cual tiene dos aspectos claros: (a) pesar por el pecado pasado, y (b) resolución de no continuar en él, confesar y renunciar. El bautismo representa la necesidad de ser lavado y de mantenerse limpio en el futuro.

Buscaron al Salvador. 
Explica que Juan les enseñaba que, aunque el arrepentimiento y el bautismo eran signos esenciales de una actitud correcta, sin embargo, no tenían poder alguno para traerles el perdón. El agua pura nunca podría lavar el pecado. Las buenas intenciones no podrían producir un cambio verdadero del corazón. Les instaba a que esperaran con interés la venida de la única persona que sería capaz de lavar su pecado y darles un corazón y una vida nuevos. Él, el Señor Jesús, los bautizaría con su Espíritu Santo, cuya obra especial era esa. Debían esperar ansiosamente su venida, ya que llegaría pronto.

El bautismo del Señor Jesús. 
Explica a los niños que, en esta atmósfera de arrepentimiento y expectación, llegó el Salvador, y Él mismo fue bautizado, un humilde acto que nos enseña cuán maravilloso es nuestro Redentor. Nos muestra 

  1. Su obediencia. Explica cómo el Señor Jesús llegó de Nazaret y se unió a la multitud que escuchaba a Juan. Él también pidió ser bautizado, una señal de su obediencia y humildad. ¡Qué diferente de los orgullosos fariseos! Estos utilizaban la religión para reafirmar su posición y su importancia, sin un verdadero deseo de agradar a Dios. Él, en cambio, deseaba obedecer humildemente todas las leyes y mandamientos de Dios.
  2. Su bondad. El Señor Jesús, que no tenía que lavar pecado propio, se sometió a este acto externo y humilde al lado de personas culpables y egoístas que necesitaban su perdón. Ayuda a los niños a apreciar la bondad del Salvador. Pocos amigos en la Tierra están dispuestos a identificarse con nosotros cuando tenemos problemas y cuando se nos castiga.
  3. Su divinidad. Tan modesto era que ni siquiera Juan el Bautista se dio cuenta de que este Jesús de Nazaret era el Mesías prometido hasta que salió del agua, los cielos se abrieron, el Espíritu de Dios descendió sobre Él, y vino una voz del Cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Marcos 1:11) (El relato del Evangelio no menciona si la multitud fue testigo de este acontecimiento. Marcos solo dice que el Señor “vio abrirse los cielos” (Marcos 1:10), y Juan, en su Evangelio, dice que Juan el Bautista no reconoció a Cristo hasta que vio al Espíritu descender sobre Él (cf. Juan 1:32–34); entonces se lo dijo a los demás).
  4. Su buena disposición a morir en el Calvario. El mismo amor que llevó al Señor Jesús a identificarse con los pecadores arrepentidos cuando eran bautizados en el río Jordán le llevó también al Calvario. Allí se humilló a sí mismo aún más y se hizo obediente aun hasta la muerte (cf. Filipenses 2:8). Clavado en la Cruz entre dos ladrones, insultado por el populacho y cargado con la vergüenza de todos los pecados de su pueblo, el Rey de gloria sufrió en agonía; todo por su amor hacia nosotros.

Un mensaje para ti. 
Recuerda a los niños de tu clase que este mismísimo Señor Jesús va a regresar pronto. ¿Están preparados para ese gran día en que venga a juzgar al mundo? Indica que tú, como maestro de escuela dominical, tienes el mismo papel que Juan el Bautista. Como él, has de instar a los niños a enfrentarse con su insuficiencia, a colocarse frente a su Dios, a reconocer su pecaminosidad con vergüenza y pesar, y a mirar al Salvador, que se dio a sí mismo para que fueran limpios y perdonados.


Complementos visuales

Haz o muestra un mapa claro y a color de la Tierra Santa en los tiempos de Cristo . Señala en particular el río Jordán donde los discípulos oyeron a Juan el Bautista y se encontraron con “el Cordero de Dios” (Juan 1:29). 
Señala las ciudades de Jerusalén y Belén. Utiliza los bordes del mapa para pegar imágenes pertinentes que añadan interés.
2 Como está escrito en el profeta Isaías:
  He aquí envío mi mensajero delante de ti,
  quien preparará tu camino.
  3 Voz del que proclama en el desierto:
  "Preparad el camino del Señor;
  enderezad sus sendas." Marcos 1.2–3

martes, 21 de abril de 2015

Fue Apolos el escritor de Hebreos?... ¿Quiénes fueron los destinatarios de Hebreos?...Los sectarios de Qumrán

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
 
Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Capacitación Ministerial
Información 

 

La epístola a los Hebreos es una rica porción del canon novotestamentario. Exalta, de manera singular, la persona y obra del Señor Jesucristo. Al hacer esto, realiza contribuciones de valor inmenso a las doctrinas de la encarnación de Cristo, de su muerte vicaria y de su sacerdocio. Entre otras verdades a las que contribuye este libro de manera efectiva están las que se refieren a la relación entre el nuevo y el antiguo pacto, la interpretación del A.T. y la vida de fe. Sin la enseñanza de este libro inspirado, la iglesia en verdad sería incalculablemente más pobre.

Sin embargo, a pesar de su incuestionable valor, poco se sabe con certidumbre acerca de su ocasión, trasfondo y paternidad literaria. No obstante, la ignorancia de estos asuntos no afecta en forma significativa la comprensión del mensaje de la epístola. Éste permanece vigente y pertinente cualesquiera que hayan sido las circunstancias de las cuales surgió.

Fecha. Al considerar el trasfondo de este libro, es razonable empezar por la cuestión de su fecha de redacción. Ésta puede fijarse dentro de límites bastante precisos. Es difícil dar a la epístola una fecha posterior a 95 d.C., debido a que fue conocida por Clemente de Roma y citada por él en 1 Clemente. Asimismo, es improbable que se pueda fechar después del 70 d.C. puesto que no hay en ella ninguna referencia a la destrucción del templo en Jerusalén. Si ya hubiera ocurrido ese evento, hubiera dado al autor un argumento definitivo para afirmar la suspensión del sistema sacrificial veterotestamentario. Pero en lugar de eso, parece que da por sentado que tal sistema seguía en operación (cf. 8:4, 13; 9:6–9; 10:1–3).

No es necesario considerar a 2:3 como una referencia a una segunda generación de cristianos. La epístola fue obviamente escrita durante el tiempo que vivió Timoteo, a quien el autor conocía (13:23). Si el autor no es Pablo (y al fin y al cabo parece que no lo es; V. la discusión al respecto en Paternidad literaria), entonces 13:23 puede sugerir la posibilidad de que ya hubiera muerto porque de otro modo, podía esperarse que Timoteo se uniera a Pablo al ser liberado de la prisión. Al evaluar esta evidencia, es muy probable una fecha de composición entre los años 68–69 d.C.

Paternidad literaria. Se ha especulado con muchos nombres para descifrar la autoría de Hebreos. Sin embargo, la interrogante permanece sin resolverse. La tradición que la adjudica a Pablo es muy antigua, y jamás se ha descartado en forma decisiva. Desde el tiempo de Panteno (m. ca. de 190 d.C.), se afirmaba en Alejandría que en algún sentido la epístola era paulina. Clemente de Alejandría pensaba que Pablo la había escrito originalmente en hebr. y que Lucas la había trad. al gr.

Tomando como base su estilo, Orígenes puso en duda la autoría paulina, pero no descartó totalmente la tradición al respecto. En una famosa declaración admitió que sólo Dios sabía quién había escrito el libro.

Durante cierto tiempo, la creencia en la autoría paulina de Hebreos perteneció principalmente a la iglesia de oriente. Jerónimo y Agustín de Hipona parecen haber sido los responsables de popularizar este punto de vista en occidente. En tiempos modernos, se ha considerado que el estilo y características internas de Hebreos excluye al apóstol Pablo como su autor. Sin embargo, los argumentos edificados sobre tales consideraciones son a todas luces subjetivos, y también han sido usados para probar proposiciones insostenibles. Con todo, debe admitirse que cuando se lee Hebreos en el texto gr. y luego se compara con las cartas paulinas conocidas, la impresión global que se obtiene es que uno se encuentra con una mente espiritual que está bien sintonizada con Pablo, pero que a la vez, y en forma sutil, es muy diferente. Sin embargo, esa impresión subjetiva no hubiera prevalecido si la tradición de la iglesia primitiva sólo hubiera mencionado a Pablo.

De hecho, el otro nombre mencionado y que tiene apoyo temprano es el de Bernabé, el excolaborador de Pablo en la obra misionera. Esta tradición surgió por vez primera en occidente con Tertuliano (ca. 160/170–215/220 d.C.). Este autor, en un pasaje polémico, citó el libro de Hebreos adjudicando la cita a una epístola de Bernabé. Además, no hablaba como si fuera su opinión, sino simplemente asumía que era un hecho bien conocido por sus lectores. Tiempo después, Jerónimo hizo referencia al punto de vista de que Bernabé escribió Hebreos y esa idea reapareció en la obra de Gregorio de Elvira y Filastrio, ambos escritores del s. IV. Hay razón para creer que en el antiguo catálogo de libros canónicos que se encuentra en el ms. occidental llamado Códice Claromontano, el libro de Hebreos aparecía bajo el nombre de la Epístola de Bernabé.

La evidencia no es muy extensa, pero el hecho de que provino de occidente es quizá significativa. La única referencia geográfica que se halla en Hebreos es de Italia (13:24), y si la tradición que la adjudica a Bernabé es verdadera, no sorprende que provenga de esa parte del mundo. En otros aspectos, Bernabé llena los requisitos para ser el autor de esta epístola. Puesto que era levita (Hch. 4:36), sería algo natural que mostrara interés en el sistema levítico, como deja ver el autor de Hebreos. También debido a que tenía estrecha relación con Pablo, las expresiones semejantes al pensamiento de Pablo se podrían explicar de manera muy natural. Timoteo se convirtió al cristianismo en el primer viaje misionero de Pablo (Hch. 16:1–3) y por lo tanto, era con toda probabilidad conocido de Bernabé. Si Pablo ya había muerto en el tiempo en que se escribió Hebreos, no sería sorprendente que Timoteo se hubiera unido al excompañero de Pablo (He. 13:23). La desavenencia entre Pablo y Bernabé (Hch. 15:37–39) había sido resuelta tiempo atrás y poco después Pablo había hablado bien de Marcos, el sobrino de Bernabé (cf. Col. 4:10; 2 Ti. 4:11).

Por supuesto, no se puede probar que Bernabé sea el autor de Hebreos, ni que Pablo no lo sea. Pero que Bernabé es el autor tiene más mérito que las otras opciones sugeridas. Entre estas debe mencionarse que en un tiempo u otro, han sido postulados como posibles autores Clemente de Roma, Lucas, Silvano, Felipe el evangelista, Priscila y Apolos. En particular, el nombre de Apolos ha encontrado simpatizantes entre algunos escritores modernos. Quienes apoyan este punto de vista lo remontan con frecuencia hasta Martín Lutero. Sin embargo, la evidencia es débil y no incluye el apoyo de la tradición temprana como el que tiene la propuesta de que Bernabé es el escritor. Al estudiar las distintas opciones, esta parece ser la mejor conjetura. Si Bernabé es en verdad el autor de Hebreos, el libro puede afirmar su origen apostólico debido a que Bernabé fue llamado apóstol (Hch. 14:4, 14). En todo caso, es muy evidente la autoridad divina que tiene.

Trasfondo y ocasión. Se desconoce la identidad de los primeros lectores de Hebreos, así como la de su autor. No obstante, los lectores evidentemente formaban parte de una comunidad particular. Esto se deriva de varias consideraciones. Los lectores tenían una historia muy definida y el escritor se refiere a sus “días pasados” (He. 10:32–34). Él conocía algo de su pasado y su actual generosidad hacia otros cristianos (6:10); y pudo ser muy específico al hablar acerca de la condición espiritual de ellos (5:11–14). Además, el autor tenía vínculos bastante definidos con ellos y expresó su intención de visitarlos, quizá junto con Timoteo (13:19, 23). También les pidió que oraran por él (13:18).

Con toda probabilidad, los lectores eran principalmente de trasfondo judío. Aunque esto ha sido cuestionado en varias ocasiones, el contenido de la epístola lo sostiene. Claro que el antiguo título “a los Hebreos” puede ser sólo una conjetura, pero le acomoda de manera natural. Cuando se acabe de decir todo lo que se puede expresar en apoyo de la teoría de una audiencia gentil, todavía quedará en pie el hecho de que el autor hace fuerte hincapié en los prototipos judíos, y su honesta polémica contra la permanencia del sistema levítico se puede explicar mejor si la audiencia es judía en su mayoría y por lo mismo, propensa a regresar a su antigua fe. El marcado y extenso énfasis que se pone en la autoridad de las Escrituras del A.T. era más idóneo para lectores que habían sido formados en ellas.

Nada puede afirmarse en forma definitiva con respecto a la localidad de la cual formaban parte los lectores. El punto de vista de que Apolos escribió la carta a las iglesias del valle del Lico (donde se localizaba Colosas) o a Corinto, no es independiente de este punto de vista acerca de la paternidad literaria. La tesis de que los lectores eran un grupo de cristianos judíos que estaban dentro de la iglesia de Roma también cuenta con adherentes. Pero, aparte de la referencia a “los de Italia” (13:24), no hay mucha más evidencia para proponer que su destino fuera Roma. Junto con el punto de vista de que Bernabé es el autor, se ha propuesto a Chipre como su destino, esto debido a que Bernabé era chipriota. Pero ninguna de estas propuestas es convincente.

La opinión de que la epístola tuvo un destino palestinense se ha fortalecido recientemente por la observación de que la polémica presentada por el autor se puede explicar mejor si se considera como dirigida contra una forma sectaria del judaísmo, como la que se encontraba en Qumrán. Muchos de los pretendidos paralelos entre ambos textos (Hebreos y los textos de Qumrán) son interesantes e impresionantes. Destaca en particular el interés del autor en mostrar que la experiencia en el desierto del antiguo Israel fue un tiempo de incredulidad y fracaso y esto puede verse como especialmente agudo si se dirige a sectarios como los de Qumrán, que idealizaban el recorrido por el desierto. Aunque no todos se han visto igualmente impresionados por la información que pretende vincular a Hebreos con el pensamiento sectario, ésta proporciona apoyo, hasta donde tal relación es verosímil, a una locación de Palestina como el lugar donde fue leída por sus destinatarios.

Pero también hay problemas con este punto de vista. En primer lugar, la referencia a los lectores que recibieron el conocimiento del Señor de aquellos que lo oyeron originalmente (2:3), suena más natural para lectores que se encontraban en el campo misionero. En Palestina, y especialmente en Jerusalén, muchos de los lectores pudieron haber escuchado personalmente a Cristo. Además, la referencia a la generosidad de los lectores hacia los pobres (6:10), no suena en ninguna manera como proveniente de Jerusalén, debido a que la pobreza prevaleció allí en un tiempo posterior (cf. Hch. 11:27–29; Gá. 2:10). Si la declaración de Hebreos 12:4 significa que no había ocurrido ningún martirio en la comunidad a la cual se dirige el autor, entonces debe excluirse una localidad palestinense o al menos del área de Jerusalén. Pero el escritor pudo haber dado a entender solamente que la gente de su audiencia todavía no había sido sometida a tal sacrificio.

Si Bernabé es el autor de la epístola, una localidad que pudo haber llenado todos los requisitos es la antigua ciudad libia de Cirene en África del Norte. Cirene se fundó como colonia griega ca. de 630 a.C., pero en el período romano tuvo una considerable e influyente comunidad judía. Los orígenes del cristianismo allí parecen haberse dado muy temprano, porque la iglesia de Antioquía de Siria fue fundada por misioneros de Chipre y Cirene (Hch. 11:20). La conexión entre Chipre y Cirene en ese relato es de gran interés debido al trasfondo chipriota de Bernabé. Dos de los hombres con quienes Bernabé posteriormente ministró en la iglesia de Antioquía fueron “Simón el que se llamaba Niger” y “Lucio de Cirene” (Hch. 13:1). Puesto que el otro nombre de Simón, Niger, significa “negro”, pudo haber sido oriundo de África del Norte, como lo era su compañero Lucio. No se sabe con certeza si este Simón, quien también era de Cirene, es el mismo individuo que cargó la cruz de Jesús (Lc. 23:26). Este último Simón tuvo dos hijos, Alejandro y Rufo (Mr. 15:21), que pudieron haber sido conocidos en la iglesia de Roma si es que fue allí donde el evangelio de Marcos fue publicado por primera vez. En todo caso, lo más probable es que hubiera contacto entre cristianos de la ciudad libia de Cirene y los de Roma. Esto explicaría la referencia a los de Italia en Hebreos 13:24.

Si se concede importancia a los paralelismos con algún tipo de sectarismo judaico del desierto, entonces puede ser importante el hecho de que Cirene estaba en los límites de un desierto donde el nomadismo era una forma de vida. Las referencias del autor a la palabra gr. oikoumenē, (trad. “mundo” en 1:6 y 2:5) tendrían especial significancia en Cirene. Esta palabra era comúnmente usada para referirse al imperio romano. Y los límites del mundo (oikoumenē) romano hacia el sur no estaban muy lejos de Cirene. Puesto que es improbable que sólo en Palestina existiera el impulso de retirarse de la vida urbana y la corrupta sociedad judía, no sería sorprendente que los grupos de sectarios del desierto existieran también en el desierto de Cirenaica. Se sabe por Filón que una secta judía ascética estableció su residencia en las orillas de un lago cerca de Alejandría en Egipto.

En resumidas cuentas, la destinataria más plausible de la epístola a los Hebreos pudo haber sido una iglesia cristiana, de membresía judía en su mayoría, y localizada en una ciudad como Cirene. Al encontrarse bajo la reiterada presión de sus compatriotas incrédulos, estos creyentes estaban tentados a renunciar a su fe cristiana y regresar a su fe ancestral. Si la forma de esta fe que los fascinaba de manera particular provenía de un sectarismo similar al que se conocía en Qumrán, entonces muchas de las exhortaciones del autor debieron haber sido especialmente pertinentes, como este comentario pretende demostrar. La tentación de retirarse de la vida civilizada para vivir un tipo de experiencia en el desierto, es precisamente el tipo de tentación que la epístola a los Hebreos contesta muy bien.

El destino manifiesto del Señor Jesús es precisamente gobernar la oikoumenē (2:5) y todos los que se adhieran fielmente a él participarán de su reinado (cf. 12:28). Por lo tanto, deben retener su profesión cristiana.

En el análisis final, el destino exacto de la epístola, así como la identidad del autor, son aspectos de escasa importancia. Independientemente de quien la escribió, o a dónde fue enviada por primera vez, a través de los siglos, la iglesia cristiana la ha considerado correctamente como un mensaje relevante y poderoso proveniente de Dios, quien ha hablado de manera definitiva a través de su Hijo.
 
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