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viernes, 20 de marzo de 2015

No temas, gusano de Jacob: Yo te he puesto por trillo para moler montes

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la conde nación del diablo. 1Timoteo3:2,6



 
 
Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Capacitación Ministerial
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                      No temas, gusano de Jacob

No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor. He aquí que yo te he puesto por trillo, trillo nuevo, lleno de dientes; trillarás montes y los molerás, y collados reducirás a tamo. Los aventarás, y los llevará el viento, y los esparcirá el torbellino; pero tú te regocijarás en Jehová, te gloriarás en el Santo de Israel.
(Isaías 41:14–16)


Antes de ascender a los cielos, el Señor Jesucristo encargó a un pequeño grupo de hombres sin recursos humanos la tarea de hacer discípulos en todas las naciones debajo del cielo; y les prometió que estaría con los Suyos en el cumplimiento de esa encomienda, hasta el fin del mundo. ¿Con qué contaban estos hombres para llevar a cabo semejante empresa? Con lo mismo que nosotros contamos hoy: la promesa de la presencia de Cristo por medio de Su Espíritu.
Esa ha sido la Historia del pueblo de Dios: un puñado de hombres y mujeres débiles, llevando a cabo una gran encomienda, y con un solo recurso a la mano: la promesa de ayuda y asistencia del Dios Todopoderoso. Y nunca han sido más efectivos los hijos de Dios a lo largo de los siglos que cuando han recordado cuán débiles son, y con qué recursos cuentan para llevar a cabo la tarea que se les ha encomendado. Ese es el tema que quiero considerar en esta ocasión, a la luz de Isaías 41:14–16. Pero, antes, vamos a ubicar el texto en su contexto…
El capítulo 40 de Isaías inicia una nueva sección en el libro, cuya nota dominante es la consolación de Dios a Su pueblo, anunciándole de antemano que serían librados del cautiverio babilónico que iban a padecer unos años más tarde: “Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados” (Isaías 40:1–2). En los versículos siguientes se exalta el poder y la grandeza de Dios, que Él mostrará en favor de Su pueblo para llevar a cabo semejante liberación.
Luego, en el capítulo 41 y en el contexto de todo lo que Él hará a favor de Su pueblo, Dios reta a los ídolos de las naciones vecinas a que muestren de alguna manera que realmente son dioses:

  Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob. Traigan, anúnciennos lo que ha de venir; dígannos lo que ha pasado desde el principio, y pondremos nuestro corazón en ello; sepamos también su postrimería, y hacednos entender lo que ha de venir. Dadnos nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses; o a lo menos haced bien, o mal, para que tengamos qué contar, y juntamente nos maravillemos (vv. 21–23).

En otras palabras: “Manifestad de alguna manera vuestro poder para que podamos maravillarnos en ello; o dad algún aviso de lo que ha de suceder en el futuro, para que sepamos que sois genuinamente divinos”. Dios está denunciando a través de Su profeta la insensatez de la idolatría: “He aquí que vosotros sois nada, y vuestras obras vanidad; abominación es el que os escogió” (v. 24). Pero al mismo tiempo está llevando a Su pueblo a fortalecerse en la fe.
Israel era una nación pequeña, rodeada de naciones poderosas y crueles que podían aplastarla en cualquier momento. De hecho, el mismo Dios había anunciado que serían llevados en cautiverio por causa de su pecado. Pero, en medio de ese panorama tan sombrío, viene este anuncio tan esperanzador: “No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor”. Esa nación pequeña y vapuleada se levantaría de nuevo, porque el mismo Dios que había traído juicio sobre ella, traería también liberación en el momento preciso.
Hay tres aspectos en nuestro texto a los que quiero llamar la atención; y el primero de ellos es la descripción que hace Dios de Su pueblo.


LA DESCRIPCIÓN QUE HACE DIOS DE SU PUEBLO

Él está tratando de alentarlos y darles valor, pero no solo los describe como gusanos, sino que para colmo les recuerda que son pocos: “No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel”. En cierta ocasión estaba leyendo las Escrituras cuando, no sé de dónde, cayó sobre una de sus páginas un pequeño gusanito; y solo fue necesario un ligero movimiento de mis dedos para deshacerme de él. ¡Cuán indefensos son los gusanos! ¡Cuán débiles! Y, sin embargo, esa es la figura que usa Dios aquí para describir a Su pueblo.
Israel llegó a su punto más bajo durante el cautiverio babilónico, y algunos de sus más feroces enemigos estaban alcanzando entonces su punto más alto, tanto en poderío militar como económico. Seguramente muchos judíos veían su nación como un pequeño gusano en medio de animales feroces y depredadores. Pero en vez de corregir esta percepción y subirles la autoestima, Dios les hace ver que su percepción es correcta: se sienten como un pequeño y débil gusano, porque eso es precisamente lo que son; y esta descripción se aplica a nosotros también: separados del poder de Dios, somos seres débiles e indefensos.
Pensemos en nuestra vida física, por ejemplo: el más fuerte de los hombres sufre una embolia y repentinamente se convierte en un vegetal. La picadura de una araña o el ataque de un virus microscópico pueden ser suficientes para llevarnos a la tumba. El hombre en su soberbia se siente fuerte e invencible, sobre todo si goza generalmente de buena salud. Pero nada puede evitar que lleguen los años del achaque y, a final de cuentas, todos nosotros nos apagaremos como una vela. “¿Qué es vuestra vida? —pregunta Santiago—. Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). Cada segundo nuestra vida pende de un hilo delgado, y lo único que evita que ese hilo se rompa es el poder y la misericordia de Dios. Somos como “la hierba que […] en la mañana florece y crece; [y] a la tarde es cortada, y se seca” (Salmo 90:5–6). Estamos sujetos al dolor y a la enfermedad, a los achaques del cuerpo, a la debilidad y al cansancio físico.
Y lo mismo podemos decir de nuestra vida emocional. ¿Acaso no es cierto que nuestras emociones suelen ser sorprendentemente fluctuantes? En un momento podemos estar rebosantes de alegría porque alguien nos ha expresado su amor o su aprecio, y al minuto siguiente estar al borde de una depresión, porque hemos oído un chisme sobre nosotros o algunos nos han mostrado francamente que no somos de su agrado.
Somos débiles física y emocionalmente. Y en el plano espiritual somos mucho más débiles aún. El más fuerte de los cristianos es, en sí mismo, tan débil como un gusano cuando tiene que enfrentar los embates y las seducciones del enemigo de su alma. El rey David quedó reducido a un bocado de pan por la visión de una mujer hermosa; y este hombre, que era conforme al corazón de Dios, llegó a ser motivo de escarnio y de burla para la verdadera fe. Somos débiles, hermanos, muy débiles, y el enemigo de nuestras almas es fuerte, astuto y cruel. Dios nos advierte en Su Palabra que Satanás anda como un león rugiente buscando a quien devorar.
Y si no tenemos fuerzas en nosotros mismos para resistir los ataques del enemigo, menos fuerzas tenemos aún para el avance y la ofensiva. El Señor Jesucristo describe nuestra tarea, en Mateo 12:29, como un asalto a la casa del hombre fuerte. Se nos ha llamado a penetrar en la fortaleza del enemigo y rescatar a sus cautivos. No es tarea fácil la que se le ha encomendado a la Iglesia. Somos como esos equipos de rescate que se envían al mar para recoger cadáveres; pero no para darles una honrosa sepultura, sino para darles vida por medio del Evangelio. Y nos preguntamos quiénes somos nosotros para semejante tarea. Como dice Daniel Shanks, “en la causa de Dios y de la verdad, nuestros propios recursos y habilidades nunca nos darán la victoria”. “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6).
Hasta que lleguemos al punto de decir junto con David en el Salmo 22:6: “Soy gusano, y no hombre”, todavía no estaremos preparados para ser usados por Dios. Hubo una época en que Moisés se sintió capaz de liberar al pueblo de Israel, y Dios tuvo que enviarlo a la “escuela de Madián” durante cuarenta años para moldear su carácter; hasta tal punto que cuando Dios se le aparece en el episodio de la zarza y le manda llevar a cabo lo que cuarenta años atrás había intentado hacer por sí mismo, Moisés le responde: “¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?”. Por fin había adquirido conciencia de su “gusanía” y ahora estaba listo para ser usado por Dios. Moisés fue un instrumento poderoso en las manos de Dios, pero solo cuando se vio a sí mismo bajo esta luz y reconoció su propia indignidad y debilidad.
Y esto mismo era lo que Dios quería que Su pueblo entendiera en los días del profeta Isaías. Él tenía grandes cosas reservadas para ellos, pero primero debían dejar de confiar en sí mismos y verse como un gusano indefenso. Hasta que ese momento llegara, Israel no sería más que un pequeño gusano con delirios de grandeza, pero una vez adquirieran conciencia de lo que realmente eran, estarían preparados para las grandes cosas que Dios haría en ellos y con ellos.
Ya vimos cómo Dios describe al pueblo; veamos ahora, en segundo lugar, lo que Él les promete.


LA PROMESA DE DIOS PARA SU PUEBLO EN DEBILIDAD

“He aquí que yo te he puesto por trillo, trillo nuevo, lleno de dientes; trillarás montes y los molerás, y collados reducirás a tamo. Los aventarás, y los llevará el viento, y los esparcirá el torbellino; pero tú te regocijarás en Jehová, te gloriarás en el Santo de Israel” (vv 15–16). Ningún obstáculo podría interponerse para que Dios llevara a cabo Su obra en medio de ellos como, de hecho, sucedió. Unos 150 años después de que Isaías escribiera esta profecía, Dios levantó a Ciro el Persa (mencionado veladamente en este mismo capítulo, en los versículos 1–2 y 25, y al que luego señala por nombre en 44:28 y 45:1), el cual decretó el regreso de los judíos a su tierra (2 Crónicas 36:22–23). Y a pesar de todas las intrigas que se tejieron en los meses siguientes para impedir que los judíos llevaran a cabo la reconstrucción de las murallas de Jerusalén y del Templo, ninguna conspiración pudo contra ellos, como vemos en el libro de Nehemías.
Ningún enemigo, por poderoso que sea, podrá prevalecer contra el pueblo de Dios, siempre que este no intente luchar con sus propias fuerzas.
En los días de Gedeón se juntaron los madianitas y amalecitas con otros pueblos del Oriente para atacar a Israel. Dice la historia bíblica que eran como langostas en multitud tendidos en el valle, y sus camellos eran innumerables como la arena que está a la ribera del mar. Pero Dios levantó a Gedeón para libertar a Su pueblo, y se juntaron en torno a él más de 30 000 israelitas, un ejército comparativamente pequeño si tomamos en consideración que el ejército enemigo contaba con unos 135 000 hombres.
No obstante, Dios consideró que ese número era muy alto y debía disminuirse: “El pueblo que está contigo es mucho para que yo entregue a los madianitas en su mano […]. Ahora, pues, haz pregonar en oídos del pueblo, diciendo: Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase” (Jueces 7:2–3). Se volvieron 22 000; de modo que quedaron 10 000… ¡para enfrentarse a 135 000! Pero Dios consideró que era mucho pueblo todavía. Seguían pareciéndose más a un ejército poderoso que a un grupo de gusanos. Así que usaron un sistema de selección que tenía que ver con la forma en la que tomaban el agua, y finalmente quedaron 300 hombres. “Entonces Jehová dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos” (Jueces 7:7). Y así lo hizo Dios; con la particularidad de que lo único que hizo este ejército tan peculiarmente pequeño fue tocar unas trompetas y levantar sus teas encendidas. Dios se encargó del resto.
Otro episodio que viene a nuestras mentes es el de David y Goliat. Los filisteos desafían a Saúl y lo retan a buscar entre el pueblo a alguien que se enfrente en una lucha cuerpo a cuerpo con ese gigante que mide unos 3 m de alto. David llega en ese momento a visitar a sus hermanos en el campo de batalla, escucha el desafío y acepta el reto; siendo un joven adolescente, se enfrenta con Goliat únicamente con una honda y cinco piedras lisas. David era un gusanito en comparación con Goliat; pero la piedra que salió de su honda fue lanzada con energía y dirigida por el poder de Dios, de tal modo que penetró con fuerza en el punto preciso.
En nuestras propias fuerzas somos tan débiles como gusanos, pero un gusano en las manos del Todopoderoso puede hacer cosas extraordinarias. Y esto nos lleva a nuestro tercer punto.
Ya hemos visto la descripción que hace Dios de Su pueblo y la promesa contenida en el texto; veamos ahora, en tercer lugar…


LA BASE QUE SUSTENTA LA PROMESA

“No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor” (v. 14). Notad que Dios no dice a Su pueblo: “No temas, gusano de Jacob, mañana serás un león”. ¡¡No!!; seguiría siendo un gusano, pero uno que Dios promete usar como instrumento para trillar los montes y moler los collados. “He aquí que yo te he puesto por trillo, trillo nuevo, lleno de dientes”. El trillo era un instrumento de labranza que, tirado por bueyes, desbarataba los montones de grano o de tierra. Un trillo por sí mismo no puede hacer nada, pero si es movido con fuerza y empuñado por una mano diestra, puede hacer grandes cosas. Las naciones poderosas eran como manojos de trigo, e Israel era como un trillo nuevo, bien afilado y lleno de dientes, movido y guiado por el Todopoderoso.
Se cuenta la historia de cierto capitán cuya bandera siempre estaba en alto en la batalla, y cuya espada era temida por todos sus enemigos. Su monarca, intrigado, quiso conocer que secreto encerraba esa espada que había ganado tantas batallas, y le pidió al capitán que se la enviara. Pero después de examinarla cuidadosamente el monarca no encontró en ella ninguna cosa especial, así que se la devolvió al capitán con esta nota: “No veo nada maravilloso en la espada; y no puedo entender por qué cualquier hombre tenga que tener temor de ella”. El capitán, entonces, con todo respeto le envió otra nota diciendo: “Vuestra majestad ha sido complacida en examinar la espada, pero yo no le envié el brazo que la porta; si pudiera examinarlo también, y el corazón que guía ese brazo, entonces podría comprender el misterio”.
El secreto no estaba en la espada, sino en el brazo que la manejaba y el corazón que guiaba al brazo. No es al hombre de Dios al que debemos mirar, sino al poder de Dios que está detrás del hombre. La Escritura señala que los ministros no somos competentes por nosotros mismos para hacer la obra de Dios, sino que nuestra competencia proviene de Él (2 Corintios 3:5). Somos lo que somos por la gracia de Dios; sin esa gracia somos menos que nada, gusanos débiles e indefensos: “Separados de mí —dice Cristo— nada podéis hacer” (Juan 15:5).
David llevó al pueblo de Israel a su máximo esplendor, y su reino vino a ser uno de los reinos más poderosos del mundo en aquel entonces. Dice en 1 Crónicas 11:9 que “David se engrandecía cada vez más”. ¿Cuál era su secreto? Que “el Señor de los ejércitos estaba con él”. Aunque somos débiles gusanos, amparados en Dios haremos proezas. Él es el Dios Todopoderoso; Aquel cuya mano nadie puede detener, ni preguntarle: “¿Qué haces?” (Daniel 4:35). Él es el Dios Soberano que gobierna sobre todas las cosas que ha creado, cuyo dominio es tan vasto que si pudiésemos volar eternamente a la velocidad de la luz, nunca encontraríamos sus límites.


CONCLUSIÓN

Para concluir, quisiera señalar algunas lecciones prácticas que podemos extraer de nuestro pasaje.
En primer lugar, aprendemos de nuestro texto que, para ser usados por Dios, debemos comprender primero nuestra propia pequeñez y debilidad. Nadie será fuerte en Dios en tanto que no se vea a sí mismo como Dios nos describe en este texto: como meros gusanos del polvo, porque el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad. “Por tanto, de buena gana me gloriaré mas bien en mis debilidades —dice Pablo—, para que repose sobre mí el poder de Cristo […], porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:9–10).
Siempre somos débiles, pero no siempre estamos conscientes de ello, y nunca somos más incapaces e ineptos en el servicio de Dios que cuando perdemos de vista nuestra propia debilidad. La Biblia nos enseña que “el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña” (Gálatas 6:3). No nos engañemos, pues, a nosotros mismos; aun cuando estamos en nuestra mejor condición espiritual, seguimos siendo débiles gusanos rodeados de flaquezas y debilidades. La Escritura nos advierte que es maldito el hombre que confía en el hombre (Jeremías 17:5). ¿Eres tú un hombre de carne y hueso? No confíes, entonces, en ti mismo, ni para vivir la vida cristiana ni para hacer la obra de Dios.
En segundo lugar, aprendemos también que el pueblo de Dios no debe tener temor a pesar de su débil condición: “No temas, gusano de Jacob”. Somos tan débiles como un gusano, pero el Dios Todopoderoso ha hecho un pacto con Su pueblo de no volverse atrás de hacernos bien (Jeremías 32:40). Él ha comprometido Su nombre y su honor en ayudar al débil. Escucha las palabras del Salmista, en el Salmo 146:

Bienaventurado aquel cuyo ayudador es el Dios de Jacob,
cuya esperanza está en Jehová su Dios,
el cual hizo los cielos y la tierra,
el mar, y todo lo que en ellos hay;
que guarda verdad para siempre,
que hace justicia a los agraviados,
que da pan a los hambrientos.
Jehová liberta a los cautivos;
Jehová abre los ojos a los ciegos;
Jehová levanta a los caídos;
Jehová ama a los justos.
Jehová guarda a los extranjeros;
al huérfano y a la viuda sostiene,
y el camino de los impíos trastorna.

(vv. 5–9)

No temas, hermano, que aunque los obstáculos sean tan grandes como las murallas de Jericó, de un solo grito podremos derribarlas, siempre que gritemos en el nombre de Dios. “En Dios haremos proezas”, dice el Salmista (Salmo 60:12). No siempre esas proezas serán vistas como tales, porque Dios no mide el éxito de una empresa como nosotros solemos hacerlo. Dios llamó al profeta Ezequiel a predicar Su Palabra, y le advirtió de antemano que nadie pondría por obra sus palabras (Ezequiel 33:31–32). Si evaluamos el ministerio de Ezequiel por sus frutos visibles, fue un absoluto fracaso. Pero si medimos a este hombre y su ministerio con una tabla de fidelidad, y consideramos su perseverancia en hacer la obra que Dios le encomendó a pesar de las dificultades, entonces veremos que hizo verdaderas proezas.
Dios no ha llamado a todos sus hijos a ser pastores o misioneros; así como tampoco ha llamado a todos sus ministros a tener ministerios con frutos tan visibles como el de Spurgeon, o como el de Whitefield; pero Él requiere de sus ministros, y de cada uno de sus hijos, “que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2), según los dones y la vocación que el Señor repartió a cada uno. Dios quiere padres y madres que críen fielmente a sus hijos en Su temor; esposos y esposas fieles en ser testimonios vivos en el mundo de la relación de Cristo con Su Iglesia; profesionales que sirvan fielmente a Dios y a su generación por medio de sus talentos y habilidades; obreros fieles que no sirvan al ojo, “como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios” (Colosenses 3:22).
Dios quiere pastores y misioneros que proclamen fielmente Su Palabra, para la salvación de unos y la edificación de otros. Si Dios nos concede ver a miles venir a los pies de Cristo, nos gozaremos enormemente en ello. Eso es lo que quisiéramos ver. Pero si solo son cinco, o diez, o veinte, y logramos llevar a esas almas con seguridad hasta la Canaán celestial, habremos cumplido con nuestro trabajo y escucharemos de Dios lo que todo siervo ansía escuchar de su Amo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21). Una sola alma vale más que el mundo entero (Mateo 16:26). Si tuviésemos que gastar nuestra vida entera por la salvación de un alma, bien habrá valido la pena el esfuerzo.
Propongámonos, entonces, hacer la voluntad de Dios; y cuando nos parezca que los obstáculos son muy grandes, y nos veamos tan pequeñitos delante de ellos como gusanos, que las palabras de Dios contenidas en este texto nos sirvan de aliento y estímulo: “No temas, gusano de Jacob […] yo soy tu socorro”.
Tal vez estás a punto de desmayar bajo el peso de tus responsabilidades como cristiano, o bajo el peso de las tentaciones; y tal vez has deseado declararte impotente y claudicar. Pero a la luz de la enseñanza de este pasaje, te exhorto a volver tu debilidad en una bendición, refugiándote en Dios y en la gloria de Su poder.
En tercer lugar, aprendemos de nuestro texto que nuestra confianza debe estar puesta en Dios y solo en Él. ¿A quién se le ocurriría poner su confianza en un gusano? Nos parece ridículo solo pensarlo; sin embargo, eso es lo que hacemos cada vez que ponemos nuestra confianza en los hombres y no en Dios.
Es bueno que las ovejas confíen en sus pastores, pero no es bueno que descansen en ellos como si fuesen capaces por ellos mismos para llevar adelante la obra de Dios. ¿Qué son los pastores después de todo? Hombres débiles, sujetos a tentaciones, a pruebas inusuales, a ataques despiadados; sujetos al desánimo y al cansancio. Esto es lo que somos. Por eso nunca nos cansaremos de suplicar que oren por nosotros. Mostrad que vuestra confianza está en Dios intercediendo continuamente por vuestros pastores, suplicando que Dios los guarde del mal, y que Dios los tome en sus manos para trillar los montes y moler los collados. Por eso debemos insistir en la importancia del culto de oración congregacional a mitad de semana. Esa es la caldera que mantiene en movimiento el motor de la iglesia. Cuando alguien preguntó a Spurgeon dónde estaba el éxito de su ministerio, su respuesta fue muy sencilla: “La iglesia ora por mí”.
En cuarto lugar, y finalmente, aprendemos de este texto que Dios merece toda la gloria por cada avance y cada logro de Su pueblo. “Pero tú te regocijarás en Jehová, te gloriarás en el Santo de Israel” (Isaías 41:16). Tenemos un tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no nuestra (cf. 2 Corintios 4:7). Somos lo que somos por la gracia de Dios; desprovistos de esa gracia no tenemos nada de qué presumir. “¿Qué tienes que no hayas recibido? —pregunta el apóstol Pablo en 1 Corintios 4:7—. Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?”. Es la conciencia de nuestra debilidad la que nos lleva a exclamar continuamente: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria” (Salmo 115:1).
Sigamos corriendo nuestra carrera con paciencia “con los ojos puestos en Jesús” y poniendo nuestros dones en acción para la expansión del Reino de Dios. Pero sean nuestro estandarte estas palabras de Pablo con las que ahora concluyo: “Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Efesios 3:20–21).

 
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Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6