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sábado, 28 de julio de 2012

El Pastor como padre de familia: Direccion eficaz


biblias y miles de comentarios
 
I.  Introducción.
A.  Salutación.
1.  La paz del Señor para todos ustedes, queridos compañeros y compañeras del “reino inconmovible” de “nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (Hebreos 12:28; 2 Pedro 1:11), embajadores de Dios y sus colaboradores en “el ministerio de la reconciliación” (1 Corintios 5:18 – 6:1).
2.  Este servidor agradece sinceramente la invitación de presentar esta conferencia. Me siento muy honrado, fervientemente deseando ser instrumento apto para la ocasión, portador de algún regalo espiritual útil y valioso para cada mente, cada alma presente.
B.  El tema asignado es el siguiente: “El ministro y su familia”.
1.  Por “ministro” entiendo “predicador, evangelista, maestro, obispo o diácono”, pues todos estos “ministran” a la iglesia en alguna que otra forma, suponiéndose que todos sean buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”. “Si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo” (1 Pedro 4:10-11).
2.  “Ministro”, con o sin sueldo, así porque se encuentran representantes de ambos grupos en el modelo del Nuevo Testamento.
3.  “Y su familia.” Entiéndase, la que él mismo ha formado. Su esposa. O esposa e hijo. O esposa e hijos. De manera que, ¡cualquier ministro no casado puede marcharse ya!, si quiere, pues no está incluido en este tema. Pero, quédese, se lo suplicamos, por si acaso no soporte más y de repente quisiera casarse más pronto que tarde. Tiene que ser antes de morir, sabe usted estimado hermano soltero, porque allá no “se casan, ni se dan en casamiento” (Lucas 20:35).
II.  ¿Quieren conocer a un predicador ideal, con su esposa ideal e hijos ideales?
A.  Tengo el inmenso placer de presentarles: [En representación de los personajes que se nombran se utilizaron figuras apropiadas impresas a color y montadas individualmente en cartulinas blancas de tal manera que se sostenían en pie. El orador las sacaba una a una de una caja colocándolas en una mesa frente de él mientras las identificaba.]
1.  Al hermano Gayo, “G A Y O”, como en Romanos 16, predicador ideal, y además esposo ideal y padre ideal. Tiene cuarenta y ocho años de edad.
2.  A la hermana Febe, la esposa ideal de Gayo, y también madre y maestra bíblica ideal. Ella no quiso decirme cuántos años de edad tiene.
3.  A Nereo, el ideal hijo mayor de esta pareja.
4.  A Julia y Olimpas, hijas ideales de Gayo y Febe.
B.  Contemplemos detenidamente a esta pareja ideal.
1.  Tan puro, completo, maduro, rico y fuerte es su amor mutuo, “más fuerte que la muerte” (Cantares 8:6) , que constituye, efectivamente, una impenetrable barrera, a manera del cristal a prueba de golpes o balazos, alrededor de ellos, contra la que se estrellan, cual pájaro errante, toda tentación o seducción sexual, y también toda persona, incluso miembros carnales de la iglesia, que intente conquistar o corromper a cualquiera de los dos, que pretenda romper su matrimonio ideal.
2.  Sus relaciones íntimas satisfacen perfectamente a ambos, siempre cumpliendo amorosamente cada uno “el deber conyugal” (1 Corintios 7:3-5). Tanto es así que “no son ya más dos, sino una sola carne” (Mateo 19:6), no habiendo ni siquiera la sombra, sueño o fantasía de otra mujer u hombre que se interpusiera entre ellos.
3.  No es menos grato o lleno su compartir social, pues, además de esposos, también son íntimos amigos y compañeros de absoluta confianza.
a)  Conversan libre, animada e inteligentemente, seleccionando tanto ella como él solo temas o asuntos que ameriten la consideración de dos mentes maduras y poderosas, no malgastando nunca sus excelentes dones de comunicación en boberías dañinas, dimes y diretes contenciosos o sujetos estériles.   
b)  Nunca se enfrascan en airados argumentos personales. No cruza entre ellos ninguna palabra o expresión soez.
c)  Jamás en la vida miente o maldice Gayo a Febe, ni Febe a Gayo. Él no guarda en su corazón secretos oscuros y potencialmente peligrosos, ni tampoco ella. Ambos son completamente transparentes el uno para el otro.
4.  Se complementan maravillosamente en todo aspecto de carácter, talento y obra. El resultado admirable de tan ideal acoplamiento es la creación de un todo notablemente más fuerte y productivo que sus partes separadas. O sea, el rendimiento y la resistencia de Gayo es mayor por ser unido él a Febe, y viceversa.
5.  El mutuo apoyo y respeto de esta pareja en el matrimonio, al igual que en la crianza de los hijos y la realización de toda obra espiritual en la iglesia, son de calidad y nivel superlativos.
6.  Moderación y solvencia económica son las normas inviolables que siguen en todo aspecto material de su vida.
a)  Comen con moderación, proyectando sus cuerpos físicos buena salud, vigor, control.
b)  Sus vestidos, pese a no ser “costosos” (1 Timoteo 2:9), reflejan buen gusto.
c)  No están embrollados con deudas. No malgastan sus recursos. ¡Nunca pelean sobre dinero o cualquier cosa material!
d)  Verdaderamente, ¡son una pareja del todo ideal! ¿De acuerdo?
C.  Fijemos nuestra atención en los hijos de Gayo y Febe.
1.  Nereo, el mayor, de veintiún años de edad, es un adulto joven cristiano cuyo porte aun entre conocidos inconversos nunca da lugar a maledicencias. Muy activo en la congregación local, se está preparando para enseñar clases bíblicas y predicar. En todo sentido, es un hijo ideal.
2.  Julia, con sus diecinueve años, y Olimpas, con quince, son muchachas encantadoras de testimonio intachable. Ya bautizadas las dos, se visten “con pudor y modestia” (1 Timoteo 2:9-10), imitando a su santa madre. Comparten alegremente con sus padres y hermano, también disfrutando sanamente las actividades de la iglesia. Sin discusión, ¡son ideales estas dos hijas de Gayo y Febe!
D.  Predicador ideal, con una esposa ideal y tres hijos ideales.
1.  Toda pareja o familia de la iglesia está admirada de esta familia cristiana ideal. Con sobrada razón, la tienen en un pedestal. Se refieren a ella con tremendo respeto, orgullo y hasta con reverencia. Los espirituales la miran como paradigma digna de imitar, mientras los menos maduros la envidian, buscando alguna grieta en su fachada.
2.  Aun la gente del mundo alaba a esta familia cristiana ideal, no encontrando defecto alguno de que mofarse.
E.  Quizá la mayoría de las parejas presentes, o representadas, en esta asamblea pertenezca a esta categoría de “Matrimonio ideal; familia ideal”. ¡Ojalá! ¡Ojalá! ¡Dios quiera que así sea! Porque somos “embajadores” suyos. “Colaboradores” del mismo Padre celestial, Creador del universo, en su magna obra de “reconciliación”, “como si Dios rogase por medio de nosotros”, y es vital que proyectemos fielmente los mismos atributos divinos que él posee.
1.  Si Jesucristo se materializara en este instante en este salón, pidiendo que se pusiera en pie todo predicador, esposo y padre ideal, con su esposa e hijos ideales, este servidor tendría que tomar asiento enseguida, no por canoso o viejo sino por la distancia sustancial entre lo que soy y el ideal que debería ser.
2.  Por difícil que sea llegar a la altura del hermano Gayo, aun imposible, debo perseguir con pertinacia la meta, no rebajándola caprichosamente sino esforzándome varonilmente para subir al mismo nivel, y no justificando mis fallas ni comparándome con quienes estén más lejos del ideal que yo mismo.
III.  [Casa donde moran no solo un ministro de Cristo con su familia sino también unos “espíritus malos”. Para ilustrar las enseñanzas traídas en esta parte del mensaje se utilizó una casa de juguete y muñecos apropiados en representación de los miembros de la familia analizada.]
A.  ¿Qué les parece esta hermosa CASA? De tres pisos. Balcones en cada piso. Regia entrada con altas columnas. Me la prestó mi amiguita Karina, hermanita de Omar, hijos de José y su esposa Omayra, de la congregación en Bayamón. ¡Ya mi esposa Rita quiere una igual! ¿Qué voy a hacer? Pues, ni modo. ¡Complacerla! Mi anhelo es ser esposo ideal.
B.  Pretendiendo a manera de niños, diremos que moran en esta casa cierto ministro de Cristo, juntamente con su familia. Helos ahí frente a la casa. Los dejamos en el anonimato para evitar complicaciones. La casa tiene fachada de normal, y también casi siempre esta familia cuando participa en actividades de la iglesia o anda entre el público, bien sea de compras o de paseo. Mas sin embargo, en su interior esta casa está como hechizada, y esta familia, una vez encerrada en ella, cambia asombrosamente de carácter y comportamiento. Esto se debe al hecho de que también moran en la casa unos “espíritus malos”.
-Qué conste: seguimos pretendiendo.
Estos “espíritus” dañinos moran allí, tal cual unos fantasmas o duendes malévolos, solo porque el predicador y su esposa consienten en su presencia, tolerándolos y hasta alimentándolos. El apellido de este género es “Hipocresía”. Ahí están, aunque invisibles al ojo humano: los dos grandes, “Papá Hipocresía” y “Mamá Hipocresía”, con sus “Tres Pequeñas Hipocresías”.
C.  Asumiendo que el predicador y su familia hayan entrado ya en la casa, la volteamos para verla por dentro. Cómoda. Buenos muebles. Cualquier familia estaría a gusto aquí. Pero, esta familia en particular, pese a su calificativo de “cristiana”, está sacudida frecuentemente por fuerzas malignas que amenazan con dejarla postrada en el suelo de la vergüenza y derrota.
1.  A los diez minutos de haber cerrado la puerta, el predicador y su esposa se transforman de “cristianos” a “mundanos”. Él, frunciendo severamente las cejas, se sienta a la mesa en el comedor. Medio molesto, ordena a sus hijas a “cerrar la boca, apagar el televisor y no hacer ruido alguno”. Con voz glacial, se dirige a su esposa. “Mujer, estoy cansado y tengo hambre. Sírveme una taza de café caliente enseguida y fríeme dos chuletas con veinte tostones”. Comienza una tire jala maliciosa, punzantes acusaciones y contra acusaciones, miradas llameantes que fríen sentimientos en un sartén de cólera hirviente, asesinato de carácter.
a)  Esposa al esposo: “¡Cuidado de hablarme así, tú con tus actitudes malas y falta de respeto! Te lo digo de nuevo: ¡tú no eres en nuestro matrimonio y hogar la misma persona que cuando estás en el púlpito o entre los miembros! Allá tú eres un angelito, pero acá abusas verbal y emocionalmente de mi, tu esposa, y de nuestras hijas. ¡Tú, machista al fin! Tan agresivo. Mal humorado. Siempre inconforme. ¡Hipócrita! Eso es lo que tú eres. Si los hermanos te conocieran como tú eres realmente, ¡no te permitirían dirigirse a la congregación!”
b)  Esposo a la esposa: “¿Así?, mujer criticona. ¡Otro tanto diría yo de ti! Tan sumisa y mansa aparentas ser conmigo en la congregación, pero cuando somos tú y yo, nada más, sacas las uñas de todos tus disgustos, frustraciones y rencores. ¡Hipócrita! ¿Por qué sigues pretendiendo? No eres cristiana. No sabes apreciarme. Solo te preocupas por tu linda casa e hijas, ¿verdad?”
c)  Y los demonios del género “Hipocresía” se escuchan tras las paredes riéndose a carcajadas burlonas.
d)  Y las tres hijas de la pareja también lo presencian todo, asustadas, aturdidas. Observan tristes, aun llorando, el comportamiento contradictorio de sus padres, reforzándose en sus corazones impresiones negativas, confusión, temor, complejos, coraje, desprecio, resentimiento, no solo hacia los padres sino también hacia la iglesia, la que supuestamente representan, aman y promocionan sus padres en capacidad oficial.
-Hipocresía en los padres. He aquí tal vez la causa capital de un fenómeno demasiado común en familias de predicadores, evangelistas o maestros de clases bíblicas: me refiero a él de hijos espiritualmente indiferentes, fríos, rebeldes, mundanos, hostiles que no obedecen “de corazón” al Señor (Romanos 6:17), que abandonan a la iglesia.
e)  Ejemplo de una hipocresía tamaño “Papá” o “Mamá” es la infidelidad sexual del predicador, su esposa o ambos mientras continúan con osada desfachatez en los ministerios. Otra hipocresía escandalosamente grande es la de tomar “la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6:4-6). De dimensiones no pequeñas es la hipocresía que engendran “glotonerías”, vicio vinculado con “borracheras” en textos tales como Romanos 13:13, pero sutilmente desvinculado, usualmente con expresiones graciosas, por siervos y siervas de paladar insaciable. ¿Con qué moral fulminar yo contra “borracheras” y otros pecados parecidos si me sirvo de continuo con la cuchara grande? ¡Y vuelvo a llenar el plato!
-Desde luego, estamos exagerando para el efecto. Y seguimos pretendiendo.
2.  Amados, en el contexto de este mensaje, este servidor ciertamente no pronuncia la antipática palabra “Hipocresía”, tan lastimosa a nuestros oídos y sensibilidades, en son de censura para nadie. La menciono como tema para análisis porque mi apreciación personal es que este pecado asedia tenazmente especialmente al predicador, evangelista, maestro, maestra, anciano o diácono, como el lobo rapaz a su presa –sigilosa, disimulada y persistentemente, a menudo sorprendiéndolo precisamente en el seno del hogar. Nos asedia tal cual a los maestros judíos de la Ley Mosaica en el tiempo de Cristo, llamándolos “hipócritas” el Señor siete veces tan solo en Mateo 23. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!” “Dicen y no hacen”, error grave demasiado fácil de cometer. Si bien las hipocresías suelen trastornar el matrimonio y enajenar a nuestros hijos, no es menos cierto que disgustan a la iglesia y nos exponen a la mofa de inconversos. Por consiguiente, es menester expeler de nuestra casa espiritual al género “Hipocresía” con patadas duras y despidos terminantes.
a)  Nada de excusas baratas. “Pero, querida esposa, amados hijos, queridos hermanos, ¡yo también soy humano! A veces, soy débil.” ¿No es esta la justificación común y corriente del que es tildado de “hipócrita”?
b)  “¡Yo también soy humano!” O sea, ¿más “humano” que espiritual? ¿Más hombre natural y carnal (1 Corintios 2:12-16) que “nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”? (Efesios 4:22-24; Colosenses 3:9-10). Quienquiera tenga este concepto de sí no es apto para ser predicador, evangelista, maestro de la Palabra. Digo, a mi entender.
c)  “A veces, soy débil.” Sí, y yo también. Pero, cuando lo soy he de arrepentirme enseguida, pidiendo perdón tanto a los míos como a Dios, y  enderezar prontamente mi caminar (Hebreos 12:12-13) para que mis debilidades no se perciban o se interpreten como “hipocresías”.
3.  ¿Queremos alejar lejos al género “Hipocresía”? Pues, la arma poderosa para lograrlo es “la sincera fidelidad a Cristo” (2 Corintios 12:3). ¡Las “Hipocresías” no soportan la sinceridad!
a)  “Con sencillez y sinceridad de Dios… nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros” (2 Corintios 1:12).
b)  “Con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Corintios 2:17).
c)  “Sinceridad”, “Sencillez” y “Honestidad” son los nombres de las hermosas “hijas”, maduras y sin afectaciones, nacidas de motivaciones puras, desinteresadas, fuertes. En contraste, “Insinceridad”, “Hipocresía”, “Pretensión” y “Engaño” son la mala crianza de motivaciones egoístas, materialistas, carnales. En lo más profundo de su corazón, cada obrero conoce sus motivaciones, a no ser que se engañe a sí mismo.
IV.  Purificando nuestro matrimonio, familia y hogar de las fuerzas malignas identificadas, procedamos a fortalecerlos grandemente, acercándolos cada vez más al magnífico “ideal”. Aunque nada nuevo traiga para su consideración, quisiera compartir cinco sugerencias sencillas para el fortalecimiento del matrimonio y la familia del “buen ministro de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina” (1 Timoteo 4:6).
A.  Primera sugerencia. Informar y orientarse ampliamente sobre todo aspecto de sus ministerios, particularmente sobre los que impactan a la familia, haciéndolo con total transparencia.
1.  El predicador, evangelista, maestro, etcétera, a su esposa e hijos.
2.  La esposa a su esposo e hijos.
3.  Respecto a sus deberes, compromisos, obras, oportunidades, luchas y pruebas, si el ministro no orienta con lujo de detalle a su esposa, ¿por qué esperar que ella le comprenda o apoye. Debidamente informada ella, ha de reciprocar esta confianza, examinando con “inteligencia espiritual” (Colosenses 1:9) lo expuesto para comprenderlo ella misma a cabalidad y poder explicárselo también a sus hijos. Esto lo puede lograr ella con tal de ser tan espiritual como su esposo e igualmente comprometida con la obra del Señor.
4.  –“¿Por qué nos conviene trasladarnos a Nicaragua para trabajar en la obra de la iglesia?” –“Mamá, ¿por qué se fue papá a Puerto Rico para ese Encuentro, dejándonos solitos acá?” –“Querido esposo, ¿por qué estás llegando tarde a casa a menudo? Los niños preguntan. Comen y se acuestan sin verte.” –“Papá, ¿por qué no vivimos mejor? ¿Por qué estudias la Biblia tanto? ¿Por qué no juegas más con nosotros?” Contestaciones inteligentes y amenas a estas preguntas fortalecen a la familia. Mejor todavía, explicaciones dadas oportunamente con cariño y respeto rinden innecesario este tipo de pregunta o inquietud.
B.  Segunda sugerencia. Procurar equilibrar deberes en la “Balanza de responsabilidades”.
-Por un lado, los deberes de ministerios espirituales. Por el otro, los deberes de matrimonio, familia y hogar. ¡Equilibrados! Ejecutar esta proeza día tras día, año tras año, durante todas las etapas de la vida, requiere un grado altísimo de sabiduría celestial, mucha reflexión, planificación y cooperación.
C.  Tercera sugerencia. Adiestrar a miembros idóneos, delegándoles ministerios y no adueñándose usted de toda administración, de toda obra. Entre los dividendos que arrojan este proceder bíblico se cuentan los siguientes: más tiempo libre para usted y su familia y una congregación más madura, eficiente y productiva.
D.  Cuarta sugerencia. Cerrar la puerta y las ventanas de su casa, tanto las materiales como las espirituales, contra personas entrometidas, miembros al igual que no miembros, que lastimaran a usted y su familia con sus chismes, difamaciones, críticas destructivas, exigencias, mal ejemplo, etcétera. Y controlar también las comunicaciones vía teléfono, incluso el celular, y correo electrónico.
E.  Quinta sugerencia. No vacilar en admitir su culpa y pedir perdón a su cónyuge, también a sus hijos, por cualquier incumplimiento u ofensa, aunque no haya sido intencional.
V.  Las familias más importantes sobre la faz de la tierra, ¿cuáles son? ¿Cuáles son las familias más importantes de México, Colombia, Costa Rica, El Salvador, República Dominicana, Canadá, Estados Unidos de América y Puerto Rico?
A.  En el renglón político, las más importantes son las de los mandatarios máximos.
B.  En el renglón moral y espiritual, las familias más importantes son las de los predicadores, evangelistas, maestros, ancianos y diáconos fieles al Señor en su misión, mensaje y práctica. Dada la infinita superioridad del eterno Reino de Dios sobre las temporales naciones seculares del mundo, afirmamos confiadamente que las familias al frente de este Reino divino son, en definitiva, ¡las más importantes sobre la faz de la tierra! Doy expresión pública a esta gran verdad sublime no en tono soberbio de jactancia, ni para competir con el mundo, ni tampoco para que nos gloriemos desmedidamente, sino para poner de relieve nuestro importantísimo lugar elevadísimo en “el ministerio de reconciliación” que el amoroso Dios Padre está efectuando entre los seres humanos.
-Respetados ministros casados, queridas esposas y preciosos hijos de varones que administran los trabajos únicos del Reino divino, ¡no somos poca cosa en este mundo! ¡Somos los matrimonios y las familias más importantes sobre la faz de la tierra! Embajadores somos del Reino celestial enviados a proclamar perdón y salvación. Somos “gloria de Cristo” (2 Corintios 8:23). Vivamos, pues, a la altura de nuestro llamamiento y vocación. Conduzcamos todos nuestros asuntos día tras día plenamente conscientes de la sin igual posición que ocupamos ante el mundo, la iglesia y el Creador mismo.
-“Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 Pedro 5:4).


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Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6