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sábado, 3 de mayo de 2014

No temas: El que Vivo

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




El versículo 16 continúa el tema de los versículos 14 y 15: Cristo nuestro Libertador. Él vino para libertarnos del imperio de la muerte. Él es nuestro Ayudador, el que nos presta el oportuno socorro.
Lo primero que nos sorprende en este versículo es que de repente los ángeles vuelven a hacer acto de presencia. Fueron un constante punto de contraste con el Señor Jesucristo a lo largo del capítulo 1 y en el 2:5–7, pero habían desaparecido del escenario durante un tiempo. ¿A qué se debe su reaparición ahora?
Sabemos de sobra que el Señor Jesucristo ciertamente no socorrió a los ángeles. ¿Por qué, pues, necesita el autor introducir esta idea aquí?
Sólo podemos contestar a esta pregunta si hemos entendido bien el conjunto del argumento del autor a partir del 2:5. Hemos visto que esta sección nos habla de la humanidad de Jesucristo, pero, más aún, del por qué de su humanidad. Por supuesto, Él en sí mismo no tuvo ninguna necesidad de hacerse hombre. Era absolutamente completo, en todos los sentidos, en su condición de Hijo eterno. Su experiencia terrenal no pudo contribuir nada a su perfección. La razón de la necesidad de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo la hemos de buscar en nosotros, en lo que Él vino a hacer a favor nuestro.
Él vino a salvarnos. Pero ¿cómo ha enfocado el autor el tema de nuestra salvación? Si volvemos a los versículos 5 al 7 de este capítulo, recordaremos que su punto de partida ha sido el propósito glorioso que Dios tiene para el hombre como señor de la creación. Así pues, Cristo ha venido para «salvarnos», no solamente en el sentido de evitar que tengamos que ir al infierno, sino en el sentido de restaurar nuestra gloria humana y hacer viable el cumplimiento de todos los propósitos y promesas de Dios para con la humanidad. ¿Y cuáles son estos propósitos? El autor ha acudido al Salmo 8 para definirlos: coronarle de gloria y de honra, y sujetar todo bajo sus pies.
Ahora bien, este propósito, que empezó a funcionar en el Edén con Adán y Eva, quedó anulado, o al menos desvirtuado, a causa del pecado. Por nuestro pecado, los seres humanos dejamos de alcanzarlo. Dios no puede coronar como señor del universo al hombre estropeado sin que esto represente una catástrofe para el mismo universo.
Por lo tanto, el Hijo eterno toma naturaleza humana a fin de poder restaurar la posibilidad de que el propósito de Dios se cumpla. Él es el postrer Adán, el nuevo hombre, el cabeza de la nueva humanidad. Él, por lo tanto, es el que supremamente es coronado de gloria y honra y tiene todo sujeto bajo sus pies. Él es el hombre al que Dios designa como heredero de todo (1:2).
Pero además de cumplir en su propia persona los propósitos de Dios para con la humanidad, también abre la puerta para que aquellos que creen en Él, llegando así a participar de su nueva humanidad, puedan ser coherederos con Él, «co-señores» de la tierra (Mateo 5:5).
Por lo tanto, el capítulo 2, al ir explicando diversos matices acerca de cómo Cristo nos salva, siempre entiende que la meta hacia la cual la salvación apunta es la glorificación en Cristo de los que participan de la nueva humanidad, la llegada a la gloria de muchos hijos (v. 10).
Es decir, el autor nunca ha perdido de vista la cuestión del lugar que el hombre debe ocupar en el universo según los designios de Dios. Desde el principio de esta sección (v. 5) ha establecido que el universo no está destinado a estar sujeto a los ángeles, sino al hombre. Ésta ha sido la intención de Dios desde el primer momento. Ya se ha cumplido en nuestro Señor Jesucristo, y un día se cumplirá en el conjunto de la humanidad redimida por Él.
La primera gran razón por la cual el Hijo debió humanarse es que, sin la encarnación, Él nunca habría llegado a ser el Heredero de las promesas divinas acerca del universo, porque éstas son para el hombre. La segunda es que, sin tomar forma humana, El nunca podría haber llegado a ser Cabeza de una nueva humanidad redimida. Si los propósitos de Dios para la creación se iban a cumplir, era necesario que el Hijo se hiciera hombre.
A quienes el hijo tiene que salvar es a los hombres, no a los ángeles, por cuanto los hombres, y no los ángeles, son los herederos de las promesas de Dios.
De ahí que el versículo 16 pueda ser contemplado como la contrapartida del versículo 5: Ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham, porque Dios no sujetó a los ángeles el mundo venidero, sino al hombre (vs. 7–8).
Así pues, Jesús no vino para socorrer a los ángeles. Naturalmente, de entre las muchas cosas que las Escrituras no nos revelan, se halla ésta: no sabemos por qué motivo, escondido en los eternos consejos de Dios o quizás en la misma naturaleza del ser angelical, Dios no ha tenido a bien dar a los ángeles el señorío del universo, ni por lo tanto por qué el Hijo tomó forma humana y no angelical. No nos corresponde a nosotros saberlo. Pero lo que sí sabemos es que, aun cuando sería de suponer que los ángeles, por ser superiores a nosotros, tendrían derecho al señorío, por alguna razón Dios no ha querido que sea así, sino que ha enviado a su Hijo para socorrernos a nosotros, restaurar nuestra humanidad perdida y renovar nuestra esperanza en las promesas. Si bien esto nos deja asombrados, debería también despertar en nosotros una eterna gratitud.


EL SOCORRO DE CRISTO

El versículo 16, pues, nos presenta al Señor Jesucristo como aquel que socorre. En el texto griego original, el verbo empleado es un poco especial. Más adelante, en el versículo 18, el autor volverá a la idea del socorro de Cristo, y allí utilizará el verbo más habitual. Pero en el 16, dos veces él emplea otro verbo menos frecuente y cuyo significado es extender la mano, o coger la mano. Se trata, por lo tanto, de un verbo especialmente gráfico. Dice que nuestro Señor Jesucristo no vino para coger de la mano a los ángeles, sino para coger de la mano a la descendencia de Abraham. La salvación de Jesucristo es enfocada aquí en términos de una iniciativa por la cual el Señor Jesucristo extiende su mano para salvarnos.
Me vienen a la mente dos episodios en la vida de Pedro. En primer lugar, vemos a Pedro, con esa fe impetuosa que le caracterizaba, lanzándose al mar y caminando sobre las aguas. Todo va bien mientras mira al Señor Jesucristo. Pero las olas son grandes, el viento sopla y la noche es oscura, y en un momento empieza a mirar al agua y a olvidarse del Señor. Entonces comienza a hundirse, y en su desesperación clama a Jesús: ¡Señor, sálvame!

    «Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? (Mateo 14:31).

El Señor Jesucristo ha venido para socorrer. Él extiende la mano, nos ase y nos salva.
La segunda ilustración: Pedro se encuentra en prisión, cuando he aquí que se presentó un ángel del Señor, y una luz resplandeció en la cárcel (Hechos 12:7). ¿Qué son los ángeles? Pues son espíritus ministradores, enviados por el Señor para hacer su voluntad y para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación. Ahora uno de ellos es enviado por el Señor para socorrer a uno de los primeros hombres que heredaron la salvación en Cristo.

    «… y tocando a Pedro en el costado, le despertó, diciendo: Levántate pronto. Y las cadenas se le cayeron de las manos. Le dijo el ángel: Cíñete, y átate las sandalias. Y lo hizo así. Y le dijo: Envuélvete en tu manto, y sígueme. Y saliendo, le seguía; pero no sabía que era verdad lo que hacía el ángel, sino que pensaba que veía una visión. Habiendo pasado la primera y la segunda guardia, llegaron a la puerta de hierro que daba a la ciudad, la cual se les abrió por sí misma; y salidos, pasaron una calle, y luego el ángel se apartó de él. Entonces Pedro, volviendo en sí, dijo: Ahora entiendo verdaderamente que el Señor ha enviado su ángel, y me ha librado de la mano de Herodes, y de todo lo que el pueblo de los judíos esperaba» (Hechos 12:7–11).

Sí, el Señor puede enviar un ángel para socorrernos. Pedro estaba en la cárcel. Hacía falta que las puertas de la cárcel se abriesen y que el ángel condujera a Pedro fuera de la prisión y le librara de la mano de Herodes. Pero nosotros también estamos en una cárcel, como veíamos en los versículos 14 y 15. No es la de Herodes, sino la de un enemigo mucho más fuerte y cruel. Necesitamos que alguien nos abra la puerta, nos coja de la mano y nos saque a la calle. Pero esta liberación el Señor Jesucristo no la puede dejar en manos de un ángel. Tiene que venir Él mismo. Y ha venido.
En el capítulo anterior veíamos cómo Jesús saquea la fortaleza de Satanás, la despoja (conforme a la epístola a los Colosenses), y abre sus puertas. Veíamos que el diablo ha sido destruido en el sentido de rendido impotente. Está con las manos atadas. Si alguien quiere salir de esta fortaleza y ser libre, el enemigo de nuestras almas es impotente para impedirlo. Ahora el autor añade otro matiz. Jesús no sólo nos abre las puertas y ata las manos a Satanás, para luego esperar que nosotros salgamos solitos; sino que Él entra en la fortaleza, nos coge de la mano y nos saca, personal e individualmente.
De hecho, el autor de Hebreos está recogiendo aquí una idea familiar en el Antiguo Testamento. Más adelante, en el 8:9, va a citar de la profecía de Jeremías:

    «He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto…»

Los tomé de la mano para sacarlos. Ahora la historia de la salvación se repite. Nuevamente el Señor nos socorre. El Hijo de Dios toma forma humana a fin de poder cogernos de la mano y efectuar nuestra liberación.
Una de las frases más trágicas de la Biblia hace referencia a la misma idea:

    «Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor» (Romanos 10:21).

Dios ofrece sacarlos, pero no quieren. A aquel que se resiste al llamamiento, Cristo le deja en la fortaleza de Satanás. Nos trata como seres responsables. Pero para quien quiere salir, el Señor está allí con su mano extendida.

    «He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar» (Isaías 59:1).

Salimos de nuestro Egipto una sola vez. Hay una sola liberación. Pero después descubrimos que, en todo el trayecto del peregrinaje por el desierto a la Tierra Prometida, la mano del Señor se extiende para socorrernos en medio de los apuros, peligros y tentaciones del camino.
Por esto el salmista dice:

    «Esté tu mano pronta para socorrerme» (Salmo 119:173).

Extiéndeme la mano. Llévame. Protégeme. Ayúdame.
Nuestra liberación inicial da lugar a un peregrinaje largo sembrado de peligros. Pero Aquel que nos abrió las puertas de la cárcel también es poderoso para seguir extendiendo su mano para ayudarnos hasta el fin del trayecto. En este sentido, hacemos bien en enlazar nuestro texto con el 2:18:

    «En cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados».

Y también con el 4:16:

    «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».
 

Refresquemos nuestra memoria: Él también participó de lo mismo.

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 

Al llegar a la primera parte del versículo 14, nos encontramos con lo que podríamos considerar el resumen de la idea principal del autor en esta sección: Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo.
Refresquemos nuestra memoria. El autor está hablando de la humanidad de nuestro Señor Jesucristo, del hecho glorioso y misterioso de que el Hijo eterno de Dios tomase forma humana y se rebajara a una posición que, en principio, es un poco inferior a la de los ángeles. Esto representaba cierta dificultad para los primeros lectores hebreos. Estaban en peligro de pensar que los seres angelicales y la Ley traída por ellos eran superiores al Señor Jesucristo y a su evangelio. Por lo tanto, el autor ahora está planteando el carácter provisional de la humillación del Señor Jesucristo, y las razones que la hicieron imprescindible.
Ya hemos visto varias de estas razones. En realidad, lo que el autor está haciendo en este capítulo es un repaso de la doctrina de nuestra salvación desde diferentes ángulos o puntos de vista. Desde cada ángulo nos explica que ésta es otra razón más por la que el Señor Jesucristo tenía que tomar forma humana.
Hemos visto la salvación en términos de sustitución. Es decir, Jesucristo tomó nuestro lugar en la Cruz (v. 9): Por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos. Ahora bien, cae por su propio peso que Dios no puede morir mientras tenga forma de Dios. Por lo tanto, si ha de morir como nuestro sustituto, debe tomar forma humana. La primera causa de la encarnación del Hijo es, pues, su muerte expiatoria.
Luego hemos visto al Señor Jesucristo como el Pionero de nuestra salvación (v. 10), el que nos ha forjado el camino a Dios y va delante de nosotros a la Tierra Prometida, llevándonos a la gloria. Y puesto que no se trata de un camino geográfico, sino más bien de un peregrinaje espiritual, conviene que el Hijo comparta nuestra humanidad. De otro modo, no sería modelo y patrón adecuado para nosotros. Por lo tanto, era necesario que tomase forma humana a fin de caminar Él mismo por este camino de aflicción que conduce a la gloria.
En tercer lugar, hemos visto la salvación en términos de santificación (v. 11). El autor nos ha dicho que el que santifica y los que son santificados, de uno son todos. El testimonio del Antiguo Testamento establece una estrecha relación de parentesco entre Cristo y los que son salvos por Él. Por esto también es necesario que Él participe de nuestra humanidad. Conviene que el que santifica sea de una misma naturaleza con los que son santificados.
Así pues, hemos contemplado al Señor Jesucristo como Sustituto, como Pionero, como Santificador, y en cada caso hemos visto que era necesario que el Señor Jesús se humanara. Ahora el autor resume esta idea, diciendo: Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo (v. 14). Llama hijos a los creyentes porque así han sido llamados en la cita de Isaías: Yo y los hijos que Dios me dio, y en la definición del propósito del Padre, la de llevar muchos hijos a la gloria (v. 10). Sin duda alguna, los hijos participamos de carne y sangre. Para ser nuestro adecuado Sustituto, Líder y Santificador, era necesario que Jesús participara de lo mismo.
Ahora, en el resto del capítulo, el autor seguirá con sus explicaciones. Nos enfocará la salvación desde dos nuevos ángulos. En primer lugar (vs. 14–16), contemplará a Jesús como el Libertador, el que nos rescata de la esclavitud. En segundo lugar, lo contemplará como Sumo Sacerdote, el que hace expiación por los pecados. Así nos proporcionará dos matices más en respuesta a la pregunta: ¿por qué era necesario que Jesucristo tomara forma humana?
Por lo tanto, en este hermoso capítulo veremos al menos cinco maneras diferentes de contemplar la salvación que nuestro Señor Jesucristo nos trae y cinco razones por las que era necesario que Él «participara» de nuestra humanidad.
Hemos de recordar la hermosura de esta palabra, participar. En griego, tiene que ver con la idea de comunión. Nosotros tenemos comunión con carne y sangre; es la condición que todos nosotros compartimos, que todos tenemos en común. Por lo tanto, a fin de rescatarnos, el Señor Jesucristo toma esta misma naturaleza. Entra en comunión con nosotros.
En su segunda epístola, el apóstol Pedro nos da la contrapartida de esta acción de Jesucristo, tal y como ya hemos dicho. Nos señala que por el nuevo nacimiento el creyente llega a participar de la naturaleza divina de Jesucristo.

    «Todas las cosas que pertenecen a la vida y la piedad nos han sido dadas por su divino poder,… por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:3–4).

La nueva humanidad, con la que volvemos a nacer por medio de la regeneración por el Espíritu Santo, es una humanidad conforme a la de Jesucristo. Por lo tanto, dice Pedro, somos partícipes de la naturaleza divina. En otras palabras, vemos por un lado que Jesús toma forma humana a fin de tener comunión con nuestra humanidad y, por otro lado, que lo hace a fin de que nosotros podamos tener comunión con su naturaleza divina y participar en ella.
Resumiendo, pues, esta primera parte del versículo 14, podemos decir que la razón por la que Jesús tomó forma humana fue que quiso identificarse plenamente con la condición humana de los que venía a salvar. Esta identificación fue necesaria por causa de la clase de salvación que Él traía. Esto es lo que ya hemos visto y lo que seguiremos viendo en el resto del capítulo.


EL IMPERIO DE LA MUERTE

Contemplemos, pues, a Jesús como nuestro Libertador. En la segunda parte del versículo 14, el autor nuevamente nos sitúa ante la salvación, pero con este nuevo enfoque. Ahora ve nuestra condición humana en términos de un imperio tiránico en el cual antes vivíamos como esclavos. Este imperio tiene un príncipe, el diablo. Y nosotros vivíamos en la oscuridad de nuestra esclavitud, sin posibilidad de librarnos por nosotros mismos. Nos hacía falta un libertador.
Cuando el hombre cayó en el pecado, decidió asumir el criterio del diablo y renunciar al de Dios. Seguramente sin darse cuenta del alcance de su desobediencia, se sometió voluntariamente a la autoridad del diablo. Dios había puesto al hombre en el huerto como su mayordomo y virrey. Allí ejercía plena autoridad sobre la naturaleza, autoridad concedida por Dios y que debía ser ejercida solamente bajo la soberanía de Dios. Pero al acatar el criterio y la filosofía del diablo, en abierta desobediencia al mandato divino, se sometió a éste. Lo hizo creyendo que con ello alcanzaría una mayor libertad; pero de hecho se encontró en la más triste esclavitud.
Como consecuencia, aquella autoridad sobre el mundo creado que pertenecía solamente al hombre bajo el dominio de Dios, llegó a ser ejercida por el hombre bajo el dominio del diablo. Así el diablo se convirtió en lo que nunca tendría que haber sido: el príncipe de este mundo. Esta descripción del diablo la encontramos en varias ocasiones en labios del mismo Señor Jesucristo.
El diablo ya previamente había usurpado el aire, es decir, el espacio intermedio entre la esfera divina y la esfera temporal de los hombres. No sabemos cómo fue. No nos es dado entender lo que ocurrió. Pero de alguna manera el diablo ya ejercía una hegemonía sobre una parte de los seres espirituales, por lo cual se convirtió en el príncipe de la potestad del aire. Con la caída de Adán y Eva llegó a ser también príncipe de este mundo. Y no sólo esto. También se constituyó en emperador del imperio de la muerte.
Ahora, es cierto que Dios es el Señor legítimo de nuestras vidas, controla nuestras circunstancias y nuestro destino, nuestros tiempos están en su mano, y Él decide el momento en el que nos corresponde morir. En ese sentido Dios es el Señor de la muerte.
Pero en otro sentido lo es el diablo. Lo es porque él es el autor del pecado. Al traer al hombre bajo el dominio del pecado, se constituye también en árbitro de la muerte del hombre, por cuanto el pecado que el diablo ha sembrado conduce a la muerte. Así pues, el diablo tiene el imperio de la muerte por ser el tentador e instigador de nuestro pecado, el cual nos hace reos de muerte y nos coloca bajo el poder de la muerte.
Pero también es el príncipe de este imperio porque nos zarandea con el temor de la muerte y utiliza este temor para sus propios fines durante nuestra vida. Él no tiene autoridad para hacer morir a nadie. Nuestros tiempos y nuestro enjuiciamiento están firmemente en manos de Dios. Pero si nos encontramos bajo el juicio de Dios, es gracias a la tentación y la traición del diablo (sin que esto elimine nuestra responsabilidad personal). El diablo es un tirano tan mezquino que, después de habernos tendido la trampa por la cual caímos bajo el juicio de la muerte, nos pone en vilo con el terror que esta muerte nos provoca.
En realidad el diablo se burla mucho de nosotros. Empieza tentándonos y luego disfruta al vernos caer. Después de nuestra caída, se vuelve contra nosotros y nos acusa, disfrutando de la angustia que provoca en nuestras conciencias. Disfruta también sembrando en nosotros todo tipo de alteraciones psíquicas, emocionales, sociales, incluso físicas, consecuencia de nuestra mala conciencia. Y luego, para colmo, disfruta colocando delante de nosotros el temor a la muerte, recordándonos cuál es nuestro destino final. Nos inculca este temor. En resumidas cuentas, el diablo no solamente nos cierra las puertas a la vida eterna, sino también nos estropea la vida actual con sus acusaciones y temores.
Así es el príncipe de este mundo. Y nosotros somos sus esclavos (v. 15). Vivimos durante toda la vida sujetos a servidumbre. Desde que la raza humana pecó, vive bajo la sombra de la muerte, asediada por el temor a la muerte. Sólo hace falta echar un vistazo a las diversas filosofías, ideologías y religiones que ha habido en la historia para darnos cuenta de cómo la muerte pesa sobre nosotros, aun de formas bastante inconscientes, y de cómo, detrás de mucho de nuestro comportamiento, hay un gran temor a la muerte.
Quizás alguien diga: Bueno, pero el temor a la muerte también tiene un efecto muy sano, no solamente porque nos induce a protegernos como mecanismo de defensa, sino porque Dios mismo lo utiliza para despertar en nosotros arrepentimiento y la búsqueda de la salvación; por lo cual, ¿no es más bien la táctica del demonio distraernos con diversas preocupaciones y placeres precisamente para que no sintamos el temor a la muerte y busquemos la salvación?
Efectivamente. Pero, aunque parece un contrasentido, creo que de hecho el diablo utiliza las dos tácticas en diferentes momentos. A veces inculca el pánico ante la muerte; y a veces evita mediante toda clase de distracciones que pensemos en ella.
Ciertamente hay un temor sano, un temor que conduce a la salvación. Pero no es de este temor del que ahora nuestro autor está hablando. Más bien contempla aquel temor que conduce a trastornos emocionales, a la desesperación y a toda clase de evasión. Porque en realidad, las distracciones de las que hemos hablado no son sino otra manifestación del temor. Sólo unos pocos reaccionan ante la muerte con sentimientos terroríficos de desespero. La mayoría reacciona creando vías de evasión, viviendo vidas de frivolidad llenas de placeres superficiales, a fin de no tener que contemplar la cruel realidad que les espera.
Para rehuir este temor, el hombre inventa toda clase de filosofías y religiones. Pero sus invenciones finalmente no son eficaces. Normalmente son otras tantas esclavitudes. Otros, en cambio, intentan abordar la muerte «con filosofía». Pero la resignación no es muy consoladora.
Los muchos que, de una manera u otra, intentan evitar la realidad de la muerte mediante la evasión, lo logran sólo durante un tiempo, pero tarde o temprano tienen que volver a mirar de frente este fantasma.
Todos con el tiempo empezamos a acusar achaques en cuanto a nuestra salud que nos recuerdan nuestra mortalidad. Todos vemos cómo mueren seres queridos o conocidos, y la muerte ajena también suele ser un recordatorio de nuestra propia mortalidad. Por lo tanto, aunque el hombre pretenda ser avestruz y esconderse de la realidad de la muerte, le resulta difícil. Y cuando a la fuerza tiene que contemplarla, le produce un gran escalofrío de desesperación.
Bertrand Russell, uno de los pensadores de este siglo que más ha contribuido a sembrar la incredulidad y el escepticismo ateo, escribió las palabras siguientes:

    «Corta e impotente es la vida del hombre. Sobre él y sobre toda su raza se avecina el destino lento, pero seguro, oscuro y sin misericordia. La materia omnipotente, ciega al bien y al mal, despreocupada por sus estragos, forja inexorablemente su camino. Al hombre, condenado hoy a perder a sus seres más queridos, mañana a pasar él mismo por las puertas de las tinieblas, sólo le queda atesorar, antes de que el golpe fatal le alcance, los pensamientos exaltados que ennoblecen su pequeño día, y adorar al santuario construido por sus propias manos».

Según Russell, la materia es omnipotente, porque es lo único que hay. La fe, Dios, los valores espirituales y eternos son una patética ilusión inventada por hombres que no se atreven a afrontar la terrible realidad de la existencia. La materia nos arrastra a todos en su desarrollo inexorable y sin sentido, creándonos para luego eliminarnos. Nuestra existencia no tiene mayor sentido que éste. Ésta es la realidad que debemos asimilar y según la cual debemos vivir. El único punto de luz que puede iluminar nuestra existencia absurda, antes de que seamos aplastados por la marcha de la materia, es aquella gloria efímera que nosotros mismos logramos crear a través del arte, de la ciencia, de la fraternidad y convivencia, todo aquello que nosotros somos capaces de forjar por nosotros mismos. Esto es lo mejor que el mundo ha sabido inventar.
Así es el credo humanista. Huelga decir que, para poder aceptarlo, hay que tener una fe y un pesimismo tan grandes que muy pocos son capaces de confrontarlo. Pero, si la revelación bíblica fuera falsa, sin duda Russell tendría razón. La muerte da al traste con todo sentido en la vida. Esta visión de la marcha inexorable de la materia, con sus ciclos de fecundidad y degeneración, de la vida que se dirige hacia la exterminio, es otra manera más de dar expresión al temor de la muerte. Tras las palabras sofisticadas y «valientes», descubrimos la misma desesperación de la que habla el autor de Hebreos, la de ver mi vida truncada por una sentencia de muerte insoslayable. ¿Qué es nuestra existencia? Nada más que un contrasentido.
Salomón lo dijo mucho antes: si la vida no queda iluminada por las promesas de la revelación divina, vanidad de vanidades, todo es vanidad (Eclesiastés 1:2). Y Pablo refuerza esta idea:

    «Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe… Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres… Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos» (1 Corintios 15:14, 19, 32).

O bien el Evangelio, con su promesa de vida eterna, es cierto; o bien demos la razón al diablo y entreguémonos al temor de la muerte. Mientras no le llega al hombre el mensaje de salvación, la vida es un contrasentido y el hombre hace bien en desesperarse.


CRISTO EL LIBERTADOR

En medio de este panorama de desolación irrumpe el Señor Jesucristo como nuestro Libertador. Él viene para rescatarnos del imperio de la muerte, de la tiranía del diablo. ¿Cómo lo hace?
Olvidémonos momentáneamente del texto y de lo que sabemos de la revelación bíblica. Imaginemos qué estrategia emplearíamos nosotros, si de nosotros dependiera. ¿Cómo efectuaríamos el rescate si nosotros fuésemos Dios?
Pienso en el mito de San Jorge: Allí está la princesa, hecha prisionera del dragón. ¿Cómo vamos a rescatarla? ¡Muy fácil! Nos montamos en un caballo y vamos con nuestra lanza a luchar contra el dragón, matarlo y rescatar a la princesa.
¿No es éste el camino a seguir? Para ello ni siquiera hace falta la encarnación. Basta con enviar a un ángel para hacerlo. De hecho, ¿no es esto lo que propone la Palabra de Dios?

    «Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él» (Apocalipsis 12:7–9).

Si esto puede pasar en el cielo, ¿por qué no se emplea este método para eliminar al diablo de la tierra? ¿No sería lo más sencillo? ¿Para qué involucrar al Hijo de Dios si lo pueden hacer sus siervos?
La pregunta no es descabellada, porque un día será así:

    «Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 20:10).

Si el Señor Jesucristo un día va a enviar a sus ángeles para luchar contra el dragón y eliminarle, ¿por qué no lo hizo así desde el principio? ¿Por qué, según nuestro texto, era necesario que Cristo muriese a fin de destruir el imperio del temor a la muerte? ¿Por qué era necesario que Él tomara forma humana?
Porque nuestro caso no es exactamente el de la princesa en la historia de San Jorge. No somos meramente las víctimas inocentes del rapto del dragón. Por nuestro pecado, nos hemos sometido voluntariamente a su hegemonía, y así nos encontramos bajo su autoridad legítima. (Legítima, por supuesto, no porque Dios se la haya concedido, sino porque nosotros nos hemos colocado bajo ella). En nuestro caso, el dragón podría decir a San Jorge: «La princesa es mía por derecho; si tú peleas contra mí, tú mismo serás injusto y habrás trastornado las leyes morales del universo que tú mismo estableciste».
Lo que es más, si en estas condiciones Jesús envía a sus ángeles para militar contra el dragón y los suyos, nuestra suerte queda sellada. No seremos liberados, sino que compartiremos la suerte de aquel que es nuestro señor legítimo, el diablo. Nos hemos sometido a él. Si él es eliminado, nosotros lo seremos también.
Si, pues, va a haber liberación para nosotros, tendrá que ser por otro camino. El camino de la fuerza valdrá en el día de juicio, pero no puede servir para nuestra liberación. Ésta tendrá que ser lograda por la vía de la redención. Para poner en libertad a un cautivo se ha de pagar el precio de su rescate. ¿Qué precio corresponde a la vida de un ser humano? No puede ser menos que otra vida humana. ¿Y qué si se trata de muchos hijos que han de ser rescatados y llevados a la gloria? ¿Cuánto valen ellos? Nada menos que la vida del Hijo del Dios eterno.
Digámoslo de otra manera. El poder del diablo sobre nosotros es un poder relativo. El Señor sigue siendo el Señor, pero el derecho del diablo sobre nosotros es real. No es sólo una cuestión abstracta de derechos cósmicos, sino algo que experimentamos diariamente: el dominio del maligno sobre nuestras vidas (Efesios 2:2). Si nuestra liberación va a ser eficaz, si el diablo va a perder su ascendencia sobre nosotros, algo íntimo en esta relación tendrá que ser roto. Tendrá que hallarse solución para aquello que le concede la ascendencia sobre nosotros: el pecado.
¿Cómo se puede hacer? ¿Y si el Hijo pudiera lograr que de alguna manera el hombre quedara exento de la culpa del pecado? Entonces sobrarían las acusaciones del diablo. Entonces quedaría anulada la sentencia de muerte. El pecador sería perdonado y no tendría que morir eternamente. Quedarían eliminados los dos principios –pecado y muerte– por los que el diablo ejerce su derecho legítimo sobre nosotros. El pecador se vería librado del imperio de la muerte.
Hace falta, pues, un camino por el cual nosotros podamos quedar exentos de culpa y libres de la sentencia de muerte. A partir de aquel momento, el diablo nunca podrá aducir que le pertenezcamos ni que tenga derechos legítimos sobre nosotros.
¿Cómo puede nuestro Libertador eximirnos de la culpa de la muerte? Toda la sabiduría del cielo sólo ha encontrado una respuesta: que el Hijo de Dios se haga hombre, tomando sobre sí una naturaleza que puede ser sujeta a la muerte, y muera voluntariamente en nuestro lugar, llevando sobre sí nuestra culpa y nuestro castigo. Así nuestro pecado recibe su merecido y nuestra sentencia de muerte queda cumplida… en la persona de nuestro Sustituto, el Señor Jesucristo. Ya no puede haber más acusaciones de parte del diablo en la corte del cielo. Ya la muerte no es una sentencia eterna, sino el umbral de una nueva vida. El diablo no tiene derecho sobre nosotros. Hemos sido librados de su imperio tiránico.
El Hijo, pues, se hace hombre a fin de someterse a la humillación de sucumbir ante el imperio del diablo, de permitir que el diablo haga su placer en Él. Pero, en realidad, es por su muerte que libra de culpa y de muerte a los que creen en Él. Por lo tanto, les libra del temor de la muerte. Él despoja al imperio de la muerte en el mismo momento de sufrirla Él mismo.
Por esto era necesario que Jesús tomara forma humana y muriese: a fin de poder rescatarnos del imperio de la muerte. Es una cuarta razón que el autor nos da.
La naturaleza paradójica de esto la vemos en el lenguaje del versículo 14: para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte.
Si queremos un buen comentario sobre esto, nada mejor que acudir a lo que Pablo dice en Colosenses 2:13:

    «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne,…»

Allí está el instrumento que el diablo empleaba para ejercer su dominio sobre nosotros: el pecado y su consecuencia, la sentencia de muerte.

    «…[Dios] os dio vida juntamente con [Cristo], perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz,…»

Aquel acta que el acusador de los hermanos tanto disfrutaba en citar, ya no puede ser citada en contra nuestra. El diablo es conocedor de la ley de Dios y sabe citarla piadosamente con tal de lograr la condenación de un alma. Y por una vez él no es mentiroso, sino tiene toda la razón, al decir a Dios: Según tu ley, éste es pecador y ha de morir. Pero a partir de la muerte del Hijo de Dios, su denuncia es en vano. Porque en la Cruz nuestro pecado recibió su pago y la acusación de la ley fue satisfecha. Ahora en vano el acusador prepara su prosecución. El abogado de la defensa se ríe de sus argumentos. Él mismo ha sufrido el castigo de todo aquello de lo cual la prosecución nos acusa. Por lo tanto, toma el acta de nuestros pecados y la clava en la Cruz. La Cruz anula el acta.

    «… y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:13–15).

La boca del diablo se cierra:

    «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió» (Romanos 8:33–34).

La muerte de Jesús hace callar toda acusación contra aquellos que por ella han sido justificados.
La consecuencia de esta liberación de Jesucristo es doble. Por un lado el imperio del diablo queda, en palabras de Colosenses, despojado. O como dice aquí en Hebreos, el diablo mismo queda destruido. Ahora, esta última es una palabra que necesitamos matizar, porque es cierto que el diablo todavía no está destruido del todo. Si lo estuviera, Pedro no tendría que avisarnos de que es como un león rugiente que busca devorar a quienes pueda de entre los creyentes.
No nos engañemos, pues; no ha sido destruido del todo. La palabra más bien quiere decir neutralizado o desarmado. Es en este sentido que el diablo ha sido hecho impotente: al justificarnos por su muerte, al haber llevado nuestros pecados, solucionado nuestra culpa y pagado nuestra sentencia en la Cruz, al eliminar las acusaciones contra nosotros y anular el acta que había contra nosotros, Cristo ha abierto la puerta de la fortaleza de este tirano para que todo aquel que lo desee pueda salir de ella y vivir en libertad. El diablo tiene las manos atadas, sin poder impedir que nosotros ahora salgamos si creemos el evangelio. Por supuesto, él hará todo lo que pueda para impedir que escuchemos el evangelio, y sembrará toda clase de dudas en cuanto a su eficacia y verdad. Pero si por la gracia de Dios respondemos al evangelio con fe, no puede impedir nuestra liberación.
Es a esto a lo que se refiere la Biblia cuando dice que el diablo está atado (Mateo 12:29). No quiere decir, ni mucho menos, que no sea activo en nuestro mundo. Sí quiere decir que el diablo se ha quedado impotente para impedir que todo aquel que crea en el Señor Jesucristo reciba por su muerte la justificación, salga por las puertas de la fortaleza del imperio de Satanás y entre en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
En este sentido ha sido destruido el imperio diabólico de la muerte. Finalmente no será destruido hasta aquel día en que el diablo sea echado en el lago de fuego, pero mientras tanto ha quedado abierta una brecha en sus murallas que el diablo es impotente para cerrar. Por así decirlo, Jesús ha entrado en su fortaleza, que antes tenía las puertas bien cerradas, y le ha quitado las llaves de la puerta. Y ahora el Señor Jesucristo es aquel que dice:

    «No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Apocalipsis 1:17–18).

La primera consecuencia, pues, de la obra de Cristo es que la fortaleza del diablo ha sido despojada, y quien quiere puede salir de la servidumbre.
La segunda consecuencia es que la muerte pierde su temor para el creyente. Evidentemente, la muerte de un ser querido sigue siendo motivo de profunda tristeza. Pero, si se trata de un creyente, es la tristeza de una separación temporal, no de una pérdida definitiva.
Con los medios de comunicación de hoy, el mundo se ha vuelto pequeño. Puedes llegar a cualquier parte en un par de días como mucho. Pero antes no era así, y cuando una persona dejaba a su familia para emigrar a otro país, los familiares tenían que despedirse de ella pensando que no la volverían a ver en esta vida. La tristeza que sentían no era la de un fallecimiento, pero era sumamente dolorosa por la probable duración de la separación. Lo mismo sigue siendo cierto para el creyente ante la muerte. Cuando pierde a un ser querido, sabe que durante el resto de su vida terrenal conocerá el vacío de esta separación y que no hay nadie ni nada que pueda llenar esta laguna.
La tristeza sí que está allí. De hecho el autor no dice que la muerte haya sido abolida, ni que la tristeza de la muerte haya desaparecido, sino que Jesucristo ha quitado a la muerte su terror. La muerte ha perdido su aguijón. Porque antes ¿qué era la muerte? Era la puerta a lo desconocido o a la condenación eterna. Pero ahora lo desconocido se ha hecho conocido en el Señor Jesucristo, y en Él la condenación se cambia en vida eterna.
Ya sabemos cómo es el camino más allá de la muerte porque Jesús lo ha mostrado en su propia persona. Antes la muerte era el fin de nuestra humanidad, ahora es el principio de una humanidad plenamente restaurada. Antes era el fin de todos nuestros bienes, ahora es el principio de una gloriosa herencia. Antes era ir a la nada, ahora es ir a la presencia de Dios, es ir a casa, a la casa del Padre. Antes la muerte era la negación de todo propósito en la vida, la demostración de lo absurdo que es vivir; ahora es un estímulo para que vivamos santa y sobriamente, por cuanto nos recuerda que esta vida es breve y debe ser aprovechada al máximo para nuestro crecimiento en la fe.

    «Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (1 Corintios 15:54–55).

Gracias a Dios, hay victoria sobre la muerte. Hay quien ha ganado la victoria, no enviando al arcángel Miguel y sus huestes para eliminar al diablo, sino tomando forma humana Él mismo, sometiéndose a la vergüenza y humillación de las consecuencias más terribles del imperio de la muerte en su propia persona, a fin de abrir las puertas de su terrible fortaleza y permitir que todo aquel que lo desee salga de la potestad de las tinieblas y sea trasladado al reino del Hijo.
Por esto era necesario que el Hijo se hiciese hombre y muriese.