Páginas De La Biblia Dice

Páginas

Pages

lunes, 9 de julio de 2012

Las Parabolas: Las enseñanzas de nuestro Rey y Señor Jesucristo

biblias y miles de comentarios
 
LA PARADOJA DEL PERDÓN
LUCAS 18:9–14
A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.
Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido (Lucas 18:9–14).
Una tarde, Paco y Pepe fueron a la iglesia. Paco la conocía bien. Había crecido en aquel lugar ¿no? Había ido a la escuela dominical desde los tres años y todo eso. Sabía que sus padres estarían también allí, en alguno de los bancos, observándole disimuladamente, y quería asegurarse de que le vieran. Por tanto, se levantó y se sentó en la primera fila. Inclinó su cabeza y cerró sus ojos durante unos momentos. Había visto a papá hacerlo; sabía que así parecía santo.
Paco se tomaba la religión muy en serio, ¿sabes? Llevaba una biblia grande y se sabía todos los cánticos. Le gustaba dar una imagen de joven de elevados principios. A diferencia de muchos de sus compañeros, él nunca había sido consumidor de alcohol o de tabaco. También era extremadamente estricto en cuestiones sexuales. Nada de echarse a perder a escondidas. Él y su novia tenían conversaciones intelectuales sobre vegetarianismo y sobre la energía nuclear. En vez de ir a la discoteca, iban a las reuniones de oración en casa del líder de jóvenes.
Cuando Paco reflexionaba sobre su vida en aquellos momentos, antes de que comenzara el culto, rebosaba satisfacción interior. ¡Qué alentador es saber que eres un buen cristiano! Nada que confesar, nada por lo que avergonzarse, nada …
¡Vaya desgracia, no puede ser! Por el rabillo del ojo había visto una figura familiar que acababa de entrar en la iglesia detrás de él. Se dio cuenta extrañado de que era Pepe. ¿Se puede saber qué estaba haciendo allí? ¡No tenía derecho a ir a la iglesia, el muy hipócrita! Pero; si hubiera podido leer la mente de Pepe, se habría dado cuenta de que esto era lo mismo que él pensaba.
¿Qué derecho tenía a estar en la iglesia? No había asistido durante años. De hecho se sentía muy incómodo en aquel lugar. Miraba alrededor con nerviosismo, como si esperara que alguien con autoridad apareciera en cualquier momento para decirle que no pintaba nada allí. No sabía dónde sentarse, o si había que seguir algún ritual especial antes de comenzar. ¿No hacían los cristianos la señal de la cruz antes de sentarse en la iglesia? ¿O ésa era una costumbre musulmana? No se acordaba. Finalmente, se deslizó silenciosamente en la última fila. «¡Oh, no! Paco está ahí delante y me ha visto—gimió en su interior—, ahora ya no podré ocultar esto en el vecindario». Se desplomó, cruzó las piernas bajo el banco y puso la cabeza entre sus rodillas, tratando de esconderse.
Como habréis adivinado, Pepe no era un tipo religioso. De hecho tenía reputación de ser un poco gamberro. Si había algún problema con la policía, podías estar seguro de que él estaría en medio. Sus dedos estaban manchados de nicotina y en su aliento se detectaba el típico olor de la cerveza. Había estado en el bar de la esquina sólo cinco minutos antes.
¿Cómo es que había ido a la iglesia? ¿Se debía a la bronca que había tenido aquella mañana en casa, por haber vuelto a robar a la criada de su madre? ¿O era debido a aquella sensación de humillación como resultado de la torta que Julia le había dado la noche anterior, mientras le decía en cuatro palabras que saliera de su vida, ya que había descubierto que también se acostaba con Carmen? Sí, se trataba de ambas cosas y a la vez de ninguna de ellas. Había intentado, sin éxito, ahogar sus sentimientos en aquella botella, pero había salido con una sensación terrible de lo sucio que era y el tremendo caos que había a su alrededor. De repente, sentado en la última fila, el sentimiento de culpa y de vergüenza llenaron sus ojos de lágrimas, le hicieron enrojecer y se le hizo un nudo en la garganta. «Ay, Dios mío»—murmuró en silencio, mesándose los cabellos—Ay, Dios mío».
Os digo que fue Pepe, y no Paco, quien aquella noche volvió a su casa siendo creyente.
Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. (Lucas 18:14)
Ya hemos dicho antes que una de las grandes dificultades que nos encontramos al leer las parábolas en la actualidad es lo difícil que resulta experimentar la impresión que sin duda produjeron en los oyentes originales de Jesús. A menudo, lo familiarizados que estamos con estas historias las ha despojado de la fuerza que tienen, de su aguijón.
Tomemos la historia del buen samaritano que estudiamos en el capítulo 2. La sola palabra «samaritano» se ha convertido en sinónimo de bondad. Por lo tanto, cuando Jesús nos dice que fue el samaritano quien se detuvo a ayudar al hombre herido, no nos sorprende, y menos aún nos violenta en absoluto. No nos quedamos sin aliento por la mera mención de ese término, como sin duda ocurrió cuando se contó la parábola por primera vez. Los martillazos a los prejuicios de los oyentes originales de Jesús se reducen en nuestro caso a caricias alentadoras de un padre. Lo sabemos todo acerca de los buenos de los samaritanos.
Lo mismo ocurre en el caso de la parábola que estamos viendo en este capítulo. La he relatado en términos modernos en un intento de ayudarnos a sentir de una forma más poderosa la contradicción que representa para las expectativas convencionales.
Pensemos en ello por un momento. Dos hombres asisten al templo para orar. Evidentemente, una decisión muy loable—pensaríamos. Ambos vienen a orar y ambos se marchan a casa creyendo sinceramente que han orado. Pero la lección extraordinaria que encontramos en esta parábola es que, mientras unos de ellos se había encontrado con Dios de verdad en su tiempo devocional, el otro, a pesar de albergar buenas intenciones, mantuvo un soliloquio consigo mismo durante todo el tiempo que había estado en el templo.
El texto que nuestra versión traduce como «oraba consigo mismo» (versículo 11) puede ser traducido como «oraba a sí mismo». Su oración era en realidad un soliloquio. Sólo eso ya es suficiente para preocuparnos ¿no? Jesús está diciendo que es posible asistir a la iglesia pensando que te vas a encontrar con Dios y marcharte creyendo que así ha sido y, sin embargo, haberte estado engañando todo el tiempo. Esto supone un tremendo desafío para la realidad de nuestra propia experiencia espiritual.
Pero hay algo aun más paradójico. Y aquí es donde el lector moderno se pierde el elemento escandaloso de la historia. Porque Jesús nos dice que el hombre cuya oración fue escuchada era un publicano. Para nosotros eso no supone una sorpresa. En nuestra sociedad, los delegados de hacienda—hablando en términos generales—son una autoridad. A veces se hacen chistes sobre ellos, pero nadie cuestiona su respetabilidad.
Pero no era éste el caso de aquel publicano. En tiempos de Jesús, los recaudadores de impuestos eran seres despreciables, traidores criminales que colaboraban con el imperio romano, que se enriquecían a costa de explotar a sus compatriotas. Podemos pensar en alguno de los oficiales franceses que llenaron sus bolsillos en los días de la ocupación a base de darles coba a los nazis, para experimentar cómo se sentían los judíos ante un publicano del primer siglo. No inventaban chistes sobre ellos, los linchaban. Los insultaban cuando pasaban a su lado y maldecían el terreno que pisaban. Sin embargo, Dios oyó la oración de aquel hombre, una persona a la que no se debería escuchar en miles de años, a quien habría que abandonar.
Por otro lado, Jesús nos dice que el hombre que se fue a casa sin haber sido escuchado era fariseo. De nuevo, como lectores modernos podemos fácilmente perdernos lo que esto implica. Porque, igual que desde pequeños hemos oído hablar de los samaritanos como los buenos, sabemos que los fariseos son los malvados. En cuanto Jesús identifica a este hombre como fariseo, sabemos que él es el malo de la película. A nuestra mente afloran toda clase de asociaciones negativas y dañinas ante la sola mención de la palabra «fariseo».
De nuevo hemos de decir que ésta no fue la reacción de los oyentes originales de Jesús. Porque el fariseo era el hombre de iglesia, el estudioso de la Biblia; fundamentalista en su punto de vista acerca de las Escrituras, escrupuloso en la observancia de la ley de Dios, un patriota, un filántropo, un modelo de santidad, alguien que apoyaba con entusiasmo los movimientos en pro de la vida y del día de reposo, como la Mayoría Moral.
No podemos permitirnos que esta parábola deje de impresionarnos. Jesús tiene algo de vital importancia que enseñarnos sobre la verdadera naturaleza de la religión, de la oración, de la culpa, de la justicia; y no debemos permitir que nuestras imágenes del recaudador de impuestos del siglo veinte y de los fariseos nos hagan perder la fuerza de sus advertencias.
Por tanto, procuremos adentrarnos bajo la superficie de esta parábola metiéndonos en el pellejo de los oyentes originales de Jesús y beneficiándonos de ello.
En primer lugar, hagámonos una pregunta: ¿Qué es lo que estuvo mal en la oración del fariseo y bien en la del publicano, como para que la consideración que Dios hizo de ellos discrepara de manera tan radical de lo que nosotros podríamos esperar? No creo que la respuesta sea difícil. Fijémonos en cómo comienza el fariseo: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres».
Imaginémonos a un hombre que va al médico y le dice: «Doctor, quiero que sepa que tengo una salud excelente; mis pulmones funcionan perfectamente, mi tono muscular es ideal, mi aparato digestivo no podría funcionar mejor, mi circulación es de primera, no tengo infecciones, ni dolencias, ni enfermedades. En pocas palabras, doctor, a diferencia del resto de especímenes que tiene en su sala de espera, no hay nada en absoluto en lo que yo tenga problemas».
¿Qué puede decirle un médico a alguien así? Este hombre se marcharía de allí igual que había entrado, sin recibir ningún beneficio. La visita no sirve para nada, salvo para posar en un desfile de modelos de belleza médica. No había nada que pudiera recibir, porque no pedía nada. ¿Y por qué no pedía nada? Porque no tenía necesidad.
Si hubiera permitido que el médico le examinara, puede que su confianza hubiera disminuido. Puede que aquél le hubiera dicho: «Tiene la tensión un poco alta, debe hacerse algunas pruebas, si yo fuera usted iría a que el dentista me examinara la boca, o ¿sabía usted que es diabético?»
Pero la confianza que el hombre tenía en sí mismo era tal que no permitió al médico examinarle. La ausencia total de necesidad hizo que su asistencia a la clínica estuviera de más.
Eso es exactamente lo que Jesús quiere decir en otro lugar: «Los sanos no tiene necesidad de médico, sino los enfermos» (Mateo 9:12). Este fariseo es un ejemplo perfecto de esa observación. Fue al templo para felicitarse a sí mismo por su salud espiritual y moral. Agustín dice muy sabiamente de él: «Dices que lo tienes todo, que no necesitas nada. ¿Para qué vienes a orar?» No había ido a orar, sino a presumir. Sólo era un exhibicionista que se dedicaba a jactarse.
Sospecho que el publicano era consciente de a quién se dirigía aquella «oración» del fariseo. Está claro que le miraba por encima del hombro. No tenía intención de ayudarle. «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano». Se trataba de una indirecta deliberada. Pero estaba acostumbrado a ese tipo de insultos. No le ofendían, ¿por qué iban a hacerlo? Sabía que se los merecía, no se hacía ilusiones en cuanto a su condición moral y espiritual, era dolorosamente consciente de la enfermedad de su alma. Sabía que estaba destinado al juicio.
Y, por esta razón, en sus labios no escuchamos expresiones de felicitación propia o de gratitud fingida. Siente su necesidad. Se golpeaba el pecho sintiéndose fatal, un gesto que ningún judío llevaría a cabo salvo en momentos de profundo dolor emocional. Prorrumpe en tres gritos entrecortados fruto de su tortura interior. «Dios, sé propicio a mí, pecador». Literalmente, lo que dice es «el pecador», porque en ese momento se siente el único pecador del universo. No obstante, según Jesús, ésa es la clase de oración que Dios escucha. Ese tipo de adorador vuelve a casa siendo una persona diferente, mientras que el orgulloso y complaciente, a pesar de todas sus elocuentes súplicas, se marcha de la casa de Dios exactamente en el mismo estado de no aceptación en el que llegó. Nos recuerda las palabras de María: «A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos» (Lucas 1:53).
Esta cuestión de la necesidad personal puede ser muy bien un tema que a muchos nos provoque. ¿Hasta qué punto tenemos hambre de Dios? ¿Hasta qué punto anhelamos su gracia?
En años recientes se ha hablado mucho de la renovación de la alabanza en la iglesia; de hecho fue el tema principal de discusión cuando fue nombrado el presente arzobispo de Canterbury. Pero me parece que mucha de esa controversia tiene que ver con cosas que le interesaban al fariseo, y no al publicano. Tiene que ver con asuntos de formas externas. ¿Qué tipo de música: himnos tradicionales o cantos modernos? ¿Qué clase de atmósfera: tranquila e incitadora a la meditación o ruidosa y que sea de ánimo? ¿Cómo ha de ser la participación congregacional: pasiva y restringida o activa y abundante? ¿Qué grado de improvisación: la liturgia fija del libro de oración común o la improvisada espontaneidad carismática? Éstos son los temas que discutimos. Sinceramente, aunque esa clase de debate sirva para conseguir cambios importantes en el estilo de la alabanza, no estoy nada convencido de que tenga algo que ver en absoluto con la renovación de la alabanza en un sentido espiritual.
Charles M. Schulz, el caricaturista de Peanuts, sugirió hace treinta años que la mayoría de la gente que asiste a la iglesia los domingos lo hace con los mismos sentimientos con que va al teatro; sencillamente, para disfrutar de lo que dan. Y, en mi opinión, tenía toda la razón. Lo único que él no apuntaba es que existen diferentes clases de entretenimiento y que la expresión de nuestro disfrute varía según la naturaleza del evento. Schulz tiene mucha razón en que algunas clases de personas vienen a la iglesia para sentarse pasivamente y escuchar como si estuvieran en el teatro. Pero hay otros que vienen con la misma actitud con que asistirían a un partido de fútbol. Y hay otros que asisten con la misma actitud con la que irían a una discoteca. Vengan con la actitud que vengan, no obstante, todos asisten para disfrutar de lo que se les de. El estilo de la alabanza que se practica en la iglesia no sirve de base para juzgar la espiritualidad de aquellos que están participando en ella. Aquellos de nosotros que hemos viajado sabemos que el estilo de la alabanza viene muy determinado por la cultura. ¡Vé a una iglesia bautista de negros en algún lugar del sur de los Estados Unidos y después a una iglesia presbiteriana de Escocia, y compáralas! Pero la diferencia no tiene nada que ver con la autenticidad espiritual de los adoradores. Se trata de una diferencia cultural.
Lo que determina si tenemos una verdadera relación con Dios cuando asistimos a su casa a orar no es la música o la atmósfera, ni siquiera el grado de nuestra participación física. Pensar en la alabanza en esos términos es pensar como un fariseo judío, y no como un cristiano. Pero en la religión del nuevo pacto hay algo que no depende de las formas culturales: «Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren» (Juan 4:23).
¿Por qué fue escuchado aquel publicano? Porque tenía un corazón para Dios. Sentía la necesidad de Dios. Para él, la alabanza era cuestión de espíritu y verdad. Por eso fue a la iglesia; no para que le entretuvieran o, como el fariseo, para entretener a los demás. Fue allí como un hombre enfermo va al médico, porque sentía una profunda desesperación moral personal. Dios siempre escucha las oraciones de la gente así, sean quienes sean: ladrones, delincuentes, adúlteros. Incluso en el último momento escuchó la oración de uno de ellos en la cruz. Pero ignora y rechaza a aquellos que vienen a su casa como si estuvieran asistiendo al circo, simplemente para disfrutar de lo que está ocurriendo, como si vinieran a ver qué se hace.
Nunca tendremos una verdadera relación con Dios hasta que vayamos más allá del espectáculo religioso, hasta que sintamos la necesidad de la manera que llegó a sentirla el publicano. Entonces oraremos y obtendremos respuestas.
Eso nos lleva a lo segundo que Jesús quiere enfatizar en esta paradójica y breve historia: dos clases de culpa. Cuanto más pensamos en ello, más irónico nos parece: Allí tenemos al publicano sintiéndose culpable, mientras que Jesús dice que regresó a su casa justificado; y allí tenemos al fariseo sintiéndose inocente, pero Jesús indica que volvió a su casa condenado. Eso nos apunta una distinción muy importante: entre la culpa como experiencia emocional y la culpa como hecho objetivo. Y en este corto relato vemos que la presencia o ausencia de la primera no necesariamente implica la presencia o ausencia de la segunda.
Todos sabemos que existe algo denominado culpa irracional, culpa desproporcionada por algo equivocado que hemos hecho. Los psiquiatras se encuentran continuamente con ese tipo de ansiedad. Pero lo que mucha gente olvida hoy es que es igualmente posible no sentir culpa en absoluto cuando, de hecho, deberíamos sentirnos culpables. Una conciencia ancha puede ser psicológicamente inocua. Puede reducir nuestro nivel de estrés. Estoy seguro de que el fariseo estaba mucho más relajado y tranquilo consigo mismo que el publicano. Y, sin embargo, en términos espirituales esa conciencia ancha es tremendamente peligrosa.
Porque existe algo llamado verdadera culpa. La culpa no es sólo un sentimiento; es una realidad. Por desgracia, el sentimiento y la realidad no siempre van unidos.
En nuestra generación cada vez más informada sobre psicología, no debemos permitir que la realidad objetiva de la culpa se vea oscurecida.
Hace varios años tuve una discusión con unos estudiantes ingleses de Enseñanza Secundaria que estaban comentando el Macbeth de Shakespeare. Nos referíamos a la escena en que Lady Macbeth, después del asesinato, es atormentada por la ansiedad que le produce la imagen de la sangre que ve adherida a sus manos. Lo que me impresionó fue su reacción casi unánime: No dijeron: «aquí tenemos a una criminal tremendamente convencida de su pecado y que necesita urgentemente sentirse perdonada», sino «aquí tenemos un caso patético de alguien excéntrico, con verdaderos problemas mentales, que necesita urgentemente ayuda psiquiátrica».
En el siglo veinte, la culpa ha dejado de formar parte de la experiencia humana normal. Se ha convertido en algo considerado patológico. Es un síntoma de enfermedad emocional o de anormalidad mental, y no una respuesta moral adecuada debido al pecado personal. Ya no se envía al individuo con remordimientos de conciencia al sacerdote en busca de la absolución, como se hacía antes; se le envía al psiquiatra para que le de un tratamiento. Y cada vez hay más gente que piensa que la iglesia misma no es más que una forma alternativa a ese tratamiento. Van a la iglesia para sentirse mejor consigo mismos, para sentir que están bien.
Sugiero que ésa era precisamente la función de la piedad farisaica. Su religión era sólo una forma de psicoterapia por medio de la cual se liberaban de sus sentimientos de culpa. Fijémonos en las tres técnicas obvias que utiliza.
En primer lugar, se especializa en la obediencia negativa. Ya hice referencia a esto en relación con el comportamiento del sacerdote y del levita de la historia del buen samaritano. Aquí lo tenemos de nuevo. Nuestro fariseo se consuela a sí mismo con todos los pecados que no había cometido, como el robo y el adulterio. Esto siempre es bueno para la paz de nuestra conciencia; porque es evidente que esa obediencia negativa crea una pantalla de humo que nos conviene, detrás de la cual podemos ocultar los muchos pecados que hemos cometido.
Es la clase de actitud que, como dijimos en nuestro segundo estudio, está en el trasfondo de mucha de la evasión de responsabilidad social que se da hoy día. Hace que la gente sea capaz de ver un asesinato en la calle de una ciudad y no hacer nada, porque ellos no son los que empuñan la navaja.
Y, a propósito, también es la razón de que mucha gente tenga una imagen de la religión como algo que nos fastidia la existencia, por todos aquellos «no debes». Muchos piensan que Dios es un aguafiestas que se dedica a prohibir y que quiere que dejemos de hacer todo lo que deseamos. Joy Davidman cuenta una preciosa historia de un misionero que intentaba que se convirtiera un jefe africano. Cuando se le dijo que había una larga lista de pecados que estaban prohibidos por la moralidad cristiana, respondió que él era demasiado viejo como para cometer cualquiera de ellos. «¡Por tanto, debe de ser lo mismo ser un anciano que ser cristiano!»
Para muchos eso es exactamente lo que significa ser cristiano: ser un anciano, ser un carca pasado de moda, que se entrega a Dios porque el diablo ya no quiere nada de él. Consideran el cristianismo como algo sin vitalidad y sin alegría, el enemigo de todos los deleites. Y piensan así porque muchas personas religiosas están tratando de huir de la culpa definiendo la obediencia en términos puramente negativos.
En segundo lugar, se especializa en la obediencia legalista. Hace una lista de todas las inútiles buenas obras de supererogación que, en realidad, no tienen ninguna necesidad de hacer: Ayunar dos veces a la semana, cuando Moisés había dicho que una vez al año era suficiente; dar el diezmo de todas sus posesiones—incluso de los condimentos que tenía en la cocina para la comida—, cuando Moisés había dicho que lo adecuado era el diezmo de los ingresos.
De nuevo, este tipo de legalismo se convierte en un método clásico para evitar la culpa. Acumulando una buena cantidad de piedad superflua de esta clase, uno puede engañarse a sí mismo pensando que eso compensa los pecados reales que se puedan haber cometido. Es totalmente ilógico, claro está. No se puede compensar algo utilizando penitencias de este tipo. Es como ir al magistrado y decirle: «Sí, ayer iba conduciendo a 160 Km. por hora por la Calle Mayor. Pero, a diferencia de otros, no aparqué en zona prohibida. Ha de tener esto en cuenta».
Pues hay miles de personas religiosas que casi siempre van en este plan, preocupándose por los detalles triviales de sus vidas en un intento desesperado de camuflar y compensar un enorme monstruo de corrupción moral que saben secretamente que les acecha por dentro. Algunos hombres están muy orgullosos por el hecho de no fumar ni beber, otros son tremendamente perfeccionistas en sus aficiones, o adictos al trabajo. Algunas mujeres son fanáticas de sus casas, e intentan purgar su conciencia por medio del uso de desinfectante en el baño. Y, por supuesto, están aquellas interminables cantidades de personas religiosas que liberan su conciencia asistiendo a la iglesia, dando dinero para la caridad, orando, etc. Hay una clase especial de personalidad obsesiva que disfruta del ritual, de la disciplina, de la negación de uno mismo y de ese tipo de cosas. Un estilo de vida ascético y puritano es una forma de estar orgullosos de sí mismos.
Y así eran los fariseos. Todo aquel comportamiento era impulsado por el deseo de evitar la culpa. Concentrándose en la observancia de pequeñas reglas y normas que nos ponemos a nosotros mismos—reglas que, aunque molestas, sabemos que si nos lo proponemos podemos cumplirlas—, se desvía nuestra atención de las grandes reglas propuestas por Dios, con lo cual nuestra obediencia no puede ser satisfactoria; y ya tenemos ahí una incombustible fuente de energía productora de ansiedad moral.
En tercer lugar, se especializa en la obediencia comparativa. «No soy como los otros hombres, como el publicano, por ejemplo»—dice el fariseo—. Esta estrategia de autojustificación nunca falla, porque siempre hay personas que son más culpables que nosotros. Por eso leemos las páginas de sucesos, para alimentar nuestra farisaica satisfacción propia. ¡Vaya, vaya!—nos decimos con un aire de autojustificación cuando leemos aquellos titulares tan tremendos—, ¿quién se iba a imaginar que alguien pudiera hacer algo así?» Lo que está implícito es que «yo nunca lo haría».
Nuestra censura moral de los demás es de nuevo sólo un engaño para distraer la atención de nuestra propia culpa. Pensamos que, adoptando un tono de fuerte indignación hacia los pecados de otros, nuestro propio pecado pasará inadvertido. Como dice Jesús, miramos la mota en el ojo ajeno para distraer la atención de la viga que hay en el nuestro (Mateo 7:3). O, como dice el apóstol Pablo, intentamos escapar al juicio convirtiéndonos en jueces (Romanos 2:3). Por medio de este tipo de obediencia comparativa, muchos de nosotros conseguiremos evitar el efecto de reprensión que esta parábola pretende para nuestras vidas.
¿Conocéis la anécdota del maestro de escuela dominical que contó esta historia en su clase? Al terminar, dejó bien claro cuál era para él la lección obvia de la misma. «Ahora, niños—dijo—, vamos a darle gracias a Dios porque no somos como aquel orgulloso fariseo».
El problema es que resulta muy fácil para los cristianos ponerse en el lugar del fariseo sin ni siquiera darse cuenta de ello, incluso al intentar distanciarnos de él.
Por medio de estas tres técnicas clásicas, nuestro fariseo consigue, por tanto, sentirse bien consigo mismo. Son tres maneras muy buenas de tratar los sentimientos de culpa. Tan buenas que se pueden reprimir completamente. No había ni un ápice de ansiedad moral que inquietara la conciencia de este hombre. Y, sin embargo, Jesús insiste en que, a pesar de lo efectiva que resultaba su automedicación psicoterapéutica, su verdadera culpa continuaba allí. No había disminuido un ápice. Se sentía bien, pero sus sentimientos no correspondían al estado de su alma. Sería emocionalmente más estable como resultado de sus devociones religiosas, pero en realidad estaba más cerca del infierno.
¿No tengo razón, entonces, para preocuparme porque hoy pueda haber muchas personas que sufren ese mismo engaño? ¿O porque yo mismo pueda estar cayendo en esa misma trampa, utilizando esta parábola para criticar la religión de otros cuando debería estar más bien examinándome a mí mismo? ¿Qué hago con mi culpa? Ésa es la cuestión. ¿Me contento simplemente con librarme de las punzadas de mi conciencia persuadiéndome a mí mismo de que «estoy bien, muchas gracias»? ¿O, como el publicano, clamo por una solución mucho más radical a la contaminación de mi alma?
El tema de la culpa lo vivimos en casa hace unos años con una fuerza especial. Tenía que aconsejar a una joven universitaria que acababa de abortar para evitar las consecuencias que le habría ocasionado el embarazo y que le habrían llevado a no conseguir su graduación. Para su sorpresa, se encontró invadida por un gran sentimiento de culpa tras la operación. Estaba tan destrozada por lo que había hecho, que incluso intentó el suicidio, y por eso me pidieron que la visitara. ¿Qué le dices a una joven así?
Os contaré lo que le decían muchos de sus amigos: «No seas tonta. Estás sufriendo una especie de depresión post-parto. Son tus hormonas. No tienes nada de qué avergonzarte. ¡Ánimo! ¿Qué diferencia existe entre lo que has hecho y un aborto espontáneo?»
Algunos de sus compañeros estudiaban psicología, y por desgracia se dedicaron a analizar sus sentimientos desde el punto de vista de Freud y de Jung. Ella misma estudiaba ciencias sociales y era muy consciente del argumento de que toda convicción moral es sólo el resultado del condicionamiento social humano. Puede que, si hubiera investigado lo suficiente, hubiera encontrado alguna cultura en algún lugar donde se practicara el aborto regular sin el menor problema de conciencia. Pero ella seguía sintiéndose culpable. Y no había racionalización posible que le hiciera sentirse de otra manera.
Había descubierto lo que sus amigos, utilizando los equivalentes seculares modernos de la religión de los fariseos, habían conseguido ocultar de sí mismos: que la culpa es real. No se trata de un estado mental. No quería ir al psiquiatra para que hiciera desaparecer su neurosis de culpa. No quería ser tranquilizada por medio de las palabras cálidas de algún consejero estudiantil. No quería ser desprogramada como uno de los perros de Paulov. Quería ser tratada como un ser humano responsable. Lo que ella deseaba no era un tipo de terapia que la hiciera sentirse mejor, sino una respuesta para la culpa que sentía por lo que había hecho; una culpa que estaba convencida de que no era una aberración psicológica, sino una mancha objetiva en su vida. En una palabra, deseaba ser perdonada.
Había llegado al mismo estado de desesperación que el publicano. Él no podía racionalizar su culpa. No podía persuadirse a sí mismo de que, al fin y al cabo, no era tan malo, o intentar disimular su pecado por medio de observaciones legalistas o comparaciones favorables con otros. No tenía excusas débiles, no presentó circunstancias atenuantes, no ofreció penitencias compensatorias. Simplemente rogó: «Dios, sé propicio a mí, pecador». Y, según Jesús, aquel hombre volvió a casa no sólo sintiéndose mejor, sino con su estado moral cambiado radicalmente a los ojos de Dios.
Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro. (Lucas 18:14)
«Justificado» es una palabra que no pertenece al vocabulario del psiquiatra, sino al de los tribunales de justicia. No describe cómo se sentía el publicano. Describe cuál era su estado legal ante el tribunal de Dios. Significa literalmente que Dios le había declarado inocente. Igual que un juez puede absolver a un acusado, Dios le había dado el veredicto de «inocente» a aquel hombre lleno de remordimientos de conciencia. Y Jesús quiere que aprendamos en esta historia que la verdadera religión tiene que ver con el descubrimiento de una justificación así. Ésta es la medicina espiritual por medio de la cual somos liberados (no sólo de los sentimientos de culpa, sino del hecho de la culpa). No es sólo un método para acallar nuestra conciencia. La justificación trata de la limpieza de nuestras vidas. No es un analgésico psicológico. Es una purga moral.
Martín Lutero escribió: «Sólo existen dos clases de personas en el mundo: pecadores que se piensan que son justos, y justos que piensan de sí mismos que son pecadores». Se trata de una generalización típica de Lutero, y hay que matizarla para no entenderla mal. Pero en esencia es cierta. Y el fariseo y el publicano son un ejemplo de ello.
Básicamente, la diferencia entre ellos era el fundamento sobre el que pretendían la absolución a los ojos de Dios. El fariseo era uno de aquellos que, como apunta Lucas, «confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros» (18:9). Quería conseguir el cielo por sus propios esfuerzos. No tenía nada de qué avergonzarse ante el tribunal de Dios. ¿Para qué? ¡Podía presumir de lo mucho que se había esforzado para llegar allí!
¡Es trágico ver cuántas personas hay en la iglesia cada domingo que van por el mismo camino! A veces pienso que ésta será la mayor ironía del infierno: que estará lleno, no de gente que se avergüence o se lamente, sino de personas indignadas que se creen justas. Muchos estarán convencidas de que no se lo merecen. «¿Cómo me va a condenar Dios—parecen decir—después de todo lo que he hecho por él?» Algunas veces me estremece imaginarme el golpe que se llevarán el último día, cuando presenten el billete elaborado por ellos mismos para atravesar la puerta del cielo y se les diga que se trata de un billete falsificado.
¿Por qué lo intentan? Jesús seguramente está poniendo el dedo en la llaga en esta postdata:
Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. (Lucas 18:14)
En la raíz de la religión del fariseo lo que hay es presunción. Quería ir al cielo con su dignidad ilesa. Quería atravesar aquellas puertas nacaradas con su cabeza bien alta. Quería una justificación de la que pudiera enorgullecerse. Pero esa justificación no existe. Porque, la política invariable por parte de Dios es que cualquiera que se enaltece, será humillado.
Ésta es la lección principal del propio ejemplo de Jesús. Acepta el título de «Señor», pero lleva a cabo el papel de siervo. Comparte la igualdad con Dios, pero se cuelga voluntariamente en una cruz. No le importa ofender y dejar perpleja a la gente. En aquellos días, la humildad se consideraba un defecto, un despreciable signo de debilidad. Por tanto, Jesús no sólo insiste en que debemos ser humildes; revela en su encarnación y en su pasión que el corazón de Dios mismo es humilde.
No es de sorprender que este fariseo no pudiera ir al cielo, por tanto, ya que despreciaba la humildad. En cambio, para el publicano constituía su única esperanza de salvación: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18:13).
Algunas versiones traducen «ten misericordia de mí». Ésa es una traducción pobre, porque en realidad la palabra utilizada no es ésta tan conocida. Para traducirla apropiadamente, hemos de recurrir a una frase anticuada, como «se propicio a mí». Era un término asociado al ritual sacrificial del templo y que tenía que ver con la expiación de los pecados.
La esperanza de este publicano no se basaba en el carácter amoroso y lleno de compasión de Dios. Recordemos dónde está. Sus ojos puestos en el altar donde el sacerdote del templo acaba de ofrecer sacrificios por los pecados del pueblo. «Por favor, Dios—dice—, estoy presenciando la sangre derramada sobre el altar. Acepto el sacrificio a mi favor, se propicio a mí». No está apelando a que Dios mejore su temperamento cuando dice «sé propicio a mí». Está indicando su anhelo de recibir la medicina que el propio Dios provee para la situación del pecador. Y, por medio de ello, nos enseña una de las lecciones más importantes que un mundo moralmente conformista puede olvidar fácilmente: no puede haber una verdadera seguridad de perdón sin una expiación que satisfaga a Dios.
Algunas personas piensan que para Dios es sencillo perdonar. Dicen: «Claro que Dios me perdonará, es lo que tiene que hacer». No es cierto. Para Dios es muy duro perdonar el pecado. Es el gobernador moral del universo. Pasar por alto un pecado es como decir que el pecado no tiene importancia. La integridad de su propia justicia implica que debe disociarse de la maldad dondequiera que la vea. No puede exponerse a la acusación de indiferencia moral o inconsecuencia moral. Si lo hiciera, ya no sería un Dios justo. Y, por eso, en tiempos del Antiguo Testamento tenía que haber un altar y un sacrificio.
Ese sacrificio era, en primer lugar, un símbolo de la seriedad del pecado a los ojos de Dios. Los seres humanos no podemos ver la sangre. Bien, pues Dios no puede ver el pecado. Siente repulsa ante su hedor y ante la mancha que produce. Aquel sacrificio de sangre sobre el altar simbolizaba su repulsa moral.
Más aún, el sacrificio era un símbolo del castigo por el pecado. De igual manera que la sangre nos habla de muerte, el pecado exige muerte. Ningún precio menor es adecuado para expresar el horror y la indignación de un Dios santo. La Biblia puede ofrecer la posibilidad de perdón, pero no comete el error de decir que es barata. La Biblia no habla de un perdón barato. Nuestro publicano se dio cuenta de ello. «Dios—clamaba—, se propicio a mí, permite que mi pecado sea expiado. No minimizo la seriedad de mis crímenes. No infravaloro el castigo que merezco. Veo la sangre, conozco el precio. Por ello, por favor, Dios, aparta tu ira de mí; que quede satisfecha por el sustituto sacrificial que hoy ha muerto en el altar en mi lugar. Y, sobre esa base, ten misericordia de mí, pecador».
Puede parecer una pregunta extraña, pero me temo que debo hacerla. ¿Has buscado el perdón de Dios a la manera del publicano, en base a la provisión misericordiosa de un sacrificio expiatorio por parte de Dios? ¿O buscas la justificación del fariseo, sobre la base de tu reputación religiosa y de tus logros morales?
Por muy extraordinario que parezca, como pastor me encuentro con que hay un gran número de personas que profesan ser cristianas y que vienen a la iglesia regularmente a orar, pero que aún no han llegado a hacer este descubrimiento tan fundamental. En el fondo saben que son culpables; pero, en vez de solucionar su culpa a la manera de Dios, la entierran.
Los síntomas de esa culpa enterrada son fáciles de detectar: falta de autoestima, mala imagen de sí mismos, complejo de inferioridad. Van por ahí quejándose: «No soy un buen cristiano. No me siento contento de ser cristiano, no tengo seguridad de salvación, no me gozo en la alabanza ni tengo ganas de dar testimonio. Soy un cristiano fracasado, eso es lo que soy». Hay muchas personas con cargas así. Dicen que están deprimidos, que no pueden más, que siempre están haciendo un montón de cosas, que no le son útiles a nadie y que no tiene sentido intentar mejorar. ¿Qué es lo que falla en estas personas? ¿Cuál es la fuente de su debilidad espiritual?
No quiero generalizar a la ligera. Los problemas pastorales involucrados pueden ser muy complejos. Pero estoy convencido de que una considerable proporción de estas personas sufren de sentimientos de culpa reprimidos sin resolver. Aunque sean cristianos, o aunque digan que lo son, sus actitudes son modeladas por el mundo que nos rodea y que niega la culpa. Y, como resultado, nunca han estado verdaderamente convencidos del pecado, no han comprendido correctamente el remedio que Dios ha provisto para el mismo, y por ello nunca se han sentido verdaderamente perdonados. Por eso se sienten inadecuados. Por eso les falta la seguridad. La persona a la que no pueden perdonar es a ellos mismos. Mientras el fantasma de la culpa desconocida siga persiguiéndoles dentro de sus mentes, continuarán sufriendo las destructivas consecuencias del odiado subconsciente que les corroe por dentro, destrozando sus motivaciones, sus ambiciones, su seguridad.
¿Cuál es la respuesta? La respuesta es que deben ir y hacer lo mismo que el publicano. La justificación por la fe debe dejar de ser sólo una doctrina que ocupa sus mentes para pasar a convertirse en una verdad experimental en sus corazones. Deben ocupar la posición del publicano, quitándose todas las máscaras defensivas, echando por tierra todas las ilusiones de respetabilidad, abandonando toda pretensión de autojustificación. Deben mirar en la misma dirección en que lo hizo el publicano: a un sacrificio. Pero a un sacrificio mucho más noble y costoso que todos los que se llevaron a cabo sobre el altar del templo. Deben mirar a una cruz donde el Hijo de Dios mismo vertió su sangre una vez para siempre, para expiar el pecado del mundo. Y deben orar como lo hizo el publicano: «Dios, sé propicio a mí. No reclamo un perdón barato. No infravaloro la seriedad de mi crimen. Sé que el castigo que merezco por mi pecado es la muerte; pero, por favor, Dios, acepta el que un digno sustituto haya pagado el precio en mi lugar y ten misericordia de mí, pecador».
Y, sobre todo, necesitan escuchar ese veredicto tranquilizador de Jesús sobre esa oración de penitencia: «Os digo que éste descendió a su casa justificado» (Lucas 18:14). Ahora estaba en la presencia de Dios no como un despreciable criminal condenado, sino como un hijo amado y aceptado. Justificado por la fe, ahora podía tener paz con Dios. No la paz del fariseo, esa ficción psicológica de elaboración propia que un día desaparecerá mostrando todo su horror en el juicio final. No, la paz con Dios se basaba en la declaración de perdón irreversible e incontestable de Dios mismo a través de la sangre de Jesús.
Es mucho lo que depende de lo que hagamos con nuestra culpa. ¿Nos contentamos sólo con una limitada terapia religiosa que nos permita sentirnos bien con nosotros mismos, o anhelamos una limpieza radical de la verdadera culpa que reside en nuestras almas? Dependerá de la clase de justicia que pretendamos: ¿una justicia propia que viene a través de nuestros propios esfuerzos morales, o una justicia de Dios que depende de la fe?
El teólogo Karl Barth expresa la razón de nuestra resistencia a esa solución divina de una forma muy perspicaz:
«No nos gusta escuchar que hemos sido salvos sólo por gracia. En realidad, no percibimos que Dios no nos debe nada, que podemos vivir sólo gracias a su bondad, que lo único que podemos tener es la gran humildad de un niño con muchos regalos. Hablando claro, no nos gusta creer».
Pero tenemos que creer. Creer en la grandeza del corazón misericordioso de Dios. Creer en la suficiencia del sacrificio expiatorio de Cristo. Creer, sobre todo, en la verdad de aquella extraordinaria promesa: «El que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado».
En el radicalmente diferente mundo del cielo, es el pobre quien es rico, el humilde quien es grande. En la paradójica topografía del reino de Dios, el camino hacia arriba es cuesta abajo.
7
ESE SENTIMIENTO DE LUNES POR LA MAÑANA
LUCAS 19:11–27
Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.
Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros.
Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno.
Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas.
Él le dijo; Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades.
Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas.
Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades.
Vino otro, diciendo: Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo; porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste.
Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré; ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los intereses?
Y dijo a los que estaban presentes: Quitadle la mina, y dadla al que tiene las diez minas.
Ellos le dijeron: Señor, tiene diez minas.
Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí (Lucas 19:11–27).
Para la mayoría de las personas, los lunes son deprimentes. De hecho, un equipo de médicos y psiquiatras europeos han llevado a cabo recientemente un estudio del tema. Encontraron que es más elevada la probabilidad de sufrir un ataque cardiaco los lunes que cualquier otro día de la semana. Y no es sólo como resultado de los excesos del fin de semana, porque la incidencia de otras clases de enfermedades y circunstancias relacionadas con el estrés también aumenta los lunes. La presión sanguínea se eleva los lunes, lo cual implica que se tiene un mayor riesgo de sufrir un ataque. La acidez del estómago también aumenta, lo que significa que uno se enfrenta a un mayor riesgo de tener una úlcera. También se ha de tener en cuenta que, los lunes, la probabilidad de suicidarse es doble que los otros días.
Ese sentimiento de lunes por la mañana no es un mito, sino una realidad médica. Sólo puede haber una explicación: a muchos de nosotros nos deprime la idea de trabajar. Es fácil pensar que se debe a la presión a la que estamos sometidos en el trabajo, a las cosas que se nos avecinan. Para algunos que tienen trabajos de responsabilidad, supongo que este mismo hecho ya es un factor a tener en cuenta. No es fácil mantener el equilibrio cuando se está rodeado de una cultura adicta al trabajo. Recuerdo a un amigo mío que me dijo que sólo había encontrado tres personas que estaban absolutamente obsesionadas con el trabajo. ¡Por desgracia resultaban ser los otros tres hombres que estaban en su oficina!
Pero es interesante constatar que el síndrome de lunes por la mañana es aun más evidente en los trabajadores de menor nivel que en los de mayor. La gente con trabajos más rutinarios y menos exigentes muestran los mismos síntomas que las personas con ocupaciones que exigen mucho más de ellos. Por tanto, no todo tiene que ver con la presión. ¿No será que la razón para tener ese sentimiento los lunes es más bien el que nuestras relaciones laborales nos generan ansiedad? Puede deberse a la crítica mordaz de las oficinistas o a la competitividad entre los otros hombres del equipo de ventas. ¿Podría ser consecuencia de las lamentables condiciones laborales? ¿Se sería menos vulnerable al estrés si se pudiera escuchar música relajante en la fábrica, o si la administración invirtiera en un mobiliario de oficina más cómodo?
No se puede negar que los factores sociales y del entorno hacen variar mucho la satisfacción laboral. No obstante, también se demuestra que esos sentimientos negativos de los lunes por la mañana no necesariamente son menores en compañías que tratan de crear una atmósfera laboral placentera. No, me temo que no hay escapatoria para evitar la conclusión a la que llevan todas estas investigaciones. Por muy bueno que sea el trabajo, por muy bien que nos caiga nuestro jefe o lo maravillosa que sea la gente con la que trabajamos, a muchos de nosotros se nos atraganta la sola idea de trabajar. No queremos hacerlo. El pensamiento de tener que comenzar que nos invade el lunes por la mañana es suficiente para precipitarnos en un abismo emocional.
Por tanto, ¿nuestro problema es sencillamente que somos unos vagos? Quizás todos seamos unos holgazanes congénitos. Pero lo más seguro es que la razón no sea sólo ésa. Muchos estudios muestran que el desempleo y la jubilación también inducen al estrés, a veces más incluso que el trabajo que solíamos hacer. Sin duda hay algunos holgazanes en este mundo cuya idea de bendición es una vida de ocio ininterrumpido; pero, en realidad, la inmensa mayoría de nosotros necesitamos trabajar para sentirnos realizados. En su libro Tres hombres en una barca, K. Jerome escribe: «Me encanta el trabajo: me fascina. Puedo sentarme y mirar durante horas cómo trabajan». Se estaba haciendo el gracioso, pero hay algo de profunda verdad detrás de su chiste. En realidad es imposible disfrutar de la holgazanería a menos que sepas que hay un trabajo que podrías estar haciendo. Ser totalmente vago no es una forma de bendición en absoluto, sino algo desesperante. Si no me crees, pregúntale a los hombres y mujeres que esperan en la cola del Instituto Nacional de Empleo. Ese sentimiento de lunes por la mañana no es síntoma de holgazanería.
Opino que se trata de algo mucho más desesperante, una desesperación que ve mucho que hacer, pero que no encuentra ninguna razón satisfactoria para hacerlo. No se puede vivir una vida humana con sentido a menos que te plantees el futuro. Alexander Pope lo captó en sus famosas palabras:
«La esperanza hace fluir en el corazón humano lo eterno; El hombre nunca es bienaventurado; pero siempre puede llegar a serlo».
Intentar vivir sin esperanza es como jugar un partido de fútbol sin porterías. Puedes regatear con gran destreza, hacer maravillosos pases, incluso disfrutar con el juego. Pero, ¿qué sentido tiene? Si no existe un propósito, un objetivo, una meta para la existencia humana, toda la película es un terrible absurdo. El poema de Stephen Crane en Los jinetes negros, expresa bien este punto:
Vi un hombre persiguiendo el horizonte;
Daba vueltas y vueltas veloz.
Yo estaba preocupado;
Me acerqué a él.
«Es inútil—le dije—, nunca lo conseguirás».
«Mientes»—gritó,
Y siguió corriendo.
Seguramente eso es lo absurdo de mucho de lo que hoy con optimismo denominamos «progreso». Sólo se puede hablar de avance cuando se tiene una idea clara de adónde se supone que vamos.
El dilema de los hombres y mujeres seculares modernos es que ya no tienen un sentido de dirección. Es como las desesperadas medidas adoptadas por el gobierno británico en Irlanda durante la plaga de las patatas. Para mantener el ánimo de la gente y proveerles empleo, los ingleses ordenaron la construcción de carreteras que no eran necesarias, que no iban a ninguna parte.
La humanidad de finales del siglo veinte está comenzando a preguntarse si, durante años, no hemos estado dedicando nuestras energías, sin saberlo, a una tarea sin sentido. Woody Allen decía una gran verdad con su clásico cinismo: «El futuro no es lo que solía ser». El optimismo en cuanto al destino de la raza humana ha desaparecido totalmente. Es cierto que todavía se puede escuchar a algunas personas hablando de los viejos sueños utópicos sobre el futuro paraíso tecnológico en la tierra, pero los más entendidos ya no son tan estúpidos. Esos sueños yacen enterrados bajo la carnicería de dos guerras mundiales y el terror de Hiroshima. El humanismo ha quedado desacreditado y, como resultado, ha muerto la confianza en un futuro feliz fruto de la ciencia humana.
Sin embargo, los seres humanos necesitamos tener esperanza. No podemos vivir sin ella. Los niños cuentan los días que quedan hasta Navidad. Los adolescentes anhelan el momento de su próxima cita con su novio o su novia. Los adultos miran los folletos de sus vacaciones pensando en lo bien que lo van a pasar. Hemos de tener esperanza. Dedicarnos sólo a sobrevivir no es suficiente para nosotros. Para superar el tedio y la fatiga de la vida de cada día, necesitamos tener una luz en el horizonte a la que dirigirnos. Una persona sin nada delante hacia donde mirar es una persona completamente desesperada.
Tony Hancock era un magnífico comediante de los años 50 y 60. En su último monólogo en TV, en 1964, representó una obra que a la larga resultó muy irónica:
¿Qué has conseguido? ¿Qué has conseguido? Perdiste tu oportunidad, hijo mío. No has contribuido absolutamente en nada a esta vida. Fuiste una total pérdida de tiempo. No hay lugar para ti en la Abadía de Westminster. Lo mejor que puedes esperar es un puñado de narcisos en un tarro de mermelada y una piedra negra con el letrero: «Vino y se fue». ¿Y en medio? Nada. Nadie notará que no estás aquí. Puede que dentro de un año alguien pregunte en el bar: «¿Dónde está el viejo Hancock? últimamente no lo he visto»—«Murió, ¿no lo sabías?»—«¿Ah, sí?»—«Una verdadera raison d’être, eso es lo que es».
Lo patético es que, un par de años más tarde de aquel último show televisivo, Tony Hancock se suicidó. La desesperación que manifestaba mostraba que estaba muy necesitado de ánimo. ¿La esperanza hace fluir lo eterno? No, Sr. Pope, Me temo que no siempre. Algunas veces la esperanza deja de hablar. Cuando eso ocurre, no es sólo la esperanza lo que se ha extinguido. Una persona, despojada de propósito, también muere. «No tengo nada por lo que merezca la pena vivir»—dice la nota del suicida. Dante, en su Divina Comedia, lee la inscripción que hay en la puerta del infierno: «¡Abandonad toda esperanza los que entráis aquí!» No hay nada, absolutamente nada, que sea tan espantoso y terrible para el espíritu humano como estar irremediablemente desesperado.
¿Qué estás deseando? ¿Qué sentido tiene tu vida? Muchos de nosotros somos expertos en poner una fachada de ambición y dirección en nuestra vida. Le decimos a la gente que somos felices, que estamos bien y que sabemos adónde vamos. Pero, ¿no es cierto que también nos invade el sentimiento de lunes por la mañana? Y, si verdaderamente sondeamos las profundidades de nuestro interior de una manera honesta, la causa que encontramos es que existe un vacío dentro de nosotros. No sabemos adónde vamos. No tenemos nada lo suficientemente importante o grande por lo que vivir, nada que vaya más allá de la próxima fiesta, la próxima noche en la discoteca o la próxima cita.
En los años 60 y 70, muchos jóvenes dejaron sus profesiones y sus estudios, en parte como protesta y en parte desesperados por ese sentimiento de falta de esperanza. La lucha diaria por ganarse el pan era, según ellos, un ejercicio inútil. Los años 80 fueron testigos de una renovada inclinación a competir en esa lucha por ganarse el pan. Pero la pregunta fundamental de aquellos antiguos desertores aún no ha sido respondida. ¿Qué sentido tiene sudar tinta durante cuarenta y dos horas y media a la semana, cuarenta y nueve semanas al año? Tanto si el trabajo es exigente como si es aburrido, tanto si la atmósfera es amigable u hostil, tanto si el salario es elevado o bajo, lo cierto es que, seguramente, como decía Tony Hancock con tanta tristeza, todo es una monumental pérdida de tiempo. Shakespeare lo expresó elocuentemente cuando dijo:
La vida sólo es una sombra pasajera, un pobre actuación
Que transcurre y nos motiva durante la hora que es puesta en escena,
Y después ya no se escucha más; es un cuento
Contado por un necio, con gran escándalo y frenesí,
Cuyo significado es nada.
La palabra clave es ese «nada» final. El sentimiento de lunes por la mañana es el estrés, la ansiedad y depresión que experimentamos cuando nos enfrentamos a esa nada. No es la visión del trabajo duro lo que nos mueve a esconder nuestra cabeza bajo la sábana y a colocarnos en la segura posición fetal, orando para que regrese la noche. Más bien es la visión de lo inútil que es todo. Y si este análisis es correcto, sólo hay una forma de escapar al abatimiento del lunes por la mañana. Se trata de descubrir algún significado en la vida. Si podemos encontrar alguna razón para la esperanza, entonces no sólo nuestro trabajo diario, sino cada aspecto de nuestra existencia humana puede encontrar significado y dirección.
Es esta búsqueda la que hace que la parábola de las diez minas sea tan interesante e importante. En ella, Jesús nos proporciona una perspectiva futura de vital importancia que necesitamos para darle significado a nuestro trabajo. Su relato nos cuenta que la historia se dirige hacia algún lugar; que tú y yo vamos hacia algún sitio. La vida no es sólo un laberinto sin salida. La existencia tiene una meta. Y, por ello, no tenemos por qué deprimirnos cada lunes por la mañana. Existe algo por lo que merece la pena vivir y algo por lo que merece la pena trabajar.
Lucas nos introduce en escena en la primera parte del capítulo 19. Jesús cuenta la parábola porque «estaba cerca de Jerusalén, y la gente pensaba que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente» (versículo 11).
Llevaba algunos meses viajando lenta y deliberadamente hacia la capital de Jerusalén. Lucas estructura todo su evangelio desde 9:51 en adelante en torno a ese viaje. Entre sus acompañantes crecía la expectación. Todos sentían que la vida de Jesús se dirigía hacia una crisis. Todos sospechaban que, cuando llegaran a Jerusalén, ocurriría algo terrible. Aquí, en Lucas 19, habían llegado a Jericó, a menos de 20 millas de la capital, y está claro que ahora la atmósfera de expectación se había intensificado en extremo. La gente pensaba que el reino de Dios iba a aparecer en cualquier momento.
Los profetas del Antiguo Testamento habían hablado al pueblo judío acerca de este «reino» venidero. Significaba que el mundo ya no sería dirigido sólo por la providencia soberana de Dios como hasta entonces. En el reino de Dios, el mundo sería gobernado por el mandato teocrático y directo de Dios a través de su Mesías escogido. Algunos de los seguidores de Jesús, incluso, estaban convencidos de que él era el Mesías. «Ya habéis visto las señales milagrosas que ha estado haciendo—se decían el uno al otro. Es sólo cuestión de días el que instaure el reino de Dios que todos hemos estado esperando. Se hace difícil esperar a ver la cara que pondrán estos tiranos romanos, ¿verdad? ¡Ya está aquí!»
Para que no hubiera equívocos, Jesús había intentado en varias ocasiones acabar con semejante histeria. Repetidamente les había advertido que en Jerusalén le esperaba la muerte, no el triunfo político. De hecho, antes de llegar a Jericó ya les había dicho muchas cosas. Pero los discípulos, al parecer, no se enteraban. No querían aceptar aquellas palabras tan negativas. Por tanto no hicieron nada para frenar la creciente marea de euforia popular.
Jesús, viendo que las cosas se estaban descontrolando un poco, decidió que debía hacer algo. Y, como en anteriores ocasiones, lo que hizo fue contar una historia, una de sus incomparables parábolas «bombardero». En el pasado, había arrojado este tipo de proyectiles ocultos para acabar con la autosuficiencia y la justificación propia de los líderes religiosos. En esta ocasión, sin embargo, la audiencia a la que va dirigido el proyectil es diferente. Este relato pertenece a una familia de parábolas que contó Jesús, no con el propósito de desafiar a los fariseos y a los escribas, sino con el de instruir a sus propios seguidores acerca de la naturaleza del reino de Dios. Como dijimos en el capítulo 1, los judíos de los días de Jesús esperaban que el reino de Dios viniera en un momento puntual en el que todo estallaría, como si cayera un rayo del cielo. Jesús, en sus parábolas del reino, deja claro que la estrategia de Dios iba en realidad a ser muy diferente de lo que el pueblo esperaba. El reino de Dios llegaría de una manera invisible para el pueblo judío: en tres fases, no en un solo instante apocalíptico.
Jesús comienza a explicarnos las fases de su estrategia ya al comienzo de esta parábola.
Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. (Lucas 19:12)
Lo que quiere enseñarnos esta parábola es que Jesús, a pesar de ser el heredero del mundo, no reclama el reino inmediatamente. Tiene una larga jornada de viaje antes de disfrutar de la coronación. Debe incluso dejar este mundo. Será a su regreso cuando se le coronará públicamente. Entre tanto, durante su período de ausencia, les deja una tarea a aquellos que se supone que son sus siervos.
Llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo (Lucas 19:13).
Si los discípulos esperaban la victoria en el mismo instante en que pusieran su pie en Jerusalén, iban a quedar bastante frustrados. Poco después de llegar allí, Jesús se marcharía. Pero no debían desanimarse por eso. Tenía un regalo de despedida para ellos, modesto en comparación con la inmensa riqueza de que dispondrían cuando volviera en gloria, pero lo suficientemente sustancioso como para probar la fidelidad de sus siervos y su sentido de la responsabilidad. A corto plazo, esto es lo que les depara el futuro. No les ofrece un acceso inmediato al poder y la gloria. Lo que les ofrece es una oportunidad de servir.
Aquí, por tanto, tenemos la respuesta de Jesús al desagradable sentimiento del lunes por la mañana. «Negociad entre tanto que vengo». Podríamos decir que ésta es la ética bíblica sobre el trabajo. Notemos que no se basa en una simple tarea moral, sino en una esperanza futura. Hemos de negociar hasta que él vuelva. La frase final es tremendamente importante.
El mundo se dirige hacia algún lugar. El rey va a volver. Hay que aprovechar al máximo, por tanto, las oportunidades y los recursos que nos ha dado para invertir en su reino, trabajando duro para él. Ése es el mensaje de Jesús.
La gente se divide en tres grandes categorías, según cómo responden a este desafío. En un extremo están aquellos que se identifican a sí mismos como rebeldes; sus conciudadanos le aborrecían y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros (Lucas 19:14). Los contemporáneos de Jesús estaban familiarizados con esta escena. Sólo unos años antes, después de la muerte de Herodes el Grande, su hijo Arquelao fue a Roma a pedirle a Cesar Augusto que le hiciera rey de Judea. Pero la dinastía de Herodes el Grande era muy impopular entre muchos de los judíos. Éstos, por tanto, enviaron una delegación de cincuenta personas importantes a oponerse a aquel nombramiento. Muy bien podría ser que, a muchos de los judíos de aquel tiempo, la rebelión de la que habla la historia les recordara, por tanto, a Herodes. Jesús está diciendo que hay gente que también rechazaría al Mesías de Dios, tomándose a mal el que interfiriera en sus asuntos.
Algunos de ellos podían disimular su rebelión disfrazándola de duda o de ignorancia. Pero Jesús no transige y afirma que esta resistencia a su reinado no es intelectual, sino moral. No reside en la mente, sino en la voluntad: «No queremos que éste reine sobre nosotros». Eso es lo que decían. Pero en vano amenazaban con sus puños aquellos rebeldes insolentes. Porque, como dice la historia, aquel hombre volvió después de recibir el reino. Jesús quiere indicar que nada puede frenar su triunfo final. Al concluir la parábola nos dice lo que les depara el destino a los rebeldes como resultado de su resistencia a aceptar al rey: «Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí» (Lucas 19:27).
Como yo, espero que os deis cuenta de que ése es un final muy duro, un final que de alguna manera preferiríamos que Jesús hubiera obviado. El hecho es que, sin embargo, no hay lugar en el reino de los cielos para los rebeldes. Fue la rebelión contra Dios la que arruinó este mundo desde el principio. Los seres humanos pensábamos con arrogancia que podíamos traspasar los mandamientos de Dios con impunidad. ¡Y hay que ver el caos que hemos provocado en el mundo como resultado!
Dios está decidido a que en su nuevo mundo no ocurra lo mismo. Estará poblado sólo con aquellos que reconocen, desean y aprecian su gobierno soberano. El verdadero fundamento de la nueva era que vendrá será la oración «venga tu reino, hágase tu voluntad» (Mateo 6:10). Aquellos que no estén dispuestos a orar de esa manera se excluyen a sí mismos de allí. Dejan claro que no serían felices en su reino. Porque, ¡si Dios les permitiera entrar lo arruinarían en veinticuatro horas! Claro que es un veredicto severo: «traedlos acá y decapitadlos delante de mí». Pero así Jesús nos comunica la dura verdad de que, si no queremos este rey, no podemos tener un lugar en su reino.
Una segunda categoría de personas, en el otro extremo, son aquellos a quienes Jesús denomina en su parábola «buenos siervos»:
Mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno.
Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas.
Él le dijo; Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades.
Vino otro diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco viñas.
Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades. (Lucas 19:15–19)
De nuevo estamos ante un elemento importante del relato. Porque hay dos errores que la gente comete normalmente en cuanto a cómo ir al cielo. El primer error es pensar que se puede ir por medio de buenas obras. El segundo es pensar que se puede ir sin buenas obras. Hay pocas aparentes contradicciones en la Biblia cuya comprensión sea de tan vital importancia. Por un lado, la Biblia insiste en que nosotros no podemos ganarnos nuestra salvación. Esto ya quedó claro en la parábola de Jesús sobre el fariseo y el publicano en el templo. La única forma en que cualquiera de nosotros puede ser absuelto es sobre la base de la gracia de Dios. El perdón es un don que él otorga y que va mucho más allá de cualquier mérito nuestro que pudiéramos reclamar. Por otro lado, la Biblia insiste también en que nuestros actos son relevantes para nuestro destino eterno. Aunque no merezcamos la gracia de Dios, podemos y debemos dar evidencia de ella en nuestras vidas.
Parte del propósito de esta parábola que aparece en Lucas 19 es dirigir nuestra atención hacia la importancia de esa evidencia práctica. Está claro que Jesús piensa que el último día no será suficiente con poner simplemente nuestras manos en alto y decir: «Aquí estoy, Señor». Al contrario, cuando el libro de la vida sea abierto, debe haber algo que mostrar, alguna evidencia de nuestro compromiso, de nuestra fe, de nuestra respuesta, como en el caso de este primer hombre que llegó diciendo: «Señor, tu mina ha ganado diez minas».
Fijémonos en la respuesta del rey: «Está bien, buen siervo; … en lo poco has sido fiel». Hay cierta ambigüedad en la palabra «fiel». Puede hacer referencia a alguien «en quien se puede confiar» o a alguien «que cree». Ambos significados no son excluyentes, porque demostramos que somos creyentes por la evidencia de nuestras vidas. Ambas cualidades van unidas. En vano decimos que «creemos» si no somos siervos dignos de confianza.
Jesús está utilizando una metáfora financiera para describir ese tipo de fidelidad que Dios quiere. ¿Qué significado tiene la «mina» que el maestro le ha dado a sus siervos? Algunos sugieren que simboliza al Espíritu Santo. Otros dicen que representa el mensaje del evangelio. Y hay otros que sugieren que hace referencia a todo tipo de talentos, dones o capacidades que un individuo puede poseer y desarrollar por su fidelidad a Dios.
Supongo que la respuesta es que puede referirse a las tres cosas a la vez. La mina es lo que Jesús nos ha dejado en su ausencia: los recursos, capacidades, cargas y mandatos que nos ha dado para que nos ocupemos en ellos ahora que ha vuelto al cielo.
De la misma manera, las ciudades que son puestas bajo la jurisdicción de los siervos como recompensa por su fidelidad son también claramente simbólicas. Jesús no está sugiriendo aquí que el cielo esté parcelado territorialmente, como si se tratara de Enrique VIII adjudicando un mecenazgo político a sus favoritos. Las ciudades de esta historia representan el hecho de que el uso que hagamos de nuestros recursos y oportunidades aquí, en este período de tiempo, mientras estamos esperando su retorno, puede tener y tendrá consecuencias eternas. Está diciendo que es posible vivir aquí y ahora de tal manera que el cielo se vea enriquecido como consecuencia.
¿Cómo es posible? ¿Cuál es la naturaleza de esta recompensa que es representada aquí por medio de las ciudades? La Biblia no lo explica muy claramente. Jesús habla en otro lugar sobre «hacernos tesoros en el cielo», pero nunca explica completamente en qué consiste ese tesoro celestial. Lo que sí deja claro es la posibilidad de vivir nuestras vidas actuales dirigidas de tal manera que lo que adquiramos aquí sea duradero. No todo va a la basura. Lo que caracteriza a los buenos siervos es que invierten de manera sabia y a largo plazo.
Ésas son buenas noticias para un mundo que se deprime el lunes por la mañana. Son buenas noticias, porque podemos trabajar a fondo al servicio de Jesucristo y saber que merece la pena. Como dijo Jesús en cierta ocasión: «Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente … de cierto os digo que no perderá su recompensa» (Mateo 10:42). Pablo desarrolla este pensamiento en su carta a los colosenses. Dice que no importa cuál es el trabajo o el papel que se tiene en la sociedad. Se puede ser esclavo o amo, marido o mujer, padre o hijo. Todos los cristianos pueden dedicar su tarea o trabajo a Cristo, y deberían hacerlo. Les dice que todo lo que hagan deben hacerlo de corazón, como para el Señor. Insiste en que eso tiene sentido, porque es del Señor de quien esperamos finalmente nuestra recompensa (Colosenses 3:18–4:1).
El cristiano va a algún lugar, tiene una meta y una esperanza. Eso quiere decir que nuestro trabajo es significativo incluso aunque pueda ser vulgar; incluso si, como en el caso de un esclavo en el imperio romano, se trata de algo degradante.
Hay una historia acerca de tres obreros que trabajaban en un edificio y a los que un interlocutor de televisión les preguntó qué estaban haciendo. El primer hombre respondió, con poca imaginación: «rompiendo piedras». El segundo contestó, después de una mayor reflexión: «ganando dinero para alimentar a mi mujer y a mis hijos». Entonces le preguntó al tercero. «Estoy construyendo una catedral»—respondió éste. Podemos ver lo completamente distinto que es tener una meta, ver la vida desde una perspectiva eterna, tener esperanza.
Existe un tercer tipo de respuesta ante el desafío de la llegada del reino: la del siervo malo.
Vino otro, diciendo: Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo; porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste. Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. (Lucas 19:20–22)
Lo primero que hemos de decir sobre este siervo es que su concepto del maestro era enormemente injusto. Pretendía justificarse diciendo que el señor era una especie de explotador empedernido de las clases obreras, siempre intentando conseguir una rápida recaudación. Pero es evidente que no era nada de eso. Había confiado a diez siervos el equivalente a más de 10 millones de pesetas. Recordemos que eran siervos, y que en el mundo antiguo ni siquiera llegaban a la categoría de empleados. Dejó en sus manos aquella considerable cantidad, poniéndola a su disposición para que la utilizaran mientras él estuviera fuera. Más aún, a su regreso, la recompensa que les garantizó a los primeros dos siervos dejaba muy claro que, lejos de ser alguien explotador y despiadado, aquel hombre era un benefactor. Lo que deseaba era no limitarse a compartir con sus siervos la gestión de su hacienda sólo cuando le convenía, sino que disfrutaran con él de su hacienda ahora que había regresado de recibir su herencia.
Me parece que el tercer siervo, con su burda calumnia al carácter del señor, lo único que estaba haciendo era proyectar sobre él su propia mentalidad desconsiderada y mercenaria. Estaba amargado por algo, quizás por su posición de siervo. Puede que sintiera cierto resentimiento porque sólo se le hubiera entregado un millón para invertir, pensando lo que podría haber hecho si hubiera tenido más. O quizás era consciente de que los otros siervos habían utilizado mejor su dinero y por eso estaba de mal humor. Cualquiera que fuese la razón, el resultado es que no podía creer en la bondad y generosidad del dueño. Su comportamiento era huraño. Envolvió el dinero en un pañuelo; «tuve miedo»—puso como excusa. En un sentido supongo que temía no tener éxito, tenía miedo de fallar.
Un hombre que viajaba por el sur de los Estados Unidos pasaba en cierta ocasión por un pequeño municipio y se detuvo un momento a hablar con uno de los agricultores que estaba sentado en la entrada de su casa. «¿Qué tal el algodón?»—le dijo el viajero.
—No tengo nada,—fue la respuesta.
—¿Plantaste algo?
—No—dijo—, tengo miedo del gorgojo.
—¿Y qué tal el maíz, entonces?
—Tampoco he pllantado. Me temía que no llovería.
—¿Y las patatas?
—No planté. Por si había una plaga.
—Entonces, ¿qué has plantado?
—Nada. Este año he decidido ir a lo seguro.
Ésta era la política del tercer siervo. Había decidido ir a lo seguro. Lo irónico es que lo que había hecho era lo más peligroso. Al tratar de evitar la ira del dueño, a quien dice que temía mucho, lo que hizo fue provocar su ira en un mayor grado.
Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré; ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los intereses? (Lucas 19:22–23)
El dueño respondió que, incluso si hubiera sido tan cruel y tirano como pensaba el siervo, éste no había actuado de manera adecuada. El siervo ni siquiera había actuado de acuerdo a su conocimiento parcial y distorsionado de su dueño. Su problema no era que le temiera demasiado, sino que no le temía lo suficiente. Si le hubiera temido, habría hecho algo con aquella mina que le había» dado, aunque sólo fuera ponerla en el banco. La verdad era que había sido un mal siervo, que sólo buscaba una excusa para su irresponsabilidad fruto de la pereza y de la negligencia.
¿Qué quería decir Jesús con aquello de que el siervo podía haber puesto su dinero en el banco? Sin duda, algunos verán esta afirmación como una muestra de que el Nuevo Testamento aprueba la bolsa y las compañías financieras. Eso, sin embargo, sería una conclusión con poca base. De hecho, si acaso, lo que implica esta parte de la historia es que ganar dinero a base de intereses es la típica forma de actuar de un empresario oportunista, del hombre duro al que le gusta tomar lo que no pone y segar lo que no siembra o, podríamos decir, recibir a cambio de nada. Es la clase de persona que pone el dinero en el banco para recibir intereses. En los días de Jesús, la usura (es decir, cobrar intereses por los préstamos) era considerada por la comunidad judía como una cosa inmoral. Por tanto, sin duda los que escuchaban a Jesús se tomarían esta referencia a los bancos como algo peyorativo.
Hay quien ha sugerido, no obstante, que en la historia original los banqueros representaban a los fariseos. Son los que querían guardar la verdad de Dios dentro de las fronteras de Israel y no compartirla con el mundo. Puesto que un judío no podía prestar dinero para recibir intereses, el único trato que se podía tener con bancos era mezclándose con gentiles. Por tanto, sugieren que lo que Jesús quiere decir con las palabras «ir al banco» es «ir a los gentiles». Está aludiendo a la responsabilidad que tenían los judíos de representar la verdad de Dios en medio del mundo pagano; y este siervo malo y perezoso no lo había hecho.
Puede existir un elemento de verdad en esta teoría; pero sospecho que, en realidad, para los que no somos judíos del primer siglo, la enseñanza de Jesús tiene una aplicación más amplia. Seguramente, lo que está diciendo es sencillamente que hay una necesidad de iniciativa y de energía por nuestra parte en el uso de los recursos que Dios nos ha confiado. Con el ejemplo de su mal siervo, Jesús nos previene contra la estrechez de miras, el parroquialismo, la pereza y la pasividad. Nos está diciendo que debemos trabajar por su reino con visión y vigor. Nos está animando a tener la suficiente confianza en Dios como para creer que él no nos trata mal si nos equivocamos «de buena fe» en nuestra inversión. Dios reconoce que en cualquier empresa existen riesgos. Sólo corriendo el riesgo se puede prosperar en el servicio a Dios. No debemos permitir que el temor nos lleve a escondernos dentro del caparazón como en el caso de las tortugas. Debemos estar dispuestos a entregarnos a iniciativas valientes por el reino de Dios. Podríamos decir que Jesús nos está advirtiendo aquí en contra de un exceso de conservadurismo. Está claro que no hemos de precipitarnos y desperdiciar el dinero del dueño. Eso no es lo que quiere de sus siervos. Pero Jesús está diciendo que tenemos la responsabilidad de tomar decisiones valientes para promover el gobierno de Cristo.
Algunos de nosotros, los que somos de teología conservadora, también tendemos a ser conservadores en muchas otras cosas. Nos contentamos con asistir a la iglesia cada semana y con sentirnos seguros y cómodos en compañía de nuestros amigos cristianos. Exponernos al mundo, a ese asqueroso y malvado mundo, nos hace sentirnos incómodos. Por tanto, nos quedamos al margen, observando lo que emprenden los demás.
Pero, en este relato, Jesús nos avisa de que sólo los que participan pueden conseguir el premio. El diario sagrado de Adrian Plass tiene una sección relevante en relación con esto:
Domingo, 12 de Enero. Charla matinal de seis puntos sobre la evangelización, por Edwin. Muy buena. Te hace desear salir y evangelizar a alguien. Te conduce al agradable sueño en el que uno comienza a predicar en la calle y acaba rodeado de una enorme multitud de personas que prorrumpen en lágrimas de arrepentimiento, siendo sanados de sus enfermedades al imponerles las manos. Yo mismo estuve a punto de llorar durante el canto que siguió, al imaginarme a mí mismo dirigiéndome a grandes asambleas de gente necesitada en todo el mundo. Recibí una fuerte impresión cuando me di cuenta de que Edwin estaba pidiendo voluntarios para salir a la calle a evangelizar el viernes siguiente. Me agaché en el banco todo lo que pude, intentando aparentar un gran deseo de evangelizar pero con el inconveniente de una cita previa.
Todos conocemos ese sentimiento. Quizás el siervo se sintió enfadado porque no se le habían dado suficientes recursos. Si le hubieran dado 10 millones de pesetas en vez de uno, habría podido conseguir un verdadero éxito financiero. Pero, ¿qué podía hacer con aquella ridicula suma? No merecía la pena ni siquiera intentarlo.
Quizás algunos de nosotros diríamos algo parecido de las oportunidades que se nos presentan para el servicio cristiano. «Si predicara como Billy Graham, sería evangelista. Si se me dieran bien los idiomas, sería misionero. Si fuera músico, participaría en el coro o tocaría en un grupo. Si fuera universitario, estudiaría teología. Si no fuese tan tímido, comenzaría un estudio bíblico en mi casa. Pero Dios me ha dado tan poco que no merece la pena intentarlo».
Tenemos la historia de los dos pequeños que hablaban de la devoción que se tenían el uno al otro:
—Oye, si tuvieras doscientos millones de pesetas, ¿me darías la mitad?
—Pues claro—respondió el otro.
—¿Y si tuvieras doscientas mil pesetas?
-También te daría la mitad.
—¿Y si tuvieras mil canicas?
—Te daría la mitad—respondió.
—¿Y si tuvieras dos canicas?
(Silencio)
—Eso no vale. Sabes que tengo dos canicas.
Dios quiere nuestras dos canicas. No le interesa la devoción hipotética que podríamos dedicarle si tuviéramos a nuestra disposición un montón de recursos, capacidades y dones espirituales. Quiere que dediquemos nuestras dos canicas a su servicio. Sólo así tendremos algo que presentar el último día como evidencia de que somos hombres o mujeres de fe, siervos buenos y dignos de confianza.
Y dijo a los que estaban presentes: Quitadle la mina, y dadla al que tiene las diez minas. Ellos le dijeron: Señor, tiene diez minas. Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. (Lucas 19:24–26)
Esto puede parecernos injusto. ¿Por qué habría que darle su mina al que ya tiene tantas?—podría muy bien argumentar el siervo.
Jesús, no obstante, ilustra aquí un principio espiritual que repite en muchas ocasiones: que no se puede alcanzar la vida eterna intentando depender de lo que hemos conseguido. Los únicos que van a alcanzar la vida eterna verdadera, tal y como Dios quiere, son aquellos que están dispuestos a perder su vida. Las personas que se guardan sus vidas, acumulando lo que Dios les ha dado, terminarán perdiéndolo todo. Las personas que reciben, paradójicamente, son aquellas que están dispuestas a dar, a arriesgarse a sí mismas y a arriesgar lo que Dios les ha dado. En el día del juicio no existirá una casa a mitad de camino para aquellos que se quedan en un término medio.
La narración que hace Lucas de la historia deja que el destino final de este hombre quede dudoso. Parece trazar una línea entre el destino del siervo malo que pierde el derecho a su recompensa y el de los rebeldes que pierden el derecho a sus vidas, pero puede que no sea sabio confiar demasiado en esa distinción. Porque, en la versión de Mateo de la misma historia, el final es mucho menos optimista: «Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes» (Mateo 25:30).
Lo irónico del caso del siervo sin fe es que, al intentar evitar los riesgos, de hecho estaba arriesgándose al máximo, se estaba jugando su alma.
¡Pronto volverá a ser lunes! Podemos levantarnos deprimidos y tristes, como personas que no van a ninguna parte; o motivados y con ambición, como personas que saben que se dirigen a algún lugar. La elección es nuestra.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6