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viernes, 27 de marzo de 2015

El hombre se evidencia como un ser físico, no es un robot, una estructura compuesta meramente de polvo y agua

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
 
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El concepto de la espiritualidad
La vida tal como la percibimos corporalmente se desenvuelve en un medio físico, el cual se experimenta a través del tacto, gusto, vista, oído y olfato. El tacto nos permite disfrutar de las texturas de las telas más finas, permitiéndonos asimismo evitar el contacto con un arbusto espinoso. El gusto brinda placer físico al paladar y nos advierte si el alimento está en mal estado. La vista estimula la vida con la percepción de la belleza y detecta obstáculos en nuestro camino. El sentido del oído nos transporta con música que eleva el espíritu y nos advierte acerca de peligros inminentes. El olfato nos atrae hacia la fragancia de la rosa y nos despierta repulsión por el olor del zorrino.
Estamos bien equipados para sobrevivir en el mundo físico en el cual nos encontramos y además, disfrutarlo. La estructura del cuerpo humano es notable, ya que contiene todos los sistemas necesarios para abastecer y mantener la vida corporal. Posee una increíble capacidad de adaptación a cambios climáticos, a dietas y a las distintas circunstancias. La concepción del cuerpo humano es totalmente asombrosa y resulta especialmente sorprendente al tomar en consideración los elementos comunes que lo componen.

Si bien el hombre se evidencia como un ser físico, no es ni un robot mecánico, ni una estructura compuesta meramente de polvo y agua. El hombre experimenta tanto placer como dolor; es capaz de amar y odiar, es atraído por una gran variedad de tentaciones que pueden llegar a controlar tanto su cuerpo como su mente. Ninguno de estos elementos coincide con la definición clásica de “racionalidad”, pero dan testimonio del hecho de que el hombre es un ser complejo, en donde confluyen tanto la mente como las sensaciones.

Las sensaciones, sus causas y orígenes, se encuentran más allá de toda comprensión humana. Las emociones y otros aspectos invisibles de nuestro ser atestiguan la presencia de algo que no puede explicarse en términos físicos. Cuando uno ama, experimenta emociones que no se encuentran en el terreno  de lo material. La  depresión puede ocasionarse debido a un desequilibrio químico que se produce dentro del cuerpo físico, pero el desánimo en mismo no puede verse a través de un microscopio. Cuando uno experimenta la muerte de un ser querido, entiende la diferencia inexplicable entre un cuerpo físico muerto y una persona viva.

Dentro de cada ser humano, se encuentran asimismo indicios de lo “espiritual”: …Al enfrentar la muerte, surge ante nuestros ojos la posibilidad de un reino espiritual…En lo profundo de nuestra desesperanza, es posible que un sentido de culpa debido a un acto pecaminoso, nos agobie…. Al observar el cielo estrellado, uno se pregunta: ¿quién creó todo esto?

¿Cómo se puede explicar la diferencia entre carne y espíritu? Esta inquietud supera lo que las palabras pueden aclarar, ya que ningún ser humano comprende en su totalidad la magnitud de ello. Simplemente sabemos que vivimos en un mundo en donde se entrecruzan la materia y el espíritu, lo visible y lo invisible, lo real y lo imaginario.

Razón y Fe

Ahora que ha decidido comenzar el viaje, a esta altura usted sólo ha acordado en explorar si la fe es o no racional.


El viaje comienza con el lado “racional” del hombre, porque el cerebro humano, dentro de nuestra persona nos conecta con las experiencias del mundo. El cerebro procesa información suministrada por los cinco sentidos. Controla la habilidad motriz y las emociones; nos permite aprender, evaluar y juzgar; es capaz de concebir planes creativos y a largo plazo. También permite retener y perfeccionar conocimientos prácticos de la vida; alberga a la conciencia y nos abre una ventana al mundo de lo invisible. La maravillosa mente humana provee la capacidad de percibir al mundo que rodea nuestra estructura física. Seguramente, aún queda mucho por aprender acerca del universo o simplemente está fuera de nuestro alcance. Si tenemos en cuenta que la mente humana es capaz de razonar acerca del plano físico, emocional y espiritual, es evidente que los pensamientos relacionados con estas cosas son “racionales”

Debemos admitir al tratar este punto, que nosotros como seres humanos, distinguimos entre la mente de un niño y la de un adulto, entre una mente saludable y una mente enferma y entre una conducta normal y otra anormal. Reconocemos muy bien las aberraciones en la mente de: un asesino reincidente, una persona mayor demente y del mentalmente inestable. Para nuestros fines, se supone que cuando hablamos de la razón y la fe, hablamos de una mente saludable. El fundamento de este estudio apunta a una búsqueda legítima de la espiritualidad que sólo una mente humana totalmente racional puede emprender. La mente consciente es la que determina si la búsqueda de la espiritualidad encierra algún mérito. De hecho, dicha decisión no determina el verdadero valor de lo espiritual, sino que determina la elección en pos de su búsqueda.

Si sabemos que, con la misma facilidad, una mente sana es capaz de comprender y responder al plano espiritual que a una percepción sensorial, entonces la idea de la “fe” en lo invisible no es irracional. En realidad, la fe depende de un proceso racional, si bien no puede definirse en el hombre como una creación del pensamiento racional.

a.   Racionalidad Humana. La palabra “Racional” sugiere el uso de la razón como una función. El significado esencial del término hace referencia a lo que la mente humana puede deducir. En consecuencia, la definición de racionalidad depende de un razonamiento circular, del criterio humano y de un sistema cerrado. En lo que respecta a la expresión “razonamiento circular”, el racionalismo asume que hay límites de información que el cerebro puede generar. La racionalidad se define frecuentemente al considerar estas propias limitaciones. La racionalidad requiere del criterio humano” en lo que respecta a qué es “razonable”. El criterio humano es el que decide qué estado de ánimo determina la cordura, la sensatez, la coherencia y la normalidad. El racionalismo funciona como un sistema cerrado” al admitir solamente categorías autoimpuestas de la realidad. Las preguntas que deberemos tener en cuenta al aplicar el pensamiento racional son las siguientes: ¿La concepción de la realidad supera los límites del cerebro? O bien, más allá del campo cerebral, ¿existe algún otro plano que el cerebro sólo puede imaginar?

El cerebro humano. El cerebro es el único órgano dentro de nuestro ser que nos permite percibir la realidad física y metafísica. Es el medio a través del cual uno asimila lo espiritual. Lo físico y lo metafísico no existen porque la mente humana los conciba. Se hallan fuera de la imaginación humana. El cerebro simplemente responde a una percepción de la realidad.

A simple vista, el cerebro humano posee una apariencia similar a otros órganos: el corazón, los pulmones o el riñón. Desde el punto de vista físico, no posee nada especial. Puede ser descripto y pueden llegar a proyectarse distintas teorías acerca de su función. No obstante, el cerebro en sigue siendo un misterio. Mientras el cuerpo humano esté con buena salud, funcionará. Cuando el cuerpo muere, el cerebro muere. Si entendemos o no lo anteriormente evaluado, el hombre es de por un ser racional.

Los límites de la razón. La racionalidad con frecuencia se describe como lo opuesto al fenómeno espiritual, como si el conocimiento o un estado de conciencia acerca de algo no existiese aparte de los cinco sentidos. Esta definición de “racionalidad” puede encontrarse en muchas disciplinas, incluyendo la ciencia, la antropología y las religiones comparadas. Los eruditos que aplican la teoría evolutiva a sus disciplinas tienden a eliminar el rol de Dios y explican la vida totalmente en términos físicos. Desde este punto de vista evolutivo, la existencia del mundo excluye a Dios del acto creativo y niega su intervención en los asuntos humanos. Asimismo, la concepción evolutiva del desarrollo de la civilización humana tiende a tratar los valores y la moral  como invenciones puramente humanas, surgidas de la necesidad de sobrevivir. De modo similar, el enfoque racionalista de la religión tiende a afirmar que las circunstancias dependen de los esfuerzos humanos por manejar los problemas inherentes al mundo físico. Y al actuar de ese modo, este tipo de pensamiento racionalista hace que lo espiritual se halle a merced de sus propias categorías preconcebidas. Por lo tanto, el intelecto intenta controlar lo espiritual. Y bien, el hombre se convierte en “dios”, al establecer las normas, controlar su propio destino y juzgar lo bueno y lo malo.



Un desafío al enfoque puramente racionalista (es decir, basado en la mente humana) puede lanzarse en forma de pregunta: ¿Cómo llegó el hombre hasta este punto? ¿Cómo se ganó el derecho de fijar normas para mismo y para todos los demás cuando en realidad no tiene el control sobre cuestiones de vida o muerte? Él no crea la vida, ni tampoco posee la capacidad de volverse inmortal. También se rinde ante los elementos materiales que limitan su entorno. El verdadero tema relativo a la racionalidad humana es el siguiente: ¿Es la mente humana la autoridad definitiva en lo que respecta a cuál es la auténtica realidad?
Hasta este punto, hemos solamente establecido que el hombre es un ser racional. Como tal, es capaz de tener sentimientos y emociones y de imaginar otro plano de fuerzas invisibles inteligentes. Él es, por lo tanto, capaz de abordar el mundo invisible, las emociones, las necesidades espirituales básicas, el aislamiento y la eternidad. Los pensamientos íntimos del hombre desafían la idea de que “¡todo lo que existe… es lo que ves!” Asimismo el universo físico continúa siendo un enigma que hace suponer la existencia de cierta influencia o intervención externa.


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Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6