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viernes, 21 de febrero de 2014

La Palabra de Dios y la palabra del hombre...¿Qué diferencias hay?

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Capacitación Ministerial
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El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.” “Sécase la hierba, cáese la flor: mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.” Mateo 24:35; Isaías 40:8.
El doctor Payson, refiriéndose a la Biblia, ha dicho lo siguiente:

    Destruye este volumen, tal como han tratado de hacerlo en vano los enemigos de la felicidad del hombre, y nos dejarás sumidos en profunda ignorancia con respecto a nuestro Creador, a la formación del mundo en que habitamos, al origen de nuestra raza y sus progenitores, a nuestro destino futuro, relegándonos al plano de la fantasía, de la duda y la conjetura. Destruye este volumen y nos privarás de la religión cristiana, con todos sus consuelos vivificantes, esperanzas y perspectivas que ofrece, no dejándonos nada sino elegir (¡miserable alternativa!) entre las lóbregas tinieblas de la infidelidad y las sombras monstruosas del paganismo. Destruye este volumen y despoblarás el cielo, cerrarás para siempre sus puertas a la desdichada posteridad de Adán, restituirás al rey de los terrores su fatal aguijón, sepultarás la esperanza en la misma tumba que recibe nuestro cuerpo, consignarás a todos los que han muerto antes que nosotros al sueño eterno o calamidad infinita, y nos dejarás sin esperar nada a nuestra muerte, sino suerte similar a la de ellos. En una palabra, destruye este volumen, y nos despojarás al instante de todo lo que impide que la existencia se convierta en el peor de todos los azotes; apagarás el sol, secarás el océano y harás desaparecer la atmósfera del mundo moral, y degradarás al hombre a un nivel desde el cual quizá mire con envidia a los brutos que perecen. 

1. HAY NECESIDAD DE LAS ESCRITURAS

¿Qué cosa es verdad?” preguntó Pilato. Por su tono sugirió que la búsqueda de la verdad era vana, sin esperanzas. Si no hubiera una guía autorizada para llegar al conocimiento de Dios, el hombre y el mundo, Pilato tendría razón. Pero no se necesita caminar a tientas sumido en la duda y el escepticismo, ya que hay un Libro, las “Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15).


  1.1. Tal revelación debe desearse

El Dios que creó el universo debe de ser un Dios sabio, y sin duda un Dios sabio tendrá un propósito determinado para sus criaturas. El descuidar ese propósito sería necedad, y el desafiarlo, pecado. Pero ¿cómo se puede conocer a ciencia cierta el propósito divino? La historia nos demuestra que el mundo llega a diferentes conclusiones, y hay muchas personas que jamás llegan a ninguna. La experiencia nos demuestra que el problema no se puede solucionar sólo mediante el estudio. Algunos carecen del tiempo necesario; otros, aunque quisieran estudiar, no tienen capacidad para ello, y aunque tuvieran éxito, llegarían a sus conclusiones con lentitud, y con dudas. Los sabios quizá propugnen sistemas filosóficos para llegar a la verdad, pero ningún sistema, por completo que sea, jamás podrá descubrir la verdad. “El mundo por medio de su sabiduría (filosofía) no conocía a Dios”, dice otra versión. Las verdades que le dicen al hombre cómo pasar de la tierra al cielo deben enviarse del cielo a la tierra. En otras palabras, el hombre necesita una revelación.


  1.2. Tal revelación debe esperarse

En la naturaleza, tenemos una revelación de Dios que puede ser comprendida por la razón. Pero cuando el hombre está aherrojado por el pecado, y su alma se halla agobiada, tanto la naturaleza como la razón son impotentes para proporcionar luz y alivio. Oigamos a hombres que hicieron culto de la razón. Dijo Kant, uno de los más egregios pensadores de todos los tiempos: “Haces bien en fundamentar tu paz y piedad en los evangelios, pues sólo en los evangelios se halla la fuente de verdades espirituales, después que la razón ha llegado al límite de su investigación, en vano.” Otro filósofo capacitado, Hegel, no quiso otro libro en su lecho de muerte que la Biblia. Dijo que, si pudiera prolongar la vida, se dedicaría al estudio de ese Libro, pues en él había hallado lo que la razón no podía descubrir.
Si, como creemos, hay un Dios bueno, es razonable esperar que se revelará personalmente a sus criaturas. El Reverendo David S. Clarke dijo lo siguiente:

    No podemos imaginarnos que un padre se oculte para siempre de su hijo, que nunca se comunique con él. Tampoco podemos imaginar que un Dios bueno oculte de las criaturas creadas a su imagen la revelación de su ser y de su voluntad. Dios ha hecho al hombre capaz y deseoso de conocer la realidad de las cosas, ¿y acaso ocultará una revelación capaz de satisfacer ese deseo? Según la antiquísima mitología egipcia, la legendaria Esfinge tebana proponía enigmas a los que pasaban, y los mataba si no los descubrían. Sin duda alguna un Dios amoroso y sabio no dejará que el hombre perezca por falta de conocimientos, desconcertado ante el enigma del universo.

Por su parte el doctor Hodges afirma:

    La inteligencia de Dios despierta en nosotros la esperanza de que El ha adaptado los medios al fin, y que coronará la naturaleza religiosa con una religión sobrenatural. La benevolencia de Dios despierta la esperanza en nosotros de que sacará a sus criaturas de su doloroso azoramiento y conjurará el peligro que las acecha. La justicia de Dios despierta en nosotros la esperanza de que hablará a la conciencia con tono claro y de autoridad.


  1.3. Tal revelación sería expresada en forma escrita

Es razonable pensar que Dios expresara en un libro su mensaje al hombre. El doctor Keyser dice lo siguiente:

    Los libros constituyen el mejor método de preservar la verdad íntegra, y trasmitirla de generación en generación. Ni la memoria ni la tradición son dignas de confianza. Por lo tanto, Dios procedió con la mayor sabiduría y también en forma normal al proporcionar al hombre la revelación divina en forma de libro. De ninguna otra manera, hasta donde nos es posible ver, podría El haber impartido a la humanidad un nivel infalible que hubiera estado disponible para toda la humanidad, y que continuaría intacto a través de las edades, y del cual el hombre podía obtener el mismo nivel o patrón de fe y conducta.

Es razonable esperar asimismo que Dios inspiraría a sus siervos para registrar las verdades que no podrían haber sido descubiertas por la razón del hombre. Y finalmente, es razonable creer que Dios ha preservado en forma providencial los manuscritos de las Sagradas Escrituras, y ha inspirado a la iglesia para incluir en el canon sólo aquellos libros que tuvieron su origen en la inspiración divina.


  2. LA INSPIRACION DE LAS ESCRITURAS

El que una religión sin escrituras inspiradas podría ser divina es una posibilidad concebible. Sobre el particular dice el profesor Frank L. Patton:

    Si basado en simples pruebas históricas se puede establecer que Jesús hizo milagros, habló profecías y proclamó su divinidad; si se puede demostrar que fue crucificado para redimir a los pecadores, que resucitó e hizo depender el destino del hombre de su aceptación de El como Salvador, luego fueran los anales históricos inspirados o no, ¡ay de aquel que descuida una salvación tan grande!

Sin embargo, no necesitamos discutir con más amplitud esa posibilidad, pues no se nos ha dejado en dudas con respecto al asunto. “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (Dios le imparte su hálito), declara el apóstol Pablo (2 Timoteo 3:16). Por su parte el apóstol Pedro afirma: “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).
El diccionario de Webster define a la inspiración de la siguiente manera: “Es la influencia sobrenatural del Espíritu de Dios ejercida sobre la mente del hombre, influencia que capacitó a los profetas, apóstoles y escritores sagrados para exponer la verdad divina sin mezcla de error.” Por su parte, el diccionario Espasa-Calpe dice: “Intimación que Dios hace al escritor sagrado para que este escriba acerca de una determinada materia, junto con una asistencia especial para que no yerre en su exposición.”
De acuerdo con lo expuesto por el doctor Gaussen, inspiración es “el poder inexplicable que el Espíritu Divino ejerce en los autores de las Escrituras, para guiarlos aun en el empleo de los vocablos que deben usar, y preservarlos de todo error u omisión”.
“La inspiración, según la definición formulada por el apóstol Pablo en este pasaje (2 Timoteo 3:16) es un soplo recio, consciente, de Dios en el hombre, capacitando a éste para expresar la verdad”, nos dice el doctor William Evans. “Es Dios que habla por medio del hombre, y por lo tanto el Antiguo Testamento es la Palabra de Dios tanto como si Dios mismo hubiera pronunciado cada una de las palabras. Las Escrituras son el resultado del influjo o hálito divino, así como la respiración acompaña en el hombre la pronunciación de palabras. La declaración de Pedro se puede decir que indica que el Espíritu Santo se encontraba presente en forma especial y milagrosa con los escritores de las Sagradas Escrituras y en ellos, recalcándoles las verdades que no habían conocido antes, y guiándolos igualmente en el registro de estas verdades, y en todo acontecimiento que habían visto y oído, de manera que eran testigos capacitados para presentarlos con suficiente exactitud a otros.”
Uno llegaría a la conclusión por la lectura de los diversos credos cristianos que el cristianismo es un asunto más bien complicado, erizado de enigmas teológicos y cargado de definiciones abstrusas. No es ese el caso. Las doctrinas del Nuevo Testamento, tal como fueron expuestas originalmente, son simples y se pueden definir con sencillez. Pero con el transcurso de los años, la iglesia se vio confrontada con puntos de vista erróneos y defectuosos con respecto a doctrinas, y se vio obligada entonces a cercarlas y protegerlas con definiciones. De este proceso de definición exacto y detallado surgieron los credos. Las declaraciones doctrinales desempeñaron un papel importante y a la vez necesario en la vida de la iglesia, y se convirtieron en obstáculos sólo cuando la fe viva fue reemplazada por el mero asentimiento a dichas declaraciones.
La doctrina de la inspiración, según se enuncia en la Palabra, es muy sencilla, pero la presentación de puntos de vista erróneos y defectuosos hizo necesario “proteger” la doctrina mediante definiciones amplias y detalladas. En oposición a ciertas teorías, es necesario sostener que la inspiración de las Sagradas Escrituras es:


  2.1. Divina y no meramente humana

Los modernistas comparan la inspiración de los escritores sagrados con esa clarividencia espiritual y sabiduría que desplegaron hombres como Platón, Sócrates, Browning, Shakespeare, Cervantes y otros genios de la literatura, la filosofía y la religión. Se considera así a la inspiración algo puramente natural. Esta teoría despoja al vocablo inspiración de todo su significado; no es consecuente con el carácter único y sobrenatural de la Biblia.


  2.2. Unica y no común

Algunos confunden la inspiración con la iluminación. La iluminación es la influencia ejercida por el Espíritu Santo, la cual es común a todos los creyentes, y les facilita comprender las verdades divinas (1 Corintios 2:4; Mateo 16:17). Afirman que tal iluminación es una explicación adecuada del origen de la Biblia. Hay una facultad en el hombre, según se enseña, por la cual el hombre puede conocer a Dios, algo así como un ojo del alma. En circunstancias que los hombres piadosos de antaño meditaban en Dios, el Espíritu divino vivificaba sus facultades, permitiéndoles el acceso a los misterios divinos.
Tal iluminación ha sido prometida a los creyentes y ha sido experimentada por ellos. Pero no es lo mismo que la inspiración. Se nos dice que a veces los profetas recibieron verdades por inspiración, y al mismo tiempo les fue denegada la iluminación para comprender esas verdades (1 Pedro 1:10–12). El Espíritu Santo inspiró sus palabras, pero no creyó oportuno proporcionar el significado de esas palabras. Se nos dice que Caifás fue el instrumento de un mensaje inspirado (aunque no tuvo conciencia de ello) cuando aun no pensaba de Dios. En ese momento era inspirado, pero no iluminado (Juan 11:49–52).
Nótense dos diferencias especificas entre la iluminación y la inspiración (1) Con respecto a duración, la iluminación es permanente, o puede serlo. “Más la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.” La unción que el creyente ha recibido del Santo permanece en él, nos dice Juan (1 Juan 2:20–27). Por otra parte, la inspiración era intermitente, pues en efecto el profeta no podía profetizar a voluntad, sino que estaba sujeto a la voluntad del Espíritu. “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana”, dijo el apóstol Pedro, “sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”. Lo repentino de la inspiración profética está insinuado en la expresión común que dice: “Vino palabra de Jehová.” Se establece una distinción clara entre los profetas verdaderos que hablaron sólo cuando vino la palabra de Jehová, y los falsos que hablaron según propia invención. (Cf. Jeremías 14:14; 23:11, 16; Ezequiel 13:2, 3). (2) La iluminación admite grados, la inspiración no. La gente disfruta de distintos grados de iluminación, pues algunos poseen mayor penetración que otros. Pero en el caso de la inspiración, en el sentido bíblico, una persona es inspirada o no lo es.


  2.3. Viva y no mecánica

La inspiración no significa dictado, ni que los escritores adoptaban una actitud pasiva y su mente no tomaba parte alguna en la escritura del material, aunque es cierto que algunas porciones de las Escrituras fueron dictadas, como por ejemplo los Diez Mandamientos y el Padrenuestro. La misma palabra inspiración excluye mera acción mecánica, y la acción mecánica excluye la inspiración. Por ejemplo, un comerciante no inspira a su secretaria cuando le dicta una carta. Dios no habló por medio del hombre como hablaría por medio de un megáfono. Su Espíritu Divinó usó las facultades del hombre, produciendo así un mensaje perfectamente divino que no obstante ostenta las características de la personalidad del escritor. Es la Palabra del Señor, pero en cierto sentido, la de Moisés, de Isaías o de Pablo. Dios no ha hecho nada sin el hombre; el hombre no ha hecho nada sin Dios. Es Dios quien habla en el hombre, Dios que habla por medio del hombre, Dios que habla como hombre, Dios que habla a favor del hombre.
El hecho de la cooperación divina y humana en la producción de un mensaje inspirado, es de sí evidente; pero el “cómo” del asunto escapa a nuestra observación. La interacción o influencia recíproca aun entre la mente y el cuerpo es un misterio para el sabio más egregio. ¡Cuánto más cuando se trata de la interacción del Espíritu de Dios y del espíritu del hombre!


  2.4. Completa y no meramente parcial

De acuerdo con la teoría de la inspiración parcial, los escritores fueron preservados del error en asuntos necesarios para la salvación, pero no en asuntos como historia, ciencia, cronología y otros. Por lo tanto, de acuerdo con esa teoría, sería más correcto decir que la Biblia contiene la Palabra de Dios, más bien que afirmar que es la Palabra de Dios.
Esa teoría nos sume en la ciénaga de la incertidumbre, pues ¿quién puede juzgar de manera infalible lo que es esencial para la salvación y lo que no es? ¿Dónde se encuentra la autoridad infalible para decidir con respecto a qué parte es la Palabra de Dios, y qué parte no es? Y si la historia de la Biblia es falsa, luego la doctrina no puede ser verdadera, pues la doctrina bíblica se fundamenta en la historia bíblica. Finalmente, las Sagradas Escrituras mismas reclaman para sí inspiración completa, plena. Cristo y sus apóstoles aplican el término “palabra de Dios” a todo el Antiguo Testamento.


  2.5. Verbal, y no meramente conceptual

De acuerdo con otro punto de vista, Dios inspiró los pensamientos pero no las palabras de los escritores. Dicho de otra manera, Dios inspiró a los hombres, y los dejó librados a su propio criterio en la selección de vocablos y frases. Pero el énfasis bíblico no recae sobre hombres inspirados, sino sobre palabras inspiradas. “Dios, habiendo hablado … en otro tiempo a los padres por los profetas” (Hebreos 1:1). “Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21). Además, es difícil separar palabra y pensamiento, ya que el pensamiento es palabra interna (“y no penséis decir dentro de vosotros”; “dijo el necio en su corazón”), mientras que una palabra es un pensamiento expresado. Pensamientos divinamente inspirados serían naturalmente expresados mediante palabras divinamente inspiradas. Pablo nos habla de palabras que enseña el Espíritu Santo (1 Corintios 2:13). Finalmente, se citan palabras particulares como fundamento de doctrinas de peso. (Cf. Juan 10:35; Mateo 22:42–45; Gálatas 3:16; Hebreos 12:26, 27).
Se debe distinguir entre revelación e inspiración. Por revelación significamos ese acto de Dios por medio del cual revela lo que el hombre no podía hallar por sí mismo; por inspiración queremos indicar que el escritor es preservado del error al escribir esa revelación. Por ejemplo, los Diez Mandamientos fueron revelados y Moisés recibió inspiración para registrarlos en el Pentateuco.
La inspiración no siempre implica revelación. Moisés fue inspirado a registrar los acontecimientos que él mismo había presenciado y que por lo tanto se encontraban dentro de la esfera de sus propios conocimientos.
Se debe distinguir entre palabras no inspiradas y registro inspirado de ellas. Por ejemplo, muchos dichos de Satanás figuran o están registrados en las Escrituras, y sabemos que el diablo no fue inspirado de Dios cuando los pronunció. Pero el registro de esas expresiones satánicas es inspirado.


  3. LA VERIFICACION DE LAS ESCRITURAS

  3.1. Afirman ser Inspiradas

El Antiguo Testamento reclama para sí el haber sido escrito por inspiración especial de Dios. La frase “y dijo Dios” o su equivalente se emplea más de dos mil veces. La historia, la ley, los salmos y las profecías afirman que todo fue escrito por hombres bajo la inspiración especial de Dios. (Cf. Exodo 24:4; 34:28; Josué 3:9; 2 Reyes 17:13; Isaías 34:16; 59:21; Zacarías 7:12; Salmo 78:1; Proverbios 6:23). Cristo mismo confirmó el Antiguo Testamento, lo citó y vivió en armonía con sus enseñanzas. Confirmó su verdad y autoridad (Cf. Mateo 5:18; Juan 10:35; Lucas 18:31–33; 24:25, 44; Mateo 23:1, 2; 26:54) y así también lo hicieron los apóstoles (cf. Lucas 3:4; Romanos 3:2; 2 Timoteo 3:16; Hebreos 1:1; 2 Pedro 1:21; 3:2; Hechos 1:16; 3:18; 1 Corintios 2:9–16).
¿Reclama para sí el Nuevo Testamento una inspiración similar? En particular, la inspiración de los evangelios está garantizada por la promesa de Cristo de que el Espíritu traería a la memoria de los apóstoles todas las cosas que les había enseñado, y que el mismo Espíritu los guiaría a toda verdad. En todas partes el Nuevo Testamento afirma que es una revelación más amplia y clara de Dios que la que proporciona el Antiguo Testamento, declarando con autoridad la abrogación de las antiguas leyes. Por lo tanto, si el Antiguo Testamento es inspirado, también lo es el Nuevo. Pedro parece colocar los escritos de Pablo a un mismo nivel con aquellos del Antiguo Testamento (2 Pedro 3:15, 16), y tanto Pablo como los demás apóstoles afirman hablar con autoridad divina. (Cf. 1 Corintios 2:13; 1 Corintios 14:31; 1 Tesalonicenses 2:13; 1 Tesalonicenses 4:2; 2 Pedro 3:2; 1 Juan 1:5; Apocalipsis 1:1.)


  3.2. Tienen toda la apariencia de inspiradas

Las Sagradas Escrituras afirman ser inspiradas, y un examen de ellas revela el hecho de que su carácter sustenta o apoya esa afirmación. La Biblia se presenta ante el tribunal, por así decirlo, con un buen testimonio. Con respecto a sus autores, la Biblia fue escrita por hombres cuya honradez e integridad no puede ponerse en tela de juicio. Con respecto a su contenido, encierra la revelación más sublime de Dios que conoce el mundo; en lo que respecta a influencia, ha proporcionado luz salvadora a naciones e individuos, y posee un poder infalible de conducir hombres a Dios, y transformar su carácter; en lo referente a autoridad, llena los requisitos de tribunal final de apelaciones en religión, de manera que los cultos falsos hallan necesario citar sus palabras con el objeto de hacer impresión en el público.
Para ser específicos, notemos: (1) Su exactitud. En efecto, se observa en la Biblia una ausencia total de absurdos que aparecen en otros libros sagrados. Lo leemos en ella, por ejemplo, que la tierra naciera de un huevo que necesitó varios años para encubar, que la tierra descansa sobre la caparazón de una tortuga, que está rodeada de siete mares de agua salada, jugo de caña de azúcar, licores espiritosos, manteca pura, leche agria y otras sustancias. El doctor D. S. Clarke escribe al respecto lo siguiente: “Hay una diferencia insondable para el hombre entre la Biblia y cualquier otro libro. La diferencia reside en el origen.” (2) Su unidad. La Biblia consiste en sesenta y seis libros, escritos por unos cuarenta autores diferentes, durante un periodo de 1.600 años, y abarca una variedad de asuntos, no obstante lo cual mantiene una unidad de tema y de propósito que se puede explicar sólo si se admite que fue dirigida por una mente rectora o superintendente. (3) ¿Cuántos libros hay que justifican aun dos lecturas? Pero la Biblia se puede leer centenares de veces sin que se logre sondear sus profundidades, o sin que pierda el interés para sus lectores. (4) Su extraordinaria circulación, habiendo sido traducida a centenares de idiomas, y leída en la mayor parte de los países del mundo. (5) Su actualidad. Es uno de los libros más antiguos, y sin embargo el más moderno. El alma del hombre jamás dejara de necesitarla. El pan es uno de los alimentos más antiguos, y sin embargo el más moderno. Mientras el hombre sienta hambre, querrá pan para su cuerpo; y mientras el hombre anhele a Dios y aquello que es eterno, querrá la Biblia. (6) Su extraordinaria preservación frente a la persecución y la oposición de la ciencia. “El martillo se rompe, pero el yunque sigue en pie”. (7) Sus muchas profecías cumplidas.


  3.3. Uno siente que son inspiradas

“¿Pero usted no cree ese libro, no es cierto?” dijo cierto profesor de una universidad de Nueva York a una señora cristiana que había estado asistiendo a clases bíblicas. “Claro que sí—respondió la señora—, sucede que conozco personalmente al Autor.” Había expresado una de las razones más poderosas para creer que la Biblia es la Palabra de Dios, es decir, el llamado a nuestro fuego interior, ya que la Biblia nos habla en un tono que nos hace sentir que procede de Dios.
La iglesia romana afirma que el origen divino de las Escrituras depende, en el análisis final de las cosas, del testimonio de la iglesia, la cual se considera a sí misma guía infalible en todo asunto de fe y práctica. “¡Como si la verdad eterna e inviolable de Dios dependiera del criterio u opinión del hombre!” declaró Juan Calvino, el gran reformador. Dijo además:

    Se afirma que la iglesia decide qué reverencia se le debe a las Escrituras y qué libros deben incluirse en el canon sagrado … La pregunta de “¿cómo podemos saber que proceden de Dios, si ello no se nos asegura por medio de la iglesia?” es tan necia como la pregunta: “¿cómo podemos distinguir la luz de la oscuridad, lo blanco de lo negro, lo amargo de lo dulce?”
    El testimonio del Espíritu Santo es superior a todo argumento. Dios en su Palabra es el único testimonio adecuado con respecto a sí mismo; y de igual manera su Palabra no podrá ser creída verdaderamente por el hombre hasta que no haya sido sellada por el testimonio del Espíritu. El mismo Espíritu que habló por los profetas debe entrar en nuestro corazón para convencernos de que comunicaron fielmente el mensaje que El les dio (Isaías 59:21).
    Que este sea entonces un asunto fijo, establecido: que quienes han sido interiormente enseñados por el Espíritu Santo confían firmemente en las Escrituras y que las Escrituras son su propia evidencia y no se las debe sujetar legalmente a pruebas y argumentos, sino que obtienen, por el testimonio del Espíritu, esa confianza que merecen.

Puesto que este es el caso, ¿por qué aducir evidencia externa con respecto a la exactitud de las Escrituras y al hecho de que son dignas de toda confianza? Hacemos esto primero, no con el objeto de creer que son la verdad, sino porque percibimos que son la verdad. En segundo lugar, es natural e inspirador ser capaz de señalar la evidencia o prueba exterior de lo que uno anteriormente creé; finalmente, estas pruebas suministran medios concretos, por así decirlo, por los cuales podemos expresar la convicción de nuestro corazón mediante palabras, y de esa manera estar “siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).


  3.4. Demuestran ser inspiradas

El doctor Eugene Stock dijo en cierta oportunidad lo siguiente:

    Cuando era niño, leí una historia que me demostró las formas diferentes por las que podemos estar seguros de que esa gran biblioteca de Libros Sagrados que denominamos la Biblia es realmente la Palabra de Dios, su revelación a la humanidad. El autor de la historia había estado explicando tres clases diferentes de evidencia: la histórica, la interna y la experimental. Luego narró que en cierta oportunidad envió a un joven a la farmacia a comprar fósforo, el cual es un elemento químico. El joven trajo un paquete pequeño. ¿Era fósforo? El joven informó que fue a la farmacia y pidió fósforo, y que el farmacéutico fue a un estante, sacó algo de un frasco, lo envolvió y se lo dio, y que él lo había traído directamente. Esa era la evidencia o prueba histórica de que el paquete contenía fósforo. Luego el caballero abrió el paquete. La sustancia olía a fósforo y se parecía al fósforo. Esa era la evidencia interna. Luego le acercó un fósforo encendido, y el contenido del paquete ardió. Esa era la evidencia experimental.

La defensa intelectual de la Biblia tiene su sitio, pero, después de todo, el mejor argumento es el práctico. La Biblia ha influido en las civilizaciones, ha transformado vidas, ha traído luz, inspiración y consuelo a millones de personas. Y su obra continúa.

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