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lunes, 14 de septiembre de 2015

El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió... El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no va a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.


RECUÉRDALO Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




 
INFORMACIÓN Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Capacitación Ministerial
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Nos Preparamos para enseñar



Juan 5:19-47


Autoridad del Hijo

19      Jesús pues declarando, les decía: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada de Sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que Él hace, esto también hace igualmente el Hijo.
20      Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que Él hace; y mayores obras que éstas le mostrará, para que vosotros os maravilléis.
21      Porque como el Padre levanta y da vida a los muertos, así también el Hijo da vida a los que quiere.
22      Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo encomendó al Hijo,
23      para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.
24      De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no va a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.
25      De cierto, de cierto os digo, que llega la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que oigan vivirán.


El Padre y el Hijo

26      Porque como el Padre tiene vida en Sí mismo, así también dio al Hijo tener vida en Sí mismo.
27      Y le dio autoridad para hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.
28      No os maravilléis de esto, pues llega la hora en que todos los que yacen en los sepulcros oirán su voz,
29      y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida, pero los que practicaron lo malo, a resurrección de juicio.
30      No puedo Yo hacer nada de mí mismo. Según oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
31      Si Yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.
32      Otro es el que da testimonio de mí, y sé que el testimonio que da acerca de mí es verdadero.
33      Vosotros habéis enviado mensajeros a Juan, y ha testificado de la verdad.
34      Pero Yo no recibo el testimonio de parte de un hombre, pero digo esto para que vosotros seáis salvos.
35      Él era la antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz.
36      Pero el testimonio que Yo tengo es mayor que el de Juan, porque las obras que el Padre me dio para que las realizara, las obras mismas que hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado.
37      El Padre que me envió, Él ha dado testimonio acerca de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto,
38      ni tenéis su palabra permaneciendo en vosotros, porque a quien Él envió, a Éste vosotros no creéis.
39      Escudriñáis las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí.
40      ¡Y no queréis venir a mí para tener vida!
41      Gloria de parte de hombres no recibo.
42      Pero os conozco, que no tenéis el amor de Dios en vosotros mismos.
43      Yo he venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís, si otro viene en su propio nombre, a ése recibiréis.
44      ¿Cómo podéis creer, vosotros que recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que sólo de Dios viene?
45      No penséis que Yo os acusaré delante del Padre; hay quien os acusa: Moisés, en quien vosotros habéis puesto la esperanza.
46      Pero si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.
47      Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?



El Hijo de Dios, 5:19–47
A partir de este pasaje la atención se enfoca directamente en la persona de Jesucristo y su autoridad como el Hijo de Dios. Ryle comenta que “en ningún otro lugar en los Evangelios encontramos a Jesús haciendo una declaración tan formal, sistemática, ordenada y regular de su propia unidad con el Padre, su comisión y autoridad divinas, y las pruebas de su mesiazgo, como encontramos en este discurso”. 

Por esta razón, es una sección de suma importancia en el desarrollo del Evangelio que pretende llevar a los hombres a creer en Jesús como el Hijo de Dios. Esta declaración de identidad y misión de parte de Jesús es lo que enfureció a los judíos. Fue un acto de extraordinaria valentía de su parte y dejó a los oyentes con sólo dos opciones: creer en él como el Hijo de Dios, tal cual él afirmó, o acusarlo de blasfemia y procurar su muerte.

(1) El Padre y el Hijo, 5:19–24
En esta sección Jesús responde a la acusación de los judíos de que él pretendía ser igual a Dios. Por esto traduce una conjunción que connota “secuencia” o “consecuencia”, y frecuentemente aparece como “entonces”. Para el significado técnico de respondió.

Jesús inicia su “defensa” con la fuerte afirmación de cierto, de cierto, que traduce el gr. amén, amén (ver vv. 24, 25; 1:51), una expresión que llama la atención a algo de suma importancia que estaba por pronunciar. Nótese el empleo absoluto del título Hijo. Jesús era el Hijo del Padre en una relación sin igual; esta relación personal, íntima y única se expresa repetidas veces a través de esta sección. Jesús emplea cuatro veces en esta sección la conjunción causal “porque” (gar1063; ver vv. 19, 20, 21, 22) para explicar la dependencia del Hijo ante el Padre. 

El propósito de Jesús es convencer a los judíos, si estuviesen dispuestos a oírlo, de que sus obras estaban en perfecto acuerdo con las de Dios y de su voluntad eterna. Como Dodd observa, “aquí tenemos una parábola genuina. Es la descripción perfecta y realista de un hijo, como aprendiz de su padre, aprendiendo el oficio”. No actúa independientemente, ni por iniciativa propia. Se limita a observar la operación del Padre y repite tal cual lo que el Padre hace. Esta relación íntima con el Padre y su subordinación a la voluntad de él, establece la autoridad de Jesús para sus enseñanzas y obras.

El sábado: Día familiar y de gozo
El sábado era una fiesta familiar y de actividades gozosas. Antes de la hora que empezaba el sábado encendían las velas de la mesa, puesto que prender fuego era prohibido en el sábado. La celebración empezaba con la bendición (kiddush). Había cultos en la sinagoga el viernes en la noche donde leían los Salmos, y otra vez el sábado por la mañana, donde leían de la Torá. El resto del día era para el descanso, la relajación y el placer.

Servían tres comidas que se habían preparado el día anterior y muchas veces tenían visitas para compartir con ellos el gozo del sábado. Al finalizar el día, había una bendición especial.

Hay dos enseñanzas rabínicas que demuestran la importancia que los rabinos dieron a la observación correcta del sábado:
1. Enseñaban que la persona que observara correctamente el sábado, aunque fuera idólatra, tendría sus pecados perdonados.
2. Enseñaban que “si Israel guardaba un sábado como debía de ser guardado, vendría el Mesías. El sábado es igual a todos los otros preceptos de la Torá”.

Jesús agrega dos elementos más en su defensa (v. 20): el amor del Padre y la revelación de todas las cosas. Hay dos términos griegos (agapao25 y fileo5368), empleados en el NT y que comunican el concepto del amor. El término ama (fileo, 13 veces en este Evangelio) empleado aquí es el tema de comentarios abundantes, sobre todo cuando se compara con el otro término para amor (agapao, usado por Juan 36 veces en el Evangelio, más que el doble de otro libro en el NT, excepto 31 veces en sus Epístolas). 

Algunos niegan que haya gran diferencia entre los dos términos, pero generalmente agapao se refiere al amor profundo, espiritual, abnegado, dispuesto a sacrificios sin límite y sin apoyarse en los méritos de su objeto. En cambio, generalmente fileo se refiere al afecto natural, sentimental y espontáneo en que las emociones juegan un rol más evidente que el intelecto o la voluntad. Este término cabe mejor en las relaciones filiales, como en este versículo. La razón por la revelación al Hijo de todas cosas que él mismo hace es que el Padre ama al Hijo con el amor que no retiene nada para sí mismo.

Jesús anticipaba realizar mayores obras que las que ya había hecho precisamente porque el Padre, por su amor al Hijo, le mostraría la gama total de sus propias obras. El resultado de mayores obras es que ellos quedarían asombrados. Vosotros es enfático y se refiere a los que cuestionaban la autoridad de Jesús. Él no tenía el propósito de asombrarlos por el hecho en sí, sino para llevarlos a creer en él; sin embargo, a veces sus obras asombrosas fueron el medio para despertar la fe (ver 14:11). En el resto del Evangelio Juan describe las mayores obras, a partir de los versículos siguientes donde se menciona el resucitar muertos y juzgar a los incrédulos. 

Los judíos no tendrían problema con la primera parte de la afirmación del v. 21, porque así se enseñaba en el AT (ver Deut. 32:39; 1 Sam. 2:6; 2 Rey. 5:7). Esta obra del Padre incluye la resurrección de alma y cuerpo y el tiempo presente de ambos verbos indica tanto el poder para hacerlo como también la continuación de tal operación. Resucita y da vida son dos aspectos de la misma operación, la primera se refiere al cuerpo y la segunda al espíritu o al ánimo de vida. Así también el Hijo da vida a los que quiere. 

La segunda parte de la afirmación es lo que enfurecía a los judíos, porque entendían que sólo Dios puede realizar esta clase de obra. Da vida en este contexto seguramente se refiere a la vivificación espiritual. Es obvio que da vida a los que quiere sería casi ininteligible si se refiriera a la resurrección de la tumba. El Hijo ciertamente quiere dar vida espiritual a todos los que creen en él; por otro lado, su voluntad es negársela a los que rechazan su oferta y se niegan a creer en el como el Hijo de Dios y Salvador del mundo. 

Tesoro bíblico
De cierto, de cierto os digo que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna. El tal no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida (5:24).

El argumento prosigue a la consideración del juicio, un oficio más elevado aún que el dar vida; los judíos consideraban que estaba reservado sólo al Padre. Esta es una idea nueva y radical, por cierto chocante para los judíos, más aún que la idea de que el Hijo da vida a los que él quiere. La primera negativa no lleva la idea de “ni aun” y la segunda, a nadie, intensifica el concepto, dejando el sentido de “no en absoluto”. La conjunción causal porque introduce la declaración como razón de la del versículo anterior. 

El Hijo tiene ambas autoridades, la de dar vida y la de juzgar, los dos oficios estando íntimamente relacionados. Él no quiere y no propone dar vida a los que se niegan a creer en él y tales personas, por este hecho, ya son juzgadas y condenadas. En efecto, ellos ya están muertos espiritualmente y él no les dará vida. El Padre ha entregado toda la prerrogativa del juicio en manos de su Hijo (ver Hech. 17:31), otra indicación de su deidad e igualdad con el Padre. 

En el v. 23, Jesús revela el para que o propósito por el cual el Padre le otorgó al Hijo el dar vida y juzgar, funciones que pertenecen sólo a Dios. El Padre deseaba que su Hijo recibiera la misma honra otorgada a él. La íntima relación entre el Padre y el Hijo, su representante personal, significa que el que honra a uno, honra también al otro, y el que deshonra a uno de los dos, deshonra al otro.

Nótese la doble afirmación de cierto, de cierto para iniciar este versículo (ver v. 19) con la que Jesús introduce aun otra verdad de suma importancia. Los verbos del tiempo presente, oye, cree y tiene, describen una actitud dinámica, relación personal y resultado vivificante que son actuales y perennes. La vida eterna que Jesús ofrece es una realidad que comienza ya en esta vida, y se extiende hasta la eternidad (ver 3:16, 36). 

Jesús sostiene que el oír su palabra y el creer en el Padre quien le envió son conceptos inseparables, casi sinónimos, y conducen a la vida eterna. Los dos destinos que el hombre escoge son condenación y muerte, por un lado, y vida, por otro; no hay un tercero. Jesús describe la salvación en otro lugar como nacer de nuevo o de arriba (cap. 3), pero aquí la misma experiencia se describe en términos de un traslado de la condenación y muerte a la vida, la cual se efectúa el instante que uno deposita su fe en el Hijo de Dios.

(2) El Hijo y el juicio, 5:25–29
Esta sección comienza con otro doble amén, amén, alertando a sus oyentes a todavía otra verdad que les conviene escuchar con atención. El término hora juega un rol importante en este Evangelio (ver 4:21, 23, etc.). Si no fuera por la expresión y ahora es, se pensaría que Jesús se refería a la resurrección física, después de la muerte física. 

Pero el contexto define que habla de los muertos espirituales quienes, cuando oyen la voz del Hijo de Dios y la aceptan con fe, entrarán en la vida eterna. En este Evangelio, Jesús se refiere a sí mismo solamente tres veces como el Hijo de Dios (ver 10:36; 11:4), pero Juan empleó la frase en el propósito del Evangelio (20:31) y sus enemigos la usaron al condenarlo por identificarse con este título (ver 19:7). Su título favorito es “Hijo del Hombre”, encontrándose unas 13 veces en Juan.

El porque, que traduce una conjunción causal con que se inicia la afirmación del v. 26, explica cómo es que el Hijo puede dar vida a los que él quiere. Según el AT, Dios es la fuente de toda vida (Sal. 36:9) y es él quien infundió el aliento de vida a los hombres (Gén. 2:7). La traducción de Goodspeed capta bien el sentido de la declaración de Jesús: “el Padre es autoexistente”. 

Su vida es inherente en su ser; vida es un aspecto esencial de su naturaleza. Por esta razón, los judíos no tendrían problema en la primera parte de esta declaración. Pero la segunda parte es lo que produjo cólera entre ellos. Entendieron que Jesús sostenía que el Padre había compartido con él la misma naturaleza de su ser (ver 14:6), una naturaleza que luego Jesús compartiría con los que creyeran en él (1 Jn. 5:11 s.). Este concepto los escandalizó.

El AT también describe a Dios como el juez de todas las naciones (ver Gén. 18:25; Jue. 11:27). Jesús repite lo dicho en el v. 22, pero agrega el concepto de autoridad. Antes la autoridad para juicio era exclusivamente la prerrogativa de Dios Padre, pero aquí ese derecho fue dado al Hijo. Por los elementos en esta sección (vv. 25–29) que repiten conceptos de la sección anterior (vv. 19–24), algunos sugieren que es esencialmente lo mismo dicho en otras palabras. Sin embargo, hay varios conceptos nuevos, inclusive la idea de derecho o de autoridad concedida. 

Puede ser, como afirman algunos, que esa autoridad fue dada a él por ser Hijo del Hombre, porque teniendo la naturaleza humana, además de la divina, estaría mejor equipado para juzgar a los hombres. Corroborando esta interpretación, en el texto griego se omite el artículo definido ante Hijo, resultando en un énfasis en su naturaleza como hombre. Sin embargo, más probable es que Jesús sólo está utilizando su título favorito que es equivalente al de “Hijo de Dios”. Siendo así, cumple la visión de la figura celestial de Daniel (7:13 s.) a la cual “le fue dado el dominio, la majestad y la realeza…”. 

Esto (v. 28) incluye todo lo que les había dicho hasta el momento: su igualdad con el Padre, la autoridad dada a él por el Padre para juzgar al mundo y compartir vida a los que creen en él. Es como si Jesús dijera: “Lo más asombroso está aún en el futuro. ¡No habéis visto nada todavía!”. La hora es la de la resurrección de los muertos del sepulcro, no la experiencia de salvación. Es una hora futura, indicando una resurrección literal; no dice “y ahora es” como en el v. 25. Siendo el juez de todos, buenos y malos, todos… oirán su voz.

La mejor prueba de que en el v. 29 se refiere a la resurrección literal, no la espiritual, es la expresión resurrección de condenación. Este pasaje y el de Hechos 24:15 son los únicos del NT que se refieren a la resurrección de los incrédulos. Este pasaje no enseña la salvación por buenas obras; los que hicieron el bien se refiere a los que confiaron en Jesús y recibieron vida eterna, la cual resultó en el hacer el bien, como este Evangelio enfatiza repetidas veces. 

El hacer el bien es la prueba de la integridad de los creyentes y llega a ser una consideración esencial en el juicio final cuando las ovejas serán separadas de los cabritos (Mat. 25:31–46; ver Apoc. 20:11–15). Godet observa que el artículo definido ante bien y mal indica el uso de ambos términos en sentido absoluto. La expresión practicaron el mal (ver 3:20) tiene como fondo el rechazar la vida que Jesús ofrecía, resultando en una vida inútil y mala. El término mal traduce una palabra griega (faulos5337) que aquí es lo opuesto al bien, pero en 3:20 lo opuesto es verdad, indicando que tiene la connotación de lo falso. Vincent llama la atención a la diferencia entre hicieron el bien, que puede referirse a un solo acto, y practicaron el mal, que describe una acción continuada.

(3) El testimonio del Hijo, 5:30–47. 
Uno de los temas predilectos de Juan es “el testimonio”. Buena parte del primer capítulo gira alrededor del testimonio de Juan el Bautista (1:19–34) y el de los primeros discípulos (1:35–51). En esta sección es Jesús mismo quien presenta testimonios para defender su reclamo de ser el Hijo de Dios y de tener autoridad divina. No pudo presentar credenciales como los líderes religiosos de su día quienes procedían de una familia de sacerdotes, o habían recibido una preparación para ser un rabí, o cumplían las demandas de la ley según la interpretación de las “autoridades”. Como un abogado en una corte legal, Jesús presenta las evidencias (testimonios) de su reclamo de ser Hijo de Dios.

Jesús repite la esencia del v. 19, en ambos versículos enfatizando su dependencia del Padre: allí en tercera persona singular (el Hijo), pero aquí en primera persona (yo). Jesús afirma que su juicio es justo por dos razones: no se inicia en sí mismo, sino en la voz del Padre y, por lo tanto, está en perfecta armonía con la voluntad del Padre. La implicación es que su juicio, siendo justo, es también divino. Nadie puede cuestionar el juicio de Dios; tampoco debe cuestionar el de su Hijo.

El pronombre personal yo (v. 31) es enfático y verdadero es lo opuesto de falso. Jesús afirma lo obvio, que ninguno puede dar un testimonio verdadero de sí mismo; debe proceder de otro. El testimonio que uno da de sí mismo podría ser verdadero, pero no válido, porque es subjetivo. Debe ser objetivo para ser válido. Inclusive, según la ley, dos o tres testigos son necesarios para establecer cualquier asunto (Deut. 19:15). Parece que 8:14 contradice lo que Jesús expresa aquí, pero allí el testimonio que él da es verdadero porque es corroborado por el Padre (ver 8:18).

El otro que da testimonio no es Juan el Bautista, sino el Padre. Pero el problema radica en que nadie ha visto, ni oído, al Padre dando testimonio del Hijo. A continuación, Jesús presenta tres testigos quienes se unen para establecer su autoridad: Juan el Bautista (vv. 33–35), las obras milagrosas (v. 36) y las Escrituras (37–40). En efecto, es el Padre quien da testimonio del Hijo por medio de estos tres testigos, siendo las Escrituras la forma más clara y explícita.

El pronombre personal vosotros (v. 33) es enfático. Jesús les recuerda que Dios les había dado a un profeta quien dio testimonio de él como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (1:29). Pero ellos no quisieron aceptar el testimonio que procedió del Padre por medio de Juan.

Ha dado testimonio traduce un verbo en el tiempo perfecto que connota resultados que continúan. Juan dio testimonio y ese testimonio permanece. Testimonio de la verdad se aclara más adelante como una referencia a la persona de Jesús quien es la verdad (14:6).

El v. 34 es algo como un comentario entre líneas. Otra vez el pronombre personal yo es enfático; pone en contraste a Jesús, quien no depende del testimonio que procede del hombre, con los judíos quienes, si hubieran recibido el testimonio de Juan, habrían sido salvos. De parte del traduce una preposición que habla de origen o procedencia. Aunque el testimonio de parte de Juan era inferior, por ser humano, hubiera sido válido y suficiente para apuntarles a ellos a la verdad en Jesús.

Ahora es Jesús mismo quien da testimonio de Juan el Bautista. El verbo era podría indicar que Juan ya había sido encarcelado o martirizado. En el texto gr. hay un artículo definido ante antorcha, quizás indicando el cumplimiento de una profecía dada a Zacarías (ver Luc. 1:76–79). Jesús mismo era la luz, pero Juan prendió su lámpara a la luz de aquél. Los judíos, inclusive los escribas y fariseos, salieron de Jerusalén y los alrededores para escuchar el mensaje novedoso y llamativo de Juan. Al principio lo recibieron gustosos, pero pronto se cansaron, o se indignaron, por su insistencia en el arrepentimiento y su testimonio de Jesús como el enviado de Dios.

En los vv. 36–40 se destaca el testimonio del Padre: por las obras asignadas a Jesús y por la revelación en las Escrituras que ellos no estaban dispuestos a aceptar. Otra vez Jesús enfatiza su posición con el pronombre personal. Por más grande que fuera Juan, mensajero del Padre y elogiado por Jesús, su testimonio no logra establecer finalmente la autoridad de Jesús. También, otra vez Jesús aclara que no obraba independientemente del Padre. 

Las obras se refieren a sus milagros, pero también al perdón de pecados, el dar vida a los muertos espiritualmente y el juzgar a los incrédulos. Las obras que el Padre me ha dado para cumplirlas (ver 3:35) aclara la procedencia de todo su ministerio. Jesús recibía órdenes del Padre y procedía, como Hijo obediente, a cumplirlas. Las obras llevaban “la estampa” de divinas, no sólo por su procedencia, sino por su misma naturaleza. Por esta razón, Juan llama “señales” a los milagros porque apuntaban a Jesús como el Hijo de Dios. 

Recién Jesús había enfatizado “las obras” del Padre que él realizaba, pero ahora (v. 37a) se refiere al Padre mismo. Ha dado testimonio traduce un verbo en el tiempo perfecto, indicando que ese testimonio del Padre sigue en pie (1 Jn. 5:9). El testimonio del Padre podría referirse a sus pa- labras cuando Jesús fue bautizado (ver 3:16 s.), pero sólo Jesús y quizás Juan las habrían oído. Más probable es que tendría en vista todo el testimonio del AT. 

Esta seguridad de ser el enviado del Padre sostenía a Jesús frente al rechazo y oposición de los judíos. Jesús señala dos razones por la ignorancia de los judíos (v. 37b) en cuanto a su persona: no habían oído la voz de Dios, aunque Moisés sí la había oído (Éxo. 33:11); y no habían visto la apariencia de Dios, pero Jesús dijo que “el que me ha visto, ha visto al Padre” (14:9). En efecto, les acusa de total ignorancia de Dios y su misión en el mundo por medio de su Hijo.

La tercera acusación que Jesús lanzó a los judíos es que la palabra de Dios no moraba en ellos. Ellos pretendían ser los únicos custodios e intérpretes de las Escrituras. La tenían en su mente, quizás, pero no en su corazón (Sal. 119:11). Podían citar largos pasajes de memoria, pero erraban en la interpretación y aplicación. La prueba de esta afirmación es que no creían en el representante personal que el Padre había enviado; más bien lo habían rechazado y ya habían decidido eliminarlo. Hovey comenta que esta acusación a los judíos habrá caído como la de Natán a David: “Tú eres aquel hombre” (2 Sam. 12:7).

Jesús se ubica en la posición del maestro quien manda a los alumnos a volver al texto para encontrar la lección céntrica que ninguno había captado en la preparación para la clase. El verbo escudriñad, interpretado aquí como un imperativo, tiene dos opciones: o imperativo (escudriñad) o indicativo (escudriñáis). En el gr. las dos formas se escriben igual y el contexto normalmente determina cuál corresponde, pero aquí se admite cualquiera de los dos. 

No estaban equivocados en pensar que el camino para la vida eterna se encontraba en las Escrituras; su error fatal era el de pensar que la lectura y aprendizaje de ellas, de por sí, aseguraba la vida eterna. Plummer comenta que los escribas hacían un estudio meticuloso de la palabra escrita, pero dejaron de ver la “Palabra viviente” revelada en ella. El mandato no es leerlas, ni aprenderlas de memoria, ni aún estudiarlas, sino escudriñarlas. Duele pensar en el enorme tiempo que los escribas dedicaban a la lectura, sin captar la verdad. Ese peligro también existe hoy en día.

Encontramos en el Evangelio de Juan lo que se llama “tonos trágicos”, como aquí (v. 40) y en 1:11. El gran Médico presenta su diagnosis del grave mal que afectaba al pueblo judío en general, comenzando con los mismos líderes religiosos. No era falta de revelación, ni falta de oportunidad, sino de su “no querer”. 

En el fondo de toda persona que rechaza a Jesús y su mensaje, habiendo tenido la clara presentación del evangelio y la oportunidad de responder, está el eterno “no querer”, la voluntad contraria. La tragedia consiste en que Dios ha provisto todo lo necesario para que toda persona tenga vida eterna y abundante en su Hijo y, sin embargo, la mayoría la rechaza, resultando en su propia condenación. 

La situación se compara con el caso de un médico que ofrece a un moribundo una medicina para una cura instantánea, y el moribundo la rechaza. Aquí se muestra la voluntad del hombre como libre para aceptar o rechazar la oferta de Dios. El hombre tiene sólo dos opciones: creer en y obedecer a Cristo; o no creer en Cristo y desobedecerlo.

Jesús introduce otro elemento que comprueba su reclamo de ser el Hijo de Dios. Gloria (v. 41) significa algo como “estima” o “alabanza”. No era guiado por el deseo de congraciarse con la gente y recibir su aplauso. Antes había dicho que no recibía el testimonio de parte de los hombres (v. 34), pero ahora rehúsa la gloria. Parece que él está anticipando la objeción de que su queja con ellos tenía que ver con su deseo del aplauso del hombre. Ellos sí buscaban la gloria de los hombres, pero él no la quería, no la necesitaba, no la buscaba y no la recibiría. 

El verbo conozco (v. 42) está en el tiempo perfecto y significa: “he conocido” y, por eso, “sigo conociendo”. Jesús conocía lo que estaba en sus corazones, como en el caso de la mujer samaritana y de muchos otros (ver 1:47, 50; 2:24, 25; 4:17, 18, 48; 5:14). Les había acusado de ignorar el mensaje central de las Escrituras, siendo ellos los encargados de guardarlas, enseñarlas e interpretarlas. 

Tampoco tenían la palabra permaneciendo en ellos (v. 38). Avanza a un paso más serio; antes les acusaba de ser carentes de “querer” (v. 40), aquí carentes del amor de Dios. Amor de Dios en el gr. puede ser objetivo o subjetivo. Puede ser el amor de ellos dirigido a Dios (objetivo), o el amor que procede de Dios y se manifiesta en ellos (subjetivo), o puede incluir ambos énfasis. De cualquier manera es una acusación fuerte para personas que dedicaban sus vidas a lo que pensaban era obediencia de las Escrituras y el servicio a Dios. Seguramente esta acusación les tocó hondo, al pensar en el mandato de “amar a Dios con todo el corazón…” (Deut. 6:5).

Jesús había presentado sus credenciales: el testimonio de Juan el Bautista, de sus obras y del mismo Padre, Creador del universo y la última autoridad y, a pesar del peso de estas evidencias, todavía lo rechazaban (ver 1:5; 8:42; 10:25). El tono trágico del v. 40 sigue a través de esta sección. 

En su propio nombre se refiere a otros que pretendieron ser el Mesías de Dios. Plummer comenta que hubo por lo menos 64 falsos mesías que se han contado, cada uno recibiendo la bienvenida de seguidores. El énfasis en la construcción del texto gr. con el doble artículo es interesante: “si otro viniera en el nombre que es el suyo propio…”. Jesús no vino en su propio nombre, con promesas exageradas, procurando su propia gloria, sino simplemente en el nombre y para la gloria de su Padre. 

Jesús presenta otra vez su diagnosis de la condición espiritual de los líderes religiosos (v. 44): un sostenido y profundo orgullo personal. Para ellos, los que buscaban su propia gloria, que es al fin vanagloria, el creer en aquél que buscaba sólo la gloria del Padre (ver 17:1–5) sería imposible. El orgullo sería una barrera eficaz a la fe en Jesús. Ellos se habían encerrado en su propia incapacidad de creer. Para poder creer en Jesús, tendrían que experimentar un cambio radical en su manera egoísta de ver las cosas. Una de las características más destacadas de los líderes religiosos, manifestada en los cuatro Evangelios, es su afán para la vanagloria.

En los vv. 45–47 Jesús, en efecto, arranca de las manos de los judíos la base de su autoridad y confianza: el testimonio de Moisés. Acusaré, siendo un verbo en el tiempo futuro, parece referirse al juicio final. Hay dos razones por las cuales Jesús no tendría que ser el acusador en ese entonces:

1) el acusador será Moisés y 
2) Jesús será el juez (vv. 22, 23, 30), no el acusador. 

Los escribas habían dedicado toda su vida al estudio e interpretación de la ley de Moisés, agregando una infinidad de reglas a base de esos escritos. Por otro lado, los fariseos eran ultraconservadores y celosos hasta la médula en imponer esas reglas legalistas al pueblo. En vez de ser su defensor, como ellos pensaban, Moisés sería su acusador. ¡Qué sorpresa para ellos y qué reacción violenta produciría esta afirmación de Jesús!

El v. 46 confirma el versículo anterior y explica la razón por la cual Moisés será el acusador de los judíos en el juicio final. El término porque traduce una conjunción causal que a su vez introduce la frase. 


Las profecías de Moisés (ver Deut. 18:18) se cumplieron en Jesús (ver Luc. 24:27, 44) y ellos, pretendiendo ser los intérpretes oficiales de Moisés, ignoraban el mensaje central de sus escritos. En efecto, Jesús les acusa de no creer lo que Moisés escribió. Con esta afirmación, Jesús reconoce la autoridad del Pentateuco como escrito por Moisés e inspirado por Dios y acepta las profecías mesiánicas como refiriéndose a sí mismo.

El v. 47 establece una comparación y relación estrecha entre sus y mis, entre lo escrito (de Moisés), y lo dicho (de Jesús), pues Jesús no dejó escritos. El Pentateuco, que incluye la ley de Moisés, tenía el propósito de despertar en los hombres una conciencia de sus pecados y así prepararlos para buscar el perdón en Cristo (Gál. 3:24). Sin embargo, no tuvo ese efecto en los que rechazaban a Jesús.


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