martes, 5 de abril de 2016

El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para que fuésemos justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; por las obras de la ley ninguna carne será justificada.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6





Nos preparamos para enseñar a la congregación 

PABLO SE INSERTA CON LOS DEMÁS APÓSTOLES PARA TRABAJAR EN LA OBRA

Gálatas 2:1-11

DESPUÉS, pasados catorce años, fuí otra vez á Jerusalem juntamente con Bernabé, tomando también conmigo á Tito.
Empero fuí por revelación, y comuniquéles el evangelio que predico entre los Gentiles; mas particularmente á los que parecían ser algo, por no correr en vano, ó haber corrido.
Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, siendo Griego, fué compelido á circuncidarse.
Y eso por causa de los falsos hermanos, que se entraban secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para ponernos en servidumbre;
A los cuales ni aun por una hora cedimos sujetándonos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros.
Empero de aquellos que parecían ser algo (cuáles hayan sido algún tiempo, no tengo que ver; Dios no acepta apariencia de hombre), á mí ciertamente los que parecían ser algo, nada me dieron.
Antes por el contrario, como vieron que el evangelio de la incircuncisión me era encargado, como á Pedro el de la circuncisión,
(Porque el que hizo por Pedro para el apostolado de la circuncisión, hizo también por mí para con los Gentiles;)
Y como vieron la gracia que me era dada, Jacobo y Cefas y Juan, que parecían ser las columnas, nos dieron las diestras de compañía á mí y á Bernabé, para que nosotros fuésemos á los Gentiles, y ellos á la circuncisión.
10 Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo mismo que fuí también solícito en hacer.
11 Empero viniendo Pedro á Antioquía, le resistí en la cara, porque era de condenar.
12 Porque antes que viniesen unos de parte de Jacobo, comía con los Gentiles; mas después que vinieron, se retraía y apartaba, teniendo miedo de los que eran de la circuncisión.
13 Y á su disimulación consentían también los otros Judíos; de tal manera que aun Bernabé fué también llevado de ellos en su simulación.
14 Mas cuando vi que no andaban derechamente conforme á la verdad del evangelio, dije á Pedro delante de todos: Si tú, siendo Judío, vives como los Gentiles y no como Judío, ¿por qué constriñes á los Gentiles á judaizar?
15 Nosotros Judíos naturales, y no pecadores de los Gentiles,
16 Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para que fuésemos justificados por la fe de Cristo, y no por las obras de la ley; por cuanto por las obras de la ley ninguna carne será justificada.
17 Y si buscando nosotros ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera.
18 Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo á edificar, transgresor me hago.
19 Porque yo por la ley soy muerto á la ley, para vivir á Dios.
20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó á sí mismo por mí.
21 No desecho la gracia de Dios: porque si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.
 
 
Pablo cuenta su inserción con otros apóstoles


Pablo fue recibido por los otros apóstoles Gálatas 2:1–21

Por lo visto, en Galacia Pablo estaba sufriendo los ataques de sus adversarios que consistían más o menos en esto: 

“Pablo no es uno de los apóstoles originales de Cristo, es alguien que ha llegado al final. Por esto uno no puede estar seguro de que él tenga la doctrina correcta. Por ejemplo, cuando nos apremia a que dejemos atrás la ley de Moisés, va en contra de lo que siempre nos han enseñado los maestros judíos.”

Hasta este punto el argumento de Pablo había sido que no necesitaba estar estrechamente asociado con los apóstoles de Jerusalén porque era exactamente como ellos: un apóstol con todas las de la ley, que había sido llamado directamente por Dios; por lo tanto, no necesitaba ningún apoyo ni reafirmación humanos.

El nuevo énfasis de Pablo, que sostiene en todo el segundo capítulo, es que aunque no necesitaba ningún apoyo ni preparación para su apostolado, cuando se puso en contacto con los apóstoles de Jerusalén, ellos lo habían aceptado incondicionalmente tanto a él como a la doctrina que enseñaba. Para ilustrar y probar que en realidad había sido recibido como hermano y apóstol, Pablo recurre a tres incidentes de importancia:

    1.      Su evangelio fue reconocido en el Concilio de Jerusalén (v 1–5);
    2.      Le fue asignada un área de trabajo evangélico (v 6–10);
    3.      Pedro aceptó las advertencias de Pablo (v 11–21).


El evangelio de Pablo fue reconocido en el Concilio de Jerusalén (Gálatas 2:1–5)

2:1–3. Se debe notar una vez más el período durante el cual Pablo no había tenido contacto con Jerusalén, ya que una buena parte de ese tiempo había estado en Siria y en Cilicia. Ahora, catorce años después, regresaba a Jerusalén.

Algunos entienden esto como 14 años después de la conversión de Pablo, así como los “tres años” del versículo 18 partieron de la conversión de Pablo. Los que siguen este cálculo dicen entonces que la visita a la que se refiere aquí fue la que nos hace ver Hechos 11:25–30. Aquí Pablo y Bernabé fueron a Jerusalén para hacer entrega de un regalo a los judíos cristianos que estaban pasando necesidad y sufrían una hambruna.

El punto de vista favorecido por este escritor es que los 14 años tienen como punto de inicio la visita a Jerusalén que se mencionó anteriormente, o 17 años después de su conversión. Eso haría más probable que la referencia sea la asistencia de Pablo al “Concilio de Jerusalén”.

Las razones principales para escoger esta posibilidad son que “la visita durante la hambruna” a Jerusalén por lo visto fue breve, sin contratiempos, y sobre todo, sin ninguna relación con el problema de los judaizantes, que era algo de lo que Pablo estaba hablando en su epístola a los Gálatas.

Por otro lado, el “Concilio de Jerusalén”, que tuvo lugar alrededor del año 51 d.C., se dedicó por entero al problema de los judaizantes. Los judaizantes constituyen un foco de atención tan grande que uno difícilmente se puede imaginar que Pablo no se refiera al Concilio de una manera más extensa en esta carta, la cual había sido enviada para tratar un problema muy similar.

Es útil comprender las circunstancias que rodearon el Concilio de Jerusalén para tener un entendimiento apropiado de los judaizantes y de su manera de pensar. Así que, valdrá la pena que revisemos Hechos 15.

Lucas describe la situación de una manera muy gráfica. Después de que Pablo había terminado su primer viaje misionero, regresó a Antioquía de Siria, a la iglesia que les había sido encomendada a él y a Bernabé. Allí informaron acerca del éxito de su misión, haciendo ver que muchos gentiles se habían convertido, y contaron muy francamente que habían sido aceptados como miembros de la iglesia cristiana con base en su confesión de fe y de confianza en Cristo, sin haber prometido la adhesión a la Ley de Moisés.

La congregación de Antioquía estaba encantada, pero el evangelio de Pablo, que era libre de la Ley, pronto obtuvo reacciones negativas que provenían de un lugar diferente. Lucas nos informa en Hechos 15:1–5:

  Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: “Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos”. Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos. Por eso se dispuso que Pablo, Bernabé y algunos otros de ellos subieran a Jerusalén, a los apóstoles y los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la iglesia, por los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos.

Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: “Es necesario circuncidarlos [a los gentiles] y mandarles que guarden la Ley de Moisés”.

Note la manera tan clara en que el asunto llama la atención, tanto de Antioquía y ahora de Jerusalén. Los judaizantes, en contra del evangelio libre de la Ley que Pablo predicaba, insistían en que “la fe en Cristo no es suficiente, los gentiles también se deben circuncidar y deben estar de acuerdo en guardar la Ley de Moisés si es que esperan ser salvos”.

Este era el mismo asunto que estaba causando problemas en Galacia, y el resultado de esta primera reunión en Jerusalén seguramente sería importante para Pablo y sería el tema de una discusión o de una carta que Pablo les enviaría a los Gálatas.*
¿Cuál fue el resultado del Concilio de Jerusalén? Esta decisión sería de consecuencias tremendas para la situación paralela que había en Galacia. Pablo dice: “Pero ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse”.

El asunto que se trató en el Concilio de Jerusalén y en Galacia fue si los gentiles estaban libres o no de las ceremonias ordenadas por la Ley de Moisés. Tito era griego, no judío, era un gentil, pero no se le obligó a que se circuncidara. El Concilio de Jerusalén estuvo completamente de acuerdo con Pablo y con su enseñanza de que la salvación llega a nosotros sólo por la gracia, como un regalo de la misericordia de Dios, a los que creen y confían en Cristo sin las obras de la Ley. Realmente, los cristianos de Jerusalén nunca hubieran tocado este tema; más bien, el problema surgió de una fuente diferente, como nos lo dice Pablo:

Gálatas 2:4–5. Todos los apóstoles estuvieron de acuerdo con respecto a la salvación por la fe sola como un regalo gratuito de Dios. La idea de añadir las obras fue de “los falsos hermanos”. Echemos otra mirada a los que están causando los problemas en Jerusalén, tal como se describen en Hechos 15:5. Lucas dice: “Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: ‘Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la Ley de Moisés.’ ”

Ellos decían que eran creyentes en Cristo, pero dijeron algunas cosas que no eran nada cristianas. En realidad no eran nada más que adherentes del partido de los fariseos cuando insistían en que se debían guardar las ceremonias judías para poder obtener la salvación. Por eso eran judaizantes.

Algunas personas “se infiltraron” en la congregación cristiana expresamente con el propósito de quitar el regalo gratuito de la salvación. Ellos habrían reducido a las personas al estado de esclavitud al hacerlos trabajar para obtener lo que Cristo había conseguido con su muerte para poder dárselo gratuitamente.

Era una situación peligrosa, tanto en el Concilio de Jerusalén como en Galacia. Esta enseñanza era una corrupción del evangelio y privaría de la salvación a sus adherentes, porque los haría totalmente dependientes de ellos mismos al robarles los méritos de Cristo. Por esto Pablo les dice a los gálatas: “A los tales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciera con vosotros.”

En Jerusalén habían resistido con éxito el error de mezclar la fe con las obras; las enseñanzas de Pablo habían sido completamente confirmadas. Pero eso no era solamente un triunfo personal para Pablo. 

No, para el beneficio de los gálatas la firmeza de los apóstoles contra los falsos maestros había conservado el evangelio. Y para que el evangelio, que era libre de la Ley y con el que todos habían estado de acuerdo en Jerusalén, pudiera permanecer ahora con los gálatas, Pablo les ruega que no escuchen a sus adversarios, cuyo mensaje era muy similar al de los “falsos hermanos” de Jerusalén. Más bien, exhorta a los gálatas a que acepten el testimonio de los apóstoles, que estaban totalmente de acuerdo con las enseñanzas de Pablo de que ni las ceremonias ni las obras eran necesarias para obtener la salvación.

A Pablo le fue asignada un área en la obra del evangelio. Gálatas 2:6–10

Gálatas 2:6–10. 
Pablo sabe que gran parte de sus discusiones hasta ahora han estado haciendo énfasis en su independencia de los apóstoles de Jerusalén; sostiene que es un apóstol, no por la autorización ni por el apoyo de ellos, sino porque Dios lo llamó. 

Sigue recalcando que no tiene importancia cualquier rol externo o puesto que hayan ocupado los apóstoles en Jerusalén. Dios no juzga por esas normas y tampoco afecta la validez de los acuerdos a que se llegó en el Concilio de Jerusalén. Los que eran considerados importantes en Jerusalén no criticaron a Pablo ni le añadieron nada a su mensaje.

Ellos, además de no encontrar ninguna falla en el mensaje de Pablo, reconocieron que estaba predicando el mismo evangelio que predicaban Pedro y el resto de los apóstoles de Jerusalén. Todos estaban edificando el reino al predicar el mismo mensaje, y la única diferencia era la gente a la que le predicaban.

Vieron que la predicación de Pedro y la predicación de los apóstoles de Jerusalén había sido especialmente bendecida por el efecto que había causado en los judíos, mientras que los resultados de la predicación de Pablo a los gentiles eran asombrosos. Había unidad en la doctrina e igualdad en su respectivo apostolado.

Por esta razón, sólo había que hacer una cosa: darse por enterado y reconocer abiertamente los hechos del caso. Pablo informa: “Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión.”

El hecho de dar la diestra en señal de compañerismo no establecía nada nuevo, reconocía lo que ya existía y era una muestra de aceptación y de igualdad. Con un apretón de manos estuvieron de acuerdo en que Pablo y Bernabé les debían seguir predicando a los gentiles, mientras que Pedro y sus asociados trabajarían con los judíos.

Tal vez se deba notar que esa división del trabajo no tenía la intención de ser difícil ni rápida. No significaba que mantendrían vigilado el territorio ni que desafiarían a los otros a cruzarlo. Siempre había excepciones en ambos lados.

Por ejemplo, en el segundo viaje misionero de Pablo, que tuvo lugar poco tiempo después del Concilio de Jerusalén, el apóstol continuó con su rutina de ir primero a la sinagoga cuando llegaba a un lugar nuevo (Hechos 17:2). Allí predicaba siempre y cuando los judíos lo toleraran. Usualmente no era por mucho tiempo, y después de haber sido expulsado de la sinagoga, Pablo pasaba la mayor parte de su tiempo trabajando con los gentiles.

Por otro lado, recordemos que Pedro, el principal representante de la predicación del evangelio a los judíos, tampoco limitó su ministerio exclusivamente a los judíos. Para estar seguros, podemos ver que los capítulos iniciales de Hechos hablan exclusivamente de la obra de Pedro con los judíos en Jerusalén y en sus alrededores. Pero Pedro también fue a los samaritanos, que por lo menos sólo eran mitad judíos (Hechos 8:14–25). 

Y Dios mismo dirigió muy formalmente a Pedro para que fuera a Cornelio, que era gentil por completo (Hechos 10). Además, parecía haber buenas razones y muy válidas para concluir que las epístolas de Pedro, que fueron escritas al final de su vida, iban dirigidas a los gentiles.

El apretón de manos que se habían dado en Jerusalén no estableció ninguna limitación, no fue ningún obstáculo para que el grupo predicara el evangelio cada vez que se presentaba la ocasión. Más bien, lo que indicaba era que Pedro y Pablo estaban de acuerdo en el evangelio que se debía predicar. Ambos eran apóstoles experimentados, y el uno reconocía al otro como igual.

Este razonamiento era importante para los gálatas, ya que habían oído historias acerca de la dependencia o la inferioridad de Pablo con respecto a los apóstoles de Jerusalén. La implicación era que Pablo no tenía el mensaje correcto y les predicaba a los gentiles algo que era muy diferente de lo que Pedro les enseñaba a los judíos. Pablo dice que eso ¡no era verdad!

Había un acuerdo y un entendimiento completos entre las ramas judía y gentil de la iglesia cristiana. Ambas debían escuchar el mensaje de la salvación por medio de la fe en Cristo, sin las exigencias de ninguna ceremonia ni obras. Y debían dar evidencia concreta de la unidad que existía entre los cristianos judíos y gentiles; por eso se acordó desarrollar un programa caritativo. 

Pablo dice: “Solamente nos pidieron que nos acordáramos de los pobres; lo cual también me apresuré a cumplir con diligencia.” Otra vez, esto no era en realidad nada nuevo. Si es que tenemos razón al suponer que esto sucedió en el Concilio de Jerusalén, entonces la visita de Pablo y de Bernabé durante la hambruna de Hechos 11 habría sido tres años antes. Y eso encaja muy bien con la descripción que tenemos aquí. A Pablo y a Bernabé se les pide que “se acordaran” de los pobres, tal como lo habían hecho en el pasado.


Pedro acepta la amonestación de Pablo. Gálatas 2:11–21

Como representante de la iglesia cristiana de Jerusalén, Pedro le había dado a Pablo la mano derecha de la amistad cristiana, y esto indicaba su aceptación y su igualdad; esta expresión de compañerismo cristiano era relativamente un paso fácil de dar. Sin embargo, la verdadera prueba vendría cuando este acuerdo se aplicara a la realidad de la vida diaria. ¿Qué sucedería si Pedro y Pablo tuvieran una diferencia de opinión? ¿Quién saldría ganando si alguna vez se cruzaban en el trabajo? Pablo nos dice lo que realmente sucedió. Surgió una confrontación muy tensa entre los dos hombres, en la cual Pedro cedió.

Aquí debemos hablar con mucha claridad con respecto a los motivos que tuvo Pablo. No estaba edificando su propio ego, sino que hacía avanzar y defendía el mensaje del evangelio con el que tanto él como Pedro habían estado de acuerdo en el Concilio de Jerusalén. En la siguiente sección Pablo nos hace ver que ese mensaje fue el que salvó la situación en una confrontación que tuvo con Pedro en Antioquía, y también el mismo que ahora Pablo defendía contra un ataque similar en Galacia.

Gálatas 2:11–13. 
“Antioquía” no era la ciudad del Asia Menor que había sido evangelizada por Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero, sino la que estaba ubicada en el territorio del río Orontes, a varios cientos de kilómetros al norte de Jerusalén en la frontera que existe entre la moderna Turquía y Siria. 

Era una congregación mixta, una de las primeras de las que formaban parte tanto judíos como gentiles (Hechos 11:19–26). Allí Pablo y Bernabé habían recibido su comisión al inicio de su obra misionera entre los gentiles, y siempre permaneció como la “base” desde la que llevaron a cabo sus siguientes esfuerzos de evangelización. De cierta manera, Antioquía se convirtió en la iglesia madre para los gentiles, así como Jerusalén lo era para los judíos cristianos. 

Por lo tanto, no es de sorprender que en el curso de los viajes de Pedro, visitara este gran centro de Cristianismo y se asociara con la congregación mixta de Antioquía, compuesta por judíos y gentiles.

El evangelio, con su mensaje de libertad cristiana, por lo visto había hecho que todo se desarrollara de una manera más relajada en Antioquía. Los cristianos de este lugar se dieron cuenta de que no eran necesarios ninguna obra ni mérito humanos para obtener la salvación. 

Así que no ponían ningún énfasis especial en la observancia o no de las ceremonias judías. Estaba bien si los judíos cristianos preferían comer “kosher” (alimentos permitidos por la religión judía) en las convivencias, o si deseaban disfrutar de una chuleta de puerco o de un sándwich de jamón con sus hermanos cristianos que eran gentiles, porque también era lícito. Se nos dice que Pedro “comía con los gentiles”, no guardaba estrictamente las normas de la tradición judía, pero eso fue “antes que llegaran algunos de parte de Jacobo”.

Hemos afirmado que Jacobo, el hermano de nuestro Señor, se había convertido en una figura prominente en la iglesia de Jerusalén. En realidad, era tan importante que prácticamente su nombre se convirtió en sinónimo de Jerusalén. Pero por eso no debemos llegar a la conclusión de que ellos necesariamente habían sido enviados por Jacobo, sino más bien que algunos hombres que venían del área que administraba Jacobo se presentaron en Antioquía cuando Pedro estaba allí.

Es probable que para Pedro, Jacobo no representara ningún motivo de preocupación ya que desde el Concilio de Jerusalén era bien conocido el punto de vista de Jacobo acerca de la libertad de los gentiles. Tampoco lo inquietaban de manera especial los que habían llegado de Jerusalén. 

Por desgracia, la verdadera preocupación de Pedro parecía basarse en el temor a las actitudes desagradables y de las dificultades que resultarían para él, si las noticias de que él comía con los gentiles llegaban a ciertos elementos problemáticos de Jerusalén. En resumen, tenía “temor a los partidarios de la circuncisión” (v 12, NVI). Si se desea, se les puede llamar judaizantes.

Ya hemos visto los problemas que le causaron a Pablo, fueron tales que se tuvo que convocar una reunión especial en Jerusalén. Pedro tampoco se había salvado de sus críticas. Se habían quejado amargamente porque había entrado en el hogar de Cornelio que era gentil y había comido con ellos (Hechos 11:1–3). En esa ocasión, Pedro les había dado a “los que eran de la circuncisión”, como los identifica el libro de Hechos, una respuesta sencilla y muy evangélica.

Desgraciadamente Pedro no se desenvolvió tan bien en Antioquía, se retiró discretamente de su antigua y directa asociación con los gentiles. Otra vez comenzó a comer en las convivencias los alimentos permitidos por la religión judía; se mezcló con los judíos cristianos, y volvió a las costumbres de ellos.

Esta manera de actuar no pasó inadvertida y otros judíos cristianos siguieron su ejemplo. Finalmente hasta Bernabé, el gran compañero de Pablo en la misión de evangelizar a los gentiles, sintió la presión de todo esto y cambió su comportamiento. Estos hombres sabían lo que hacían, pero cedieron ante el ejemplo de Pedro. Era, como Pablo lo había llamado, “hipocresía” y exigía una acción firme e inmediata. Pablo dice:

Gálatas 2:14. 
Es necesario notar la seriedad de la situación. Esta gente “no andaba rectamente conforme a la verdad del evangelio”. Ese era un error que destruía el alma y cobraba más fuerza. Esa enseñanza ponía en peligro la salvación de la gente. Además, el ejemplo de Pedro se había dado en público, su conducta afectaba y ejercía presión sobre todos. Como la enseñanza había sido pública, también la corrección se tenía que hacer de igual manera. Por eso Pablo se dirige a Pedro individualmente y frente a todos, haciéndole ver la naturaleza contradictoria de sus acciones.

Pedro era judío y sin embargo, al ir a Antioquía, inicialmente había participado con libertad en los círculos de los gentiles y hasta había comido con ellos. De ese modo ilustró el principio del evangelio de que las costumbres y las ceremonias judías no tenían ningún valor en sí mismas. No era necesario que se cumplieran como un requisito para la salvación.

Sin embargo, al cambiar su manera de proceder, Pedro estaba negando ese principio; ahora actuaba como si vivir al estilo de los gentiles fuera en perjuicio de las oportunidades que tenía una persona para salvarse. Actuaba como si cumplir con las costumbres judías de guardar la Ley de Moisés realmente ayudara a mejorar la relación de una persona con Dios. Por eso con su ejemplo Pedro estaba obligando a los gentiles “a practicar el judaísmo” (v 14, NVI).

Con el aumento de nuestra experiencia acerca de los perjuicios de la parcialidad y de la discriminación contra los grupos étnicos, se nos ha despertado una aversión a la idea de que un grupo imponga su cultura o sus costumbres a otro. Se oye hablar mucho acerca de la dignidad de cada individuo como persona y del valor inherente de su cultura étnica. 

Sin embargo, debemos notar que aquí Pablo no sigue esta lógica. No menosprecia las costumbres judías porque quiera defender la cultura de los gentiles (más adelante dirá algunas cosas negativas acerca de la cultura de ellos). Aunque los interese culturales puedan ser muy importantes, aquí la objeción de Pablo se apoya en una base bastante diferente; lo que quiere hacer ver es que ante Dios ninguna obra ni actividad humanas tiene ningún mérito. Ni las ceremonias ni las costumbres judías tienen ningún valor para la salvación; imponérselas a los gentiles no es un crimen cultural, sino espiritual. Le quita autoridad al evangelio, lo mina. Hablando de judío a judío, Pablo le dice a Pedro:

Gálatas 2:15–16. 
Los judíos tenían muchas ventajas; después de todo, eran el pueblo escogido de Dios, a quienes había llevado a una relación especial de pacto con él. Debido a ese vínculo Dios, por medio de Moisés, les había dado a los judíos muchos reglamentos y directivas para guiarlos en la vida diaria y en los servicios de adoración.

Pero los judíos, que verdaderamente entendían la naturaleza de este pacto con Dios, nunca confiaron en el cumplimiento de esos reglamentos especiales como la razón por la que Dios debía ser misericordioso con ellos. Por ejemplo, cuando llevaban sus sacrificios, no lo veían como algo que hacían para Dios; sino como un recordatorio de la gran promesa de Dios. Los sacrificios de un buey o de un carnero prefiguraban el verdadero sacrificio que Dios había prometido hacer por ellos. Ese sacrificio sería el Cordero de Dios, que como el Salvador del mundo un día moriría y sufriría al tomar el lugar de ellos.

Cuando las ceremonias y las costumbres de la Ley de Moisés eran entendidas correctamente, las veían como un medio de enseñanza para recordar al Mesías prometido, el Cristo que iba a venir. Y el rol preparatorio y la naturaleza didáctica de estos reglamentos se hicieron aún más claros después de que Cristo apareció y declaró que era el cumplimiento de todas esas prefiguraciones del Antiguo Testamento. Por eso Pablo espera que Pedro esté de acuerdo con él cuando dice: “Nosotros… sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe de Jesucristo”.

En efecto, Pablo le dijo a su compañero apóstol que estaba ejerciendo presión sobre los gentiles para que guardaran las ceremonias del Antiguo Testamento: “¡Vamos, Pedro! Ni nosotros los judíos confiamos en la observancia de las ordenanzas y ceremonias de Moisés, porque sabemos que nuestra salvación solamente está en los méritos de Cristo. 

Y si ni siquiera nosotros, a quienes se nos dio la Ley, confiamos en ella para nuestra salvación, ¿por qué debemos obligar a los gentiles a que la cumplan?” Es una necedad y hasta un peligro el instar a las personas a que guarden la Ley, porque las lleva a depositar su confianza en la obediencia de la Ley y en el mérito que supuestamente tiene eso. Entonces estarían confiando en algo que no las puede salvar, porque como Pablo añade: “Por cuanto por las obras de la Ley nadie será justificado”.

Este pensamiento recibirá una atención más detallada en el tercer y cuarto capítulos de la carta. Mientras tanto, Pablo espera otra objeción y se adelanta. Hablándole todavía a Pedro, él dice:

Gálatas2:17–18. 
Para entender este versículo nos debemos dar cuenta de que el sentido en el que Pablo usa la palabra “pecadores” no es igual al de “pecado”. Eso podría necesitar una explicación.

Recordemos que en la sección anterior Pablo había hablado de Pedro y de sí mismo como “judíos de nacimiento” y no “pecadores de entre los gentiles”. El término “pecador” era un calificativo común de desprecio que los judíos les atribuían a los gentiles. Es claro que el “pecado” principal de los gentiles era el de no obedecer la Ley de Moisés; comían alimentos impuros, trabajaban el día sábado, no ofrecían sacrificios, no circuncidaban a sus hijos, etc.

Pablo acababa de decir que el que cree en Cristo es justificado, es decir, es considerado aceptable delante de Dios; el hecho de guardar la Ley mosaica no influía para nada en la justificación. Uno puede muy bien no considerar la Ley, como Pedro mismo no la consideró inicialmente a su llegada a Antioquía. Pero para la típica terminología judía el hecho de no guardar la Ley de Moisés hacía que la gente fuera “pecadora”. Al confiar en Cristo y no en la observancia de la Ley mosaica, los cristianos judíos verdaderamente se convertían en “pecadores” en el sentido en el que ese término se les aplicaba regularmente a los gentiles.

Ahora Pablo hace la pregunta: “¿El hecho de ‘no guardar’ la Ley mosaica, es un error verdadero y moral, un ‘pecado’ en el verdadero sentido del término? O dando un paso más adelante, si la fe en Cristo permite que la gente no tome en consideración la Ley, ¿podría uno decir que Cristo es un promotor del pecado?” “¡De ninguna manera!” contesta Pablo.
La verdad es todo lo contrario a esto; defender la Ley de Moisés y abogar por ella (como Pedro lo había hecho en su flaqueza y como los judaizantes de Galacia lo estaban haciendo con deliberación y convicción) es el verdadero pecado, que hace a una persona quebrantadora de la Ley. Eso es criminal porque arruina el evangelio y priva a los hombres del regalo gratuito de la salvación. Por eso el apóstol afirma: “Porque si las cosas que destruí [la Ley de Moisés], las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.”
Hasta este punto el tacto de Pablo es muy notable; note que cambia y usa la primera persona. Al hablar de su propio caso, en cierto sentido, disminuye la presión que cae sobre Pedro y sobre su desafortunado apoyo a la Ley mosaica. Pablo había cometido el mismo error y había seguido por la ruta del legalismo; había sido fariseo, se había esforzado mucho en servir a Dios con gran fervor para poder llegar a ser aceptable ante el Señor. Pero no había resultado; podía impresionar a los hombres, pero no a Dios. El Señor mismo lo había enfrentado en el camino a Damasco y le dijo que lo que estaba haciendo para obtener el favor de Dios era totalmente equivocado. Tenía que ser así porque, como Pablo aprendió a decir después: “Por las obras de la Ley ningún ser humano será justificado” (Romanos 3:20). Está en la naturaleza del asunto que nadie será justificado por las obras de la Ley, porque nadie puede cumplir con la voluntad de Dios de una manera perfecta.

2:19–21. Debemos notar el tono de desesperanza y de impotencia que se filtra cuando Pablo dice: “Yo por la Ley morí para la Ley”. Aun el hecho de morir para la Ley y de perder toda esperanza en su propia capacidad tenía un efecto fuerte en Pablo. Para él eso enfatizaba la imposibilidad de ganar la salvación por sus propios medios, y hacía que fuera muy atractiva la única alternativa posible: dejar que alguien más cumpliera en su lugar con las justas exigencias de Dios. Entonces Pablo gustosamente aceptó el evangelio, que le daba las buenas nuevas de que Cristo ya había hecho todo para salvarlo a él.
Por medio de la fe, Pablo comparte el mérito de Cristo. En realidad, es tan cercana su vinculación con Cristo que puede decir que ha sido “crucificado con Cristo”. Realmente ya no es Pablo el que vive, sino es Cristo quien vive en él. “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.
Lo que animaba a Pablo a llevar una vida de gustosa obediencia no eran las exigencias de la Ley, sino el amor por el Salvador. Solamente esta vida, motivada por el amor y por la gratitud, es consistente con el evangelio de la gracia sola en Cristo. Porque si la justicia se pudiera ganar por medio de nuestra obediencia (si la justificación realmente dependiera hasta cierto punto de que nosotros guardáramos la Ley) entonces la muerte de Cristo por nosotros habría sido en vano.
Con estas palabras Pablo termina de reprender a Pedro, y también hay que notar que con esto concluye la primera parte de su carta a los Gálatas. Recuerde el énfasis que hay en toda esta sección inicial. Los judaizantes desafiaban a Pablo y dudaban de su autoridad, porque no era uno de los apóstoles originales que siguieron a Cristo durante su ministerio público y luego habían sido formalmente comisionados en su ascensión. Pablo contestó que no necesitaba ninguna conexión con los apóstoles de Jerusalén porque era igual que ellos en todo sentido, ya que él también había sido llamado por Dios y comisionado formalmente para predicar el evangelio.
Para respaldar esta afirmación de igualdad Pablo reunió tres pruebas: En el Concilio de Jerusalén los apóstoles originales no encontraron ninguna falla en sus enseñanzas del evangelio libre de la Ley, porque a Tito no se le exigió que guardara ninguna de las ceremonias del Antiguo Testamento. Además, los apóstoles de Jerusalén habían reconocido la confiabilidad del mensaje que Pablo predicaba, porque lo animaron a él y también a Bernabé a que les continuaran predicando este evangelio a los gentiles, mientras que ellos seguirían compartiendo el mismo mensaje con los judíos. Finalmente, cuando Pedro, que estaba en Antioquía, por desgracia se apartó del mensaje en el que ambos lados estaban de acuerdo, reconoció la validez de la reprimenda de Pablo y aceptó la corrección que Pablo le había ofrecido.
Así que, es evidente por la lógica de Pablo que tanto él como los apóstoles de Jerusalén predicaban el mismo evangelio. Pero, ¿cuál era exactamente el evangelio que predicaban? ¿Y cuál es la relación que existe entre las ceremonias del Antiguo Testamento con el evangelio del Nuevo Testamento? Este será el énfasis que impulsará la segunda parte principal de la carta de Pablo. Aquí Pablo se dirigirá a la doctrina de la justificación, este tema tan importante que trata de cómo un pecador burdo y vil puede ser aceptado por un Dios justo y santo.

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lunes, 4 de abril de 2016

Dios -quien me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia- tuvo a bien revelar a su Hijo en mí para que yo lo anunciase entre los gentiles, no consulté de inmediato con ningún hombre

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Preparamos pastos frescos para las ovejitas del Pastor de los pastores
Autoridad—de Dios y No del Hombre
Gálatas 1:11-24 ; Gálatas 2:1-10
1:11 Pero os hago saber, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según hombre; 12 porque yo no lo recibí, ni me fue enseñado de parte de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. 

13 Ya oísteis acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo: que yo perseguía ferozmente a la iglesia de Dios y la estaba asolando. 14 Me destacaba en el judaísmo sobre muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. 

15 Pero cuando Dios  -quien me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia- tuvo a bien 16 revelar a su Hijo en mí para que yo lo anunciase entre los gentiles,  no consulté de inmediato con ningún hombre  17 ni subí a Jerusalén a los que fueron apóstoles antes que yo, sino que partí para Arabia y volví de nuevo a Damasco. 

18 Luego, después de tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro  y permanecí con él quince días. 19 No vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo,  el hermano del Señor; 20 y en cuanto a lo que os escribo, he aquí delante de Dios, que no miento. 21 Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia. 22 Y yo no era conocido de vista  por las iglesias de Judea, las que están en Cristo. 23 Solamente oían decir: "El que antes nos perseguía ahora proclama como buena nueva la fe que antes asolaba." 24 Y daban gloria a Dios por causa de mí. 

2: 1 Luego, después de catorce años, subí otra vez a Jerusalén, junto con Bernabé, y llevé conmigo también a Tito. 2 Pero subí de acuerdo con una revelación y les expuse el evangelio que estoy proclamando entre los gentiles. Esto lo hice en privado ante los de reputación, para asegurarme de que no corro ni he corrido en vano. 

3 Sin embargo, ni siquiera Tito quien estaba conmigo, siendo griego, fue obligado a circuncidarse, 4 a pesar de los falsos hermanos quienes se infiltraron secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de reducirnos a esclavitud. 5 Ni por un momento cedimos en sumisión a ellos, para que la verdad del evangelio permaneciese a vuestro favor. 

6 Sin embargo, aquellos que tenían reputación de ser importantes -quiénes hayan sido en otro tiempo, a mí nada me importa; Dios no hace distinción de personas- a mí, a la verdad, los de reputación no me añadieron nada nuevo. 

7 Más bien, al contrario, cuando vieron que me había sido confiado el evangelio para la incircuncisión  igual que a Pedro para la circuncisión  8 -porque el que actuó en Pedro para hacerle apóstol de la circuncisión actuó también en mí para hacerme apóstol a favor de los gentiles-, 9 y cuando percibieron la gracia que me había sido dada, Jacobo, Pedro  y Juan, quienes tenían reputación de ser columnas, nos dieron a Bernabé y a mí la mano derecha en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión. 10 Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres, cosa que procuré hacer con esmero. 


Pablo declara hablar con autoridad dada por Dios


DECLARACIÓN DE LA AUTORIDAD DE PABLO
Gálatas 1:11–12

Pablo les declara a sus hermanos que el evangelio que les ha predicado no era un mensaje humano o hecho por el hombre; no lo había recibido de hombre, ni le había sido enseñado. En cambio, lo había recibido mediante una revelación de Jesucristo.

Desde el comienzo Pablo quiere que entiendan que su autoridad procede de Dios y no de hombre alguno: Os hago saber (gnorio, 11). 

Lo que así asevera es una declaración terminante que se dispone a sustanciar en detalle. Al dirigirse a ellos como hermanos indica que la apostasía de los gálatas no era completa o irrevocable; eran aún sus hermanos en la fe. 

Como habría de recalcar más adelante, Pablo afirma que el evangelio anunciado por él es el pronunciamiento de que la salvación era por gracia por medio de la fe y no por las obras de la ley (cf. Gálatas 3:1–4:31). 

En toda la carta no se advierte que haya tenido ningún otro conflicto teológico con sus adversarios. De particular significación es el hecho de que el evangelio no es según hombre. Esta expresión tiene para Pablo una significación especial, y aun puede equipararse con “carnal”. 2 Lo que quiere decir el apóstol es bien claro: su evangelio no era un mensaje meramente humano, como lo explica después en el versículo siguiente.

Este mensaje no era humano porque Pablo no lo había recibido de ningún hombre (12), ni le había sido enseñado. Tampoco eran humanos ni la fuente de su evangelio ni el método por el cual lo había recibido. La mayoría de los maestros cristianos, aun en los días de Pablo, habían sido enseñados por otros, pero no él. El había recibido el evangelio por revelación de Jesucristo. Esto se refiere, no a una revelación general, al alcance de todos los que la recibieran, sino a una revelación especial y personal a Pablo.

La pretensión de tener una revelación personal lo expone a uno a ser acusado de presuntuoso y peligroso. No es difícil, pues, apreciar la preocupación de los adversarios de Pablo. 

Sobre la base de lo que les parecía una revelación estrictamente privada y personal, él estaba abrogando mucho de lo que ellos consideraban vital y sagrado. A lo largo de las edades se han levantado quienes proclamaron un mensaje aduciendo que era el resultado de una revelación especial. Esta es precisamente la falacia de gran parte del concepto moderno de la “inspiración”. Tales maestros aceptan que la Biblia es “inspirada”. Pero también que otras obras fueron inspiradas—aun las de un Shakespeare y un Beethoven. 

Esto, desde luego, destruye la unicidad de las Escrituras. Reconocemos que Dios ha inspirado y dado revelaciones a los hombres desde los tiempos bíblicos. Pero la revelación de la Palabra escrita es única. En este sentido es definitiva y no continua. La audaz pretensión de Pablo fue plenamente sustanciada, no por él, sino por el Espíritu de Dios. Nuestra tarea no es agregar a la revelación escrita, sino entenderla y explicarla.

JUSTIFICACIÓN DE LA AUTORIDAD APOSTÓLICA DE PABLO
Gálatas 1:13–2:21

    1. Celosa oposición antes de la conversión (Gálatas 1:13–14)

Pablo les recuerda a los gálatas que ellos han sabido de su conducta en el judaísmo—su excesiva persecución a la iglesia y celosa adhesión a las tradiciones de sus antepasados.

Estos paganos convertidos de Galacia probablemente habrían oído (Gálatas 1:13) de este período de la vida de Pablo de sus propios labios, lo cual estaría de acuerdo con su costumbre de emplear en su predicación el testimonio personal. Conocían su conducta en otro tiempo en el judaísmo. Los gálatas estaban también al tanto de que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba. 

La persecución a la iglesia cristiana por Pablo había sido excesiva y extremada. El término asolaba (protheo) es muy fuerte, y significa “destruir” o “saquear”—con las claras implicaciones de los estragos de la guerra. Así describe el apóstol su conducta antes de su conversión, como una guerra personal contra la iglesia de Cristo.

Pablo no sólo demostraba su celo persiguiendo a los cristianos y destruyendo a la iglesia, sino que al mismo tiempo aventajaba (prokopto, progresaba) en el judaísmo a muchos de sus contemporáneos en su propia nación (Gálatas 1:14). 

Nacido de padres hebreos, había aceptado la interpretación más estricta de la ley—era fariseo. Aun bajo normas tan exigentes podía describirse como “irreprensible” (cf. Fil. 3:5–6), siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. Su progreso en el judaísmo iba mucho más allá de la ley—en su sentido más estricto. Se describe a sí mismo como un zelote. Esta era, por supuesto, una parte esencial del fariseísmo. En este sentido excedía a muchos de sus contemporáneos.

El argumento básico de Pablo en esta sección es que su vida anterior a su conversión demuestra que había recibido la autoridad para su función de Dios y no del hombre. En apoyo de esta afirmación señala los hechos de su extremada hostilidad al cristianismo (en el lado negativo) y su progreso superior en el judaísmo farisaico (en el lado positivo). Ambas son pruebas de que su aceptación del cristianismo no podía atribuirse en ningún sentido a influencia o instrucción cristianas (humanas). Sólo podía haberlo realizado una revelación divina.


    2. Después de la conversión—sin consulta humana (Gálatas 1:15–24)

a. Pablo en Arabia y Damasco (Gálatas 1:15–17)
Dios había señalado a Pablo desde su nacimiento para predicar a los gentiles. 

Cuando Dios lo llamó—mediante la revelación de su Hijo—él no visitó a los apóstoles en Jerusalén, sino que se fue a Arabia (tal vez unos 320 kilómetros al sur de Damasco y 150 kilómetros al sudeste de Jerusalén). No fue sino hasta tres años después que visitó a Pedro y Santiago en Jerusalén, y entonces sólo por 15 días. 

Después de esto fue a Siria y Cilicia. Durante este tiempo era desconocido para las iglesias de Judea, salvo la información de que su ex-perseguidor ahora estaba predicando la fe que antes había destruido.

Como observa Burton, toda la sección que comienza con Pero  no está en contraste con lo que ha dicho antes. Más bien es una ampliación de lo mismo. 

De modo que una traducción mejor es esta: Y cuando agradó a Dios. La expresión cuando agradó a Dios es un hebraísmo que reconoce la soberanía divina. Es simplemente otra forma de decir “cuando Dios quiso”. 

Dios era quien había apartado a Pablo desde el vientre de su madre
Esta última expresión es otro hebraísmo familiar para referirse al nacimiento. Pablo llama así la atención al hecho de que Dios lo había apartado desde su nacimiento. Apartó (aphorizo) puede significar apartar de, en el sentido de excomulgar (cf. Lc. 6:22), o apartar para. 

Aquí obviamente significa esto último, y equivale prácticamente a una designación. Dios había designado a Pablo para su tarea especial desde su nacimiento. Entonces, un día, en el camino a Damasco, se reveló esa designación, y Dios lo llamó. El ciegamente celoso fariseo fue confrontado por el Cristo resucitado—y oyó el llamado de Dios. Como se ha visto en Gálatas 1:6, Pablo apreciaba la proclamación del evangelio como el llamado de Dios a los hombres a Sí. El apóstol lo había oído de los labios del Señor resucitado. El llamado y la designación eran, como son todas las bendiciones de Dios, por su gracia.

En otros lugares se dan los detalles de esta revelación, primordialmente en los tres relatos de la conversión de Pablo (Hch. 9:1–18; 22:4–16; 26:9–18). Como lo evidencia su referencia abreviada aquí, el hecho importante era que la experiencia estaba destinada a revelar a su Hijo en mí (16). 

Esta se convirtió en la piedra fundamental del ministerio de Pablo, sobre la cual se construyó todo lo demás. El era legítimamente un apóstol, porque había visto a Cristo (cf. 1 Co. 9:1; 15:8). Tanto delante de sus compatriotas como de sus captores romanos Pablo tenía una sola defensa—se había encontrado con el Señor resucitado. De modo que su autoridad para predicar el evangelio, ahora atacada, era que lo había recibido por una revelación del Hijo de Dios. ¿Qué era esa revelación? Se la ha descrito como una “farsa”, una “alucinación”, una “señal”, un “trance” y una “visión”. 

Pero todas esas explicaciones pierden de vista el punto principal—fue una revelación personal. ¡Plugo a Dios revelar a su Hijo en mí! El propósito de la experiencia era que Pablo le predicase entre los gentiles. El término gentiles (ethnos) los diferencia de los judíos (cf. Hch. 9:15; 22:15; 26:16–18).

Así como la experiencia de Pablo se convirtió en el punto focal de toda su vida y ministerio, hoy el cristiano necesita un punto de referencia comparable en su vida espiritual. 

Claro que la experiencia de Pablo era única, pero no obstante, hay una experiencia personal de confrontación con Cristo que hoy proporciona realidad espiritual al alma inquisitiva. Esta no sólo es necesaria en términos de un llamado al que es designado ministro de Jesucristo, sino que es no menos esencial para todo seguidor del Salvador. 

Un encuentro con el Señor resucitado y viviente es el comienzo indispensable de toda vida transformada—el milagro del nuevo nacimiento. Esto constituye para el que ha nacido dos veces un punto de perspectiva que coloca en su foco todo lo que sigue. “Antes era ciego, pero ahora veo.”

Pablo justifica su pretensión señalando que después de su conversión y su revelación especial no consulté en seguida con carne y sangre. La palabra consulté (prosanatithemi) significa contribuir o agregar algo. En este caso el apóstol está aclarando que nadie agregó nada a su evangelio —venía de Dios. Su actividad, tanto después de su conversión como antes, apoya esta afirmación.

Ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo (17). Los judíos siempre hablaban de “subir a Jerusalén”, y ésta de la misma manera se convirtió en la sede reconocida de la dirección humana y la autoridad de la iglesia primitiva. Es significativo que el nuevo convertido, habiendo sido llamado especialmente, no consultó con los líderes cristianos. Esto apoya fuertemente la pretensión de Pablo de una autoridad única. La palabra antes es importante porque subraya el apostolado de Pablo. El también era apóstol, aunque otros lo hubieran precedido en esa santa vocación.

Pablo fue a Arabia, que está en marcado contraste con Jerusalén. Era un desierto más bien que una activa metrópoli. Allí encontró comunión con Dios más bien que comunicación con los hombres. Pablo no expresa el propósito de su ida a Arabia, pero está implícito que fue un retiro espiritual, y no un viaje misionero. Desde la perspectiva histórica apreciamos que necesitaba reconstruir todo su sistema de pensamiento. Esto era esencial para que pudiera ministrar más allá de los límites del judaísmo. Los primeros apóstoles simplemente habían agregado al judaísmo a Cristo como el Mesías esperado. Pablo había de ir más allá de esto. Después de su período de meditación en Arabia, dice, volví de nuevo a Damasco. Allí predicó, probablemente con renovada visión y vigor.

b. Breve visita de Pablo a Jerusalén (Gálatas 1:18–20). 
Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro (18). Esta es la primera mención de la ciudad de Damasco, que es predominante en todos los relatos de la conversión de Pablo en Hechos. 

El hecho de que volviera de nuevo a Damasco indica claramente que había partido de allí. La mención de los tres años tiene el efecto de expresar que demoró ese largo período en consultar con los líderes de la iglesia. 

Los tres años probablemente representen el período total desde su conversión. No hay sugestión alguna de que el viaje de Pablo a Jerusalén tuviera el propósito de obtener aprobación o sanción para su evangelio. Fue simplemente una visita para encontrarse con Pedro, el jefe reconocido de la iglesia. Y fue visita breve—sólo quince días en contraste con los tres años transcurridos desde su conversión. Ciertamente tan breve tiempo habría proporcionado pocas oportunidades para instrucción o enseñanza.

Pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor (19). Hubiera sido de esperar que, si estaba buscando la aprobación o aceptación oficiales, hubiera visitado a todos los apóstoles. Esto lo niega expresamente, manifestando que el único apóstol a quien él vio en esa ocasión, además de Pedro fue Jacobo, el hermano del Señor. Esta referencia a Jacobo es de importancia especial ya que él, como jefe de la iglesia de Jerusalén, fue identificado más tarde con el grupo legalista que contendió con Pablo.

La actitud de Pablo hacia los líderes de la iglesia no debe ser interpretada erróneamente como desprecio por el liderazgo humano. Todo su mundo se había derrumbado y sólo Dios podía reconstruirlo—en comunión solitaria. Más tarde, cuando su evangelio fue desafiado, no podría defenderlo sino de esta manera. Hay suficiente evidencia de que él respetaba profundamente la dirección y autoridad humanas (cf. Hch. 21:18–26), pero no vacilaba en llamar a cuentas a cualquiera que pusiera en entredicho la verdad de su conciencia. Esto es simplemente reconocer que la suprema autoridad humana es la conciencia personal. Es así como, 15 siglos después, Martín Lutero, un discípulo de Pablo, desafió a la iglesia y al imperio declarando: “¡No es ni seguro ni correcto actuar contra la conciencia!”

Pablo podía por lo tanto afirmar: En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento (20). Esta solemne declaración—llamando a Dios como testigo de la veracidad de sus palabras— es un método que Pablo utiliza para recalcar la importancia de lo que está diciendo (cf. Ro. 9:1; 2 Co. 1:23; 11:31; 1 Ts. 2:5).

c. Pablo en Siria y Cilicia (Gálatas 1:21–24). 
El relato de Hechos 9:28 completa muchos detalles de este después (21). Los años de Pablo en Siria y Cilicia, vinieron después que había predicado a Cristo y discutido abiertamente en Jerusalén y después que había despertado la asesina oposición de sus enemigos (cf. Hch. 9:29; 22:17–20). 

Sus hermanos cristianos lo enviaron a Tarso para proteger su seguridad personal. En dicha ciudad evidentemente estableció su cuartel general en Cilicia, después de lo cual fue llevado a Antioquía de Siria por Bernabé (cf. Hch. 9:30; 11:25).

La declaración de que no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo (22) no debe ser entendida en el sentido de que los cristianos de Judea no hubieran visto u oído a Pablo después de su conversión. Todo el énfasis de este argumento estaba en que durante ese extenso período no había estado predicando y trabajando en Jerusalén—el centro más antiguo de la iglesia. Los relatos de Hechos muestran claramente que Pablo había predicado y testificado en Jerusalén antes de regresar a Tarso. Sin embargo, durante este período de aproximadamente 11 años no había vuelto a Judea.

Durante ese ínterin, la iglesia de Judea había oído que aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba (23). Esta debe haber sido una noticia increíble y emocionante—y glorificaban a Dios en mí (24).


    El evangelio de Pablo y el Concilio de Jerusalén Gálatas 2:1–10

a. El informe de Pablo (Gálatas 2:1–2)
Catorce años después Pablo y Bernabé fueron a Jerusalén a comunicar privadamente su evangelio a los dirigentes de la iglesia. Estos hombres prominentes no agregaron nada al mensaje de Pablo. 

Aun a pesar de algunos que habían espiado a Pablo, no exigieron que su colaborador Tito fuera circuncidado. En cambio, dieron su bendición a Pablo y Bernabé, reconociendo que su comisión a los gentiles era comparable con el ministerio que los otros apóstoles desempeñaban entre los judíos.

Después, pasados catorce años, dice Pablo, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito (Gálatas 2:1). No está claro a qué se refiere este después. ¿Fue después de su conversión o después de su visita anterior, tres años después de su conversión? La cuestión tiene poca importancia para el relato del incidente, pero está relacionada significativamente con la cronología de la vida de Pablo. Es probable que los 14 años señalen el intervalo entre las visitas a Jerusalén.

La asociación de Bernabé con Pablo empezó cuando el primero apoyó al fariseo recién convertido en su deseo de unirse a los discípulos en Jerusalén (Hch. 9:26–27). 

Más tarde Bernabé le dio a Pablo la oportunidad de comenzar un ministerio en Antioquía (Hch. 12:22–25). No tenemos información detallada acerca de cómo Tito se asoció con el apóstol. Es evidente que este cristiano griego era uno de los primeros convertidos de Pablo (Tit. 1:4). 

Al final del segundo viaje misionero, Tito era ya un líder en la joven iglesia. La referencia aquí indica que él se hallaba entre los “algunos otros” obreros de Antioquía escogidos para representar a esa iglesia en esa histórica conferencia (Hch. 15:1–2).

Pablo expuso en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predicaba entre los gentiles. El mensaje del evangelio que Pablo colocó delante de ellos era que Jesucristo había sido crucificado, había resucitado, y volvería otra vez; y que había justicia para todos mediante la fe en El sin las obras de la ley. 

Según Hechos 15:4, Pablo y sus acompañantes informaron a toda la iglesia de Jerusalén, mientras aquí en Gálatas se expresa específicamente que fue en privado. Esto indicaría que la sesión pública fue precedida por una conferencia privada, lo que definitivamente habría sido sabio hacer. Véanse los comentarios sobre Hechos 15:4–12.A los que tenían cierta reputación es una traducción libre de lo que parece ser una sentencia o pensamiento interrumpido, causado tal vez por la ansiedad o hasta la agitación en la mente de Pablo. 

Ello refleja su obsesión de no decir demasiado —¡o no decir suficiente! Estaba relatando el hecho de que había apelado a los líderes de la iglesia para que aclararan un asunto muy crítico; empero el apóstol no quería implicar una sumisión completa al juicio de ellos, ni negar su propia autoridad peculiar que le había sido divinamente dada. Así que Pablo se refiere a Jacobo, a Cefas (Pedro) y a Juan como “los que tenían reputación de ser algo” (6), y los “que eran considerados como columnas” (9). Tenían cierta reputación en el sentido de que esa era la apariencia que tenían en los ojos de la iglesia. Detrás del titubeo de Pablo estaba su convicción de que la autoridad final debía proceder de Dios, no del hombre.

Una de las metáforas acostumbradas de Pablo es la que representa la vida cristiana como una carrera (cf. 5:7; 1 Co. 9:24–26; Fil. 2:16). El apóstol alude a su vida y a su ministerio entre los gentiles precisamente como una carrera, y declara su preocupación de no correr o haber corrido en vano. Con esto Pablo expresa que se da cabal cuenta de que si los líderes reconocidos de la iglesia en Jerusalén se oponían a su evangelio, todo el trabajo que él había hecho sería destruido por sus emisarios, y él no podría tener la esperanza de lograr cosa alguna en el futuro. Su certidumbre del origen divino de su mensaje no le impedía ver que la división y la divergencia en la iglesia serían fatales para ésta.

b. Pablo rehúsa circuncidar a Tito (Gálatas 2:3–5). 
En el verso 3 aparece la primera mención específica en la epístola del problema particular que se está tratando: la circuncisión forzosa de los convertidos gentiles. ¿Era necesaria? Pablo escribe: Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse. El propósito del apóstol al narrar todo el evento era demostrar que aun allí en la iglesia de Jerusalén, su acompañante griego no había sido forzado a someterse a la ley ceremonial. 

Por lo tanto, ¿qué bases podían tener sus contrincantes para insistir que se practicara la circuncisión en la patria de los gentiles?

Los versículos 4 y 5 son un paréntesis que llama la atención a aquellos que estaban ejerciendo presión para poner en práctica la circuncisión. La presión venía porque falsos hermanos introducidos a escondidas… entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud (4). 

La expresión falsos hermanos sugiere que eran creyentes compañeros de ellos, pero la insistencia que hacían en la necesidad de la ley constituía ante los ojos de Pablo una negación de Cristo (Gálatas 2:21). Estos hombres se habían introducido a escondidas, o sea, “habían sido metidos secretamente”. 

Su propósito expreso era espiar, para obtener información personal de la libertad de la ley que estos convertidos gentiles disfrutaban en Cristo. Todo esto era un intento de imponer la ley sobre ellos y esclavizarlos otra vez (cf. comentarios sobre Gálatas 4:1–10). El elemento de sigilo definitivamente se relaciona a sus móviles. Indudablemente fingieron ser hermanos cristianos y con la confianza que tal compañerismo les otorgó observaron (“espiaron”) la libertad de los convertidos gentiles. Después de eso podían llevar tal información y tratar de imponer la circuncisión.

Pablo no se atemorizó por esos hombres ni por sus tácticas. Escribe: A los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros (5). Estos falsos hermanos trataron ahora de forzar a Pablo ante la iglesia de Jerusalén a que conformara su evangelio a la ley. Fue contra esta presión que Pablo declara que “no cejó en sujeción” (VM., lit.) “ni aun por una hora”. 

Aun Tito, a pesar de sus argumentos y demandas, no fue forzado a circuncidarse. Este fue probablemente el punto específico en el que Pablo ya no quiso ceder. La razón por la que no cedería ni un paso fue porque esto era una defensa de la verdad del evangelio que él había predicado a sus convertidos gentiles. Este mensaje de verdad cristiana no podría continuar si él fracasaba. Si se sometía a la circuncisión de sus convertidos gentiles, el evangelio que él les había predicado no podía ser veraz.

c. Reconocimiento del ministerio de Pablo (Gálatas 2:6–10)
Una vez más Pablo se refiere a los “apóstoles columnas” como los que tenían reputación de ser algo (6). Aquí entra en más detalle en su depreciación de la importancia de ellos. Lo que hayan sido significa literalmente: “De qué clase eran anteriormente.” 

Esto indudablemente se refiere al hecho de que estos hombres se habían asociado con Jesús en su ministerio terrestre. Pero aun esto no era importante para Pablo, y ello por una muy buena razón: Dios no hace acepción de personas, que literalmente significa: “Dios no recibe la apariencia (o rostro) del hombre.” Esto sencillamente significa que para Dios lo exteriormente aparente no es importante.

Aquí Pablo está tratando con un problema que rápidamente estaba llegando a un punto incontrolable en la iglesia primitiva, especialmente en las áreas gentiles. A los que habían estado con Jesús durante su ministerio terrenal se les estaba dando un lugar de distinción que podía tener consecuencias peligrosas. 

Los judíos tenían una salvaguardia hondamente arraigada en su credo en contra de la idolatría, pero los gentiles que se habían convertido por el ministerio de Pablo fácilmente podían caer en esta trampa. Dado el antecedente de idolatría del que venían, sólo un paso distaba de la veneración a los discípulos terrenales de Jesús a un culto a una deidad. 

Lo que era más, el derecho de apóstol que Pablo esgrimía estaba siendo desafiado por sus enemigos precisamente por esta razón: que él no había sido uno de los discípulos originales. De modo que al escribirles a sus convertidos gentiles acerca de la relación que él tenía con esos líderes que habían seguido al Señor, Pablo enfáticamente declara que para Dios la apariencia externa no es lo importante. 

La autoridad en la iglesia procede de Dios. Viene, no sobre la base de la relación que cierta persona haya tenido con Jesús durante su estancia en la tierra, sino a la luz de su experiencia presente con Cristo. Esto no significa que Pablo no tenía respeto hacia esos líderes, y ni siquiera que no los estimara. Todo lo contrario, ya que él estaba en Jerusalén para tener una conferencia con ellos. 

En vez de eso debemos ver aquí una reflexión del interés de Pablo en que se observe la verdadera base de la autoridad.

No sólo se negaron los líderes de la iglesia a forzar a Tito a que se circuncidara, pero además dice Pablo, los de reputación nada nuevo me comunicaron. Este es el propósito principal de Pablo al narrar este evento. En la defensa de su autoridad, como algo procedente de Dios, el apóstol aquí declara que ni siquiera los líderes de la iglesia tuvieron algo que añadir a su mensaje.

En vez de eso, actuaron por el contrario, cuando vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (7). Una acción positiva tal se basó en una intuición importantísima y trascendental. Así como Pedro era el líder reconocido de aquellos que estaban ministrando el evangelio en el mundo judío, asimismo reconocieron que a Pablo se le había encomendado (lit., confiado) un ministerio similar a los gentiles.

Este reconocimiento de liderismo, mismo que Pablo llama apostolado, se basaba en la clara evidencia de la misma divina actividad en Pablo como en Pedro. El que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles (8). El mismo Dios infundió energía en ambos.

El feliz resultado de esta conferencia fue que reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo (9). Por primera vez Pablo identifica a los líderes de la iglesia en Jerusalén, a quienes se había estado refiriendo en los versículos previos. Al poner a la cabeza de la lista a Jacobo (el hermano de Jesús), se sugiere que era el líder de la iglesia, tal vez en su administración, en tanto que Pedro era el líder de la obra misionera entre los judíos. Estos hombres tomaron una acción positiva. Les dieron a Pablo y a Bernabé la señal reconocida de amistad y armonía: la diestra en señal de compañerismo. A la luz de esta aprobación completa y sin dudas, ¿cómo se podía poner en tela de duda la autoridad de Pablo?

El resultado fue que Pablo y Bernabé fuesen a los gentiles, y ellos a la circuncisión. Se hace la pregunta si esta división era racial o geográfica. Había gentiles en Palestina y judíos en el mundo greco-romanoasiático. La contestación más obvia es que a Pablo se le dio autoridad definitiva en el territorio en el que había estado trabajando —fuera de Palestina. Este era el asunto que había motivado todo. Sin embargo, también parece obvio que la decisión afectó directamente los requisitos que se habían de imponer sobre los convertidos gentiles, en cualquier sitio donde residieran.

Los líderes de la iglesia en Jerusalén añadieron sólo una estipulación a su aprobación, y fue que Pablo se acordase de los pobres (10). El estaba listo (spoudazo, vehemente; celoso, VM.), con diligencia a hacer, lo cual se puede ver en sus actividades posteriores (cf. Ro. 15:31; 2 Co. 8–9).

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