domingo, 3 de julio de 2016

No se aparte de tu boca el Libro de esta Ley. De día y de noche meditarás en él, para que cuides de hacer conforme a todo aquello que está en él escrito, porque entonces harás próspero tu camino, y tendrás buen éxito.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




El Pentateuco: Obra monumental de Moisés 

LOS CINCO LIBROS DE MOISÉS
1. El Antiguo Testamento y sus divisiones principales
Las Santas Escrituras del Antiguo Testamento contienen las revelaciones divinas que preparan el camino para la redención del hombre caído por medio de Cristo. 
La revelación de Dios comenzó con la creación de cielo y tierra, cuando el Dios trino llamó a la existencia a un mundo lleno de organismos y de criaturas vivientes y organizadas, que con su vida y su ser proclamaban la gloria de su Creador; en tanto que, en la persona del hombre, que fue formado a la imagen de Dios, fueron creadas para participar en las bendiciones de la vida divina. 
Pero cuando la raza humana, cedió en sus progenitores a la tentación del maligno, y abandonó el camino designado por su Creador, cayendo presa del pecado y de la muerte, y quedando envuelta toda la creación terrenal en los efectos de su caída, la misericordia de Dios comenzó la obra de restauración y redención, la cual había sido planeada en el consejo del amor trino antes de la fundación del mundo para restablecer a la criatura caída, de salvar a la raza humana de muerte y perdición. 
De aquí que, desde el principio, Dios no sólo ha manifestado su eterno poder y deidad en la creación, preservación y gobierno del mundo y sus habitantes, sino que también reveló por medio de su Espíritu, su propósito y deseo de bienestar para el hombre. 
Esta manifestación del Dios personal sobre y en el mundo asumió, a consecuencia de la caída, la forma de un plan de salvación, elevándose por encima de la providencia divina y el gobierno general del mundo, y llenando el orden de la naturaleza con poderes más altos de la vida espiritual, para que el mal, que había entrado por el pecado en la naturaleza del hombre y pasado del hombre a todo el mundo, pudiera ser vencido, y que el mundo fuera transformado en un reino de Dios en el que la santa voluntad domina el desarrollo de las criaturas, y que la humanidad sea glorificada a la semejanza de Dios por la transfiguración completa de su naturaleza. 
Estas manifestaciones de gracia divina, que, tal como lo comenta O. Zoeckler en su Theologia naturalis, 1860, tomo 1, p. 297 perfectamente, hicieron la historia del mundo «un desarrollo de la humanidad hasta convertirse en reino de Dios bajo la superintendencia educacional y judicial del Dios viviente», culminaron en la encarnación de Dios en Cristo para reconciliar el mundo consigo mismo.

Por medio de este acto de amor insondable todo el curso de la historia del mundo se divide en dos periodos: 
  • Los tiempos de preparación de la salvación, y 
  • Los tiempos de efectuación y cumplimiento de la salvación preparada desde el principio. 
El primero se extiende desde la caída de Adán hasta la venida de Cristo, y tiene su punto culminante en la economía del primer pacto. El segundo comienza con la manifestación del Hijo de Dios en la tierra con forma y naturaleza humanas, y dura hasta su regreso en gloria, cuando cambiará el reino de gracia en reino de gloria por medio del último juicio y la creación de un nuevo cielo y una nueva tierra a partir de los elementos del antiguo mundo que se quema en las llamas del juicio del cielo y de la tierra actual (2 P. 3:10–13). Entonces se completará y cerrará el curso del universo, y el tiempo será exaltado a la eternidad (1 Cor. 15:23–28; Ap. 20 y 21).

Si examinamos las revelaciones del primer pacto, conforme nos han sido legadas en las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, podemos distinguir tres fases de desarrollo progresivo de la salvación: 
  1. La preparación para el reino de Dios en su forma del Antiguo Testamento; 
  2. Su establecimiento por el oficio mediador de Moisés; y 
  3. Su desarrollo y extensión por medio de los profetas. 
En todos estos periodos Dios se reveló a sí mismo y su salvación a la raza humana por medio de palabras y hechos. 

Así como el Evangelio del Nuevo Pacto no está limitado a las verdades y preceptos de la fe enseñados por Cristo y sus apóstoles, sino que el hecho de la encarnación de Dios en Cristo Jesús, y la obra de redención completada por el Dios-hombre a través de hechos y sufrimientos, muerte y resurrección, constituyen la quintaesencia de la religión cristiana, tampoco las revelaciones divinas del Antiguo Pacto están restringidas a las verdades proclamadas por Moisés, por los patriarcas que vivieron antes de él y los profetas que vivieron después, respecto a la verdadera naturaleza de Dios, su relación con el mundo, y el destino divino del hombre, sino que consisten incluso más en eventos históricos por los que el Dios vivo y personal se manifestó al hombre en su amor infinito, en actos de juicio y justicia, de misericordia y gracia, para así poderlos guiar de regreso a Él, la única fuente de vida. 

De aquí que todos los hechos de Dios en la historia, por los que se ha rechazado la creciente tendencia a la impiedad, y se ha promovido la moralidad y piedad, incluyendo no sólo los juicios de Dios que han caído sobre la tierra y sus habitantes, sino el llamamiento de hombres para ser portadores de su salvación y la milagrosa dirección concedida a ellos, deben considerarse como elementos esenciales de la religión del Antiguo Testamento, tanto como las revelaciones verbales, por las que Dios dio a conocer su voluntad y consejo salvador por medio de mandamientos y promesas a los creyentes, y esto no sólo a través de una inspiración sobrenatural dentro de ellos, sino sobre todo por medio de sueños sobrenaturales, visiones y teofanías en las que los sentidos externos aprehendieron los sonidos y palabras del lenguaje humano. 

La religión revelada no sólo ha sido introducida en el mundo por la interposición especial de Dios, sino que es esencialmente una historia de lo que Dios ha hecho para establecer su reino sobre la tierra, en otras palabras, para restaurar una comunión personal real entre Dios, cuya omnipresencia llena el mundo, y el hombre que fue creado a su imagen, para que Dios pueda renovar y santificar a la humanidad mediante su Espíritu, y exaltarla a la gloria de la vida en Su plenitud de vida.

El camino para el establecimiento de su reino en la forma del Antiguo Testamento se inició con el llamamiento de Abraham, y su elección para ser el padre de esa nación, con la que el Señor quería realizar un pacto de gracia para bendición de todas las familias de la tierra. 

  • La primera fase de la historia de la salvación comienza con la partida de Abraham, en obediencia al llamamiento de Dios, de su tierra natal y de la casa de su padre, y alcanza hasta el momento en que la posteridad prometida al patriarca se hubo expandido en Egipto en las doce tribus de Israel. La revelación divina durante este periodo consistió en promesas, las cuales pusieron el fundamento para todo el desarrollo futuro del reino de Dios en la tierra, y de esa dirección especial por la que el Señor demostró ser, de acuerdo con estas promesas, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob.
  • La segunda fase comienza con el llamamiento de Moisés y la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, y abarca el establecimiento del reino de Dios del Antiguo Testamento, a través del pacto que Dios hizo con el pueblo de Israel en Sinaí, a quien había redimido con poderosos hechos de Egipto, y por la constitución nacional que regulaba las condiciones de su relación de pacto, dada en la ley mosaica al pueblo que había escogido como su heredad. En esta constitución se presentan las verdades eternas y las características esenciales del reino espiritual real, en formas terrenales e instituciones populares, y están tan incorporadas en él, que las formas visibles son sombras de verdades espirituales, y contienen los gérmenes de aquel reino espiritual y glorificado en que Dios será todo en todo. En consecuencia del designio de este reino, siendo meramente para preparar y tipificar la revelación plena de Dios en su reino, su carácter predominante era el de la ley, para que, mientras produce una profunda y clara intimación en la pecaminosidad humana y la santidad divina, pudiera incitar una honesta súplica por ser liberados del pecado y de la muerte, y por la bendición de vivir en la paz de Dios. Pero las leyes e instituciones de este reino no sólo grabaron sobre el pueblo la importancia de consagrar toda su vida a Dios el Señor, también les abrieron el camino de la santidad y el acceso a la gracia de Dios, de donde se podría derivar el poder para andar en rectitud delante de Dios, por medio de la institución de un santuario que el Señor de cielo y tierra llenaba con su misericordiosa presencia, y de un altar de sacrificio al que Israel se podría acercar, y recibir allí perdón de los pecados en la sangre de los sacrificios, y regocijarse en la comunión de su Dios.
  • La tercera fase en la historia de la salvación del Antiguo Testamento abarca el desarrollo progresivo del reino de Dios establecido sobre el Sinaí, desde la muerte de Moisés, el legislador, hasta la extinción de la profecía al final de la cautividad de Babilonia. Durante este alargado periodo, Dios se reveló como el Dios del pacto y el monarca de su reino, en parte por la protección especial que dio a su pueblo, en tanto que le fue fiel, o cuando regresó a Él después de un tiempo de apostasía y buscó su auxilio, bien levantando héroes de guerra para combatir los poderes del mundo, o con despliegues milagrosos de su propia omnipotencia, y en parte por la misión de los profetas dotados con el poder de su Espíritu que mantenía su ley y testimonio ante las mentes del pueblo, denunciaba castigo sobre un género apóstata, y predecía la salvación mesiánica a los justos, testificando de su misión divina, siempre que era necesario, por la realización de milagrosos hechos. 
En los primeros siglos después de Moisés hubo una predominancia de los hechos directos de Dios para establecer el reino en Canaán, y exaltarlo en poder y distinción en comparación a las naciones de alrededor. Pero después de que el desarrollo de su poder y gloria culminara bajo el reinado de David y Salomón se inició la división del pueblo del Señor con la separación de las diez tribus de la casa de David y el estado teocrático se empezó a disolver, Dios incrementó el número de profetas para preparar por medio de las profecias la revelación plena de su salvación en el establecimiento del Nuevo Pacto.

Así que las obras de Dios fueron de la mano con su revelación en las palabras de la promesa, de la ley y de la profecía, en la economía del Antiguo Pacto, no meramente preparando el camino para la introducción de la salvación anunciada en la ley y en la profecía, sino como factores esenciales del plan de Dios para la redención del hombre, como hechos que regulaban y determinaban todo el curso del mundo, y contenían en el germen la consumación de todas las cosas; la ley, como «un maestro para llevar a Cristo», entrenando a Israel para que diera la bienvenida al Salvador; y la profecía, proclamando su advenimiento con claridad que aumentaba, e incluso derramando sobre las oscuras y mortecinas sombras de un mundo en enemistad con Dios los primeros rayos de aquella venida del día de salvación, en que el Sol de justicia se levantaría sobre las naciones con la salvación bajo sus alas.

Del mismo modo que la revelación del primer pacto se divide de ese modo en tres etapas progresivas, también los documentos que contienen esta revelación, los libros sagrados del Antiguo Testamento, han sido divididos en tres clases 
תֹּורָה la ley, נֶביאִים los profetas, y כְּתוּבִים ἁγιο/γραφα los hagiógrafos o escritos sagrados. 

Pero aunque esta triple clasificación del canon del Antiguo Testamento no sólo se refiere a tres fases de canonización, sino también a tres grados de inspiración divina, las tres partes del Antiguo Testamento no se corresponden con las tres fases históricas en el desarrollo del primer pacto. 

La única división sostenida por los hechos históricos es la de 
  1. la ley
  2. los profetas
Estos dos contienen todo lo que era objetivo en la revelación del Antiguo Testamento, y distribuido de tal modo que la Torá, como los cinco libros de Moisés son llamados incluso en las mismas escrituras, contiene la obra base del antiguo pacto, o la revelación de Dios en las palabras y hechos que pusieron el fundamento del reino de Dios en la forma del Antiguo Testamento, y también aquellas revelaciones de las edades primitivas y de la historia antigua de Israel que preparó el camino para este reino; en tanto que los profetas, por otro lado, contienen las revelaciones que ayudaron a preservar y desarrollar el reino israelita de Dios, desde la muerte de Moisés hasta su disolución última. Los profetas también se subdividen en dos clases.
  1. La primera de éstas abarca a los llamados נְבִיאִים רִאשֹׁונִים (primeros profetas), es decir los libros profético-históricos (Josué, Jueces, Samuel y los Reyes), que contienen la revelación de Dios conforme se cumplió en la dirección histórica de Israel por jueces, reyes, sumos sacerdotes y profetas; 
  2. La segunda, los נְבִיאִים אַחֲרֹונִים (profetas posteriores), es decir los libros proféticos de predicción (Isaías, Jeremías, Ezequiel y los doce profetas menores), que contienen el testimonio progresivo del consejo de Dios, entregado en conexión con los hechos de Dios durante el periodo de la decadencia gradual del reino del Antiguo Testamento. 
Estos libros históricos están situados entre los profetas en el canon del Antiguo Testamento, no meramente porque narren los hechos de los profetas en Israel, sino aún más, porque exhiben el desarrollo del reino israelí de Dios desde un punto de vista profético del pueblo y del reino muestran el desarrollo de la revelación divina. 

Las predicciones de los profetas posteriores, que no fueron compuestas hasta algunos siglos después de la división del reino, fueron situadas en la misma clase con éstos, como siendo «la constitución del reino que contenía la promesa del Rey celestial, que la caída de su pueblo y reino en el mundo no había tenido lugar en oposición a su voluntad, sino expresamente de acuerdo con ella, y que por lo tanto no había abandonado a su pueblo y su reino, sino que en un tiempo futuro, cuando su condición interna lo permitiera, lo restauraría nuevamente en un nuevo poder y gloria más excelsos» (Auberlen, Jahresbibliothek für deutsche Theologie III, 782).

Los otros escritos del Antiguo Pacto están agrupados en la tercera parte del canon veterotestamentario bajo el título de כְּתוּבִים γραφεῖα o Hagiografía, porque fueron compuestos bajo la influencia del Espíritu Santo. 

Los después llamados hagiógrafos difieren de los libros proféticos tanto de historia como de predicción en su carácter peculiarmente subjetivo, y en la individualidad de sus presentaciones de los hechos y verdades de revelación divina; un distintivo común de todos los escritos de esta clase, a pesar de su diversidad en forma y asuntos que tratan. 

Incluyen: 

  1. Los libros poéticos: Salmos, Job, Proverbios, Cantares de Salomón, Eclesiastés y Lamentaciones de Jeremías, como testimonio de los frutos espirituales de los justos en la fe, el pensamiento y la vida de los justos por medio de la revelada religión del Antiguo Pacto; 
  2. El libro de Daniel, que vivió y trabajó en la corte caldea y persa, con su rica despensa de sueños y visiones divinamente inspirados, profetizando la historia futura del reino de Dios; 
  3. Los libros históricos de Rut, Crónicas, Esdras, Nehemías y Ester, que presentan la historia del gobierno de David y su dinastía, con referencia especial a la relación que mantenía el rey con el culto levita en el templo, y el destino del remanente de la nación del pacto, que fue preservado en la caída del reino de Judá, desde el tiempo de su cautividad hasta su regreso de Babilonia, y su reestablecimiento en Jerusalén y Judá. 
2. Título, contenidos y plan de los libros de Moisés
Los cinco libros de Moisés (ἡ Πεντάτευχος añadir βίβλος, liber Pentateuchus, el libro en cinco partes) son llamados en el Antiguo Testamento סֶפֶר הַתֹּורָה «Sefer hattorá, el libro de la ley» (Deut. 31:26; Jos. 1:8, etc.), o simplemente הַתֹּורָה, ὁ νόμος, la Ley (Neh. 8:2, 7, 13, etc.), un nombre que describe ambas cosas, los contenidos de la obra y su importancia en relación con la economía del Antiguo Pacto. 

La palabra תֹּורָה, un sustantivo derivado del Hif’il de הֹורָה, demonstrare, docere, denota instrucción, enseñanza. La תֹּורָה es el libro de instrucción, que Jehová dio a través de Moisés al pueblo de Israel, y por tanto es llamado תֹּורָת יְהֹוָה Torat Jehovah (2 de Crón. 17:9; 34:14; Neh. 9:3) y תֹּורָת מֹשֶׁה Torat Mosheh (Jos. 8:31; 2 de Reyes 14:6; Neh. 8:1), o סֶפֶר מֹשֶׁה Sefer Mosheh, el libro de Moisés (2 de Crón. 25:4; 35:12; Esdras 6:18; Neh. 13:1). Sus contenidos son la revelación divina en palabras y hechos, o mejor dicho, la revelación fundamental por la que Jehová seleccionó a Israel para ser su pueblo, y les entregó su norma de vida (νομός), o constitución teocrática como pueblo y reino.

Toda la obra, aunque dividida en cinco partes, forma, en plan y ejecución, un todo cuidadosamente construido, comenzando con la creación, y llegando hasta la muerte de Moisés, el mediador del Antiguo Pacto. 

Con la creación del cielo y de la tierra se prepara el terreno para la revelación divina. El mundo que Dios creó es la escena de la historia de la salvación entre Dios y el hombre, el sitio para el reino de Dios en su forma terrenal y temporal. 

CONTENIDO DE CADA LIBRO:

  1. El primer libro contiene referente a la primera historia de la raza humana y de la antigüedad de Israel hasta los patriarcas de Israel se mantiene en una relación más o menos inmediata con el reino de Dios, cuyo establecimiento real lo describen los otros libros de tal manera que en 
  2. El segundo describe la inauguración de este reino en Sinaí, en 
  3. El tercero el orden espiritual y en 
  4. El cuarto la organización política del reino por medio de hechos y preceptos legales.
  5. El quinto recapitula finalmente toda la obra de Dios en un hilo hortatorio, abarcando historia y legislación, y las imprime sobre los corazones del pueblo, con el propósito de levantar fidelidad veraz al pacto y asegurando su duración fue establecida de ese modo la economía del Antiguo Pacto y la revelación de la ley cierra con la muerte de su mediador.
La división de la obra en cinco libros fue lo más sencillo y natural que podría haber sido adoptado, de acuerdo con los contenidos y plan que hemos descrito. Los tres libros intermedios contienen la historia del establecimiento del reino del Antiguo Testamento; el primero presenta la historia preliminar y el quinto la recapitula y confirma. Esta división en cinco libros no fue realizada por algún postrer editor, sino que se fundamenta en el plan completo de la Thora, y por tanto debe considerarse como original. Porque incluso los tres libros centrales, que contienen una historia continua del establecimiento de la teocracia, se dividen en tres por el hecho de que la porción intermedia, el tercer libro del Pentateuco, está separado de los otros dos, no sólo por sus contenidos, sino también por su introducción, en el primer verso, y su fórmula concluyente, cap. 27:34.
3. Origen y fecha de los libros de Moisés
Los cinco libros de Moisés ocupan el primer lugar en el canon del Antiguo Testamento, no meramente por causa de su peculiar carácter como el fundamento y norma de su contenido, sino también porque es el escrito más antiguo de este canon y la base de toda la literatura del Antiguo Testamento.

Todas las obras históricas, proféticas y poéticas de los israelitas postmosaicas apuntan retrospectivamente a la ley de Moisés como su tipo y fuente principal, y asumen la existencia no meramente de la ley en sí, sino también de un libro de la ley, con el carácter y forma precisos de los cinco libros de Moisés. 

En todos los otros libros históricos del Antiguo Testamento no se encuentra trazo alguno de alguna expansión progresiva de, o adiciones subsiguientes a los estatutos y leyes de Israel; ya que el relato del descubrimiento del libro de la ley en el templo durante el reinado del rey Josías (2 de Reyes 22 y 2 de Crón. 34), es decir del ejemplar puesto al lado del arca, no puede construirse, sin una perversión voluntaria de las palabras, para constituir una prueba histórica de que el Pentateuco o el libro de Deuteronomio fue compuesto en ese tiempo, o que fue sacado a la luz en esa época por primera vez

Por el contrario, hallamos que, desde el tiempo de Josué hasta la época de Esdras y Nehemías, la ley de Moisés y su libro de la ley eran el único código válido e inalterable por el que se regulaba la vida nacional, tanto en sus instituciones civiles como religiosas. 

Sin duda ocurren numerosos casos en que se infringieron diferentes mandamientos de la ley, y ordenanzas particulares fueron descuidadas; pero incluso en los tiempos problemáticos y anárquicos de los jueces, se realizaba la adoración pública en el tabernáculo en Silo por sacerdotes de la tribu de Leví de acuerdo a las instrucciones de la Torá, y los devotos peregrinaban periódicamente en las fiestas designadas a la casa de Dios para adorar y sacrificar delante de Jehová en Silo (Jue. 18:31, cf. Jos. 18:1; 1 de Sam. 1:1–4:4). 

En el establecimiento de la monarquía (1 de Sam. 8:10), el curso adoptado estaba de completo acuerdo con las leyes contenidas en Deut. 17:14ss. 

El sacerdocio y el lugar de adoración fueron reorganizados por David y Salomón en perfecta armonía con la ley de Moisés. Josafat hizo provisión para la instrucción del pueblo en el libro de la ley, y reformó la jurisdicción de acuerdo a sus preceptos (2 de Crón. 17:7ss., 19:4ss.). 

Ezequías y Josías no sólo abolieron la idolatría introducida por sus predecesores, como lo había hecho Asa, sino que restauraron la adoración a Jehová, y festejaron la Pascua como una fiesta nacional, de acuerdo con las regulaciones de la ley mosaica (2 Crón. 29–31; 2 Reyes 23 y 2 Crón. 34 y 35). 

Incluso en el reino de las diez tribus, que se separó del reino de David, la ley de Moisés retuvo su fuerza no meramente en cuestiones de derecho civil, sino también en relación con la vida religiosa de los devotos, a pesar de la adoración establecida por Jeroboam en oposición a la ley, como podemos verlo claramente por las obras de Elías y Eliseo, de Oseas y Amós, dentro de ese reino y fue probado exitosamente por Hengstenberg, Beiträge zur Einleitung in das Alte Testament, tomo II, pp. 48ss. 

Además, todos los libros históricos están ricamente equipados con alusiones y referencias inequívocas a la ley, las cuales proveen una prueba más fuerte que la mención del libro de la ley, de cuán profundamente había penetrado la Torá de Moisés en la vida religiosa, civil y política de Israel. 

Del mismo modo, los profetas derivaban su autoridad e influencia total de la ley de Moisés;

  • Porque todos los profetas, desde el primero hasta el último, invariablemente presentaron la ley con sus preceptos y prohibiciones de la ley al pueblo. 
  • Ellos juzgaron, reprobaron, y castigaron las condiciones, los pecados y los crímenes del pueblo de acuerdo con sus estatutos, resumieron y expandieron sus amenazas y promesas, 
  • Proclamaron su seguro cumplimiento empleando los eventos históricos de los libros de Moisés con el propósito de reprobar o consolar, citando frecuentemente las mismas palabras de la Torá, especialmente las amenazas y promesas de Moisés en Lev. 26 y Deut. 28, para dar fuerza y énfasis a sus advertencias, exhortaciones y profecías
  • Y, finalmente, la poesía que floreció bajo David y Salomón también tuvo sus raíces en la ley, la cual no sólo discierne, ilumina y consagra todas las emociones y cambios de una vida justa del creyente en los Salmos, y todas las relaciones civiles de la vida en Proverbios, sino que se hace oír de varias formas en el libro de Job y los Cantares de Salomón, y es incluso recomendada en Eclesiastés (cap. 12:13) como la suma y esencia de la verdadera sabiduría.
Con este hecho indiscutible de que la Thora —tal como lo comenta Delitzsch, Commentar zur Genesis, p. 11 de la 4 edición— es una obra tan antigua que toda la literatura y la historia mosaica lo presuponen para sí. 

Armoniza también la constitución interna del libro de la ley en el cual no muestra rasgos de circunstancias y tiempos postmosaicos sino que tiene la evidente estampa de un origen mosaico tanto en su contenido como en su estilo. 

Todo lo que ha sido aducido como prueba de lo contrario por el llamado criticismo moderno está fundado bien sobre una mala interpretación, o sobre una falta de aprehensión de las peculiaridades del estilo semita en los escritos históricos, o finalmente, en prejuicios doctrinales, en otras palabras, sobre un repudio de todas las características sobrenaturales de la revelación divina de sus milagros y profecías. 

La evidencia de esto se dará en éste, en la exposición de los pasajes que supuestamente contienen alusiones a circunstancias e instituciones de una edad postmosaica más tardía, contradicciones y repeticiones que son irreconciliables con el origen mosaico de la obra

La Torá «cumple con todas las expectativas a las que podría llevarnos a formar una obra compuesta por él, en un cuidadoso estudio del carácter personal de Moisés. 

  • Él fue uno de esos maestros, en cuya vida se asocia la rica madurez de un periodo histórico con el creativo comienzo de otro, en quien culmina un largo pasado, y se extienden las raíces de un futuro de mucho alcance. 
  • En él se centran el final de la era patriarcal y el inicio del periodo de la ley; en consecuencia esperamos hallarlo, como un historiador sagrado, uniendo la revelación existente con sus antecedentes patriarcales y primitivos. 
  • Como el mediador de la ley, fue un profeta, y, ciertamente, el mayor de todos los profetas; esperamos de él, por tanto, explicaciones proféticas en los caminos de Dios tanto del pasado como del futuro. 
  • Él fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios; una obra de su mano mostraría, en varias alusiones inteligentes, las costumbres, leyes e incidentes egipcios, la buena educación egipcia» (Delitzsch, op.cit., 99 pp.). 
Respecto a todo esto, la Torá no sólo satisface de manera general, las demandas que un criticismo modesto y sin prejuicios requiere de las obras de Moisés; sino que en una investigación más cercana de sus contenidos, presenta tantas marcas no sólo de la edad mosaica sino también del espíritu mosaico, que es a priori probable que Moisés sea su autor. 

¡Cuán admirablemente fue, por ejemplo, preparado el camino para la revelación de Dios en Sinaí, por la revelación descrita en Génesis de los tiempos primitivos y patriarcales! 

El mismo Dios que, cuando hizo pacto con Abram, se reveló a él en una visión como JEHOVÁ que lo había sacado de Ur de los caldeos (Gen. 15:7), y que después, en su carácter de EL SHADAI, i.e. el Dios omnipotente, estableció el pacto que había hecho con él (Gen. 17:1ss.), dándole en Isaac, el heredero de la promesa, y guiando y preservando a Isaac y a Jacob en sus caminos, se apareció a Moisés en Horeb, para manifestarse a la simiente de Abraham, Isaac y Jacob en el significado pleno de su nombre JEHOVÁ, al redimir a los hijos de Israel de la esclavitud de Egipto, y aceptándolos como el pueblo de su posesión (Ex. 6:2ss.). 

¡Cuán magníficas son las revelaciones proféticas contenidas en la Torá, abarcando toda la historia futura del reino de Dios hasta su gloriosa consumación al final del mundo! Aparte de promesas como las de Gen. 12:1–3; Ex. 19:5, 6 y otras, que apuntan a la meta y terminación de los caminos de Dios desde el comienzo de su obra de salvación; en la oda cantada en el Mar Rojo, Moisés no sólo contempla a su pueblo introducirse en Canaán, y a Jehová entronizado como el Rey eterno en el santuario establecido por Él mismo (Ex. 15:13, 17, 18), sino que desde Sinaí (Lev. 26) y las llanuras de Moab (Deut. 28–30, 32!) mira el futuro de su pueblo, y la tierra hacia la que están a punto de marchar, y ve el todo de una forma tan clara a la luz de la revelación recibida en la ley, como para predecir a un pueblo recientemente liberado del poder de los paganos, que serían esparcidos nuevamente entre los paganos por apostatar del Señor, y que la hermosa tierra, de la cual están a punto de posesionarse por primera vez, una vez más sería dejada en ruinas. 

Y predice esto con tal exactitud, que todos los otros profetas, en sus predicciones de la cautividad, basan sus profecías en las palabras de Moisés, simplemente extendiéndolas a la luz arrojada sobre ellos por las circunstancias históricas de sus tiempos

Nuevamente, ¡cuán ricamente abundan los cinco libros en alusiones delicadas y casuales a Egipto, sus eventos históricos, sus costumbres y sus condiciones naturales! Hengstenberg ha acumulado una gran cantidad de pruebas, en su «Egypt and the books of Moses», del conocimiento más exacto por parte del autor de la Torá, de Egipto y sus instituciones. 

Sólo por elegir unas cuantas —aquellas que son aparentemente triviales, e introducidas completamente por accidente ya sea en la historia o en las leyes, pero que son tan características como conclusivas— mencionaremos: 

  • La costumbre egipcia de los hombres de llevar canastas sobre la cabeza, en el sueño del jefe de los panaderos de Faraón (Gen. 40:16); 
  • El afeitarse la barba (41:14), 
  • Profetizar con la copa (44:5); 
  • La costumbre de embalsamar los cadáveres y colocarlos en sarcófagos (50:2, 3 y 26);
  • La cesta hecha de papiro y calafateada con brea y asfalto (Ex. 2:3), 
  • La prohibición de acostarse con el ganado (Ex. 22:19; Lev. 18:23; 20:15, 16), y otras perversidades poco naturales comunes en Egipto; 
  • La observación de que Hebrón fue construida siete años antes que Zoán en Egipto (Num. 13:22), 
  • La alusión en Num. 11:5 a la comida ordinaria y favorita de Egipto; 
  • El modo egipcio de irrigar (Deut. 11:10, 11); 
  • La referencia al modo egipcio de azotar (Deut. 25:2, 3); 
  • La amenaza de los brotes y enfermedades de Egipto (Deut. 7:15; 28:27, 35, 60), y
  • Muchas otras cosas narradas especialmente en el relato de las plagas impuestas al faraón y a su estado que concuerda tan estrechamente con la naturaleza de ese país (Ex. 7:8–10:23).
En su forma general, la Torá también responde a las expectativas que podemos esperar en una obra de Moisés. En tal obra podemos esperar hallar «la unidad de un plan magnifico, comparativa indeferencia a los meros detalles, pero un comprehensivo y destacado entendimiento de la totalidad y de los puntos destacados; profundidad y elevación combinada con la mayor sencillez. 

En la magnifica unidad del plan, detectaremos al poderoso líder y gobernador de un pueblo que enumera cientos de miles; en la sencillez infantil, el pastor de Madián, que alimentó las ovejas de Jetro lejos de las variadas escenas de Egipto en las fértiles hendiduras de las montañas de Sinaí» (Delitzsch, ibid.). 

Ya hemos mostrado la unidad del magnifico plan de la Torá en sus rasgos más generales, y la interpretaremos todavía más minuciosamente en la interpretación de los libros por separado.

 La sencillez infantil del pastor de Madián se aprecia más distintivamente en aquellas figuras y símiles extraídos de la contemplación inmediata de la naturaleza, que encontramos en las porciones más retóricas de la obra. 

A esta clase pertenecen: 

  • Expresiones poéticas como «cubriendo el ojo de la tierra» (Ex. 10:5, 15; Num. 22:5, 11); 
  • Símiles tales como este: «como el guardián lleva al niño de pecho» (Num. 11:12); «como un varón lleva a su hijo» (Deut. 1:31); «como el buey come la hierba del campo» (Num. 22:4); «como oveja sin pastor» (Num. 27:17); «como las abejas» (Deut. 1:44); «como vuela el águila» (Deut. 28:49); y 
  • Nuevamente la forma figurativa 
                - «llevados sobre alas de águila» (Ex. 19:4, cf. Deut. 32:11); 
          - «fuego consumidor» (Ex. 24:17; Deut. 4:24; 9:3); 
          - «cabeza y cola» (Deut. 28:13, 44); 
          - «una raíz que produce hiel y ajenjo» (Deut. 29:18); 
          - «la embriaguez quite la sed» (Deut. 29:19), y muchos otros.

A esto podemos añadir el anticuado carácter del estilo, que es común para los cinco libros, y los distingue esencialmente de todos los otros escritos del Antiguo Testamento. Éste aparece algunas veces en el uso de las palabras, formas o frases, que subsiguientemente desaparecen del lenguaje hablado, y que o bien no vuelven a aparecer, o se utilizan únicamente aquí y allí por los escritores del tiempo exílico y postexílico la cautividad y después de ella, y entonces son tomadas del mismo Pentateuco; en otras ocasiones, en el hecho de que las palabras y frases son empleadas en los libros de Moisés en prosa sencilla, las cuales, con el paso del tiempo retornaron únicamente en la poesía, o cambiaron su significado por completo. 

Por ejemplo:

  • el pronombre הוּא y el sustantivo נַעַר son empleados en el Pentateuco en el género común (genus communis), en tanto que las formas הִיא y נַעֲרָה después fueron empleadas para el femenino; mientras que la primera de estas sólo aparece once veces en el Pentateuco, la segunda es única. El pronombre demostrativo es הָאֵל, después הָאֵלֶּה; el infinitivo constructo de los verbos ל׳׳ה a menudo se escribe הֹ o וֹ sin ת, como עֲשֹׂו Gen. 31:38; עֲשׂהוּ Ex. 18:18, רְאֹה Gen. 48:11; la tercera persona plural de los verbos en su mayoría mantiene la forma completa de וּן, no sólo en el imperfecto, sino aquí y allí en el perfecto, en tanto que después fue suavizada a וּ. También palabras como אָבִיב, espiga de trigo; אַמְתַּחַת saco; בָּתַר dissecuit hostias; בֶּתֶר una pieza; גֹּוזָל polluelo; זֶבֶד un regalo; זָבַד regalar; חֶרְמֵשׁ una hoz; טֶנֶא una canasta; הַיְקוּם algo vivo y existente; מַסְוֶה un velo, cubierta; עֵקֶר un retoño (aplicado a los hombres); שְׁאֵר Pariente de sangre; formas como זָכוּר por זָכָר mas, כֶּשֶׁב por כֶּבֶשׂ un cordero; frases como אֶל־עַמָּיו נֶאֱסַף, «reunido a su pueblo»; y muchas otras. En vano se buscan en los otros escritos del Antiguo Testamento, mientras que las palabras y frases que se utilizan allí, en su lugar, no se encuentran en los libros de Moisés.
En tanto que los contenidos y forma de la Torá atestiguan que pertenece a la época mosaica, existen declaraciones expresas al efecto de que fue escrita por el mismo Moisés. 

Ya en los libros centrales se dice que se han escrito ciertos eventos y leyes. Después de derrotar a los amalequitas Moisés recibió órdenes de Dios de escribir el mandato de exterminar a Amalec, para memoria, en el libro (esto significa un libro designado para apuntar los hechos del Señor en Israel, Ex. 17:14). 

De acuerdo con Ex. 24:3, 4, 7, Moisés escribió las palabras del pacto (Ex. 20:2–17) y las leyes de Israel (Ex. 21–23) en el libro del pacto, y las leyó al pueblo. Nuevamente, en Ex. 34:27, leemos acerca de la orden que Dios da a Moisés de escribir las palabras del pacto renovado en el Sinaí, lo cual sin duda hizo. 

Y finalmente, se declara en Num. 33:2 que escribió por orden divina un protocolo de las diferentes acampadas de los israelitas en el desierto, de acuerdo con el mandato de Dios. Es cierto que estas declaraciones no proveen evidencia directa de la paternidad Mosaica de toda la Torá; pero por el hecho de que el pacto de Sinaí debía concluirse, y en realidad fue concluido, sobre la base de un documento escrito de las leyes y privilegios del pacto, puede inferirse con tolerable certeza, que Moisés sometió todas esas leyes a la escritura, las cuales servirían al pueblo como una regla inviolable de conducta para con Dios. 

Y por el relato que Dios mandó que se hiciera, de los dos eventos históricos ya mencionados, se deduce incuestionablemente, que era intención de Dios que todas las manifestaciones más importantes de la fidelidad del pacto de Jehová fuesen entregadas por escrito, para que el pueblo de todo el tiempo futuro pudiera estudiarlas y guardarlas en su corazón, y que de ese modo se preservara su fidelidad. 

Que Moisés reconoció esta intención divina, y con el propósito de defender la obra que ya había sido completada por medio de su oficio mediador, sometió a la escritura no meramente toda la ley, sino toda la obra del Señor en y por Israel —en otras palabras, que él escribió toda la Torá en la forma que nos ha llegado a nosotros, y que entregó la obra a la nación antes de partir de esta vida, para que fuera preservada y obedecida—, se declara distintivamente al final de la Torá, en Deut. 31:9, 24

Cuando hubo entregado su último discurso al pueblo, y designado a Josué para que los dirigiera a Canaán, a su heredad prometida, escribió esta Torá (הַתֹּורָה הַזּאֹת) y la entregó a los sacerdotes, y todos los ancianos de Israel, con el mandato de que debía leerse al pueblo cada siete años, en la fiesta de los Tabernáculos, cuando vinieran a presentarse delante del Señor en el santuario. 

Sobre esto se declara (vers. 24ss.) que sucedió, «cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse, dio órdenes Moisés a los levitas que llevaban el arca del pacto de Jehová, diciendo: Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, y esté allí por testigo contra ti, etc.». 

Este doble testimonio de la autoría mosaica de la Torá es confirmado por el mandato en Deut. 17:18, de que el rey que sería elegido después debía hacer que se escribiera una copia de esta ley en un libro por los sacerdotes levitas, y que debía leerlas todos los días de su vida, y por las repetidas alusiones a «las palabras de esta ley que están escritas en este libro», o «en el libro de la ley» (Deut. 28:58, 61; 29:21; 30:10; 31:26); porque el primer mandamiento y las postreras alusiones no son entendibles en ninguna otra suposición que no sea la del hecho de que Moisés se comprometió a escribir el libro de la ley, y quiso entregarlo a la nación de una forma completa, antes de su muerte; aunque este pudo no haber estado terminado cuando se escribió el mismo mandato y se pronunciaron las palabras en cuestión, sino, como Deut. 31:9 y 24 lo afirman distintivamente, puede haberse completado después de su discurso al pueblo, poco tiempo antes de su muerte, por el arreglo y revisión de las primeras porciones, y la adición del último libro.

Sin embargo, la validez de esta evidencia no debe restringirse al quinto libro de la Torá únicamente; ésta se extiende a los cinco libros, es decir, a toda la obra en su unidad, por cuanto no puede demostrarse exegéticamente en el Deuteronomio que la expresión, «הַתֹּורָה הַזּאֹת» se relacione en cada pasaje del libro, desde el cap. 1:5 hasta el 31:24 con el llamado Deuterosis de la ley, o únicamente al quinto libro, y que el Deuteronomio haya sido escrito antes que los otros libros, cuyos contenidos presupone invariablemente. Ni tampoco puede demostrarse históricamente que el mandamiento respecto a la copia de la ley que debía hacerse para el futuro rey, y las regulaciones para la lectura de la ley en la fiesta de los tabernáculos, haya sido entendido por los judíos como refiriéndose únicamente al Deuteronomio. 

Flavio Josefo no dice nada respecto a algún límite, sino que habla, por el contrario, de la lectura de la ley en general (ὁ ἀρχιερεὺς … ἀναγινωσκέτω τοὺς νόμους πᾶσι, Antigüedades Judaicas 4:8, 12). 

Los rabinos también entienden las palabras «הַתֹורָה הַזּאֹת», en Deut. 31:9 y 24, como relacionándose con toda la Torá desde Gen. 1 hasta Deut. 34, y sólo difieren en opinión en lo referente a si Moisés escribió toda la obra de una sola vez, después de su último discurso, o si compuso los primeros libros gradualmente, después de los diferentes eventos y la publicación de la ley, y luego completó todo escribiendo Deuteronomio y anexándolo a los cuatro libros ya existentes.

Es incluso menos probable que esta evidencia pueda ser dejada de lado o se duda de ella por la objeción ofrecida por Vaihinger (ibid.) de que «Moisés no pudo haber relatado su propia muerte y sepultura (Deut. 34); y sin embargo el relato de esto forma una parte esencial de la obra, conforme la poseemos ahora, y el lenguaje y estilo mantiene un parecido muy estrecho con Num. 27:12–23». Las palabras en el cap. 31:24, «cuando acabó Moisés de escribir las palabras de esta ley en un libro hasta concluirse», son prueba suficiente de que el relato de su muerte fue añadido por una mano distinta, sin necesidad de declararlo distintivamente5. Además, el argumento retiene toda su fuerza, aunque no sólo en el cap. 34, la bendición de Moisés en el cap. 33, cuyo título demuestra ser un apéndice de la Torá, y el canto en el cap. 32, están incluidos en el suplemento añadido por una mano diferente, incluso si los suplementos comienzan en el cap. 31:24, o, como Delitzsch supone, en el cap. 31:9. Porque incluso en el último caso, los preceptos de Moisés sobre la lectura de la Torá en la fiesta de los tabernáculos del año de la redención, y sobre la preservación de la copia al lado del arca, había sido insertado en el original preparado por el mismo Moisés antes de haber sido depositado en el lugar designado; y la obra de Moisés habría sido concluida, después de su muerte, con el anuncio de su muerte y entierro. El suplemento en sí, sin duda fue añadido, no sólo por un contemporáneo, sino por un hombre que estaba íntimamente asociado con Moisés y que ocupaba una posición prominente en la comunidad israelita, de modo que su testimonio estaba a la altura del de Moisés.
4. Carácter histórico de los libros de Moisés
El reconocimiento de la credibilidad histórica de los hechos anotados en los libros de Moisés requiere una admisión previa de la realidad de una revelación sobrenatural de Dios. 

El ampliamente extendido naturalismo de los teólogos modernos que deduce el origen y desarrollo de las ideas religiosas del Antiguo Testamento de la naturaleza de la mente humana, necesariamente debe remitir todo lo que se dice en el Pentateuco con relación a las manifestaciones o hechos de Dios sobrenaturales, a la región ficticia de las sagas y mitos, y rechazar la verdad y realidad histórica de milagros y profecías. 

Pero tal opinión debe juzgarse como algo que no surge de la verdad ni conduce a la verdad sobre la simple base que está en discrepancia directa con lo que Cristo y sus apóstoles han enseñado en el Nuevo Testamento con referencia al Antiguo, y también como algo que conduce ya sea a un insípido deísmo o a un panteísmo sin consuelo, que, por un lado, ignora el obrar de Dios, y, por el otro, la naturaleza más secreta de la mente humana. 

De la realidad de las revelaciones divinas, acompañadas por milagros y profecías, el cristiano, i.e. el cristiano creyente, ya tiene una promesa en el milagro de la regeneración y la obra del Espíritu Santo dentro de su corazón. Aquel que ha experimentado en sí mismo este milagro espiritual de gracia divina, también reconocerá como hechos históricos los milagros naturales por los que el Dios verdadero y vivo estableció su reino de gracia en Israel, dondequiera que el testimonio de un testigo ocular asegura su credibilidad. 

Ahora tenemos este testimonio en el caso de todos los eventos del tiempo de Moisés, desde su llamado en adelante, o más bien desde su nacimiento hasta su muerte; es decir, de todos los eventos que se narran en los últimos cuatro libros de Moisés. 

El código legal contenido en estos libros ahora es reconocido por los oponentes más naturalistas de la revelación bíblica que ha procedido de Moisés, en lo que se refiere a sus elementos más esenciales; y esto es en sí una simple confesión de que la edad mosaica no es oscura o mítica, sino que cae dentro de la clara luz de la historia. 

Los eventos de tal época ciertamente podrían ser convertidos en leyendas durante el curso de los siglos pero sólo en casos donde habían sido transmitidos oralmente de generación en generación. Pero esto no puede aplicarse a los eventos de la época mosaica; porque incluso los oponentes del origen mosaico del Pentateuco admiten que el arte de escribir había sido aprendido por los israelitas de los egipcios con mucha anterioridad, y que no sólo leyes aisladas, sino también los eventos memorables, fueron reflejados en la escritura. 

A esto debemos añadir que los eventos históricos de los libros de Moisés no contienen trazos de transmutación legendaria, o adornos míticos de los hechos reales. Algunos casos de discrepancia que algunos críticos han presentado como conteniendo pruebas de esto, han sido refutados por otros de la misma escuela teológica por no tener fundamento. 

De esta manera afirma Bertheau (E. Bartheau, Die sieben Gruppen mosaischer Gesetze in den drei mittleren Büchern des Pentateuchs, 1840, p. 29), con relación a supuestas contradicciones en diferentes leyes: «Siempre me parece precipitado asumir que hay contradicciones en las leyes y aducir esto como evidencia de que los pasajes contradictorios deben pertenecer a diferentes periodos. 

El estado del caso en realidad es éste: incluso si el Pentateuco recibió gradualmente la forma en que nos ha llegado, cualquiera que haya hecho añadidos debe haber sabido cuáles eran los contenidos existentes, y por tanto no sólo no habría admitido nada que fuera contradictorio, sino que borraría cualquier cosa contradictoria que pudiera haberse introducido antes. 

La libertad de hacer añadidos no me parece ser mayor o ser más difícil, que el hacer omisiones particulares». Y sobre las discrepancias en los relatos históricos, C. v. Lengerke (Kenaan, 1844, p. 101) mismo dice: «Las discrepancias que algunos críticos han querido descubrir en las secciones históricas del Deuteronomio, en comparación con los primeros libros, en realidad no existen». 

De todas las pretendidas contradicciones, la gran mayoría ha sido introducida por los mismos críticos en el texto bíblico, y tienen tan poca base para sostenerlas en la misma narrativa, que al examinarlas de cerca se resuelven por ser meras apariencias, y la mayor parte de las diferencias puede explicarse fácilmente. 

El resultado es el mismo en el caso de las repeticiones de los mismos eventos históricos, los cuales han sido considerados como reduplicaciones legendarias de cosas que ocurrieron sólo una vez. Sólo hay dos sucesos milagrosos mencionados en la era mosaica de los que se dice que han sido repetidos; sólo dos casos, por lo tanto, en que es posible poner la repetición al relato de ficción legendaria: la alimentación del pueblo con codornices, y el hacer brotar agua de una roca para que éste pueda tomar. 

Pero ambos son de un carácter tal que la apariencia de la identidad se desvanece por completo ante los distintivos de los relatos históricos, y las diferencias en las circunstancias que los acompañaban. La primera alimentación con codornices tuvo lugar en el desierto de Sin, antes de la llegada de los israelitas a Sinaí, en el segundo mes del primer año; la segunda ocurrió después de su partida desde Sinaí, al segundo mes del segundo año, en los llamados sepulcros de lujuria. 

La segunda fue enviada como un juicio o plaga, la cual llevó a los murmuradores a los sepulcros de su lujuria; la primera meramente suplió la necesidad de alimentarse con comida animal. El agua fue extraída de la roca, por primera vez, en Refidim, durante el primer año de su viaje, en un sitio que fue llamado, como consecuencia de ello, Massah y Meribah; la segunda vez en Cades, en el año cuarenta, y en esa ocasión Moisés y Aarón pecaron por lo que no se les permitió entrar en Canaán.

El contenido histórico del Génesis parece ser diferente. Si Génesis fue escrito por Moisés, incluso entre la historia de los patriarcas y el tiempo de Moisés hay un intervalo de cuatro o cinco siglos, en que la tradición posiblemente podría haber sido corrompida u oscurecida. Pero inferir la realidad de la mera posibilidad sería un procedimiento muy acientífico, y estaría en oposición con la regla más simple de la lógica. 

Ahora, si vemos la historia que nos ha sido dada en el libro de Génesis desde los tiempos primitivos de la raza humana y de los días de los patriarcas, las tradiciones desde los tiempos primitivos están restringidas a unos sencillos incidentes descritos de manera natural, y a genealogías que exhiben el desarrollo de las primeras familias, y el origen de las diferentes naciones, en el estilo más llano posible. 

Estos relatos transmitidos tienen un sello histórico tan genuino que no se puede levantar duda alguna respecto a que su credibilidad esté bien fundamentada; mas por el contrario, toda la investigación histórica del origen de las diferentes naciones sólo tiende a su confirmación.

 Esto también se aplica a la historia patriarcal en que, con la excepción de las manifestaciones divinas, no sucede nada que pudiera traer a la mente, en el grado más remoto, los mitos y fábulas de las naciones paganas, en lo que respecta a la vida y hechos de sus héroes y progenitores. 

Hay tres relatos separados en las vidas de Abraham e Isaac de una abducción de sus esposas; y los críticos modernos no pueden ver en esto nada más que tres adornos míticos de un solo evento. Pero en una observación cercana y sin prejuicios de los tres relatos, las circunstancias que rodean los tres casos son tan peculiares, y corresponden tan exactamente a sus respectivas posiciones, que la apariencia de una legendaria multiplicación se desvanece, y los tres eventos históricos deben descansar sobre buen fundamento histórico. 

Hallamos nuevamente que en la guía de la raza humana, desde las edades más antiguas en adelante, de manera especial en la vida de los tres patriarcas, Dios preparó el camino por medio de revelaciones para el pacto que hizo en Sinaí con el pueblo de Israel. Pero en estos preparativos no podemos encontrar señal de alguna transferencia legendaria y antihistórica de circunstancias e instituciones, ya sea mosaicas o postmosaicas, a la edad patriarcal; y son suficientemente justificados por los mismos hechos, ya que la economía mosaica no habría sido posible traerla al mundo, como un deus ex machina, sin la más mínima preparación previa. 

La sencillez natural de la vida patriarcal, la cual brilla en toda narración, es algo más que produce en todo lector sin prejuicios, la impresión de una tradición histórica genuina. Esta tradición, por tanto, aunque en su mayor parte ha sido transmitida de generación en generación de forma oral, tiene todo el derecho a ser creíble, ya que fue perpetuada dentro de la familia patriarcal, «en la cual, de acuerdo con el mandato divino (Gn. 18:19), los recuerdos de las manifestaciones de Dios en las vidas de los padres fueron transmitidas como herencia, y eso con la mayor facilidad, en proporción a la longevidad de los patriarcas, la sencillez de sus vidas, y lo estrecho de su exclusión de influencias extrañas y discordantes. Tal tradición sin duda podría ser guardada con el mayor cuidado. Era el fundamento de la misma existencia del género escogido, el punto de su unidad, el espejo de sus responsabilidades, la seguridad de su futuro, y por tanto su más preciada heredad» (Delitzsch, ibid.). 

Pero en absoluto debemos suponer que todos los relatos e incidentes en el libro de Génesis dependían de la tradición oral; por el contrario, hay mucho que encontró su camino de documentos escritos desde los tiempos más antiguos. No sólo las genealogías antiguas, que se pueden distinguir de la narrativa al instante, por su antigüedad de estilo, con sus repeticiones de formularios casi estereotipados, y por formas peculiares de los nombres que contienen, sino ciertas secciones históricas —tales como, por ejemplo, el relato de la guerra en Gn. 14, con su sobreabundancia de relatos genuinos y exactos de una edad primitiva, tanto históricos como geográficos, y sus vocablos antiguos que desaparecieron del lenguaje vivo, antes del tiempo de Moisés, así como muchos otros— incuestionablemente fueron copiados por Moisés de documentos antiguos.

A todo esto debe añadirse el hecho de que los contenidos históricos, no sólo de Génesis, sino de todos los cinco libros de Moisés, están inundados y sostenidos por el espíritu de la religión verdadera. Este espíritu lo respira al principio del pentateuco el relato sencillo y a la vez sublime de la creación del mundo y especialmente la del hombre, que se diferencia fundamentalmente de los relatos extrabíblicos de la formación del cielo y de la tierra, de tal forma que presenta el sello de la autenticidad y personalidad del Dios creador. 

En él están basados junto con el reconocimiento de la personalidad infinita de Dios la personalidad del hombre en su propio contexto como creador. Habiendo sido formado por materiales terrenales y recibiendo el espíritu por un acto especial de aspiración divina, el hombre, que se diferencia así de los animales, establece desde un principio una relación con su creador, cuya naturaleza personal debería realizarse y se realiza de tal manera que el desarrollo temporal de esta relación forma el contenido de la historia sagrada, la que es entendida y presentada en todo el Antiguo Testamento como producto de la relación personal recíproca entre Dios y el hombre. 

Así como la creación del mundo es una condición para la historia del mundo, de igual manera es la personalidad de Dios y la del hombre la condición básica de toda religión verdadera y de moralidad. La personalidad finita del hombre está subordinada a la personalidad infinita de Dios que abarca en su poder y amor a todos los hombres. 

El trato del Dios creador y regente del mundo da a la vida del hombre su carácter de decencia religiosa, según el cual se define el destino del individuo y de los pueblos. Este conocimiento correcto de Dios y de la naturaleza del hombre no es presentado en la Tora de Moisés, la Escritura base del Antiguo y Nuevo Testamento, como hipótesis sino como basada en hechos que no pueden ser concebidos como producto de la mente humana. Ha sido inspirada por el Espíritu de Dios en el espíritu del hombre y este espíritu ha estampado a los escritos históricos del Antiguo Testamento el sello de la verdad que difiere de toda redacción histórica escrita por hombres de una manera específica y que se la puede reconocer al mostrar el camino al conocimiento de la salvación revelada por Dios a todo aquel que permita que el Espíritu actúe en él.


La opinión presentada por Ewald, que el libro de Josué sea el sexto libro del pentateuco (nota del traductor: la teoría del hexateuco) y que la obra haya sido realizada por el autor final o por el editor para presentar una obra completa que empieza con la creación del mundo y finaliza con la conquista de Canaán por los israelitas se basa en un desconocimiento del contenido y la razón de la Thora.

Cuando Vaihinger, buscando dar probabilidad a la idea de Ewald del crecimiento progresivo tanto de la legislación mosaica, como del Pentateuco, durante un periodo de nueve o diez siglos, afirma: «observamos en los libros de la ley de los antiguos Persas, en la Zendavesta, y en los escritos históricos de India y Arabia, que en el oriente se acostumbraba a reescribir las obras más antiguas, y después de un cierto tiempo el material era podado y suplantado por material nuevo, permaneciendo su base. Los postreros editores a menudo añadían nuevas fuentes a las antiguas, hasta que finalmente el círculo de leyendas e historias se cerraba, refinaba y transfiguraba. No se fijó absolutamente en la diferencia principal entre politeísmo y mitología pagana por un lado y entre monoteísmo y religión revelada, sino que confundió en diversas formas diferentes cosas.

Sin embargo nunca hallamos en las palabras de Moisés, o en el Pentateuco en general, el nombre de JEHOVÁ SABAOT, que era desconocido en la era mosaica, pero que estaba vigente en los tiempos de Samuel y David, y era favorecido por parte de los profetas.
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sábado, 2 de julio de 2016

Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.


. Me casaría de nuevo contigo 
 
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El término “una sola carne” viene del libro de Génesis en la narración de la creación de Eva: “Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” (Génesis 2:21-24).

El término “una sola carne” significa que así como nuestros cuerpos son un todo, y no pueden ser divididos en pedazos y aún así seguir siendo una unidad, de la misma manera Dios decidió que sucediera con la relación matrimonial. Ya no son más dos entidades (dos individuos), sino que ahora son una sola entidad (una pareja casada). Hay un número de aspectos en esta nueva unión.

En términos de la duración de su unión, Jesús establece que siempre ha sido el propósito de Dios que una pareja casada permanezca unida hasta que la muerte los separe (Mateo 19:6). Cuando ocurre el divorcio, contrario al plan de Dios, ya no tienes dos “todos”, sino más bien dos mitades que han sido cortadas y separadas. En lo concerniente a las relaciones emocionales, la nueva unidad tiene prioridad sobre todas las relaciones previas y futuras (Génesis 2:24a). Algunas parejas de casados continúan concediéndole un mayor peso a los lazos que los unen con sus padres, que con su nuevo cónyuge. Esta es una receta para el desastre en un matrimonio y es una perversión al propósito original de Dios de “dejar y unirse.” Un problema similar puede surgir, cuando uno de los cónyuges comienza a inclinarse más por satisfacer las necesidades emocionales de un hijo que las de su esposo(a).

Emocionalmente, espiritualmente, intelectualmente, financieramente y en cualquier otro aspecto, la pareja debe convertirse en uno. Así como una parte del cuerpo cuida de las otras partes del organismo (el estómago digiere la comida para el cuerpo, el cerebro dirige al cuerpo por el bien del ser, las manos trabajan para el beneficio del cuerpo, etc.) igualmente en el matrimonio, cada cónyuge debe cuidar del otro. Cada cónyuge ya no debe ver el dinero ganado como “mi” dinero, sino como “nuestro” dinero. Efesios 5:22-23 y Proverbios 31:10-31, nos dan la aplicación de esta “unidad” en el papel del esposo y la esposa respectivamente.

Físicamente: Ellos se convierten en una carne y el resultado de esa sola carne se encontrará en los hijos que produce su unión. Ahora estos hijos poseerán una composición genética, como resultado de la unión. Y aún en el aspecto sexual de su relación, ellos no deben considerar sus cuerpos como propios, sino pertenecientes a su cónyuge (1 Corintios 7:3-5). Tampoco se enfocarán en su propio placer, sino más bien en proporcionar placer a su esposo(a).

La unidad y esta búsqueda del beneficio del otro no son automáticas, especialmente después de que la raza humana cayó en pecado. En Génesis 2:24, le es dicho al hombre que se “una” a su mujer. Esta palabra abarca dos ideas. Una es estar “pegado” a su esposa, una ilustración de qué tan ajustado debe ser el lazo matrimonial. El otro aspecto es “dedicarse diligentemente a ver por” la esposa. Este “dedicarse diligentemente a ver por” es llevarlo más allá del noviazgo que conduce a la boda y continuarlo a través del matrimonio. La tendencia carnal es hacer “lo que me hace sentir bien” en vez de considerar lo que beneficiará al esposo(a). Y este egocentrismo es la rutina en la que comúnmente caen los matrimonios, “una vez terminada la luna de miel.” En vez de que cada cónyuge piense en la manera en que sus necesidades no han sido satisfechas, debe permanecer concentrado en suplir las necesidades de su esposo(a).

Pero, aunque pueda resultar tan agradable que dos personas que vivan juntas, satisfagan las necesidades de uno al otro, Dios tiene un llamado más elevado para el matrimonio. Aún cuando ellos pudieron haber estado sirviendo a Cristo con sus vidas antes del matrimonio (Romanos 12:1-2), ahora deben servir juntos a Cristo, como una unidad, y criar a sus hijos para servir a Dios (1 Corintios 7:29-34Malaquías 2:15Efesios 6:4). Priscila y Aquila, en Hechos 18, serían buenos ejemplos de esto. Como pareja, busquen servir juntos a Cristo y el gozo que da el Espíritu llenará su matrimonio (Gálatas 5:22-23). En el Jardín del Edén habían tres personajes (Dios, Adán, y Eva) y había gozo. Así en la actualidad, donde Dios es el centro de un matrimonio, también habrá gozo. Sin Dios, no será posible la duración de esa unidad.Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.


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Tomo 1
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jueves, 30 de junio de 2016

EL ESPIRITU DEL SEÑOR ESTA SOBRE MI, PORQUE ME HA UNGIDO PARA ANUNCIAR EL EVANGELIO A LOS POBRES. ME HA ENVIADO PARA PROCLAMAR LIBERTAD A LOS CAUTIVOS, Y LA RECUPERACION DE LA VISTA A LOS CIEGOS; PARA PONER EN LIBERTAD A LOS OPRIMIDOS;

Gran Biblioteca Ministerial: El Vino a Libertar a los Cautivos

Archivo: PDF | Tamaño: 1.5MB | Idioma: Spanish | Categoría: Guerra Espiritual - Preparación Ministerial
El propósito de este libro es mostrar las muchas maneras en que Satanás y sus demonios están activos en el mundo de hoy, y cómo usted puede luchar eficazmente contra ellos, y cómo puede librarse de los lazos de Satanás.

Satanás hará cualquier cosa para impedir que usted lea esto. Le afligirá con avasallador insomnio, confusión, interrupciones constantes y muchas otras cosas. El MIEDO es una de las principales armas de Satanás. El se valdrá del miedo para no dejarle leer este libro. Rechace el miedo directa y audiblemente en el nombre de Jesucristo para vencerlo. Ore y pida protección si va a leer y tratar de entender lo que este libro contiene.
El año de internado es el primer año de entrenamiento que recibe un médico que acaba de graduarse. Es con mucho el año de más intenso trabajo, y el más aterrador. Para Rebecca en el Memorial no fue diferente que para los demás, excepto que estaba constantemente consciente de que había algo extraño pero indefinible en cuanto a aquel hospital. Nadie parecía notarlo, ni siquiera sus colegas cristianos.

Desde el principio halló una asfixiante atmósfera de odio, murmuración y lucha en el departamento y, sin duda, en todo el hospital. Era un ambiente de extrema frialdad. Esto, además de las enormes presiones físicas y emocionales del año, lo usó el Señor para que ella se acercara mucho más a El.

Desde el principio notó una inusitada resistencia al evangelio. Cada vez que hablaba de Cristo se negaban redondamente a escuchar. Es más, en sus primeros seis meses en el hospital, la administración mandó a retirar las Biblias que los Gedeones habían colocado en los cuartos de enfermos y colocó un aviso en cada estación de enfermería en el que advertía que cualquier empleado que fuera sorprendido «evangelizando» a los pacientes sería despedido en el acto.

Y a cualquier pastor que fuera al hospital se le impedía visitar a quienes no fueran miembros de su iglesia; si las enfermeras lo sorprendían «evangelizando» a otros pacientes tenían la obligación de ordenar que los guardias lo sacaran del hospital y no lo dejaran entrar más. No se permitía servicio de capellanía, lo cual es inusitado. Era como si se estuviera haciendo un esfuerzo por impedir cualquier mención de cristianismo dentro del edificio del hospital.

miércoles, 29 de junio de 2016

Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Dos pilares gemelos: el amor a Dios y el amor al prójimo
AGAPE  Y AGAPAN
(ἀγάπη y ἀγαπάω)
LA MAS GRANDE DE LAS VIRTUDES
La lengua griega es una de las más ricas, y tiene una facultad sin rival para expresar los diversos matices del significado de un concepto, pues, como sucede con cierta frecuencia, dispone de series completas de palabras para ello. 
Así, por ejemplo, mientras el inglés dispone solamente de un vocablo para expresar toda clase de amor, el griego tiene por lo menos cuatro. 
  • Agape significa amor, y 
  • agapan, que es el verbo, significa amar
El amor es la más grande de las virtudes; la virtud característica de la fe cristiana
Por tanto haremos bien en procurar descubrir todo el contenido de estas dos palabras griegas cuyas características distintivas podremos conocer si las comparamos con otras palabras griegas que también signifiquen amor.
  1. El sustantivo eros y el verbo eran se usan principalmente para denotar el amor entre los sexos. Aunque también pueden utilizarse para expresar la pasión de la ambición o la intensidad de un sentimiento patriótico, característicamente son palabras que se emplean con relación al amor físico. Gregorio Nazianceno definió eros como “el deseo ardiente e insufrible”. Jenofonte, en la Ciropedia (5.1.11), tiene un pasaje que muestra exactamente el significado de eros y eran. Araspas y Ciro están discutiendo las diferentes clases de amor, y el primero dice: “Un hermano no se enamora de su hermana, sino de otra; ni un padre se enamora de su hija, sino de cualquier otra mujer, porque el temor de Dios y las leyes de la tierra son suficientes para impedir tal clase de amor” (eros). Notemos que estas palabras están predominantemente relacionadas con el amor sexual. En castellano, el vocablo amante puede connotar cierta bajeza en la forma de amar; y, en griego, el significado de las palabras que estamos estudiando había degenerado a fin de representar hechos más vulgares. Es claro que el cristianismo difícilmente podía haberse anexado estas palabras, por lo que no aparecen en absoluto en el Nuevo Testamento.
  2. El sustantivo storge y el verbo stergein tienen que ver especialmente con los afectos familiares. Pueden utilizarse para expresar la clase de amor que siente un pueblo por su gobernante o una nación o familia por su dios tutelar, pero su uso regular describe fundamentalmente el amor de padres a hijos y viceversa. Platón escribe: “Un niño ama (stergein) a, y es amado por, aquellos que lo engendraron” (Leyes, 754b). Una palabra afin se encuentra a menudo en los testamentos. Se deja un legado a un miembro de la familia kata philostorgian, es decir, “por el amor que te tengo”. Estas palabras no se encuentran en el NT excepto el adjetivo afín philostorgos, que aparece una vez en Ro. 12:10 (el gran capítulo que Pablo dedica a la ética) y que la Versión Reina Valera de 1908 traduce amor fraternal. Esto es muy sugestivo porque denota que la comunidad cristiana no es una sociedad, sino una familia.
  3. Las palabras griegas más comunes para amor son el sustantivo philía y el verbo philein, y ambas tienen un halo de cálido atractivo. Estas palabras encierran la idea de mirar a uno con afectuoso reconocimiento. Pueden usarse respecto del amor entre amigos y entre esposos. La mejor traducción de philein es apreciar, la cual, incluyendo el amor físico, abarca mucho más. Algunas veces puede significar incluso besar. Estas palabras tienen en sí todo el calor del auténtico afecto y del auténtico amor. En el NT, philein se utiliza también para expresar el amor entre padres e hijos (Mt. 10:37); el amor de Jesús a Lázaro (Jn. 11:3, 36) y, una vez, el amor de Jesús al discípulo amado (Jn. 20:2). Philía y philein son palabras hermosas para describir una relación hermosa.
  4. Las palabras más comunes en el NT para amor son el nombre agape y el verbo agapan. Primero, estudiemos el sustantivo. 
Agape no es en absoluto una palabra clásica, por lo que es dudoso que se haya utilizado alguna vez en el griego clásico. 
  • En la Septuaginta, se usa catorce veces respecto del amor sexual (p. ej., Jer. 2:2) y dos veces (p. ej., Ec. 9:1) como la opuesta de misos, que significa odio. A estas alturas, agape no ha llegado a ser todavía una gran palabra, pero hay indicios de que lo será. 
  • En el Libro de Sabiduría, se usa para describir el amor de Dios (Sabiduría 3:9) y el amor a la sabiduría (Sabiduría 6:18). 
  • La Carta de Aristias dice que la piedad está íntimamente relacionada con la belleza, pues “es la forma preeminente de la belleza, y su poder radica en el amor (agape), el cual es un don de Dios”. 
  • Filón utiliza agape una vez en el más noble sentido. Dice que phobos (miedo) y agape (amor) son sentimientos afines y, a su vez, característica del sentimiento del hombre hacia Dios. 
Pero solamente podemos encontrar raras y dispersas apariciones de esta palabra, agape, que llegaría a ser la clave de la ética del NT. 
Ahora volvamos al verbo agapan. Este verbo se emplea en el griego clásico más que el sustantivo, pero tampoco es muy frecuente. 
  • Puede significar saludar afectuosamente
  • Puede describir el amor al dinero y a las piedras preciosas. 
  • También puede usarse como expresión de estar contento con alguna cosa o con alguna situación. 
  • Incluso se utiliza una vez (Plutarco, Pericles, 1) para describir a una dama de la alta sociedad acariciando a su perrito faldero. 
Pero la gran diferencia entre philein y agapan en el griego clásico es que agapan carece del calor que caracteriza a philein. Hay dos buenos ejemplos de esto. Dio Casio, refiriéndose al famoso discurso de Antonio respecto a César, dice (44.48): “Vosotros lo amabais (philein) como a un padre, y lo apreciabais (agapan) como a un benefactor.” Philein describe el cálido amor que se profesa a un padre; agapan, la afectuosa gratitud que se siente hacia un benefactor. En la Memorabilia, Jenofonte describe cómo Aristarco consulta a Sócrates sobre un problema que tenía consistente en que, debido a los condicionamientos de la guerra, se veía obligado a vivir con catorce mujeres, parientes, que vivían a costa de él, pues, dada su situación de desplazadas, no tenían nada que hacer, y, lógicamente, surgían conflictos. Sócrates le aconseja que las ponga a trabajar, sean o no de ilustre cuna. Aristarco lo hace así y el problema se soluciona. “Las caras sombrías se tornaron radiantes; ellas lo amaron (philein) como a su protector; él las miraba con afecto (agapan) porque eran útiles” (Jenofonte, Memorabilia, 2.7.12). De nuevo se manifiesta en philein una calidez que no está en agapan.

No sería cierto si dijéramos que en el NT se usan nada más que agape y agapan para expresar el amor cristiano. 

Algunas veces se utiliza también philein, como en los casos siguientes: 
  • para indicar la clase de amor que el Padre tiene al Hijo (Jn. 5:20); 
  • para denotar el amor de Dios a los hombres (Jn. 16:27) y 
  • para expresar la devoción que los hombres deben tener a Jesús (1 Cor. 16:22). 
Pero philein se encuentra en el NT relativamente poco en comparación con agape, que aparece casi ciento veinte veces, y con agapan, que se emplea más de ciento treinta. 

Antes de estudiar detenidamente el uso que se hace de estas palabras, hay algo en torno a ellas y a su significado que hemos de tener en cuenta. ¿Por qué la forma cristiana de expresión se desentendió de las otras palabras griegas que significan amor y se centró en éstas?

Evidentemente, las otras palabras habían adquirido ciertos matices que las hacían inadecuadas. 

Eros se asociaba definitivamente con el lado más vulgar del amor; tenía que ver mucho más con la pasión que con el amor, 

Storge estaba muy vinculada al afecto familiar, pero nunca tuvo en sí la amplitud que la concepción del amor cristiano exige.

Philia era una palabra agradable, pero fundamentalmente denotaba calidez, intimidad y afecto. Podía usarse adecuadamente tan sólo respecto de nuestros allegados más amados, y el cristianismo necesitaba una palabra que incluyera mucho más. 

El pensamiento cristiano se fijó en agape porque era la única palabra capaz de abarcar el contenido necesario; porque agape demanda el concurso del hombre como un todo.

El amor cristiano no alcanza únicamente a nuestros parientes, a nuestros amigos más íntimos y, en general, a todos los que nos aman; el amor cristiano se extiende hasta el prójimo, sea amigo o enemigo, y hasta el mundo entero.

Por otra parte, todas las palabras ordinarias que significan amor expresan una emoción. Son palabras que se refieren al corazón y que ponen de manifiesto una experiencia que nos coge de improviso, sin buscarla, casi inevitablemente. 
  • No podemos impedir amar a nuestros parientes (la sangre tira) y a nuestros amigos.
  • El enamorarse no es ninguna proeza; es algo que nos sucede y que no podemos evitar. No hay ninguna virtud particular en el hecho de enamorarse, pues, para ello, poco o nada consciente tenemos que hacer. Simplemente, sucede. 
  • Pero agape implica mucho más. Agape tiene que ver con la mente. No es una mera emoción que se desata espontáneamente en nuestros corazones, sino un principio por el cual vivimos deliberadamente. Agape se relaciona íntimamente con la voluntad. Es una conquista, una victoria, una proeza. Nadie amó jamás a sus enemigos; pero al llegar a hacerlo es una auténtica conquista de todas nuestras inclinaciones naturales y, emocionales.
Este agape, este amor cristiano, no es una simple experiencia emocional que nos venga espontáneamente; 
  • es un principio deliberado de la mente, 
  • una conquista deliberada, 
  • una proeza de la voluntad. 
  • Es la facultad de amar lo que no es amable, 
  • de amar a la gente que no nos gusta. 
El cristianismo no nos pide que amemos a nuestros enemigos, y a los hombres en general, de la misma forma que amarnos a nuestros familiares y amigos íntimos porque eso sería a la vez imposible y erróneo. Pero sí demanda que tengamos en todo tiempo una cierta actitud mental y una cierta inclinación benevolente hacia los demás sin importarnos su condición.

¿Cuál es, pues, el significado de agape? 
El supremo pasaje para interpretarlo es Mateo 5:43–48. Ahí se nos manda amar a nuestros enemigos. ¿Para qué? Para que seamos como Dios, que hace caer su lluvia sobre justos e injustos, sobre buenos y malos. Es decir, al margen de cómo un hombre sea, Dios no procura para él sino su mayor bien. 

Eso es agape, el espíritu que dice: “Sin importarme lo que un hombre, santo o pecador, me haga, nunca procuraré perjudicarlo ni vengarme. Jamás buscaré para él otra cosa que no sea lo mejor.” Es decir, amor cristiano, agape, es benevolencia insuperable, bondad invencible. Como ya hemos dicho, agape no es meramente una ola de emoción; 
  • es una deliberada convicción que resulta en una deliberada norma de vida. 
  • Es una proeza, 
  • una victoria, 
  • una conquista de la voluntad. 
  • Agape apela a todo el hombre para realizarse; no sólo toma su corazón, sino también su mente y su voluntad.
Si esto es así, debemos hacer constar que:
  1. El agape humano, nuestro amor al prójimo, está obligado a ser producto del Espíritu. El NT es muy claro en este punto (Gá. 5:22; Ro. 15:30; Col. 1:8). El agape cristiano es innatural en el sentido de que no es posible para el hombre natural. Un hombre podrá demostrar esta benevolencia universal, podrá ser purificado del odio, de la amargura y de la inclinación natural del ser humano a la enemistad, solamente cuando el Espíritu tome posesión de él y vierta en su corazón el amor de Dios. El agape cristiano es imposible para el no cristiano. Ningún hombre puede practicar la ética cristiana hasta que no sea cristiano. Puede ver con absoluta claridad lo deseable que es; puede reconocer que es la solución de los problemas del mundo; puede aceptarla racionalmente, pero no podrá vivirla prácticamente hasta que Cristo viva en él.
  2. Cuando entendemos lo que agape significa, tropezamos con la gran objeción de que una sociedad basada en este amor sería un paraíso para los criminales, pues les facilitaría su propio camino. Puede alegarse que si en realidad hemos de procurar lo mejor para el hombre, bien podemos resistirlo, bien podemos castigarlo, bien podemos tratarlo con suma dureza—¡por el bien de su alma!
Pero el hecho permanece de que por mucho que hagamos por el hombre, nunca será puramente vindicativo, ni siquiera meramente retributivo, si no se hace dentro de ese amor perdonador que no procura el castigo del hombre—y mucho menos su aniquilación—, sino lo mejor. En otras palabras, agape quiere decir tratar a los hombres como Dios los trata, lo cual no significa permitirles hacer todo cuanto les plazca.

Cuando estudiamos el NT encontramos que el amor es la base de toda relación perfecta en los cielos y en la tierra.
(I) El amor es la base de la relación entre el Padre y el Hijo, entre Dios y Jesús. Jesús puede hablar de “el amor con que me has amado” (Jn. 17:26). El es el “Hijo amado” (Col. 1:13; cf. Jn. 3:35; 10:17; 15:9; 17:23, 24).

(II) El amor es la base de la relación entre el Hijo y el Padre. El propósito de toda la vida de Jesús fue que “el mundo conozca que amo al Padre” (Jn. 14:31).

(III) Amor es la actitud de Dios hacia los hombres (Jn. 3:16; Ro. 8:37; 5:8; Ef. 2:4; 2 Co. 13:14; 1 Jn. 3:1, 16; 4:9, 10). A veces, el cristianismo es presentado de una forma tal, que parece ser la obra hecha por un apacible y amable Jesús para calmar y apaciguar a un Dios severo y colérico, algo así como que Jesús cambió la actitud de Dios hacia nosotros. El NT no conoce nada de eso. Todo el proceso de la salvación comenzó porque Dios amó al mundo en gran manera.

(IV) El deber del hombre es amar a Dios (Mt. 22:37; cf. Mr. 12:30 y Lc. 10:27; Ro. 8:28; 1 Co. 2:9; 2 Ti. 4:8; 1 Jn. 4:19). El cristianismo no concibe al hombre sometido al poder de Dios, sino rendido al poder de Dios. No es que la voluntad del hombre sea triturada, sino que el corazón del hombre es quebrantado.

(V) La fuerza motriz de la vida de Jesús fue su amor a los hombres (Gá. 2:20; Ef. 5:2; 2 Ts. 2:16; Ap. 1:5; Jn. 15:9).

(VI) La esencia de la fe cristiana es el amor a Jesús (Ef. 6:24; 1 P. 1:8; Jn. 21:15, 16). Así como Jesús es el amante de las almas de los hombres, el cristiano lo es de Cristo.

(VII) Lo distintivo de la vida cristiana es el amor de los cristianos entre sí (Jn. 13:34; 15:12, 17; 1 P. 1:22; 1 Jn. 3:11, 23; 4:7). Cristianos son aquellos que aman a Jesús y se aman entre sí.

La base de toda relación justa concebible en los cielos y en la tierra es el amor. El NT tiene mucho que decir sobre el amor que Dios profesa a los hombres.
(I) Amor es la misma naturaleza de Dios. Dios es amor (1 Jn. 4:7, 8; 2 Co. 13:11).
(II) El amor de Dios es universal. No fue sólo al pueblo escogido al que Dios amó, sino al mundo entero—y en gran manera (Jn. 3:16).
(III) El amor de Dios es sacrificial. La prueba de su amor es la dación de su Hijo por los hombres (1 Jn. 4:9, 10; Jn. 3:16). La garantía del amor de Jesús es que se dio por nosotros (Gá. 2:20; Ef. 5:2; Ap. 1:5).
(IV) El amor de Dios es inmerecido. Dios nos amó, y Jesús murió por nosotros, cuando éramos enemigos de Dios (Ro. 5:8; 1 Jn. 3:1; 4:9, 10).
(V) El amor de Dios es misericordioso (Ef. 2:4). No es dictador ni tiránicamente posesivo; es el amor anhelante del corazón misericordioso.
(VI) El amor de Dios es salvador y santificador (2 Ts. 2:13). Rescata del pasado y capacita a los hombres para hacer frente al futuro.
(VII) El amor de Dios es confortador. En él, y a través de él, todo hombre llega a ser más que vencedor (Ro. 8:37). No es el amor blando e hiperproteccionista que hace a los hombres débiles e inmaduros; es el amor que fabrica héroes.
(VIII) El amor de Dios es inseparable (Ro. 8:39). Por la naturaleza de las cosas, el amor humano está llamado a terminarse, al menos por un tiempo, pero el amor de Dios perdura sobre todos los azares, cambios y amenazas de la vida.
(IX) El amor de Dios es recompensador (Stg. 1:12; 2:5). En esta vida, es algo precioso, y sus promesas para la vida venidera son todavía más grandes.
(X) El amor de Dios es disciplinario (He. 12:6). El amor de Dios sabe que la disciplina es una parte esencial del amor.

El NT también tiene mucho que decir sobre cómo debe ser el amor del hombre a Dios.

(I) Debe ser amor exclusivo (Mt. 6:24; Lc. 16:13). Solamente hay lugar para una lealtad en la vida cristiana.
(II) Es un amor cimentado en la gratitud (Lc. 7:42, 47). Las dádivas del amor de Dios piden a cambio todo el amor de nuestros corazones.
(III) Es un amor obediente. Repetidamente, el NT determina que la única forma de probar que amamos a Dios es obedeciéndole incondicionalmente (Jn. 14:15, 21, 23, 24; 13:35; 15:10; 1 Jn. 2:5; 5:2, 3; 2 Jn. 6). La obediencia es la demostración definitiva del amor.
(IV) Es un amor extrovertido. Demostramos que amamos a Dios por el hecho de que amamos y ayudamos a nuestro prójimo (1 Jn. 4:12, 20; 3:14; 2:10). Negar nuestra ayuda a los hombres es tanto como probar que es falso el que haya amor de Dios en nosotros (1 Jn. 3:17).

Obediencia a Dios y amable ayuda a los hombres son las dos evidencias que patentizan nuestro amor.

Veamos ahora la otra cara de la moneda: el amor del hombre por el hombre.
(I) El amor debe ser la mismísima atmósfera de la vida cristiana (1 Co. 16:14; Col. 1:4; 1 Ts. 1:3; 3:6; 2 Ts. 1:3; Ef. 5:2; Ap. 2:19). El amor es el emblema de la comunidad cristiana. Una iglesia en la que haya amargura y contienda puede llamarse iglesia de los hombres, pero no de Cristo. Las luchas intestinas han enrarecido la atmósfera de su vida espiritual y la han asfixiado. Ha perdido el emblema de la vida cristiana y ya no es reconocible como la tal iglesia.
(II) La iglesia se edifica en amor (Ef. 4:16). El amor es el fundamento que la sostiene; el clima en el que puede crecer; el alimento que la nutre.
(III) La fuerza motriz del líder cristiano debe ser el amor (2 Co. 11:11; 12:15; 2:4; 1 Ti. 4:12; 2 Ti. 3:10; 2 Jn. 1; 3 Jn. 1). No debe haber lugar en la iglesia para el hombre que sirve por razones de prestigio, de preeminencia y de poder. El móvil del líder cristiano debe ser únicamente amar y servir a su prójimo.
(IV) Al mismo tiempo, la actitud del cristiano hacia sus líderes debe estar promovida por el amor (1 Ts. 5:13). Demasiado a menudo, esa actitud es de criticismo, descontento e incluso de resentimiento. El vínculo que una a los que militan en el ejército cristiano ha de ser el amor.

El amor cristiano se va ensanchando en círculos cada vez más amplios.
(I) El amor cristiano empieza en el hogar (Ef. 5:25, 28, 33). No debemos olvidar que la familia cristiana es uno de los mejores testigos de Cristo en el mundo. El amor cristiano empieza en el hogar. El hombre que ha fracasado en hacer de su propia familia el centro del amor cristiano, tiene poco derecho a ejercer autoridad en la otra familia más numerosa que es la iglesia.
(II) El amor cristiano debe ser percibido por los ajenos a la congregación (1 P. 2:17). La atónita expresión de los paganos en los primeros días del cristianismo era: “¡Mirad cómo se aman los cristianos!” Uno de los obstáculos más grandes con que tropieza la iglesia moderna—bajo el punto de vista del testimonio—es que al espectador debe aparecérsele como un conjunto de personas enzarzadas en disputas por verdaderas fruslerías. Una iglesia totalmente sumida en la paz del mutuo amor es un fenómeno raro. Ahora bien, para lograr esa paz no es preciso que sus miembros piensen de idéntica forma ni que estén de acuerdo en todo; basta con que, aun difiriendo, puedan todavía seguir amándose.
(III) El amor cristiano alcanza a nuestro prójimo (Mt. 19:19; 22:39 cf. Mr. 12:31 y Lc. 10:27; Ro. 13:9; Gá. 5:14; Stg. 2:8). Nuestro prójimo es, simplemente, todo aquel que esté necesitado. Como el poeta romano dijo: “No considero extraño a ningún ser humano.” Como es sabido, muchas más personas han sido traídas a la iglesia por la bondad del amor cristiano que por todos los argumentos teológicos habidos y por haber. Asimismo, muchas más personas han abandonado las iglesias—o han sido echadas—por la dureza y deformidad del mal llamado cristianismo que por todas las dudas del mundo.
(IV) El amor cristiano alcanza a nuestros enemigos (Lc. 6:27; cf. Mt. 5:44). Hemos visto que amor cristiano significa benevolencia insuperable y bondad invencible. El cristiano, olvidando lo que un hombre le haga, nunca cesará de procurar lo mejor para ese hombre. Aunque sea insultado, injuriado, injustamente agraviado y calumniado, el cristiano nunca odiará ni permitirá que el rencor invada su corazón. Cuando Lincoln fue acusado de tratar a sus enemigos con demasiada cortesía y bondad, y cuando se le dijo que su deber era destruirlos, él dijo: “¿Acaso no destruyo a mis enemigos haciéndolos mis amigos?” El único método del cristiano para destruir a sus enemigos es amarlos como amigos.

Veamos ahora las características del amor cristiano.
(I) El amor es sincero (Ro. 12:9; 2 Co. 6:6; 8:8; 1 P. 1:22). No tiene un doble fondo; no es egoísta. No es el agrado superficial que oculta un gran rencor. Es un amor que se da a su objeto con los ojos y el corazón bien abiertos.
(II) El amor es inocente (Ro. 13:10). El amor cristiano no hace mal a nadie. El mal llamado amor puede dañar de dos formas: conduciendo al pecado y siendo hiperposesivo e hiperprotector. Respecto a la primera forma, Burns dijo de un hombre que conoció cuando él aprendía el rastrilleo del lino en Irvine: “Su amistad me hizo mal.” Respecto a la segunda forma, es el caso típico del amor sofocante, como el de algunas madres.
(III) El amor es generoso (2 Co. 8:24). Hay dos clases de amor: el que exige y el que da. El amor cristiano es dadivoso porque se inspira en el amor de Jesús (Jn. 13:34) y tiene su móvil principal en el amor de Dios (1 Jn. 4:11).
(IV) El amor es práctico (He. 6:10; 1 Jn. 3:18). No es un mero sentimiento bondadoso que se limite a piadosos y buenos deseos; es un amor que se manifiesta en la acción.
(V) El amor es paciente (Ef. 4:2). El amor cristiano es testimonio en contra de todo aquello que tan fácilmente transforma el amor en odio.
(VI) El amor se manifiesta en el perdón y en la restauración (2 Co. 2:8). El amor cristiano es capaz de perdonar y, al hacerlo, capacita al malhechor para que vuelva al buen camino.
(VII) El amor es realista (2 Co. 2:4). El amor cristiano no cierra los ojos ante las faltas de los demás. El amor no es ciego, y usará de la reprimenda y la disciplina cuando sea necesario. El amor que no quiere ver las faltas, que evita la parte desagradable de toda disciplina, no es en absoluto amor auténtico y, al final, dañará a su objeto amado.
(VIII) El amor cuida la libertad (Gá. 5:13; Ro. 14:15). Es completamente cierto que un cristiano tiene derecho a hacer todo aquello que no sea pecaminoso. Pero hay ciertas acciones en las que un cristiano no ve mal alguno y, sin embargo, pueden ofender a otro cristiano e incluso causar la ruina de otro hombre. El seguidor de Cristo nunca olvida su libertad cristiana, pero tampoco olvida que esa libertad está controlada por el amor cristiano y por la responsabilidad cristiana ante los demás.
(IX) El amor cuida la sinceridad (Ef. 4:15). El cristiano ama la verdad (2 Ts. 2:10), pero al expresarla procura no hacerlo cruel ni antipáticamente para no herir. Se decía de Florence Allshorn, el gran maestro, que cuando tenía que reprender a alguno de sus alumnos lo hacía echándole el brazo sobre los hombros. El cristiano no oculta la verdad, pero siempre recuerda que amor y verdad van de la mano.
(X) El amor cristiano es el vínculo que hace posible el compañerismo cristiano (Fil. 2:2; Col. 2:2). Pablo habla de los cristianos como unidos en amor. Nuestros puntos de vista teológicos pueden discrepar; asimismo, nuestras opiniones sobre métodos pueden diferir; pero, a través de las diferencias, vendrá la memoria constante de que amamos a Cristo y que, por consecuencia, nos amamos unos a otros.
(XI) El amor es lo que da derecho al cristiano a pedir ayuda y favor a otro cristiano (Flm. 9). Si realmente estamos tan unidos en amor como debemos estar, encontraremos fácil pedir y natural dar cuando surja la necesidad.
(XII) El amor es la fuerza motriz de la fe (Gá. 5:6). Más personas son ganadas para Cristo cuando se apela al corazón que cuando se apela al cerebro. La fe nace no tanto de una búsqueda intelectual como del levantamiento de la cruz de Cristo. Es cierto que, más tarde o más temprano, pensaremos en ciertas cuestiones que a veces nos desbordarán, pero, en el cristianismo, el corazón debe antes sentir que la mente pensar.
(XIII) El amor es el perfeccionador de la vida cristiana (Ro. 13:10; Col. 3:14; 1 Ti. 1:5; 6:11; 1 Jn. 4:12). No hay en este mundo nada más grande que el amor. La tarea primaria de la iglesia no es perfeccionar su edificio, su liturgia, su música o sus vestiduras, sino perfeccionar su amor.

Finalmente, el NT manifiesta que hay ciertas formas a través de las cuales el amor puede ser mal dirigido.
(I) El amor del mundo es un amor mal dirigido (1 Jn. 2:15). Demas desamparó a Pablo por amar al mundo (2 Ti. 4:10). Un hombre puede amar tanto lo temporal, que olvida lo eterno; puede amar tanto los premios del mundo, que olvida los premios últimos y esenciales que tienen que ver con la eternidad. Un hombre puede amar al mundo de tal manera, que acepta sus normas y abandona las de Cristo.
(II) El amor al prestigio personal es un amor mal dirigido. Los escribas y fariseos amaban los principales asientos en las sinagogas y las alabanzas de los demás (Lc. 11:43; Jn. 12:43). La pregunta de un hombre debe siempre ser: “¿Qué piensa Dios de mi conducta?” Y, no: “¿Qué piensan los hombres de mi conducta?”
(III) El amor a las tinieblas y el miedo a la luz es la inevitable consecuencia del pecado (Jn. 3:19). Tan pronto un hombre peca, tiene algo que ocultar; y, entonces, ama las tinieblas. Ahora bien, las tinieblas pueden ocultarlo de los hombres, pero no de Dios.

Así, después de todo, vemos, sin la menor sombra de duda, que la vida cristiana es edificada sobre dos pilares gemelos: el amor a Dios y el amor al prójimo.
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