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lunes, 12 de diciembre de 2016

Quedaos... hasta que seáis investidos de poder desde lo alto... ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




No tener una idea clara y definitiva de lo que es

EL BAUTISMO CON EL ESPÍRITU SANTO: QUÉ ES Y QUÉ HACE


A pesar de lo mucho que se dice en la actualidad acerca del bautismo con el Espíritu Santo, es de temer que un gran número de personas que hablan acerca de este tema y oran para recibir ese bautismo, no tienen una idea clara y definitiva de lo que eso significa. Pero la perspectiva que nos ofrece la Biblia con respecto a esta maravillosa bendición, si se estudia con cuidado, sí es perfectamente clara y notablemente definitiva.

1. Lo primero que descubrimos es que en la Biblia se le dan distintos nombres a esta única experiencia. En Hechos 1:5, Jesús dijo: «Seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días». En Hechos 2:4, cuando tuvo lugar el cumplimiento de esta promesa, leemos que «fueron todos llenos del Espíritu Santo». En Hechos 1:4, se alude a la misma experiencia como ‘la promesa del Padre’ y en Lucas 24:49 como ‘la promesa de mi Padre’ y se habla además de ser ‘investidos de poder desde lo alto’. Al comparar Hechos 10:44, 45, 47 con Hechos 11:15, 16, vemos que las expresiones ‘el Espíritu Santo cayó sobre ellos’, ‘el don del Espíritu Santo’ y ‘han recibido el Espíritu Santo’ son equivalentes a ser ‘bautizados con el Espíritu Santo’.

2. En segundo lugar, observamos que el bautismo con el Espíritu Santo es una experiencia clara y podemos saber si la hemos recibido o no. Esto se deduce del mandato de nuestro Salvador a los apóstoles, «Quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto» (Lucas 24:49). Si esta investidura de poder, o bautismo con el Espíritu Santo, no fuera una experiencia tan clara que uno pudiera saber a ciencia cierta si la ha recibido o no, ¿cómo podían ellos determinar si el tiempo que debían quedarse en la ciudad había llegado a su fin? Eso mismo se infiere de la pregunta tan concluyente que les hace Pablo a los discípulos en Éfeso, «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?» (Hechos 19:2). Pablo obviamente esperaba como respuesta un ‘sí’ o un ‘no’ categóricos. A menos de que se trate de una experiencia clara y definitiva, y por esa razón, uno pueda saber si la ha recibido o no, ¿cómo podían estos discípulos responder a la pregunta de Pablo? De hecho, ellos sabían que no habían ‘recibido’, o que no habían sido ‘bautizados con’ el Espíritu Santo, y poco tiempo después sí supieron que habían ‘recibido’, o que habían sido ‘bautizados con’ el Espíritu Santo (Hechos 19:6). Pregúntenles a muchos de los que oran actualmente para que Dios los bautice con el Espíritu Santo, «Hermano, ¿recibiste lo que pedías? ¿Fuiste bautizado con el Espíritu Santo?», y verán que se quedan boquiabierto. No esperaba una pregunta tan definitiva para que pudiera responder directamente con un ‘sí’ o con un ‘no’. Sin embargo, en la Biblia no encontramos nada de la vaguedad e indefinición con respecto a este asunto que sí se hacen patentes en gran parte de nuestras oraciones y predicaciones contemporáneas. La Biblia es un libro muy claro. Es muy claro en cuanto a la salvación, tan claro que un individuo que conoce su Biblia puede responder directamente ‘sí’ o ‘no’ cuando le preguntan si es salvo. Es también claro en lo que se refiere al ‘bautismo con el Espíritu Santo’, tan claro que un individuo que conoce su Biblia puede responder directamente ‘sí’ o ‘no’ si le preguntan: «¿Has sido bautizado con el Espíritu Santo?». Tal vez haya algunos que sean salvos y no lo sepan, porque no entienden sus Biblias, pero tienen el privilegio de saberlo. Y asimismo, es posible que haya algunos que han sido bautizados con el Espíritu Santo y no conocen el nombre que la Biblia le da a la experiencia que ha tenido lugar en ellos, pero tienen ese privilegio.

3. El bautismo con el Espíritu Santo es una obra del Espíritu Santo independiente y distinta de su obra de regeneración. Ser regenerado por el Espíritu Santo es una cosa, pero ser bautizado con el Espíritu Santo es algo diferente, algo adicional. Esto se desprende de Hechos 1:5, donde leemos que Jesús dijo, «Seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días». Hasta ese momento, los apóstoles aún no habían sido ‘bautizados con el Espíritu Santo’, pero ya habían sido regenerados, de lo cual el propio Jesús había dado testimonio en Juan 15:3 cuando les dijo, «Ya vosotros estáis limpios por la Palabra» (compárese con Stg. 1:18; 1 Pe. 1:23) y en Juan. 13:10, «Vosotros limpios estáis, aunque no todos», y se vale de la frase ‘aunque no todos’ para excluir de la declaración general ‘vosotros limpios estáis’, al único hombre de la compañía apostólica que no estaba regenerado, Judas Iscariote (Véase Juan 13:11). Los apóstoles, con excepción de Judas Iscariote, ya eran en ese entonces hombres regenerados, pero todavía no estaban ‘bautizados con el Espíritu Santo’. De esto se infiere que la regeneración es una cosa y que el bautismo con el Espíritu Santo es algo diferente, algo adicional. Podemos estar regenerados y aún no haber sido bautizados con el Espíritu Santo. Esto mismo se hace claramente patente en Hechos 8:12–16. En este pasaje leemos acerca de un grupo de creyentes que habían sido bautizados. No cabe duda de que entre todos estos creyentes bautizados, había algunos que habían sido regenerados. Sin embargo, el pasaje nos informa que cuando Pedro y Juan llegaron, «oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, (porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos)». Es obvio, pues, que un individuo puede ser creyente, y puede haber sido regenerado, y aun así, no haber recibido el bautismo con el Espíritu Santo. En otras palabras, el bautismo con el Espíritu Santo es algo diferente de su obra regeneradora y adicional a ella. No todos los regenerados tienen el bautismo con el Espíritu Santo, aunque como veremos más adelante, cada individuo regenerado puede tener este bautismo. Todo aquél que haya experimentado la obra regeneradora del Espíritu Santo es salvo, pero no está apto para el ministerio hasta que, además de la salvación, haya recibido el bautismo con el Espíritu Santo.

Pero si bien es cierto que el bautismo con el Espíritu es una operación del Espíritu Santo independiente y distinta de su obra regeneradora, puede ocurrir, y a menudo ocurre, simultáneamente con ella. Una persona puede ser bautizada con el Espíritu en el mismo instante en que es regenerada. Eso fue lo que sucedió en el hogar de Cornelio y lo que sucede también en muchos casos en la actualidad, y ese sería el caso de todos los creyentes si la condición de la iglesia fuera perfectamente normal. La expectativa de los apóstoles era que cuando las personas se convirtieran y fueran regeneradas, recibieran también el bautismo con el Espíritu Santo en forma instantánea y estuvieran preparadas para comenzar a servir inmediatamente. (Ef. 1:13; Hechos 2:38; 1Co. 12:13; Hechos 8:15, 16; 9:17; 19:2). En algunos casos, como en Éfeso, (Hechos 19:1–6) y en Samaria, (Hechos 8:12–16), dado que la instrucción que habían recibido no era adecuada, o por otras razones, no ocurrió así. La condición vigente en Éfeso y en Samaria es, al parecer, la misma condición que predomina en este tiempo, y por tanto, tenemos que andar preguntando como Pablo en Éfeso, “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (Hechos 19:2), e insistiendo en que la regeneración no es suficiente, que los creyentes también tienen que ser bautizados con el Espíritu Santo.

4. El bautismo con el Espíritu Santo siempre está relacionado con el testimonio y el servicio. Analicen con cuidado cada pasaje en el que se hace mención del bautismo con el Espíritu Santo y verán que se relaciona con, y que tiene por objetivo, el testimonio y el servicio. (Por ejemplo, Hechos 1:5, 8; 2:4; 4:31, 33). Esto se pondrá claramente de manifiesto cuando entremos a considerar qué hace el bautismo con el Espíritu Santo. El bautismo con el Espíritu Santo no es una experiencia que Dios nos concede con el único fin de que nos sintamos felices. Si bien es cierto que esa experiencia llena nuestra vida de un gozo que nunca antes habíamos conocido, ese no es su objetivo principal. La intención del bautismo con el Espíritu no es hacernos felices sino eficientes. No debemos anhelar ni buscar experiencias extáticas, sino poder y eficiencia para servir a Dios. 

El propósito primordial del bautismo con el Espíritu Santo no es ni siquiera limpiarnos del pecado, sino llenarnos de poder para servir. Hay una corriente de enseñanza teológica, propuesta por un grupo de personas muy sinceras aunque erradas, que ha causado que toda la doctrina del bautismo con el Espíritu Santo caiga en descrédito. La enseñanza consiste en lo siguiente: Primera proposición —existe una experiencia adicional (o segunda bendición) posterior a la regeneración, a saber, el bautismo con el Espíritu Santo. Esta proposición es cierta y puede probarse fácilmente en la Biblia. Segunda proposición —este bautismo con el Espíritu Santo se recibe en forma instantánea. Esta proposición también es cierta y también puede demostrarse fácilmente en la Biblia. Tercera proposición —este bautismo con el Espíritu Santo es la erradicación de la naturaleza pecaminosa del ser humano. Esta proposición es falsa. No existe ni una sola frase en las Escrituras que pueda presentarse como prueba de que el bautismo con el Espíritu Santo es la erradicación de la naturaleza pecaminosa del hombre. Por lo tanto, la conclusión de que “la naturaleza pecaminosa puede ser instantáneamente erradicada”, que se desprende de estas tres proposiciones, dos ciertas y una falsa, es necesariamente falsa.

El bautismo con el Espíritu Santo no tiene como objetivo la limpieza del pecado, sino que es la de capacitar al creyente para el servicio. Esa es, más bien, la obra del Espíritu Santo. Aparte de eso, hay una obra del Espíritu Santo que consiste en fortalecer con poder al creyente en el hombre interior, «para que Cristo habite en su corazón por la fe… y sea lleno de toda la plenitud de Dios» (Ef. 3:16–19). Otra obra del Espíritu Santo es hacer que el creyente sea «librado de la ley del pecado y de la muerte» (Ro. 8:2) y de ese modo, a través del Espíritu, el creyente «hace morir las obras de la carne» (Ro. 8:13). Tenemos, pues, el privilegio de andar así, día a día y hora tras hora, en el poder del Espíritu, para que la naturaleza carnal permanezca muerta. Pero esto no es el bautismo con el Espíritu Santo, ni tampoco lo es la erradicación de la naturaleza pecaminosa. La erradicación de la naturaleza pecaminosa no es obra de un instante, sino que es algo que requiere un esfuerzo continuo. «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne» (Gá. 5:16).

Aunque insistimos en que el propósito principal del bautismo con el Espíritu Santo es llenar de poder al creyente para que pueda servir, debemos añadir que el bautismo va acompañado de una gran elevación moral. 

Debe producir, y habitualmente produce, una transformación en la vida y en el ministerio (véanse Hechos 2:44–46; 4:31–35). Debido a los pasos que tenemos que dar para obtener esta bendición, tiene que ser necesariamente así. Más allá de esto, no podemos olvidar que una de las promesas con respecto a este tema dice lo siguiente: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt. 3:11). Cuando observamos el contraste que, al parecer, pretende establecerse entre el fuego aquí y el agua en la primera parte del versículo, es difícil no llegar a la conclusión de que en estas palabras, en parte, se hace referencia al poder purificador del fuego. De ser así, entonces el bautismo con el Espíritu Santo, que es principalmente un proceso de energización, es también un proceso revelador, perfeccionador, arrollador e iluminador —un proceso que nos hace rebosar de amor a Dios, amor a los seres humanos y amor a las almas.

5. Para alcanzar una visión más clara y más plena de lo que es el bautismo con el Espíritu Santo, debemos observar lo que hace este bautismo. Hechos 1:8 lo expresa concisamente de la siguiente manera: «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos…». El bautismo con el Espíritu Santo imparte ‘poder’, poder para servir. Este poder, sin embargo, no se manifiesta de la misma forma en todas las personas. En 1Co. 12:4–13 encontramos una explicación muy clara al respecto, «ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo… Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere». Cuando comencé mis estudios sobre el bautismo con el Espíritu Santo, observé que en muchos casos los que recibían este bautismo ‘hablaban en lenguas’, y aquello suscitaba dudas a menudo en mi mente: Si un individuo es bautizado con el Espíritu Santo, ¿no debería hablar en lenguas? Pero como no vi que nadie lo hiciera, solía preguntarme, ¿Existe alguien en la actualidad que realmente esté bautizado con el Espíritu Santo? Sin embargo, este capítulo 12 de 1 Corintios me aclaró el asunto, especialmente cuando llegué a la pregunta que Pablo les hizo a los que habían sido bautizados con el Espíritu Santo, «¿hablan todos lenguas?» (1Co. 12:30). Aun así, caí en otro error, a saber, que todo el que recibiera el bautismo con el Espíritu Santo, recibiría poder para desempeñarse como evangelista, o como predicador de la Palabra. Esta conclusión se opone también a la enseñanza del capítulo en cuanto a que «hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo». De hecho, son tres los males que surgen del error recientemente mencionado. El primero es la decepción, porque hay muchos que buscan el bautismo con el Espíritu Santo con la esperanza de recibir poder para hacer las tareas propias de un evangelista, pero como Dios no los ha llamado a esa obra, el poder que se deriva del bautismo con el Espíritu Santo se manifiesta en ellos de otra manera. Ha habido muchas personas amargamente decepcionadas y casi desesperadas por esta causa. El segundo mal es más grave que el primero, la presunción. Este es el caso del individuo a quien Dios no ha llamado a hacer obra de evangelista o de ministro, y a pesar de ello, se lanza a hacerla porque ha recibido, o cree haber recibido, el bautismo con el Espíritu Santo. Otros han dicho, «Lo único que un hombre necesita para ser un predicador exitoso es el bautismo con el Espíritu Santo». Eso, sin embargo, no es cierto. Necesita un llamado para hacer esa obra específica y necesita el estudio de la Palabra de Dios que lo preparará para esa obra. El tercer mal es todavía mayor, la indiferencia. Hay un gran número de personas que saben que no han sido llamadas por Dios para predicar. Por ejemplo, una mujer que tiene a su cargo numerosos hijos, lo sabe. Si aun así, piensa que el bautismo con el Espíritu Santo simplemente imparte poder para predicar, este asunto no despertará su interés. Sin embargo, cuando entendemos la verdad de que, aunque sí es cierto que el bautismo con el Espíritu imparte poder, el modo en que ese poder se manifiesta depende de la obra para la que Dios nos ha llamado, y que ninguna obra puede realizarse eficazmente sin él, entonces esa madre se dará cuenta de que ella, al igual que el predicador, necesita este bautismo —lo necesita para realizar la más importante y santa de todas las tareas, a saber, criar a sus hijos ‘en disciplina y amonestación del Señor’. Conocí recientemente a una madre muy feliz. Hace unos meses oyó hablar del bautismo con el Espíritu Santo, lo buscó y lo recibió. —«¡Oh!», exclamó gozosa mientras me contaba la historia, «desde que lo recibí he podido adentrarme en los corazones de mis hijos, lo cual nunca antes me había sido posible».
Es el propio Espíritu Santo el que decide de qué manera se manifestará el poder en cada caso «repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (1Co. 12:11). Tenemos derecho a «procurar los dones mejores» (1Co. 12:31), pero el Espíritu Santo es soberano. Es él, y no nosotros, quien ha de decir la última palabra. No es tarea nuestra, pues, elegir algún don, y entonces esperar que el Espíritu Santo nos imparta el don que hemos elegido; no nos corresponde a nosotros escoger un área de servicio y luego esperar que el Espíritu Santo nos imparta poder en esa área que nosotros, y no él, hemos escogido. Nuestro deber, más bien, es reconocer la divinidad y la soberanía del Espíritu, y entregarnos sin reservas a su voluntad; mientras que su tarea es elegir el don que ‘él quiere’ e impartírnoslo, escoger el área que ‘él quiere’ y otorgarnos el poder que nos preparará para servir en esa área que él ha escogido. En una ocasión conocí a un hijo de Dios, que, al oír hablar del bautismo con el Espíritu Santo y el poder que se derivaba de él, abandonó con mucho sacrificio el trabajo secular al que se dedicaba y empezó a desarrollar la labor de evangelista. Pero el poder que esperaba recibir en esa área de servicio no llegó y el hombre se vio sumido en grandes dudas y tinieblas, hasta que le fue revelado que el Espíritu Santo reparte «a cada uno en particular como él quiere». Renunció, pues, a escoger su propia área de servicio y sus dones, y se puso a disposición del Espíritu Santo para que fuera él quien lo escogiera. El resultado final fue que el Espíritu Santo sí le impartió a ese hombre poder para que se desempeñara como evangelista y predicador de la Palabra. Tenemos, pues, que rendirnos absolutamente al Espíritu Santo para que él obre en nosotros como él quiera.
Pero, aun cuando el poder que acompaña al bautismo con el Espíritu Santo se manifieste de diferentes formas en los distintos individuos, todos tendrán poder. Cada vez que un ser humano es bautizado con el Espíritu Santo, entra en posesión de un nuevo poder, un poder que no es suyo, sino ‘el poder del Altísimo’. En la biografía religiosa abundan los ejemplos de personas que hicieron todos los esfuerzos posibles por desarrollar bien su labor hasta que un día les fue revelado que existía una experiencia como la del bautismo con el Espíritu Santo, y la buscaron y la obtuvieron. A partir de ese momento, su ministerio fue visitado por un poder nuevo que transformó por completo la naturaleza de la actividad que desarrollaban. Finney, Brainerd y Moody son solo algunos casos concretos entre muchos. Esta experiencia, sin embargo, no está limitada a algunos hombres excepcionales, ejemplos así son cada vez más comunes. El escritor ha conocido y ha mantenido correspondencia con cientos de personas durante los últimos doce meses, las cuales testifican claramente del poder que Dios les ha concedido por medio del bautismo con el Espíritu Santo. El ministerio de estos cientos de individuos de ambos sexos abarcaba todas las ramas del servicio cristiano. Muchos de ellos eran ministros del evangelio, otros eran misioneros, otros secretarios de la ‘Asociación cristiana de jóvenes’ (YMCA sus siglas en inglés), otros se desempeñaban como maestros de escuela dominical, otros eran simples obreros, y otros desarrollaban sus actividades como padres y madres de familia. Nada podría superar la claridad, la confianza y el gozo de muchos de estos testimonios. Lo que para algunos no es más que una promesa en las palabras de Cristo muchos otros lo poseen, y todos podemos poseerlo, como una experiencia gozosa, «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo».

6. En Hechos 4:31 leemos de otro resultado, aunque estrechamente relacionado, del bautismo con el Espíritu Santo: «… todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios». El bautismo con el Espíritu Santo imparte a los que lo reciben una libertad y una valentía nuevas para testificar de Cristo. El propio Pedro, que antes de su bautismo con el Espíritu Santo, se amilanó cuando una criada del palacio lo acusó de ser uno de los discípulos de Jesús (Jn. 18:17), después de recibir ese bautismo, se enfrentó al mismo concilio que había condenado a muerte a Jesús y dijo, «el Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero» (Hechos 5:30). La timidez natural y las limitaciones que caracterizan a muchas personas se desvanecen cuando el Espíritu Santo las llena, y con gran denuedo, libertad y valentía dan testimonio de Cristo.

7. El bautismo con el Espíritu Santo hace que el individuo que lo recibe se dedique a Dios, a Cristo y a las cosas espirituales. El día de Pentecostés, los hombres y las mujeres a quienes el Espíritu había llenado hablaron de «las maravillas de Dios» (Hechos 2:11). Todo el sermón de Pedro aquel día trató acerca de Cristo, y especialmente de su resurrección (Hechos 2:22–36, compárese también con Hechos 4:8–10, 31, 33). Una vez que el Espíritu Santo llenó a Saulo de Tarso, este «en seguida predicaba a Cristo en las sinagogas» (Hechos 9:17, 20). En cuanto Cornelio y su casa fueron bautizados con el Espíritu Santo, comenzaron inmediatamente a «magnificar a Dios» (Hechos 10:44–46). Los que son bautizados con el Espíritu Santo no hablan mucho de sí mismos, hablan muchísimo de Dios y en especial de Cristo. Esto, obviamente, no puede ser de otro modo porque el oficio del Espíritu es «dar testimonio de Cristo» y «glorificarlo» (Jn. 15:26; 16:14). Pablo dice que cuando somos ‘llenos del Espíritu Santo’, comenzamos a hablar «entre nosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en nuestros corazones» (Ef. 5:18, 19). Las canciones mundanas pierden su encanto para todo aquel que sea bautizado con el Espíritu Santo porque ahora su única ocupación es Cristo.

Para resumir diremos que cuando el creyente recibe el bautismo con el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios hace su morada en él, toma posesión de sus facultades, le imparte dones que no poseía por naturaleza, pero que lo capacitan para el área de servicio a la que Dios lo ha llamado.

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