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sábado, 26 de marzo de 2016

Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella le dijo: —Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Jesús aparece a María Magdalena 
Juan 20:11-18
11 Pero María Magdalena estaba llorando fuera del sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro 12 y vio a dos ángeles con vestiduras blancas que estaban sentados, el uno a la cabecera y el otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. 13 Y ellos le dijeron: 
—Mujer, ¿por qué lloras? 
Les dijo: 
—Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. 
14 Habiendo dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie; pero no se daba cuenta de que era Jesús. 
15 Jesús le dijo: 
—Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? 
Ella, pensando que él era el jardinero, le dijo: 
—Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. 
16 Jesús le dijo: 
—María … 
Volviéndose ella, le dijo en hebreo: 
—¡Raboni! -que quiere decir Maestro-. 
17 Jesús le dijo: 
—Suéltame,  porque aún no he subido al Padre.  Pero vé a mis hermanos y diles: "Yo subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios." 
18 María Magdalena fue a dar las nuevas a los discípulos: 
—¡He visto al Señor! 
También les contó que él le había dicho estas cosas. 

LAS APARICIONES DE JESÚS A SUS DISCÍPULOS


APARICIÓN PERSONAL A MARÍA MAGDALENA
Juan 20:11–18

Parece que los dos discípulos salieron de la tumba (10) antes que María hubiese podido regresar al huerto después de haberles a visado en cuanto a la piedra (2). Así, abandonada sola con su pena y su dolor, ella estaba fuera llorando junto al sepulcro (“sollozando”, Moffatt): Y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro (11). No hay mención alguna de que ella haya visto los lienzos y el sudario “enrollados en un lugar aparte” (6–7). Antes bien, vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto (12). 

Los cuatro evangelios relatan las apariciones angélicas en la tumba: 
  • “los ángeles”, (Mt. 2:5); 
  • “un joven” (Mr. 16:5); 
  • “dos varones” (Lc. 24:4; cf. Ap. 3:4–5; 4:4). 
Estos mensajeros con vestiduras blancas estaban “señalando el lugar donde había sido colocado el cuerpo, testificando el misterio de la resurrección”.

Los ángeles se dirigieron a María preguntándole: Mujer, ¿por qué lloras? (13). Ella no se mostró ni sorprendida ni atónita por su apariencia o vestidura, porque sólo una cosa llenaba su mente—su Señor. Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Ella todavía no se daba cuenta de la incongruencia de su conclusión.

 Las ropas en la tumba vacía que para Juan debieron ser suficiente evidencia para una fe activa y triunfante (“él creyó”, 8), aún no habían captado la atención de María. Es bueno recordar que Dios viene a los hombres en diversas maneras de acuerdo a sus distintos temperamentos y sus diferentes capacidades de comprensión y de respuesta. En este sentido tenemos aquí transmitida la imagen de un evangelio universal. Cristo es el Señor resucitado para todos los hombres.

Como si se diera la vuelta para irse, vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús (14). Jesús hizo la misma pregunta que los ángeles habían hecho a María: Mujer, ¿por qué lloras? (15). Pero ella no reconoció a Jesús. Pensó que era el hortelano. ¿Por qué no lo reconoció? Barclay sugiere dos razones. “El simple y punzante hecho de que no podía verlo a través de sus lágrimas… No podía quitar sus ojos de la tumba y estaba de espaldas a Jesús. Ella insistía en hacer frente en la dirección equivocada.”

Gossip presenta tres razones por las que María no reconoció a Jesús. En forma de bosquejo nos presenta las bases para un sermón fundado en Juan 20:11–18: 
(1) María estaba buscando un Cristo muerto, Juan 20:11–13; 
(2) No era María Magdalena quien acudió a Cristo sino El quien la encontró a ella,            Juan 20:14–16; 
(3) Aunque ella estaba buscándole con todo su ser, María no reconoció a Cristo                cuando lo vio, Juan 20:14. Cristo viene en maneras insospechadas.

El verso 16 es la narración de lo que ha sido llamado “la más grandiosa escena de reconocimiento en la historia”. Cuando El le dijo: María, “ella lo reconoció de inmediato”. “Lo que no puede hacer una palabra de interés común (mujer) lo hace al momento la palabra de simpatía individual.” O como dice Hoskyns: “El verdadero Gobernador del paraíso de Dios, el Dador de la vida había llamado a su propia oveja y ella conoció su voz” (Juan 10:3–4). Ella conoció la voz de Jesús llamándola por su nombre. Ella lo contempló: Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro) (16). Hoskyns contiende sobre la autoridad de Strack-Billerbeck, que Rabboni en la antigua literatura hebrea no es realmente sinónimo de Rabbí. “Raramente ha sido empleada para los hombres, y jamás para dirigirse a ellos. La palabra está reservada para dirigirse a Dios.” Hoskyns entonces comenta: “Por lo tanto el empleo que aquí hace María, probablemente debe comprenderse como una declaración de fe, paralela a la de Tomás (28).”

Aunque no está específicamente declarado por Juan, parecería que María, en un acto de adoración, homenaje y profunda emoción, se abrazó a los pies de Jesús (cf. Mt. 28:10). 

Entonces El le dijo: No me toques (“Deja de unirte a mí”, Moffatt; “No te tomes de mí ahora”, Phillips, 17). A la luz del verso 27, que dice que Tomás fue invitado por el Señor resucitado a “poner” su mano sobre el costado herido, este verso deja perplejos tanto a los comentadores como a los lectores. 

Las palabras de Jesús a María fueron: aún no he subido a mi Padre (Juan 20:17; cf. Juan 16:10, también Juan 7:33; Juan 16:5; también Juan 14:12, 28; Juan 16:28). Indudablemente María no quería dejarle ir nuevamente. La palabra traducida toques (haptou) significa “apegarse a un objeto con el deseo de retenerlo para sí”. Pero esta comunión íntima y preciosa de la que habían disfrutado ella y los seguidores de Jesús, ahora tomaría una forma y significado nuevos. Sin embargo, aún no podía (cf. Juan 2:4; Juan 7:6, 8, 30, 39; Juan 8:20) consumarse, tal como El lo había dicho cuando prometió la venida del Paracleto (Juan 16:7–8). Hoskyns dice con aguda visión:

  Ahora declara a María y mediante ella a sus discípulos que había llegado el tiempo para que El ascendiera al Padre, y, por lo tanto el momento de la inauguración de un nuevo orden. El mandato para que María cesara de tocarle se refiere al período ínterin entre la resurrección y la ascensión—y solamente a este período. Tan íntima será la relación con Jesús que, aunque María por el momento debía dejar de tocarle porque El tenía que ascender y ella debía llevar el mensaje, después de la ascensión, tanto ella como sus discípulos estarán concretamente unidos a El en una manera que podría ser descrita como “conmovedora”, de lo cual la participación del cuerpo y de la sangre del Señor (Juan 6:51–58) sería la ilustración más dramática.

Sin poner el énfasis sobre la eucaristía como Hoskyns, Macgregor ve este pasaje como la enseñanza que “la verdadera prueba de la resurrección y la verdadera posesión del Cristo crucificado [es]… el verla realizada en la experiencia espiritual normal del creyente”.

Lo que Jesús después dijo a María fue: Vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro padre, a mi Dios y a vuestro Dios (17). 

Así como la relación de María con Jesús en adelante no “dependería de sensaciones perceptivas”, esto se extendería a los discípulos—mis hermanos (adelphous) con quienes El había estado unido e identificado en su encarnación. 

Su perfecta humanidad está expresada no sólo en la expresión mis hermanos sino también en mi Dios. Strachan comenta: “Jesús es ahora la escalera que une el cielo y la tierra (cf. Juan 1:51) habitando ambos mundos (luz y tinieblas o incredulidad), y capacitando a los hombres para entrar al mundo superior. La ascención es la partida final de Jesús de la vida ordinaria de los hombres para estar con el Padre. De aquí en adelante El mantiene comunión con su iglesia por medio de su alter ego, el Espíritu.”

A la orden de Jesús, fue entonces María Magdalena (“salió María de Magdala”, Moffatt) para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que El le había dicho esas cosas (18).

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viernes, 25 de marzo de 2016

Simón Pedro entró en el sepulcro. Y vio los lienzos que habían quedado, y el sudario que había estado sobre Su Cabeza, no puesto con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. Entró también el otro discípulo que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




La resurrección de Jesús
Juan 20:1-10 
20 : 1El primer día de la semana, muy de madrugada, siendo aún oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido quitada del sepulcro. 2 Entonces corrió y fue a Simón Pedro y al otro discípulo a quien amaba Jesús, y les dijo: 
—Han sacado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto. 

3 Salieron, pues, Pedro y el otro discípulo e iban al sepulcro. 4 Y los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó primero al sepulcro. 5 Y cuando se inclinó, vio que los lienzos habían quedado allí; sin embargo, no entró. 

6 Entonces llegó Simón Pedro siguiéndole, y entró en el sepulcro. Y vio los lienzos que habían quedado, 7 y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó. 9 Pues aún no entendían la Escritura, que le era necesario resucitar de entre los muertos. 10 Entonces los discípulos volvieron a los suyos. 

Semana Santa Bíblica: La Resurrección del Hijo del Hombre


LA RESURRECCIÓN
Juan 20:1-29

Según el arreglo de las evidencias por A. T. Robertson, hubo once apariciones de Jesús registradas después de la resurrección y antes de la ascensión, más el encuentro de Pablo con Jesús en el camino a Damasco. 

Diez de estas apariciones se encuentran en los Evangelios, o, según, Culpepper solo nueve. 

Cada Evangelio relata los eventos en una manera particular, ninguno pretendiendo abarcar todo lo que ocurrió (ver Juan 20:30), pero todos concuerdan en los hechos básicos: 
  • la tumba vacía, 
  • la resurrección corporal de Jesús, 
  • las apariciones sólo a los discípulos, los cuales las recibieron con dudas y reserva, pero finalmente todos fueron convencidos. 
Las diferencias en el contenido y la manera de presentar las apariciones hacen difícil un arreglo armónico. Algunos sugieren que estas diferencias restan valor a su autenticidad, pero otros creen que más bien la confirman, porque, como dicen, ¿qué autor falso o impostor habría dejado tantas diferencias?

Las diferencias reflejan el propósito de cada redactor y su conocimiento personal de los hechos, o las tradiciones a su disposición. 

Morris acota que las mencionadas diferencias indican que tenemos la evidencia espontánea de testigos, no la repetición estereotipada de una historia oficial. Juan es muy independiente en su presentación, no relatando ninguna de las historias que los otros presentan. 

Lindars, quien rechaza la paternidad juanina, sugiere que el autor tenía a mano solamente tradiciones de tres de las apariciones. Plummer observa que las características distintivas de Pedro, Juan, Tomás, Magdalena y otros están en completa armonía con lo que se sabe de ellos de otros pasajes.

Varios eruditos ofrecen un intento de armonizar las apariciones, adoptando distintos criterios. Nos limitamos aquí a presentar el esquema de A. T. Robertson: 
  • a María Magdalena (Mar. 16:9–11; Juan 20:11–18); 
  • a las otras mujeres (Mat. 28:8–10); 
  • a los dos discípulos en camino a Emaús (Mar. 16:12 s.; Luc. 24:13–32); 
  • a Simón Pedro (Luc. 24:33–35; 1 Cor. 15:5); 
  • a los diez discípulos, sin Tomás (Mar. 16:14; Luc. 24:36–43; Juan 20:19–25); 
  • el domingo siguiente a los once discípulos, con Tomás presente (Juan 20:26–31; 1 Cor. 15:5); 
  • a los siete discípulos y la pesca milagrosa (Juan 21:1–25); 
  • a 500 personas en un monte, y una comisión a los discípulos (Mar. 16:15–18; Mat. 28:16–20; 1 Cor. 15:6); a Jacobo (1 Cor. 15:7); 
  • a los once, dándoles una comisión (Luc. 24:44–49; Hech. 1:3–8); 
  • la última aparición y la ascensión (Mar. 16:19 s.; Luc. 24:50.53; Hech. 1:9–12).



1. La tumba vacía, Juan 20:1–10
Los cuatro Evangelios concuerdan en afirmar el hecho de la tumba vacía. Esta es la primera evidencia del cumplimiento de la promesa de Jesús de que resucitaría al tercer día (ver Mat. 16:21; 17:23; 20:19; 27:63; Mar. 8:31; 9:31; 10:34; Luc. 9:22; 18:33; 24:7). 

Habiendo prometido tantas veces que resucitaría al tercer día, es casi increíble que los discípulos hayan demorado tanto en creer que de veras había resucitado, aun cuando vieron la tumba vacía. 

Beasley-Murray piensa que los discípulos fueron a Jerusalén con la firme expectativa de la rápida venida del reino de Dios (ver Luc. 19:11) y que la crucifixión aplastó esa expectativa a tal punto que pensaban que todo estaba perdido.

La expresión primer día de la semana es literalmente: “Y en el día uno de los sábados”, que significa el domingo, pues el último día de la semana era el sábado. Nótese que Juan emplea un número cardinal (“uno”) en lugar de un ordinal (“primero”), quizás por la influencia semítica. 

El término semana puede referirse a los días de la fiesta, o al período entre dos sábados. La expresión muy de madrugada, siendo aún oscuro, parece contradecir el texto de Marcos 16:2 donde el autor dice que “apenas salido el sol”. La solución podría ser que salió de su casa siendo oscuro, pero ya salía el sol cuando llegó a la tumba. De todos modos este hecho explicaría por qué no vio lo que estaba dentro de la tumba, como luego vieron Pedro y Juan. 

Juan no había mencionado la piedra en relación con la sepultura, pero la expresión aquí indicaría que era conocida, o que normalmente se encontraría una piedra sobre la boca de una tumba. La expresión había sido quitada puede ser traducida “había sido levantada”. 

En todo caso, sería muy difícil remover la piedra, pero mucho más el levantarla. Lindars opina que el relato de Juan indicaría que la piedra era cuadrada, haciendo necesario el levantarla. 

La piedra quitada sería el primer milagro en relación con la resurrección de Jesús. Se ha observado que la piedra no fue quitada para permitir a Jesús salir sino para que los discípulos pudieron ver que había resucitado. 

Comparando el testimonio de los cuatro Evangelios, Marcos describe la colocación de la piedra (15:46), Mateo, el sello romano puesto sobre la piedra (27:66), pero los cuatro informan que la piedra fue quitada.

Juan informa que María Magdalena fue a la tumba, pero los Sinópticos indican que varias mujeres la acompañaron, llevando especias aromáticas para aplicar al cuerpo de Jesús (Mat. 28:5–8; Mar. 16:2–8; Luc. 24:1–8). 

Algunos piensan que la mejor explicación de esta aparente contradicción es que Juan, sabiendo que fue María Magdalena quien lo vio primero (ver Mar. 16:9), se limita a mencionarla a ella sola aquí. Sin embargo, todo el grupo de mujeres lo vieron en el camino de vuelta a la ciudad (ver Mat. 28:9).

Por alguna razón Juan menciona sólo a María Magdalena quien corrió a avisar de la tumba vacía, pero Mateo (28:8) y Lucas (24:9) indican que todas las mujeres fueron a avisar a los once discípulos. 

Probablemente fue María Magdalena la que compartió la noticia primero a Simón Pedro y al otro discípulo, y luego a los demás. A pesar de la triple negación de su relación con Jesús, parece que Pedro todavía era considerado como el principal en los once. 

El hecho de mencionar al otro discípulo a quien amaba Jesús (ver Juan 13:23; Juan 19:26) dentro del grupo de los once discípulos (ver Luc. 24:9) indicaría que él era uno de ellos. Además, el hecho de darle un lugar de prominencia al lado de Simón Pedro parece indicar que era uno de los principales discípulos. Todas estas evidencias apuntarían al apóstol Juan.

La conclusión de María Magdalena de que algunos han sacado al Señor del sepulcro, sin indicar si eran amigos o enemigos, es una clara evidencia de que tanto ella como las demás no estaban esperando la resurrección corporal de Jesús. Beasley-Murray comenta que el robo de cuerpos y artículos de valor era muy común, a tal punto que el emperador Claudio (41–54 d. de J.C.) decretó que uno culpable de violar las tumbas sería sentenciado a la muerte. 

Los judíos comenzaron el rumor de que fueron los discípulos los que habían robado el cuerpo de Jesús (ver Mat. 28:13–15), lo cual nos parece ridículo, pero servía el propósito de los enemigos de Jesús.

El verbo Han sacado, traducido como si estuviera en el tiempo perfecto, está realmente en el tiempo aoristo y se traduce “sacaron”. Seguramente ellas no vieron los lienzos de Jesús dentro de la tumba, quizás por la oscuridad que todavía cubría la tumba, o por su sorpresa de encontrar algo inesperado. 

El cambio de repente de tercera persona singular, corrió… fue… dijo, a primera persona plural, no sabemos, es la evidencia, según varios autores, de que el redactor estaba uniendo la tradición de Juan con la de los Sinópticos. En cambio, Bultmann y Dalman opinan que este sería un caso del arameo usado en Galilea en que se usaba frecuentemente la primera persona del plural por la primera del singular.

El testimonio de la mujer no se consideraba válido; tendría que ser verificado por uno o más varones (ver Deut. 19:15). Estos dos, quizás dudando la realidad de lo que las mujeres dijeron, no perdieron tiempo en ir para ver lo que había pasado (v. 3). El verbo Salieron está realmente en la tercera persona singular, “salió”, indicando que Pedro se levantó para salir (ver Luc. 24:12) y luego el otro lo siguió. Nótese el cambio en el tiempo de los verbos, Salieron está en el tiempo aoristo, indicando una acción puntual, mientras que iban está en el imperfecto, indicando acción continuada, es decir, la corrida al sepulcro que llevó un tiempo. Brown sugiere que María Magdalena acompañó a los dos discípulos a la tumba porque luego aparece otra vez allí (v. 11). 

La expresión al sepulcro emplea una preposición que significa literalmente “dentro del sepulcro”.

El verbo corrían, como iban (v. 3), está en el tiempo imperfecto y es gráfico en su descripción. El discípulo amado pudo correr más rápidamente que Pedro porque, como se piensa, era más joven, o estaba en mejores condiciones físicas. En todo caso, el otro discípulo… llegó primero al sepulcro. Esta descripción de la carrera, uno más rápidamente que el otro, es otra evidencia de un testigo ocular, apuntando al apóstol Juan. 

Plummer comenta cuán natural es el proceso de convicción que pasa por la mente de Juan: la pesada incredulidad antes, la expectativa emocionante en la corrida, la timidez y reverencia al llegar, luego el nacimiento de la fe ante la tumba vacía.

Parece que la entrada de la tumba era muy baja, haciendo necesario que uno se inclinara para ver hacia adentro. Los verbos vio y habían quedado están en el tiempo presente descriptivo y se traducen literalmente: “mira los lienzos que están puestos”. 

No fue una mirada pasajera que Juan dio, sino una prolongada contemplación mientras esperaba la llegada de Pedro. Con todo, y de acuerdo con su carácter reticente, Juan no entró.

Contrario a la acción de Juan, y de acuerdo con su carácter audaz e impulsivo, cuando Pedro llegó no demoró ni un instante para entrar en la tumba. Como Juan, Pedro vio los lienzos que habían quedado, pero el verbo vio, también en el tiempo presente, traduce otro vocablo gr. que significa más bien contemplar. Pedro quedó contemplando por un tiempo las evidencias, tratando de entender el significado de la tumba vacía y los lienzos puestos, y vio cosas que Juan no pudo ver desde su posición fuera del sepulcro. Sin embargo, su mente estaba todavía aturdida y no llegó a la conclusión más natural, es decir, que Jesús había resucitado tal cual había prometido.

El término sudario (v. 7) es la transliteración de sudarion4676 y se refiere a una tela que se usaba para limpiar el sudor del rostro (ver Hech. 19:12). En Lucas 19:20 se refiere a un lienzo, o “pañuelo”, en que el siervo malo había envuelto el dinero de su señor. Se describe a Lázaro cuando salió de la tumba “y su cara envuelta en un sudario” (Juan 11:44). 

Así, José y Nicodemo, preparando el cuerpo de Jesús para el entierro, habían envuelto su cabeza en un pañuelo grande. Nótese la descripción detallada y precisa: el sudario… no puesto con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. No sólo es la marca de un testigo ocular, sino que este detalle, que no fue observado por Juan cuando miró hacia adentro desde afuera, evidentemente tenía un significado importante. 

La tumba vacía era, sin lugar a dudas, evidencia convincente de la resurrección de Jesús. Mucho más, la misma presencia del sudario y su ubicación aparte, además de los lienzos con que fue envuelto el cuerpo de Jesús, todo apuntaba a la resurrección. 

Como muchos han comentado, si alguien hubiera robado el cuerpo, seguramente no le habría quitado los lienzos y el sudario, los cuales, juntamente con los compuestos aromáticos, tendrían gran valor. Tampoco hubiera envuelto el sudario y los lienzos, dejándolos puestos como Pedro los encontró. 

Algunos han procurado comprobar que los lienzos y el sudario estaban arreglados para sugerir que Jesús los traspasó y los dejó en el lugar donde cayeron. El texto griego no dice tal cosa, ni lo niega. Debemos resistir la tentación, por más interesante y plausible que sea, de afirmar categóricamente algo que no está expresado explícitamente.

Animado por la acción impulsiva de Pedro, el otro discípulo (v. 8) se atreve a entrar en la tumba. De acuerdo con el carácter sensible y el discernimiento espiritual del otro discípulo, características propias del apóstol Juan, él fue el primero en discernir en las evidencias objetivas delante de sus ojos que la única conclusión razonable era la realidad de la resurrección corporal de Jesús. 

Los verbos vio y creyó, traducidos correctamente en el tiempo aoristo, hablan de una acción puntual e instantánea. No demoró en llegar a una conclusión positiva. El término vio traduce otro verbo griego, orao3708 que tiene una gran variedad de significados: ver, contemplar, marcar, observar, percibir. Los dos verbos, vio y creyó no tienen un cumplimiento directo, es decir, el autor no nos dice qué es lo que vio y qué es lo que creyó. Sin embargo, el contexto implica que vio las mismas evidencias que Pedro había visto. Quizá Pedro todavía estaba allí apuntando a las evidencias y preguntando por una explicación. 

El verbo creyó, a la luz del significado a través del Evangelio (ver Juan 20:25, 27, 29, 30), es que creyó que Jesús había resucitado, confirmando que era el Hijo de Dios. 

Es el primero de todos sus discípulos que llegó a esta convicción y es el único que sepamos que creyó en la resurrección solamente basado en la evidencia de la tumba vacía y los lienzos puestos. 

Probablemente, en su mente llegó a relacionar las evidencias en la tumba con las promesas de Jesús de que resucitaría al tercer día. Sin embargo, todavía no había relacionado este evento con las Escrituras, es decir, con el AT. Para evitar esta dificultad, algunos entienden que lo que el otro discípulo creyó fue meramente el anuncio de María Magdalena. Tal conclusión no concuerda con el relato de Juan, porque el hecho de la tumba vacía y la ausencia del cuerpo de Jesús era evidente al llegar a la tumba, pero la mención de su fe vino más tarde.

La frase adverbial aún no entendían (v. 9) parece indicar que en ese momento no habían entendido, pero luego sí. La expresión la Escritura parece referirse a un texto particular, no al AT en general, pero no indica a cuál se refiere. Aunque ningún texto del AT describe explícitamente que le era necesario resucitar de entre los muertos, Morris menciona varios que podrían implicar el hecho (ver Isa. 53:10–12; Ose. 6:2; Jon. 1:17). 

Parece que Pablo se refiere a las mismas citas bíblicas en su Carta a los corintios cuando hablaba de la resurrección de Jesús (1 Cor. 15:4). La creencia de los discípulos en la resurrección no se basaba en el AT, sino en las promesas de Jesús, en las evidencias objetivas en la tumba y en sus apariciones. Luego de llegar a esa convicción, buscaron en el AT pasajes que podrían respaldar esa convicción, y los encontraron. Vincent opina que el verbo impersonal, traducido era necesario, se refiere al consejo divino que incluía el sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesús (ver Juan 3:14; Juan 12:34). 

Literalmente el texto del v. 10 se traduce así: “Se fueron entonces otra vez a los suyos los discípulos”. Algunas versiones lo traducen “volvieron a sus hogares”. Quizás la expresión en griego podría indicar “a sus hogares”, pero no es concebible que hayan ido a sus hogares como si nada extraordinario hubiera sucedido. 

Es más natural pensar que una vez que habían comprobado la veracidad del anuncio de María Magdalena y se habían convencido de que Jesús había resucitado, no podían esperar para contar las buenas nuevas a los demás, tal como fue el caso de los dos que iban en el camino a Emaús (ver Luc. 24:13). 

La noticia era demasiado buena para retenerla; era necesario compartirla. Beasley-Murray cita a Bernard quien asume que el discípulo amado llevó las noticias de la tumba vacía a María, madre de Jesús. Seguramente María figuraría entre los suyos, pero la expresión, siendo plural, no se limita a ella.
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Tomaron el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas. Y en el lugar donde había sido crucificado, había un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí pusieron a Jesús.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6





Nos preparamos para exponer en la congregación: Semana  Santa
 Jesús es sepultado
Juan 19:38-42
(Mt. 27.57–61; Mr. 15.42–47; Lc. 23.50–56)
38Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús. 39También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. 40Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos. 41Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. 42Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

Jesús es sepultado
LOS JUDÍOS SEPULTAN A JESÚS
Juan 19:38–42
Juan 19:38, 39, 40
Después de estas cosas, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Así que vino, y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con las especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.

Unimos estos tres versículos porque José y Nicodemo actuaron de acuerdo. Deben haberse puesto de acuerdo de antemano en cuanto a qué haría cada uno. En consecuencia, llegaron totalmente preparados. Por otros Evangelios resulta claro que estuvieron presentes algunas mujeres. Véase, por ejemplo, Lc. 23:55.

Después de haberse cumplido todo y de haber determinado que Jesús estaba muerto de verdad, José de Arimatea se presentó en la escena. Era hombre rico (Mt. 27:57), devoto (Mr. 15:43) y miembro del Sanedrín (Lc. 23:51), y que no había consentido (¿quizá por su ausencia durante la votación?) en la trama para condenar y crucificar a Jesús (Lc. 23:51). La Arimatea de la que procedía era probablemente la antigua Ramataim-zofim, situada a un poco más de treinta y cuatro kilómetros al noroeste de Jerusalén, o a veintidós kilómetros directamente desde Joppa.

Había sido discípulo de Jesús sólo en forma secreta. Se había llenado de un temor pecaminoso; pensando, quizá, que si hacía algo por Jesús, los otros miembros del Sanedrín lo separarían del consejo, y no sólo de su consejo sino incluso de la sinagoga. Véase sobre Juan 7:13; 9:22; y Juan 20:19

Pero ahora, como fruto de la muerte expiatoria de Cristo y de su amor por él, este hombre de repente se ha vuelto muy valiente. Acude a Pilato para pedir el cuerpo de Jesús. Mr. 15:43 pone de relieve la valentía de este acto. La valentía se manifiesta sobre todo en que actuó a pesar del hecho de que sabía que sus colegas del Sanedrín se enterarían de ello.

Pilato, habiéndose asegurado de que Jesús había muerto de verdad (Mr. 15:44), le concedió la petición. Así, pues, José regresó al Calvario y, con la ayuda de otros, bajó el cuerpo de la cruz. No se ha revelado cómo lo hicieron. Dejaremos que los artistas llenen este vacío.

Lo que sí sabemos es que José contó con la cooperación voluntaria de Nicodemo. En cuanto a Nicodemo véase también sobre Juan 3:1–21 y en Juan 7:50–52. En tanto que José proveyó los lienzos y su propio sepulcro nuevo (Mt. 27:60), Nicodemo proveyó las especias aromáticas. 

Trajo una mezcla de mirra y áloes. La mirra probablemente se extraía de un pequeño árbol de madera olorosa, a saber, el balsamodendron de Arabia; los áloes de un árbol grande, el agalocha, cuya madera contiene resina y proporciona perfume en polvo. Nicodemo había traído una mezcla de los dos, en cantidad no menor a las cien libras. En cuanto a esta medida de peso, véase sobre Juan 12:3. Cien libras de aquellas equivalían a unos treinta y dos kilogramos nuestros, contribución en nada insignificante.

A medida que se envolvía el cuerpo, miembro por miembro, en los lienzos, se iban untándolos con la mezcla de mirra y áloes. Así preparaban los judíos a sus muertos para sepultarlos. No los embalsamaban como los egipcios, quienes les extraían el cerebro y las entrañas.

Juan 41, 42. Ahora bien, en el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa del día judío de la Preparación, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

El cuerpo de Jesús fue llevado a un sepulcro. Como este sepulcro ocupa un lugar destacado en el relato de la resurreccíon, debe prestársele atención más que pasajera. Enumerados los puntos informativos que la Escritura (y en cierta medida la arqueología) suministra respecto a este sepulcro. Hemos seleccionado unos pocos libros de entre una lista de escritos arqueológicos recientes; véase la nota.

(1) Su ubicación. 
El sepulcro estaba ubicado en la cercanía inmediata del Calvario: “En el lugar donde fue crucificado había un huerto”. Como no sabemos dónde estaba el Calvario, tampoco sabemos dónde estaba este sepulcro. Véase sobre Juan 19:17

Algunos viajeros que han visto el “Sepulcro del Huerto”, en un lugar recluido bajo una colina con forma de cráneo humano, están convencidos de que este sepulcro, con su antecámara y la espaciosa cámara sepulcral, con sólo un lugar acabado para que descansara un cuerpo, es el que menciona el Evangelio. Debe admitirse que en muchos aspectos la descripción de este sepulcro concuerda con la información que se saca de los relatos de los Evangelios. 

Otros que también han visto e investigado el lugar, no están del todo convencidos, y afirman que el sepulcro del huerto es probablemente de fecha mucho más reciente que el siglo primero d.C. Es probablemente imposible llegar a ninguna conclusión concreta respecto a la identidad del sepulcro en el que fue colocado el cuerpo de Jesús. ¿Y por qué habría que considerar que esto es lamentable?

La amable providencia proveyó un sepulcro próximo. Era el día judío de la Preparación. Véase sobre Juan 19:14, 31. En otras palabras, era viernes. Se acercaba la puesta del sol. En consecuencia, a fin de que todo pudiera concluirse antes del sábado, no se podía perder tiempo. No se podía enterrar el cuerpo de Jesús en un sepulcro alejado. El tiempo no lo permitiría.

(2) Su novedad.
Este sepulcro era nuevo. Véase también sobre Juan 13:34. Era nuevo en el sentido de que no se había usado antes. Nunca habían entrado en él el deterioro y la descomposición. Era un lugar adecuado para que descansara en él el cuerpo del Señor. Cf. Sal 16:10.

(3) Su propietario. Según Mt. 27:60 era el sepulcro del propio José. Y José era rico. En consecuencia, Is. 53:9 viene enseguida a la mente “Con los ricos fue en su muerte”.

(4) Su aspecto general. 
Este sepulcro no era una cueva natural. Había sido labrado de piedra sólida (Mr. 15:46). Después de depositar el cuerpo de Jesús, José (con la ayuda de otros, naturalmente) colocó una gran piedra frente a la entrada del sepulcro (Mt. 27:60). 

Esta piedra era muy pesada (o muy grande) (Mr. 16:4). La entrada al sepulcro era baja, como se deduce del hecho de que María tuvo que inclinarse para mirar en su interior (20:11). Lo mismo tuvo que hacer Pedro (20:5; Lc. 24:12). En ambos extremos del lugar en el que se colocaba el cuerpo se había dejado la roca lo suficientemente gruesa como para formar una especie de asiento (20:12).

Es evidente que la sala de sepultura del sepulcro de José no contenía un nicho (kôk) en el cual se introdujo el cuerpo de Jesús por uno de los dos extremos. En Palestina hay muchos sepulcros de esta clase, pero éste no era uno de esos, porque en ese caso los ángeles no hubieran podido estar sentados a la cabecera y a los pies.

Parecería que la cámara sepulcral del sepulcro de José tenía no un escaño o repisa, sino un declive—un lugar en el que se había excavado el piso un poco más hondo—en el cual pudo reposar el cuerpo de Jesús.

Imaginémonos, por tanto, el sepulcro de José. Tiene: 
a. una entrada baja a la cámara sepulcral; 
b. una piedra muy pesada (probablemente redonda, que se desliza sobre un surco) frente a esta entrada; 
c. un sello pegado a la piedra (a petición de los sanedritas, Mt. 27:66), es decir, una cuerda recubierta de yeso o cera, sobre el cual se había impreso un sello; véase artículo “Sello” en I. S. B. E.
d. una cámara sepulcral con relieves en los que personas se podían sentar, y entre ellos: f. un declive en el que descansó el cuerpo de Jesús.

Algunos suponen que había un patio al descubierto o antecámara, constituido por un muro semicircular, frente a la cámara sepulcral. Otros lo niegan. Esto crea diferencias esenciales en la interpretación.

Vemos la piedra tan pesada, el sello, el guarda. “Pongan un guarda; vayan a asegurarse lo más que puedan”, dijo Pilato a los sanedritas que fueron a molestarlo el sábado por la mañana. “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Sal. 2:4). Véase el capítulo siguiente (resurrección), Juan 20.
Síntesis de Juan 19:38–42
El Hijo de Dios muere como sustituto por su pueblo. 
La sepultura.
El entierro de Jesús fue un elemento necesario en su humillación. Por medio de ello santificó la tumba para todos sus seguidores. En la sepultura se cumplió la profecía. (Véase la exégesis). 

Los principales protagonistas fueron José de Arimatea y Nicodemo, cuya valentía debe admirarse. El sepulcro estaba situado en el huerto de José, muy próximo a la cruz. No se puede indicar hoy día el lugar exacto. 

Por esto podemos dar gracias a Dios. De haberse conocido este lugar, probablemente habría recibido más honra que Cristo mismo. (Algo de esta mentalidad de hecho, prevalece incluso hoy día, en relación con los lugares que se dicen ser auténticos). 

El sepulcro disponía probablemente de una entrada baja, frente a la cual se había deslizado una pesada piedra, a la que se le había puesto un sello por orden de Pilato a petición del Sanedrín; finalmente, había la espaciosa cámara sepulcral, probablemente con un declive para el cuerpo de Jesús. En este sepulcro, debido a su proximidad, y debido a que se acercaba el sábado, fue colocado el cuerpo de Jesús.

Si bien la sepultura es un elemento en la humillación de Cristo, sin embargo proporciona un destello anticipado de su exaltación: es un sepulcro nuevo. Nunca había habido en el mismo ningún deterioro. El cuerpo de Jesús no sufrió corrupción. Dios se ocupó de ello. El sepulcro pertenecía a un hombre rico. Era un sepulcro digno de un rey. Todo apunta hacia la exaltación.

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Estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




 Crucifixión y muerte de Jesús
Juan 19:17-37

(Mt. 27.32–50; Mr. 15.21–37; Lc. 23.26–49)
17Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; 18y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. 19Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. 20Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. 21Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. 22Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito.
23Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. 24Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice:
Repartieron entre sí mis vestidos,
Y sobre mi ropa echaron suertes.
Y así lo hicieron los soldados. 25Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. 26Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. 27Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
28Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. 29Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. 30Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.
El costado de Jesús traspasado
31Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo* (pues aquel día de reposo* era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. 32Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. 33Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. 34Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. 35Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. 36Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. 37Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Semana Santa Bíblica: La muerte de El Hijo de Dios
Nos preparamos para enseñar al rebaño
             El Hijo de Dios muere como sustituto de su pueblo. La crucifixión                               Juan 19: 17-37

Juan 31–33. Entonces los judíos, por cuanto era la Preparación, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.

A veces los sanedritas podían ser muy escrupulosos en la observancia de los detalles de la ley ceremonial. ¿No era cierto que la tierra se profanaría si colgaba toda la noche un cuerpo de una cruz? Véase Dt. 21:23. Esta profanación sería peor si los cuerpos permanecían en la cruz en sábado. La tarde estaba cayendo (la tarde de la Preparación, es decir, del Viernes; véase sobre 19:14, 42); se acercaba el ocaso, o sea, hacia el sábado. Además, este sábado concreto era “de gran solemnidad”, porque era el sábado de la Pascua, festividad de siete días.

Así pues los judíos (posiblemente los principales sacerdotes) le pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados, a fin de que se produjera de inmediato la muerte. Entonces se podrían quitar los cuerpos y todo habría concluido antes del sábado.

Esta rotura de los huesos (crurifragium es el nombre) por medio de golpes violentos de martillo o acero era terriblemente inhumana. Producía la muerte, que de no ser así podía tardar en llegar horas e incluso días. Dice el Dr. S. Bergsma en un artículo : “La conmoción que produce semejante herida cruel a los huesos puede ser el golpe de gracia que produzca la muerte”.

Pilato dio rápidamente el permiso. Juan vio cómo los soldados rompían los huesos de los dos malhechores. También vio que al darse cuenta de que Jesús ya había muerto, no le quebraron los huesos. Es muy probable que se abstuvieran de hacerlo por orden del centurión, en quien Jesús había producido una profunda impresión (Lc. 23:47). ¿No parecería probable también que José de Arimatea ya hubiera dado a conocer al centurión que iba a pedir permiso a Pilato para bajar el cuerpo de Jesús?

Juan 34–37. Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo ha visto ha dado testimonio, y su testimonio es genuino; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Para garantizar que no existiera ni la más mínima posibilidad de que quedara algo de vida en el cuerpo de Jesús, uno de los soldados atravesó el costado de Jesús con una lanza o espada. Como la espada se sostenía en la mano derecha, probablemente, lo más verosímil es que se abriera el costado izquierdo de Jesús. Al instante salió sangre y agua.

Juan amplía este hecho, dedicando no menos de cuatro versículos al mismo. Debe haber tenido un propósito al hacerlo así. Es muy probable que tratara de decir a sus lectores que Cristo, el Hijo de Dios, de hecho murió (según su naturaleza humana). La muerte de Jesús no fue en apariencia; fue real. El apóstol mismo había estado presente y había visto brotar del costado del Señor la sangre y el agua. ¡Que los docetas tomen nota!

Pero ¿qué hizo que brotara sangre y agua de la abertura producida por la espada! Consúltense los distintos comentarios; también el artículo Blood and Water en I.S.B.E. Según este artículo la explicación fisiológica podría ser ésta, que la muerte de Jesús se produjo por la rotura del corazón como resultado de una gran agonía y dolor mentales. Una muerte así sería casi instantánea, y la sangre que desemboca en el pericardio se coagularía en grumos rojos (sangre) y suero límpido (agua). La herida de espada permitiría entonces que saliera esta sangre y agua. El artículo menciona los nombres de varios médicos distinguidos que han aceptado esta teoría.

Hace unos años el Dr. Stuart Bergsma, destacado médico de Grand Rapids, Michigan (ex-misionero-médico en Etiopía—cirujano del Hospital Tafari Makkonen, George Memorial Building, Addis Ababa—luego misionero-médico en India; autor de Rainbow Empire, Grand Rapids, Michigan, 1932; y de Sons of Sheba, Grand Rapids, Michigan, 1933) escribió un excelente artículo acerca de este tema. Apareció en Marzo de 1948 en Calvin Forum

El se abstiene prudentemente de sacar una conclusión concreta. El asunto es demasiado incierto, y los especialistas en enfermedades cardíacas (y sobre todo en rotura del corazón) no parecen estar en completo acuerdo. Sin embargo, del artículo resulta claro que el Dr. Bergsma se inclina algo hacia la teoría del corazón roto como explicación de que brotara sangre y agua del costado de Jesús. El examinó el problema con típica meticulosidad y consultó a varios especialistas en la materia. En su artículo cita las fuentes (libros y artículos publicados y correpondencia privada).

Antes de entrar en materia ya en detalle, deberían eliminarse algunas ideas erróneas:

1. La afirmación “Jesús murió de rotura del corazón” suele despertar oposición inmediata. Estamos tan acostumbrados a interpretar tales frases en forma metafórica. Por ejemplo, es probable que digamos en relación con alguien que ha sido profuntamente herido en su vida afectiva, “Eso le destrozó el corazón”. Ahora bien, es cierto que Jesús no murió por desengaño. Murió triunfador. Cuando hablamos de la posibilidad de que la sangre y agua que brotaron del costado de Jesús indiquen una rotura previa del corazón, utilizamos el término rotura de corazón en un sentido estrictamente fisiológico.

2. Otro error que hay que disipar es éste, que si Jesús murió de rotura de corazón, no dio la vida. En este caso su muerte no fue un sacrificio voluntario. ¡Semejante conclusión es totalmente errónea! Jesús entregó ciertamente su vida en sacrificio voluntario. Esta es la enseñanza clara de toda la Escritura, sobre todo 10:11. Pero imaginemos, por un momento, que Jesús, aun sabiendo que el tomar sobre sí la ira de Dios le destrozaría el corazón, decide sin embargo, hacerlo; ¿podríamos decir entonces que su muerte no fue voluntaria? El carácter voluntario de la muerte de nuestro Señor ciertamente no disminuiría un ápice.

3. Debe eliminarse otro error, a saber, que la lanzada produjo la muerte. Esto es totalmente erróneo; porque, el escritor inspirado, antes de decir nada acerca de la perforación del costado de Cristo, ya ha escrito, “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu”. Lo que Juan escribe respecto a la lanzada no fue escrito para describir qué causó la muerte de Cristo, sino para mostrar que Jesús había de hecho muerto. Además, como dice el Dr. S. Bergsma en su artículo, “Presuponer, como hacen algunos, que la lanza perforó el corazón todavía vivo, y explicar de esta manera la sangre y agua, es contrario.… a la ciencia, porque en este caso hubiera brotado pura sangre. Su muerte iba a producirse en la crucifixión misma, no en la lanzada de un soldado.

Una vez descartados estos errores pasaremos ahora a presentar la posición del Dr. Bergsma, citando sus palabras:

“En mi opinión, que sostengo humildemente aunque no es apoyada por las primeras cuatro autoridades que he citado, aunque sí por las dos últimas, la presencia de una cantidad considerable de suero y coágulos de sangre—que brotan de una herida de lanza, como se describió antes, pudo proceder sólo del corazón o saco pericárdico. 

Debemos aceptar desde un principio que el cuerpo de Cristo no estaba afectado por ninguna enfermedad previa. Era un perfecto cordero de Dios. Es sumamente extraño, casi imposible, dicen las autoridades, que se rompa el músculo cardíaco normal. Cristo, sin embargo, sufrió como nadie antes ni después ha sufrido. El Sal. 69:20 dice proféticamente, ‘El escarnio ha quebrantado mi corazón’. El versículo siguiente prosigue, ‘Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre’. 

Tomamos la segunda profecía como cumplida literalmente, pero muchos opinan que resulta fantasioso tomar el versículo 20 también en forma literal. Si el corazón de Cristo no se rompió, es difícil explicar cualquier acumulación de sangre y agua como la describe Juan. La efusión pericárdica normal de unos treinta gramos o menos sería una simple trivialidad que nadie hubiera observado”.

Juan escribe lo que ha visto. Da un testimonio autoritativo de lo que ha percibido con sus propios ojos. En cuanto al verbo testificar, véase sobre 1:7, 8. Este testimonio es genuino. “El”—probablemente refiriéndose a Cristo—sabe que Juan dice la verdad. Dice la verdad en relación con la sangre y el agua (elementos que demuestran que Cristo había tomado de hecho la naturaleza humana, y que había realmente muerto en su naturaleza humana) a fin de que los lectores no se sientan desorientados por herejías docetas, sino que sigan creyendo. Véase también sobre 20:30, 31.

No resulta completamente imposible que el Evangelio de Juan, tan simbólico, quiera vincular esta sangre y agua con los efectos de la expiación de Cristo; 1 Jn. 5:6 quizá apunta en esa dirección. Cf. Jn. 3:5; 7:37–39.

Cuando Juan vio cómo los soldados se abstuvieron de romper los huesos de Cristo, vio en ello el cumplimiento de las palabras referidas en Ex. 12:46; Nm. 9:12. No se había de quebrar ningún hueso del cordero pascual. Cristo era el verdadero cordero pascual. Véase sobre 1:29; léase también 1 Co. 5:7.

Cuando el apóstol observó la perforación del costado de Cristo, vio en ello el cumplimiento de la profecía de Zac. 2:10. En cuanto al contenido general de las profecías de Zacarías véase sobre 12:14, 15. Las palabras del profeta se citan aquí no según la LXX sino más bien según el original hebreo. La misma profecía, en forma algo modificada, se encuentra en Ap. 1:7. En este caso—aquí en 19:37—lo que se quiere decir simplemente es que la lanzada cumplió la profecía.
Síntesis de Juan 19:17–37
El Hijo de Dios muere como sustituto de su pueblo. La crucifixión.

A. Jesús lleva la cruz; clavado a la cruz entre dos criminales.
El Rey de los Judíos crucificado entre dos criminales. Por parte del gobernador esta decisión se tomó probablemente como ofensa a los judíos. Pero tiene otro aspecto: el Salvador crucificado entre dos pecadores, uno de los cuales se va a salvar. Por parte de Dios (y en cumplimiento de la profecía) esta decisión se tomó providencialmente con el fin de describir el propósito glorioso de la cruz.

B. La disputa acerca del título.
Si bien Pilato no lo supo, ¡el título fue inspirado! Dios mismo lo escribió. Fue inspirado en lo que se omitió: no se mencionó ningún pecado. También fue inspirado en lo que expresó: el Rey de los Judíos crucificado a fin de que pudiera manifestarse el Rey tanto de judíos como de gentiles—elegidos de entre todas las naciones—.

C. El reparto de los vestidos.
Esto fue un cumplimiento maravilloso de la profecía y a la vez nos muestra como Cristo llevó la maldición a fin de liberarnos de ella. En cuanto a la fracción descrita en la explicación del versículo 24, no garantizo su fidelidad. Lo escribí, sin embargo, porque estoy convencido de que apunta hacia la verdadera dirección, a saber, el cumplimiento verdaderamente sorprendente de la profecía en relación con Cristo. ¿Quién puede oír una interpretación del Mesías y no sentirse impresionado con esto?

D. Las palabras a María y a Juan.
El corazón más amoroso (el de Juan) se mantuvo lo más próximo a Jesús. Se le confió sólo a él el cuidado de María. Esto también revela la “forma de ser” de Jesús.

E. La sed de Jesús.
El mismo Evangelio que proclama elocuentemente la divinidad de Cristo, también revela en forma diáfana su humanidad. En su naturaleza humana—y sólo en ella—sufrió. La naturaleza divina no podía sufrir. Entre la exclamación “Tengo sed”, y “Consumado es” pasó muy poco tiempo. Entonces entregó su espíritu. La naturaleza voluntaria de esta acción no puede enfatizarse lo suficiente. Claro está, esto no excluye en forma alguna la idea de una causa física que produjo su muerte física. Pero esa causa física también estaba completamente en su poder.

F. La perforación de su costado.
Además de lo ya dicho, adviértase lo siguiente:
1. La teoría de la ruptura del corazón (antes de la lanzada) tiene los siguientes aspectos en su favor:
a. Toma muy en serio la profecía del Sal. 69:20 (“El escarnio ha quebrantado mi corazón”), y acepta el mismo cumplimiento literal de esta profecía como se suele aceptar en relación con el versículo siguiente (“Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre”).
b. Se arguye que esta teoría ofrece una explicación razonable del flujo de sangre y agua, lo cual no hacen otras teorías.
c. Esta teoría subraya la grandeza de la agonía mental y espiritual de Cristo. De ordinario la muerte por crucifixión no produciría la ruptura del corazón, pero esta muerte no era ordinaria. Este Mártir sobrellevó la ira de Dios contra el pecado. Sufrió la muerte eterna, las congojas infernales.

2. Esta teoría tiene las siguientes debilidades:
a. No es más que una posibilidad. Para elevarla a la categoría de probabilidad habría que tener más información que la que se suministra en el Evangelio. Así, por ejemplo, ni siquiera podemos probar que el costado perforado fuera el izquierdo.
b. No se dispone de datos post-mortem respecto a otras personas que murieron crucificadas. Aunque los tuviéramos, no podrían mostrar lo que pudo haber sucedido en el caso de este Mártir único.
c. Pudo haberse producido un milagro, o puede haber otra forma no milagrosa de explicar el flujo de sangre y agua. Sencillamente no lo sabemos.
Como se ha señalado, el Dr. Bergsma se ha expresado con gran y encomiable cautela. Vale la pena estudiar con cuidado su artículo.

Debería ponerse de relieve, una vez más, un punto ya subrayado en la exégesis:
El relato inspirado no se interesa por mostrarnos cómo salió del costado de Jesús sangre y agua. Sólo se interesa por revelar el hecho en sí. En consecuencia, debemos fijar nuestra atención en ese punto. Del costado de Jesús brotaron de hecho sangre y agua. Por ello, era con toda seguridad humano, poseedor de un cuerpo humano. Había sin duda muerto. Su sangre y su Espíritu con toda certeza limpiarán de pecado. Se cumplió con toda, tanto en la omisión del crurifragio en su caso como en el brote de sangre y agua.
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