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miércoles, 6 de abril de 2016

Antes que viniese la fe, estábamos custodiados bajo la ley, reservados para la fe que había de ser revelada. La ley ha sido nuestro tutor para llevarnos a Cristo, para que seamos justificados por la fe. Como ha venido la fe, ya no estamos bajo tutor.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




La verdadera descendencia de Abraham
Gálatas 3:15-29
3: 15 Hermanos, hablo en términos humanos: Aunque un pacto sea de hombres, una vez ratificado, nadie lo cancela ni le añade. 16 Ahora bien, las promesas a Abraham fueron pronunciadas también a su descendencia.  No dice: "y a los descendientes", como refiriéndose a muchos, sino a uno solo: y a tu descendencia,  que es Cristo. 17 Esto, pues, digo: El pacto confirmado antes por Dios no lo abroga la ley, que vino 430 años después, para invalidar la promesa. 18 Porque si la herencia fuera por la ley, ya no sería por la promesa; pero a Abraham Dios ha dado gratuitamente la herencia por medio de una promesa.

19 Entonces, ¿para qué existe la ley? Fue dada por causa de las transgresiones, hasta que viniese la descendencia a quien había sido hecha la promesa. Y esta ley fue promulgada por medio de ángeles, por mano de un mediador. 20 Y el mediador no es de uno solo, pero Dios es uno.

21 Por consecuencia, ¿es la ley contraria a las promesas de Dios?  ¡De ninguna manera! Porque si hubiera sido dada una ley capaz de vivificar, entonces la justicia sería por la ley. 22 No obstante, la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa fuese dada por la fe en Jesucristo a los que creen. 23 Pero antes que viniese la fe, estábamos custodiados bajo la ley, reservados para la fe que había de ser revelada. 24 De manera que la ley ha sido nuestro tutor para llevarnos a Cristo, para que seamos justificados por la fe. 25 Pero como ha venido la fe, ya no estamos bajo tutor.

26 Así que, todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús, 27 porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. 28 Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. 29 Y ya que sois de Cristo, ciertamente sois descendencia  de Abraham, herederos conforme a la promesa.

Cristo en la Promesa a Abraham
La verdadera relación de la promesa
fe frente a la ley mosaica

Gálatas 3:15–29

No es muy fácil a veces leer y comprender los asuntos concernientes a la doctrina. Preferimos una experiencia excitante, una ilustración llamativa o una jornada de entretenimiento, pero vale la pena perseverar, porque a largo plazo sólo la verdad sólida de la gracia de Dios resulta en la transformación de vida que es la promesa de Cristo.

Hoy en día la alabanza está muy de moda y se oye por todas partes; sin embargo, muchas veces no es más que la efervescencia del momento. Es común en algunos ambientes despreciar la doctrina, olvidando que sólo así se crece a la imagen de Cristo.

En esta segunda sección doctrinal de Gálatas 3–4, Pablo sigue el tema de la gracia del evangelio frente a la enseñanza peligrosa de los judaizantes --un énfasis erróneo en guardar aspectos de la ley. Esta mezcla constituye una verdadera amenaza a la obra consumada de Cristo. Pablo ha establecido más allá de cualquier duda que la ley sólo condena y maldice al pecador: “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10).

La ley no puede más que condenar al infeliz pecador. Además, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (vv. 13, 14).

Pero todavía queda la pregunta: ¿Cuál es la verdadera función de la ley? ¿Tiene algún propósito ante Dios? Pablo toca este tema para apoyar el papel distintivo de la ley, pero sólo según el expresado propósito de Dios al enviarla.

Pablo analiza los límites de la ley de Moisés frente a la promesa a Abraham (Gálatas 3:15–18) Pablo llama la atención de sus lectores con estas palabras: “Hermanos, hablo en términos humanos…” (Gálatas 3:15). Así, con una nota de cariño, les hace una proposición muy lógica a sus hijos en la fe. Un pacto al ser ratificado es inviolable. No se agrega ni se quita nada. Este punto es muy importante --sigue el argumento “a fortiori”, es decir, una verdad a la fuerza. Si así es en el pacto/arreglo humano, cuánto más será en la intervención de Dios en gracia a favor de Abraham. En cierto sentido un pacto humano es un arreglo humano con dos entidades más o menos iguales.

Pero Dios le hizo una promesa --algo muy diferente de un pacto; la gracia dependía exclusivamente, no de Abraham sino de Dios en su propia persona inmutable. Para establecer su argumento Pablo se vale de la inspiración bíblica plenaria y verbal usando una palabra en singular: no dice a las simientes, sino que se valdría de una simiente.

Una vez hecha la aclaración, Pablo interpreta correctamente el enfoque espiritual de la promesa en Cristo, en la simiente mesiánica a final de cuentas, no tan sólo en la tierra y el pueblo prometidos sino en el Mesías mismo en quien todas las naciones serían bendecidas (Gálatas 3:16)

De manera muy razonable, la aplicación es que la promesa dada tempranamente a Abraham tiene estricta prioridad sobre la ley. Dios ha hecho la promesa y Hebreos dice: “Por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta” (Hebreos 6:18). De tal modo la promesa se mantiene en pie y en plena vigencia. La ley que vino más tarde bajo diferentes circunstancias y fue dada a diferentes personas con diferente fin, por lo tanto no puede de ninguna manera abrogar ni invalidar la promesa. Así Pablo mantiene la superioridad de la gracia de Dios y el oír con fe ante el concepto erróneo de los judaizantes.

La promesa es de otro parámetro, de otra índole, es decir, es por la pura gracia de Dios. Por un solo argumento incontrovertible Pablo pone la promesa a Abraham en otra categoría muy superior a la ley. Pablo saca la conclusión inevitable, la consecuencia lógica y doctrinal: “Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa” (Gálatas 3:18). No puede haber otra conclusión posible. La ley y la gracia son incompatibles con respecto a la salvación.

La ley sirve sólo para condenarnos y prepararnos a oír con fe (Gálatas 3:19–21)
Bishop John Lightfoot analiza bien la superioridad de la promesa o la inferioridad de la ley bajo cuatro puntos: 

  1. la ley condena, no da vida; 
  2. la ley fue temporaria; cuando la simiente vino, se anuló; 
  3. la ley no vino directamente de Dios al hombre sino a través de dos mediadores, ángeles y Moisés; 
  4. la ley dependía de la obediencia de los contratantes. Por el contrario, la promesa dependía sólo de Dios mismo sin entrar para nada el elemento humano. Fue el decreto soberano de Dios el que estableció la eterna validez de la promesa.


Pero el autor inspirado reconoce la validez de la pregunta: “Entonces, ¿para qué sirve la ley?” (Gálatas 3:19). Su respuesta responde de golpe a la pregunta, porque nadie dudaba de que la ley era la personificación de la santidad y la justicia de Dios. La ley nos revela quien es Dios y por ende quienes somos nosotros en muy agudo contraste. 

La respuesta es sucinta: 
“Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente (Cristo) a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador” (Gálatas 3:19).

De hecho el pecado (la naturaleza del mal) en forma de los pecados (los delitos mismos) se oponía a las demandas estrictas de la santidad de Dios. Así, el pecado quedó definido de una vez, y se veía y juzgaba de tal manera por la ley mosaica. De esta forma, el ser humano –en su estado de condenación-- no hubiera tenido la más mínima esperanza de ganar su propia salvación. La ley logró condenar impunemente al pecador sin Cristo (Romanos 3:20, 23).

Este Pacto Mosaico era condicional desde el principio. Dios exigía la obediencia en todo momento, pero el ser humano no pudo ni quiso responder así. “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Gálatas 3:10). “Y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas” (Gálatas3:12).

La ley era inferior porque un contratante se rebeló y así quedó abrogada la ley al llegar la simiente, Cristo (Gálatas 3:16). Otro factor limitante era que les llegó la ley por medio de dos mediadores, ángeles (Deuteronomio 33:2; Hechos 7:53) y Moisés (Éxodo 20:19; Deuteronomio 5:2). El otro contratante era Dios mismo, el único fiel, constante e inmutable.

Otra cuestión queda por contestar. Pablo no quería socavar o despreciar la validez de la ley en sí. La ley era indispensable para la obra salvadora final, pero no como el agente de la salvación. 

La ley desempeñaría un papel preparatorio y muy necesario. Surge entonces la pregunta: “¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios?” (Gálatas 3:21). 

De ninguna manera no eran contrarias porque procedían las dos de Dios mismo; así la promesa y la ley no eran principios hostiles ni contradictorios. Más bien en orden cronológico servían al mismo fin, el de preparar al pecador para la venida de la fe.

En general la palabra “fe” tiene varios usos en las Escrituras. Aquí se da la preferencia a la persona de Cristo menos que al evangelio o lo que se creía; aquí no se puede referir a la fe subjetiva y personal. El contexto nos guía a la interpretación más adecuada.

Este hecho subraya lo temporaria de la ley, socavando los argumentos de los judaizantes que querían imponer de nuevo la ley en los gálatas. Lejos de quedar vigente la ley, quedó caduca y abrogada (véanse Hebreos 8:13–9:10). Éste es el argumento decisivo para establecer la introducción de la promesa de fe.

Según la Escritura, es decir, el Antiguo Testamento, la ley logró el propósito divino de encerrarlo todo bajo la condena del pecado (Gálatas 3:22). Pablo usa el neutro “lo” para hacer lo más inclusiva posible la referencia al mal de ser humano.

Pablo resume todo el argumento de Romanos 9–11 usando el mismísimo verbo: “Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Romanos 11:32). La ley sí sirve al propósito de Dios sólo cuando se usa según su plan perfecto para hacer resaltar el mal y quitarle al ser humano toda esperanza de lograr su propia salvación.

Pablo usa la ilustración de uno de menor edad bajo restricciones fuertes (Gálatas 3:22–25)

Es muy interesante como Pablo ilustra el papel de la ley para con los israelitas frente a la amenaza de los judaizantes. El apóstol vuelve a tocar la misma ilustración en Gálatas 4:1–3 y luego en la alegoría de Agar, el monte de Sinaí y Sara y la Jerusalén de arriba en Gálatas 4:21–31.

La analogía es gráfica; Pablo recordaba su propia posición: “Pero antes que viniese la fe (Cristo, el Mesías), estábamos confinados bajo la ley, encerrados para que aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:23, 24).

Pablo escoge bien la palabra “ayo” que era un tutor o un esclavo de cierta categoría que tenía a su cargo la supervisión moral del heredero joven. Su papel fue diferente al del maestro o pedagogo; pues debía imponer la disciplina de manera estricta. Así la ley era inferior como el esclavo, aun de cierto rango con el deber de limitar y poner restricciones a favor de criar cierta moral en el heredero menor. Fue una etapa temporaria esperando la libertad futura de llegar a ser el auténtico heredero.

Echada a un lado la ley, Cristo introduce un nuevo ‘estatus’: libertad (Gálatas 3:26–27)

En este párrafo Pablo amplía la gloriosa libertad del creyente, libre de la ley pero unido a Cristo, acabadas todas las distinciones de la ley. Lo que servía por un rato, ya no sirve más. Con la llegada de la fe o Cristo, la simiente a quien le dio Dios la promesa por pura gracia, entramos de inmediato en el pleno disfrute de los hijos de Dios bajo la única condición del oír con fe (Gálatas 3:2, 5).

Pablo ahora describe la herencia del creyente. Tal lleva la marca del hijo de Abraham por fe. La ley no aportó nada; sólo condenó al pecador y preparó al creyente para recibir por fe la promesa. La primera característica es “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (v. 27).

La primera característica es una plena co-crucifixión o identificación con Cristo en muerte al pecado --lo negativo—y revestido inmediatamente de Cristo. En este pasaje se oye el eco de Romanos 6:3: “Fuimos todos bautizados en su muerte” y la cita de Colosenses 2:12: “Sepultados con él en el bautismo”.

Dios toma cartas desde el primer minuto de nuestra salvación uniéndonos a su Hijo en la Cruz. Éste es el mensaje de la Cruz. Sabemos que la referencia al “bautismo” se refiere a nuestra incorporación en el cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo, el verdadero bautismo en/con/por el Espíritu: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13). Es seguido ese bautismo espiritual de la ordenanza que da testimonio público a tal verdad abrazada y comprendida ahora de todo corazón por el creyente.

Pablo vuelve a puntualizar esa verdad fundamental de nuestra unión con Cristo. No se puede entender la salvación por la gracia sin regresar incansablemente a ese punto de partida, nuestra identificación con Cristo en la Cruz. Como resultado de ese acto divino el creyente está revestido de Cristo (Gálatas 3:27).

La justificación que nos dio cobertura bajo la justicia de Cristo viene siendo nuestra vestimenta espiritual. Nuestra posición en Cristo llega a ser el principio de nuestra nueva condición o santificación. Pablo en Efesios 4:23, 24 nos reta de la misma manera: “Y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.

Por la gracia, no por la ley, el creyente ya es nueva criatura (Gálatas 3:28, 29)
Ahora viene un versículo muy radical que puntualiza lo distintivo de ser hijo de Abraham con el oír por fe. La ley nunca nos aportó nada; sólo nos preparó el camino por sacar a luz y definir el pecado nuestro. Es la pura gracia de la promesa en una gloriosa transformación que rompió tajantemente todas las barreras que se pudieran imaginar.

Por lo tanto “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gálatas 3:28, 29). El espectro o la gama del creyente nos deja pasmados. Estos dos versos son la piedra de ángulo, la piedra de toque del creyente. De un solo golpe la Cruz derrumba todo lo que nos separa y nos une a todos en los lazos del Crucificado.

El concepto del judaizante era que la ley agregaba algo necesario al creyente en Cristo. Quería devolverlo a la servidumbre de la ley. Pablo lo veía como un ataque frontal en contra de la absoluta suficiencia y superioridad de la gracia disponible del oír con fe. Pero en Cristo, en cambio, no hay distinción alguna, ni de sexo, ni de nivel social, económico y religioso. Todos somos “herederos con Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17).

Ya que somos herederos espirituales en plena posesión de Cristo; no hay por que buscar un don que nos magnifique, ni una experiencia que nos separe de los demás hermanos en Cristo. No hay búsqueda ni atracción que nos prometa enriquecernos como se oye en la Teología de la Prosperidad. No hay poder sobre otros por el “dizque” obispo, apóstol o profeta que crea tanta carnalidad hoy día.

Todo esto es eliminado por la Cruz de Cristo y nos deja humildes y santos delante de Dios. Veamos la suficiencia de Cristo crucificado a quien Pablo predicaba: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Corintios 2:2).

Verdades poderosas para tomar en cuenta
  1. La promesa dada en gracia a Abraham y a nosotros por el oír con fe está en pie y vigente en la vida de todo creyente.
  2. La ley sirvió como “ayo” para llevarnos a Cristo. Ahora ya no sirve porque en Cristo quedamos perdonados y aceptos como herederos con Dios y coherederos con Cristo.
  3. La ley y el legalismo nos separan, pero unidos a Cristo no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer; “porque todos vosotros sois uno en Cristo” (Gálatas 3:28).
  4. La verdadera marca del creyente es que está bautizado en Cristo y revestido de él (Gálatas 3:27).
  5. La gracia que nos llega por el oír con fe es tan completa que no buscamos nada menos que más de Cristo y Cristo crucificado. Éste es el mensaje de la Cruz.
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martes, 5 de abril de 2016

El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para que fuésemos justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; por las obras de la ley ninguna carne será justificada.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6





Nos preparamos para enseñar a la congregación 

PABLO SE INSERTA CON LOS DEMÁS APÓSTOLES PARA TRABAJAR EN LA OBRA

Gálatas 2:1-11

DESPUÉS, pasados catorce años, fuí otra vez á Jerusalem juntamente con Bernabé, tomando también conmigo á Tito.
Empero fuí por revelación, y comuniquéles el evangelio que predico entre los Gentiles; mas particularmente á los que parecían ser algo, por no correr en vano, ó haber corrido.
Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, siendo Griego, fué compelido á circuncidarse.
Y eso por causa de los falsos hermanos, que se entraban secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para ponernos en servidumbre;
A los cuales ni aun por una hora cedimos sujetándonos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros.
Empero de aquellos que parecían ser algo (cuáles hayan sido algún tiempo, no tengo que ver; Dios no acepta apariencia de hombre), á mí ciertamente los que parecían ser algo, nada me dieron.
Antes por el contrario, como vieron que el evangelio de la incircuncisión me era encargado, como á Pedro el de la circuncisión,
(Porque el que hizo por Pedro para el apostolado de la circuncisión, hizo también por mí para con los Gentiles;)
Y como vieron la gracia que me era dada, Jacobo y Cefas y Juan, que parecían ser las columnas, nos dieron las diestras de compañía á mí y á Bernabé, para que nosotros fuésemos á los Gentiles, y ellos á la circuncisión.
10 Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo mismo que fuí también solícito en hacer.
11 Empero viniendo Pedro á Antioquía, le resistí en la cara, porque era de condenar.
12 Porque antes que viniesen unos de parte de Jacobo, comía con los Gentiles; mas después que vinieron, se retraía y apartaba, teniendo miedo de los que eran de la circuncisión.
13 Y á su disimulación consentían también los otros Judíos; de tal manera que aun Bernabé fué también llevado de ellos en su simulación.
14 Mas cuando vi que no andaban derechamente conforme á la verdad del evangelio, dije á Pedro delante de todos: Si tú, siendo Judío, vives como los Gentiles y no como Judío, ¿por qué constriñes á los Gentiles á judaizar?
15 Nosotros Judíos naturales, y no pecadores de los Gentiles,
16 Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para que fuésemos justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; por cuanto por las obras de la ley ninguna carne será justificada.
17 Y si buscando nosotros ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera.
18 Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo á edificar, transgresor me hago.
19 Porque yo por la ley soy muerto á la ley, para vivir á Dios.
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó á sí mismo por mí.
21 No desecho la gracia de Dios: porque si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.
 
 
Pablo cuenta su inserción con otros apóstoles


Pablo fue recibido por los otros apóstoles Gálatas 2:1–21

Por lo visto, en Galacia Pablo estaba sufriendo los ataques de sus adversarios que consistían más o menos en esto: 

“Pablo no es uno de los apóstoles originales de Cristo, es alguien que ha llegado al final. Por esto uno no puede estar seguro de que él tenga la doctrina correcta. Por ejemplo, cuando nos apremia a que dejemos atrás la ley de Moisés, va en contra de lo que siempre nos han enseñado los maestros judíos.”

Hasta este punto el argumento de Pablo había sido que no necesitaba estar estrechamente asociado con los apóstoles de Jerusalén porque era exactamente como ellos: un apóstol con todas las de la ley, que había sido llamado directamente por Dios; por lo tanto, no necesitaba ningún apoyo ni reafirmación humanos.

El nuevo énfasis de Pablo, que sostiene en todo el segundo capítulo, es que aunque no necesitaba ningún apoyo ni preparación para su apostolado, cuando se puso en contacto con los apóstoles de Jerusalén, ellos lo habían aceptado incondicionalmente tanto a él como a la doctrina que enseñaba. Para ilustrar y probar que en realidad había sido recibido como hermano y apóstol, Pablo recurre a tres incidentes de importancia:

    1.      Su evangelio fue reconocido en el Concilio de Jerusalén (v 1–5);
    2.      Le fue asignada un área de trabajo evangélico (v 6–10);
    3.      Pedro aceptó las advertencias de Pablo (v 11–21).


El evangelio de Pablo fue reconocido en el Concilio de Jerusalén (Gálatas 2:1–5)

2:1–3. Se debe notar una vez más el período durante el cual Pablo no había tenido contacto con Jerusalén, ya que una buena parte de ese tiempo había estado en Siria y en Cilicia. Ahora, catorce años después, regresaba a Jerusalén.

Algunos entienden esto como 14 años después de la conversión de Pablo, así como los “tres años” del versículo 18 partieron de la conversión de Pablo. Los que siguen este cálculo dicen entonces que la visita a la que se refiere aquí fue la que nos hace ver Hechos 11:25–30. Aquí Pablo y Bernabé fueron a Jerusalén para hacer entrega de un regalo a los judíos cristianos que estaban pasando necesidad y sufrían una hambruna.

El punto de vista favorecido por este escritor es que los 14 años tienen como punto de inicio la visita a Jerusalén que se mencionó anteriormente, o 17 años después de su conversión. Eso haría más probable que la referencia sea la asistencia de Pablo al “Concilio de Jerusalén”.

Las razones principales para escoger esta posibilidad son que “la visita durante la hambruna” a Jerusalén por lo visto fue breve, sin contratiempos, y sobre todo, sin ninguna relación con el problema de los judaizantes, que era algo de lo que Pablo estaba hablando en su epístola a los Gálatas.

Por otro lado, el “Concilio de Jerusalén”, que tuvo lugar alrededor del año 51 d.C., se dedicó por entero al problema de los judaizantes. Los judaizantes constituyen un foco de atención tan grande que uno difícilmente se puede imaginar que Pablo no se refiera al Concilio de una manera más extensa en esta carta, la cual había sido enviada para tratar un problema muy similar.

Es útil comprender las circunstancias que rodearon el Concilio de Jerusalén para tener un entendimiento apropiado de los judaizantes y de su manera de pensar. Así que, valdrá la pena que revisemos Hechos 15.

Lucas describe la situación de una manera muy gráfica. Después de que Pablo había terminado su primer viaje misionero, regresó a Antioquía de Siria, a la iglesia que les había sido encomendada a él y a Bernabé. Allí informaron acerca del éxito de su misión, haciendo ver que muchos gentiles se habían convertido, y contaron muy francamente que habían sido aceptados como miembros de la iglesia cristiana con base en su confesión de fe y de confianza en Cristo, sin haber prometido la adhesión a la Ley de Moisés.

La congregación de Antioquía estaba encantada, pero el evangelio de Pablo, que era libre de la Ley, pronto obtuvo reacciones negativas que provenían de un lugar diferente. Lucas nos informa en Hechos 15:1–5:

  Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos”. Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos. Por eso se dispuso que Pablo, Bernabé y algunos otros de ellos subieran a Jerusalén, a los apóstoles y los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la iglesia, por los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos.

Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: “Es necesario circuncidarlos [a los gentiles] y mandarles que guarden la Ley de Moisés”.

Note la manera tan clara en que el asunto llama la atención, tanto de Antioquía y ahora de Jerusalén. Los judaizantes, en contra del evangelio libre de la Ley que Pablo predicaba, insistían en que “la fe en Cristo no es suficiente, los gentiles también se deben circuncidar y deben estar de acuerdo en guardar la Ley de Moisés si es que esperan ser salvos”.

Este era el mismo asunto que estaba causando problemas en Galacia, y el resultado de esta primera reunión en Jerusalén seguramente sería importante para Pablo y sería el tema de una discusión o de una carta que Pablo les enviaría a los Gálatas.*
¿Cuál fue el resultado del Concilio de Jerusalén? Esta decisión sería de consecuencias tremendas para la situación paralela que había en Galacia. Pablo dice: “Pero ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse”.

El asunto que se trató en el Concilio de Jerusalén y en Galacia fue si los gentiles estaban libres o no de las ceremonias ordenadas por la Ley de Moisés. Tito era griego, no judío, era un gentil, pero no se le obligó a que se circuncidara. El Concilio de Jerusalén estuvo completamente de acuerdo con Pablo y con su enseñanza de que la salvación llega a nosotros sólo por la gracia, como un regalo de la misericordia de Dios, a los que creen y confían en Cristo sin las obras de la Ley. Realmente, los cristianos de Jerusalén nunca hubieran tocado este tema; más bien, el problema surgió de una fuente diferente, como nos lo dice Pablo:

Gálatas 2:4–5. Todos los apóstoles estuvieron de acuerdo con respecto a la salvación por la fe sola como un regalo gratuito de Dios. La idea de añadir las obras fue de “los falsos hermanos”. Echemos otra mirada a los que están causando los problemas en Jerusalén, tal como se describen en Hechos 15:5. Lucas dice: “Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: ‘Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la Ley de Moisés.’ ”

Ellos decían que eran creyentes en Cristo, pero dijeron algunas cosas que no eran nada cristianas. En realidad no eran nada más que adherentes del partido de los fariseos cuando insistían en que se debían guardar las ceremonias judías para poder obtener la salvación. Por eso eran judaizantes.

Algunas personas “se infiltraron” en la congregación cristiana expresamente con el propósito de quitar el regalo gratuito de la salvación. Ellos habrían reducido a las personas al estado de esclavitud al hacerlos trabajar para obtener lo que Cristo había conseguido con su muerte para poder dárselo gratuitamente.

Era una situación peligrosa, tanto en el Concilio de Jerusalén como en Galacia. Esta enseñanza era una corrupción del evangelio y privaría de la salvación a sus adherentes, porque los haría totalmente dependientes de ellos mismos al robarles los méritos de Cristo. Por esto Pablo les dice a los gálatas: “A los tales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciera con vosotros.”

En Jerusalén habían resistido con éxito el error de mezclar la fe con las obras; las enseñanzas de Pablo habían sido completamente confirmadas. Pero eso no era solamente un triunfo personal para Pablo. 

No, para el beneficio de los gálatas la firmeza de los apóstoles contra los falsos maestros había conservado el evangelio. Y para que el evangelio, que era libre de la Ley y con el que todos habían estado de acuerdo en Jerusalén, pudiera permanecer ahora con los gálatas, Pablo les ruega que no escuchen a sus adversarios, cuyo mensaje era muy similar al de los “falsos hermanos” de Jerusalén. Más bien, exhorta a los gálatas a que acepten el testimonio de los apóstoles, que estaban totalmente de acuerdo con las enseñanzas de Pablo de que ni las ceremonias ni las obras eran necesarias para obtener la salvación.

A Pablo le fue asignada un área en la obra del evangelio. Gálatas 2:6–10

Gálatas 2:6–10. 
Pablo sabe que gran parte de sus discusiones hasta ahora han estado haciendo énfasis en su independencia de los apóstoles de Jerusalén; sostiene que es un apóstol, no por la autorización ni por el apoyo de ellos, sino porque Dios lo llamó. 

Sigue recalcando que no tiene importancia cualquier rol externo o puesto que hayan ocupado los apóstoles en Jerusalén. Dios no juzga por esas normas y tampoco afecta la validez de los acuerdos a que se llegó en el Concilio de Jerusalén. Los que eran considerados importantes en Jerusalén no criticaron a Pablo ni le añadieron nada a su mensaje.

Ellos, además de no encontrar ninguna falla en el mensaje de Pablo, reconocieron que estaba predicando el mismo evangelio que predicaban Pedro y el resto de los apóstoles de Jerusalén. Todos estaban edificando el reino al predicar el mismo mensaje, y la única diferencia era la gente a la que le predicaban.

Vieron que la predicación de Pedro y la predicación de los apóstoles de Jerusalén había sido especialmente bendecida por el efecto que había causado en los judíos, mientras que los resultados de la predicación de Pablo a los gentiles eran asombrosos. Había unidad en la doctrina e igualdad en su respectivo apostolado.

Por esta razón, sólo había que hacer una cosa: darse por enterado y reconocer abiertamente los hechos del caso. Pablo informa: “Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión.”

El hecho de dar la diestra en señal de compañerismo no establecía nada nuevo, reconocía lo que ya existía y era una muestra de aceptación y de igualdad. Con un apretón de manos estuvieron de acuerdo en que Pablo y Bernabé les debían seguir predicando a los gentiles, mientras que Pedro y sus asociados trabajarían con los judíos.

Tal vez se deba notar que esa división del trabajo no tenía la intención de ser difícil ni rápida. No significaba que mantendrían vigilado el territorio ni que desafiarían a los otros a cruzarlo. Siempre había excepciones en ambos lados.

Por ejemplo, en el segundo viaje misionero de Pablo, que tuvo lugar poco tiempo después del Concilio de Jerusalén, el apóstol continuó con su rutina de ir primero a la sinagoga cuando llegaba a un lugar nuevo (Hechos 17:2). Allí predicaba siempre y cuando los judíos lo toleraran. Usualmente no era por mucho tiempo, y después de haber sido expulsado de la sinagoga, Pablo pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando con los gentiles.

Por otro lado, recordemos que Pedro, el principal representante de la predicación del evangelio a los judíos, tampoco limitó su ministerio exclusivamente a los judíos. Para estar seguros, podemos ver que los capítulos iniciales de Hechos hablan exclusivamente de la obra de Pedro con los judíos en Jerusalén y en sus alrededores. Pero Pedro también fue a los samaritanos, que por lo menos sólo eran mitad judíos (Hechos 8:14–25). 

Y Dios mismo dirigió muy formalmente a Pedro para que fuera a Cornelio, que era gentil por completo (Hechos 10). Además, parecía haber buenas razones y muy válidas para concluir que las epístolas de Pedro, que fueron escritas al final de su vida, iban dirigidas a los gentiles.

El apretón de manos que se habían dado en Jerusalén no estableció ninguna limitación, no fue ningún obstáculo para que el grupo predicara el evangelio cada vez que se presentaba la ocasión. Más bien, lo que indicaba era que Pedro y Pablo estaban de acuerdo en el evangelio que se debía predicar. Ambos eran apóstoles experimentados, y el uno reconocía al otro como igual.

Este razonamiento era importante para los gálatas, ya que habían oído historias acerca de la dependencia o la inferioridad de Pablo con respecto a los apóstoles de Jerusalén. La implicación era que Pablo no tenía el mensaje correcto y les predicaba a los gentiles algo que era muy diferente de lo que Pedro les enseñaba a los judíos. Pablo dice que eso ¡no era verdad!

Había un acuerdo y un entendimiento completos entre las ramas judía y gentil de la iglesia cristiana. Ambas debían escuchar el mensaje de la salvación por medio de la fe en Cristo, sin las exigencias de ninguna ceremonia ni obras. Y debían dar evidencia concreta de la unidad que existía entre los cristianos judíos y gentiles; por eso se acordó desarrollar un programa caritativo. 

Pablo dice: “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres; lo cual también me apresuré a cumplir con diligencia.” Otra vez, esto no era en realidad nada nuevo. Si es que tenemos razón al suponer que esto sucedió en el Concilio de Jerusalén, entonces la visita de Pablo y de Bernabé durante la hambruna de Hechos 11 habría sido tres años antes. Y eso encaja muy bien con la descripción que tenemos aquí. A Pablo y a Bernabé se les pide que “se acordaran” de los pobres, tal como lo habían hecho en el pasado.


Pedro acepta la amonestación de Pablo. Gálatas 2:11–21

Como representante de la iglesia cristiana de Jerusalén, Pedro le había dado a Pablo la mano derecha de la amistad cristiana, y esto indicaba su aceptación y su igualdad; esta expresión de compañerismo cristiano era relativamente un paso fácil de dar. Sin embargo, la verdadera prueba vendría cuando este acuerdo se aplicara a la realidad de la vida diaria. ¿Qué sucedería si Pedro y Pablo tuvieran una diferencia de opinión? ¿Quién saldría ganando si alguna vez se cruzaban en el trabajo? Pablo nos dice lo que realmente sucedió. Surgió una confrontación muy tensa entre los dos hombres, en la cual Pedro cedió.

Aquí debemos hablar con mucha claridad con respecto a los motivos que tuvo Pablo. No estaba edificando su propio ego, sino que hacía avanzar y defendía el mensaje del evangelio con el que tanto él como Pedro habían estado de acuerdo en el Concilio de Jerusalén. En la siguiente sección Pablo nos hace ver que ese mensaje fue el que salvó la situación en una confrontación que tuvo con Pedro en Antioquía, y también el mismo que ahora Pablo defendía contra un ataque similar en Galacia.

Gálatas 2:11–13. 
“Antioquía” no era la ciudad del Asia Menor que había sido evangelizada por Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero, sino la que estaba ubicada en el territorio del río Orontes, a varios cientos de kilómetros al norte de Jerusalén en la frontera que existe entre la moderna Turquía y Siria. 

Era una congregación mixta, una de las primeras de las que formaban parte tanto judíos como gentiles (Hechos 11:19–26). Allí Pablo y Bernabé habían recibido su comisión al inicio de su obra misionera entre los gentiles, y siempre permaneció como la “base” desde la que llevaron a cabo sus siguientes esfuerzos de evangelización. De cierta manera, Antioquía se convirtió en la iglesia madre para los gentiles, así como Jerusalén lo era para los judíos cristianos. 

Por lo tanto, no es de sorprender que en el curso de los viajes de Pedro, visitara este gran centro de Cristianismo y se asociara con la congregación mixta de Antioquía, compuesta por judíos y gentiles.

El evangelio, con su mensaje de libertad cristiana, por lo visto había hecho que todo se desarrollara de una manera más relajada en Antioquía. Los cristianos de este lugar se dieron cuenta de que no eran necesarios ninguna obra ni mérito humanos para obtener la salvación. 

Así que no ponían ningún énfasis especial en la observancia o no de las ceremonias judías. Estaba bien si los judíos cristianos preferían comer “kosher” (alimentos permitidos por la religión judía) en las convivencias, o si deseaban disfrutar de una chuleta de puerco o de un sándwich de jamón con sus hermanos cristianos que eran gentiles, porque también era lícito. Se nos dice que Pedro “comía con los gentiles”, no guardaba estrictamente las normas de la tradición judía, pero eso fue “antes que llegaran algunos de parte de Jacobo”.

Hemos afirmado que Jacobo, el hermano de nuestro Señor, se había convertido en una figura prominente en la iglesia de Jerusalén. En realidad, era tan importante que prácticamente su nombre se convirtió en sinónimo de Jerusalén. Pero por eso no debemos llegar a la conclusión de que ellos necesariamente habían sido enviados por Jacobo, sino más bien que algunos hombres que venían del área que administraba Jacobo se presentaron en Antioquía cuando Pedro estaba allí.

Es probable que para Pedro, Jacobo no representara ningún motivo de preocupación ya que desde el Concilio de Jerusalén era bien conocido el punto de vista de Jacobo acerca de la libertad de los gentiles. Tampoco lo inquietaban de manera especial los que habían llegado de Jerusalén. 

Por desgracia, la verdadera preocupación de Pedro parecía basarse en el temor a las actitudes desagradables y de las dificultades que resultarían para él, si las noticias de que él comía con los gentiles llegaban a ciertos elementos problemáticos de Jerusalén. En resumen, tenía “temor a los partidarios de la circuncisión” (v 12, NVI). Si se desea, se les puede llamar judaizantes.

Ya hemos visto los problemas que le causaron a Pablo, fueron tales que se tuvo que convocar una reunión especial en Jerusalén. Pedro tampoco se había salvado de sus críticas. Se habían quejado amargamente porque había entrado en el hogar de Cornelio que era gentil y había comido con ellos (Hechos 11:1–3). En esa ocasión, Pedro les había dado a “los que eran de la circuncisión”, como los identifica el libro de Hechos, una respuesta sencilla y muy evangélica.

Desgraciadamente Pedro no se desenvolvió tan bien en Antioquía, se retiró discretamente de su antigua y directa asociación con los gentiles. Otra vez comenzó a comer en las convivencias los alimentos permitidos por la religión judía; se mezcló con los judíos cristianos, y volvió a las costumbres de ellos.

Esta manera de actuar no pasó inadvertida y otros judíos cristianos siguieron su ejemplo. Finalmente hasta Bernabé, el gran compañero de Pablo en la misión de evangelizar a los gentiles, sintió la presión de todo esto y cambió su comportamiento. Estos hombres sabían lo que hacían, pero cedieron ante el ejemplo de Pedro. Era, como Pablo lo había llamado, “hipocresía” y exigía una acción firme e inmediata. Pablo dice:

Gálatas 2:14. 
Es necesario notar la seriedad de la situación. Esta gente “no andaba rectamente conforme a la verdad del evangelio”. Ese era un error que destruía el alma y cobraba más fuerza. Esa enseñanza ponía en peligro la salvación de la gente. Además, el ejemplo de Pedro se había dado en público, su conducta afectaba y ejercía presión sobre todos. Como la enseñanza había sido pública, también la corrección se tenía que hacer de igual manera. Por eso Pablo se dirige a Pedro individualmente y frente a todos, haciéndole ver la naturaleza contradictoria de sus acciones.

Pedro era judío y sin embargo, al ir a Antioquía, inicialmente había participado con libertad en los círculos de los gentiles y hasta había comido con ellos. De ese modo ilustró el principio del evangelio de que las costumbres y las ceremonias judías no tenían ningún valor en sí mismas. No era necesario que se cumplieran como un requisito para la salvación.

Sin embargo, al cambiar su manera de proceder, Pedro estaba negando ese principio; ahora actuaba como si vivir al estilo de los gentiles fuera en perjuicio de las oportunidades que tenía una persona para salvarse. Actuaba como si cumplir con las costumbres judías de guardar la Ley de Moisés realmente ayudara a mejorar la relación de una persona con Dios. Por eso con su ejemplo Pedro estaba obligando a los gentiles “a practicar el judaísmo” (v 14, NVI).

Con el aumento de nuestra experiencia acerca de los perjuicios de la parcialidad y de la discriminación contra los grupos étnicos, se nos ha despertado una aversión a la idea de que un grupo imponga su cultura o sus costumbres a otro. Se oye hablar mucho acerca de la dignidad de cada individuo como persona y del valor inherente de su cultura étnica. 

Sin embargo, debemos notar que aquí Pablo no sigue esta lógica. No menosprecia las costumbres judías porque quiera defender la cultura de los gentiles (más adelante dirá algunas cosas negativas acerca de la cultura de ellos). Aunque los interese culturales puedan ser muy importantes, aquí la objeción de Pablo se apoya en una base bastante diferente; lo que quiere hacer ver es que ante Dios ninguna obra ni actividad humanas tiene ningún mérito. Ni las ceremonias ni las costumbres judías tienen ningún valor para la salvación; imponérselas a los gentiles no es un crimen cultural, sino espiritual. Le quita autoridad al evangelio, lo mina. Hablando de judío a judío, Pablo le dice a Pedro:

Gálatas 2:15–16. 
Los judíos tenían muchas ventajas; después de todo, eran el pueblo escogido de Dios, a quienes había llevado a una relación especial de pacto con él. Debido a ese vínculo Dios, por medio de Moisés, les había dado a los judíos muchos reglamentos y directivas para guiarlos en la vida diaria y en los servicios de adoración.

Pero los judíos, que verdaderamente entendían la naturaleza de este pacto con Dios, nunca confiaron en el cumplimiento de esos reglamentos especiales como la razón por la que Dios debía ser misericordioso con ellos. Por ejemplo, cuando llevaban sus sacrificios, no lo veían como algo que hacían para Dios; sino como un recordatorio de la gran promesa de Dios. Los sacrificios de un buey o de un carnero prefiguraban el verdadero sacrificio que Dios había prometido hacer por ellos. Ese sacrificio sería el Cordero de Dios, que como el Salvador del mundo un día moriría y sufriría al tomar el lugar de ellos.

Cuando las ceremonias y las costumbres de la Ley de Moisés eran entendidas correctamente, las veían como un medio de enseñanza para recordar al Mesías prometido, el Cristo que iba a venir. Y el rol preparatorio y la naturaleza didáctica de estos reglamentos se hicieron aún más claros después de que Cristo apareció y declaró que era el cumplimiento de todas esas prefiguraciones del Antiguo Testamento. Por eso Pablo espera que Pedro esté de acuerdo con él cuando dice: “Nosotros… sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe de Jesucristo”.

En efecto, Pablo le dijo a su compañero apóstol que estaba ejerciendo presión sobre los gentiles para que guardaran las ceremonias del Antiguo Testamento: “¡Vamos, Pedro! Ni nosotros los judíos confiamos en la observancia de las ordenanzas y ceremonias de Moisés, porque sabemos que nuestra salvación solamente está en los méritos de Cristo. 

Y si ni siquiera nosotros, a quienes se nos dio la Ley, confiamos en ella para nuestra salvación, ¿por qué debemos obligar a los gentiles a que la cumplan?” Es una necedad y hasta un peligro el instar a las personas a que guarden la Ley, porque las lleva a depositar su confianza en la obediencia de la Ley y en el mérito que supuestamente tiene eso. Entonces estarían confiando en algo que no las puede salvar, porque como Pablo añade: “Por cuanto por las obras de la Ley nadie será justificado”.

Este pensamiento recibirá una atención más detallada en el tercer y cuarto capítulos de la carta. Mientras tanto, Pablo espera otra objeción y se adelanta. Hablándole todavía a Pedro, él dice:

Gálatas2:17–18. 
Para entender este versículo nos debemos dar cuenta de que el sentido en el que Pablo usa la palabra “pecadores” no es igual al de “pecado”. Eso podría necesitar una explicación.

Recordemos que en la sección anterior Pablo había hablado de Pedro y de sí mismo como “judíos de nacimiento” y no “pecadores de entre los gentiles”. El término “pecador” era un calificativo común de desprecio que los judíos les atribuían a los gentiles. Es claro que el “pecado” principal de los gentiles era el de no obedecer la Ley de Moisés; comían alimentos impuros, trabajaban el día sábado, no ofrecían sacrificios, no circuncidaban a sus hijos, etc.

Pablo acababa de decir que el que cree en Cristo es justificado, es decir, es considerado aceptable delante de Dios; el hecho de guardar la Ley mosaica no influía para nada en la justificación. Uno puede muy bien no considerar la Ley, como Pedro mismo no la consideró inicialmente a su llegada a Antioquía. Pero para la típica terminología judía el hecho de no guardar la Ley de Moisés hacía que la gente fuera “pecadora”. Al confiar en Cristo y no en la observancia de la Ley mosaica, los cristianos judíos verdaderamente se convertían en “pecadores” en el sentido en el que ese término se les aplicaba regularmente a los gentiles.

Ahora Pablo hace la pregunta: “¿El hecho de ‘no guardar’ la Ley mosaica, es un error verdadero y moral, un ‘pecado’ en el verdadero sentido del término? O dando un paso más adelante, si la fe en Cristo permite que la gente no tome en consideración la Ley, ¿podría uno decir que Cristo es un promotor del pecado?” “¡De ninguna manera!” contesta Pablo.
La verdad es todo lo contrario a esto; defender la Ley de Moisés y abogar por ella (como Pedro lo había hecho en su flaqueza y como los judaizantes de Galacia lo estaban haciendo con deliberación y convicción) es el verdadero pecado, que hace a una persona quebrantadora de la Ley. Eso es criminal porque arruina el evangelio y priva a los hombres del regalo gratuito de la salvación. Por eso el apóstol afirma: “Porque si las cosas que destruí [la Ley de Moisés], las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.”
Hasta este punto el tacto de Pablo es muy notable; note que cambia y usa la primera persona. Al hablar de su propio caso, en cierto sentido, disminuye la presión que cae sobre Pedro y sobre su desafortunado apoyo a la Ley mosaica. Pablo había cometido el mismo error y había seguido por la ruta del legalismo; había sido fariseo, se había esforzado mucho en servir a Dios con gran fervor para poder llegar a ser aceptable ante el Señor. Pero no había resultado; podía impresionar a los hombres, pero no a Dios. El Señor mismo lo había enfrentado en el camino a Damasco y le dijo que lo que estaba haciendo para obtener el favor de Dios era totalmente equivocado. Tenía que ser así porque, como Pablo aprendió a decir después: “Por las obras de la Ley ningún ser humano será justificado” (Romanos 3:20). Está en la naturaleza del asunto que nadie será justificado por las obras de la Ley, porque nadie puede cumplir con la voluntad de Dios de una manera perfecta.

2:19–21. Debemos notar el tono de desesperanza y de impotencia que se filtra cuando Pablo dice: “Yo por la Ley morí para la Ley”. Aun el hecho de morir para la Ley y de perder toda esperanza en su propia capacidad tenía un efecto fuerte en Pablo. Para él eso enfatizaba la imposibilidad de ganar la salvación por sus propios medios, y hacía que fuera muy atractiva la única alternativa posible: dejar que alguien más cumpliera en su lugar con las justas exigencias de Dios. Entonces Pablo gustosamente aceptó el evangelio, que le daba las buenas nuevas de que Cristo ya había hecho todo para salvarlo a él.
Por medio de la fe, Pablo comparte el mérito de Cristo. En realidad, es tan cercana su vinculación con Cristo que puede decir que ha sido “crucificado con Cristo”. Realmente ya no es Pablo el que vive, sino es Cristo quien vive en él. “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
Lo que animaba a Pablo a llevar una vida de gustosa obediencia no eran las exigencias de la Ley, sino el amor por el Salvador. Solamente esta vida, motivada por el amor y por la gratitud, es consistente con el evangelio de la gracia sola en Cristo. Porque si la justicia se pudiera ganar por medio de nuestra obediencia (si la justificación realmente dependiera hasta cierto punto de que nosotros guardáramos la Ley) entonces la muerte de Cristo por nosotros habría sido en vano.
Con estas palabras Pablo termina de reprender a Pedro, y también hay que notar que con esto concluye la primera parte de su carta a los Gálatas. Recuerde el énfasis que hay en toda esta sección inicial. Los judaizantes desafiaban a Pablo y dudaban de su autoridad, porque no era uno de los apóstoles originales que siguieron a Cristo durante su ministerio público y luego habían sido formalmente comisionados en su ascensión. Pablo contestó que no necesitaba ninguna conexión con los apóstoles de Jerusalén porque era igual que ellos en todo sentido, ya que él también había sido llamado por Dios y comisionado formalmente para predicar el evangelio.
Para respaldar esta afirmación de igualdad Pablo reunió tres pruebas: En el Concilio de Jerusalén los apóstoles originales no encontraron ninguna falla en sus enseñanzas del evangelio libre de la Ley, porque a Tito no se le exigió que guardara ninguna de las ceremonias del Antiguo Testamento. Además, los apóstoles de Jerusalén habían reconocido la confiabilidad del mensaje que Pablo predicaba, porque lo animaron a él y también a Bernabé a que les continuaran predicando este evangelio a los gentiles, mientras que ellos seguirían compartiendo el mismo mensaje con los judíos. Finalmente, cuando Pedro, que estaba en Antioquía, por desgracia se apartó del mensaje en el que ambos lados estaban de acuerdo, reconoció la validez de la reprimenda de Pablo y aceptó la corrección que Pablo le había ofrecido.
Así que, es evidente por la lógica de Pablo que tanto él como los apóstoles de Jerusalén predicaban el mismo evangelio. Pero, ¿cuál era exactamente el evangelio que predicaban? ¿Y cuál es la relación que existe entre las ceremonias del Antiguo Testamento con el evangelio del Nuevo Testamento? Este será el énfasis que impulsará la segunda parte principal de la carta de Pablo. Aquí Pablo se dirigirá a la doctrina de la justificación, este tema tan importante que trata de cómo un pecador burdo y vil puede ser aceptado por un Dios justo y santo.

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