Sermones expositivos

martes, 31 de julio de 2012

satanas un gran estratega: Pero Dios tiene el Control Total Parte 2

biblias y miles de comentarios
   
CAPÍTULO TRES
Jesús a la ofensiva
Si el ministerio público de Jesús comenzó con su bautismo, su primer acto de ministerio implicó el más alto grado de guerra espiritual a nivel estratégico. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo» (Mateo 4:1).
El antiguo Testamento no tiene ningún relato paralelo de este tipo de actividad. Jesús introdujo algo nuevo en la historia de la salvación. Al enfrentarse al enemigo en aquel choque de poder al más alto nivel, el Señor le estaba extendiendo aviso, a él como a todo el mundo, de que la batalla había empezado. ¡El reino de Dios había llegado!
EL REINO DE DIOS ESTÁ AQUÍ
El mensaje de que el reino de Dios había llegado fue prominente en la predicación de Juan el Bautista, de Jesús y de los apóstoles. La razón por la que vemos tanto la frase: «Arrepentíos porque el reino de Dios se ha acercado», es que se trata del momento más crucial de la historia de la humanidad desde la caída de Adán y Eva. Y ese momento crucial abarca la encarnación de Jesús, su nacimiento virginal, su bautismo, su ministerio, su muerte y su resurrección. La mayor aplicación del mismo a lo largo del resto de la historia comenzó el día de Pentecostés.
La venida de Jesús fue un acontecimiento tan radical debido a que Satanás había gozado hasta entonces de un poder casi ilimitado aquí abajo en la tierra. Esto no supone pasar por alto el hecho de que Dios es en última instancia el Rey de reyes, el Señor de señores y el Creador de todo el universo—incluso de Satanás—. El diablo es una mera criatura que hasta determinado momento no existía, y que se encontrará al final en un lago de fuego, deseando ansiosamente no haber sido creado nunca (véase Apocalipsis 20:10). Sin embargo, al mismo tiempo no debemos tomar a la ligera la descripción bíblica de Satanás. La Biblia le llama «el dios de este sìglo» (2 Corintios 4:4), «el príncipe de la potestad del aire» (Efesios 2:2) y «el príncipe de este mundo» (Juan 12:31). Y Juan afìrma que «el mundo entero está bajo el maligno» (1 Juan 5:19). El lenguaje empleado es imponente.
Si pensamos que Satanás tiene un poder formidable en nuestros días, debemos darnos cuenta de que más poder tenía aún cuando vino Jesús. El Señor anunció que El estaba comenzando el reino de Dios, y se enfrentó al enemigo en una batalla que continúa en la actualidad. Satanás sabía muy bien que el Hijo de Dios aparecía «para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3:8), y estaba furioso de que invadieran su reino. Pero Jesús no sólo invadió el reino del diablo, sino que le derrotó decisivamente en la cruz como tan vívidamente lo describe Pablo en Colosenses: «Y despojando a los principados y potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:15).
Incluso antes de la cruz, Jesús pudo decir que, hasta entonces, nadie en los tiempos del Antiguo Testamento había sido mayor que Juan el Bautista, «pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él» (Mateo 11:11). Podía anunciar la victoria final unos tres años antes de que se cumpliera realmente en la cruz, porque el diablo ya había sido derrotado en aquel choque de poder que conocemos corrientemente como «la tentación de Jesús».
JESÚS PROVOCA EL CONFLICTO
En vez de ocuparse de sus asuntos y permitir a Satanás que escogiera el momento y el lugar del ataque, Jesús tomó la iniciativa y pasó a la acción inmediatamente después de su bautismo. Antes de anunciar su programa en la sinagoga de Nazaret, llamar a sus doce discípulos, predicar el Sermón del Monte, alimentar a los 5.000 o resucitar a Lázaro de los muertos, sabía que le era necesario librar una decisiva batalla espiritual en el nivel estratégico.
El lugar que Jesús escogió para ello es significativo. Fue «al desierto», que era considerado como el territorio de Satanás. El Diccionario de Teología del Nuevo Testamento dice de eremos, la palabra griega traducida por desierto: «Un lugar de peligro mortal … y de poderes demoníacos», y «sólo cuando el juicio de Dios ha caído se obtiene victoria sobre el desierto y sus espíritus malignos».1
Para que el combate de Jesús con el diablo fuera decisivo, había que darle, por utilizar un término deportivo, la ventaja de «jugar en casa». El Señor entró en el territorio del enemigo sin vacilaciones ni miedo de ningún tipo. Satanás sabía lo que se jugaba, y por lo tanto se empleo a fondo. Llegó incluso a ofrecerle a Jesús su posesión más preciada: «Todos los reinos del mundo y la gloria de ellos» (Mateo 4:8). Se libró una cruenta y decisiva batalla, pero el resultado de la misma jamás estuvo en duda. El poder de Satanás no ha podido nunca, ni podrá competir con el poder de Dios.
Jesús ganó. El diablo fue derrotado. Aquel choque de poder abrió espiritualmente el camino para todo lo que Jesús tenía que realizar durante los tres años siguientes, incluyendo su muerte y resurrección.
¿PODEMOS IDENTIFICARNOS CON ESTO?
Llegados a este punto, algunos tal vez piensen que Jesús pudo enfrentarse al enemigo con tal poder porque era Dios: la segunda persona de la Trinidad. Y ya que ninguno de nosotros somos Dios, no podemos identificarnos con esta clase de guerra espiritual.
Esta es una cuestión tan decisiva que me voy a «poner teológico» y voy a tratar la relación entre las dos naturalezas de Cristo. Permítame decir antes de empezar que creo que una de las claves para comprender cómo refleja o no refleja nuestro ministerio hoy en día el ministerio de Jesús es entendiendo lo que el teólogo sistemático Colin Brown llama «Cristología del Espíritu»2, y a lo que yo he hecho referencia con el término «teología de la encarnación». Explico esto con algún detalle en mi libro How to Have a Healing Ministry [Cómo tener un ministerio de sanidad] (Regal), de manera que aquí sólo lo resumiré.
Mi premisa teológica es la siguiente: «El Espíritu Santo fue la fuente de todo el poder de Jesús durante su ministerio terrenal. El Señor no ejerció ningún poder propio ni por su propia cuenta. Hoy en día nosotros podemos esperar hacer lo mismo, o cosas mayores que Jesús, porque hemos recibido acceso a la misma fuente de poder».3
Sin olvidar el hecho de que Jesús fue en todo momento plenamente Dios y completamente humano durante su ministerio terrenal, esto se desprende claramente de sus propias palabras: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» (Juan 5:19). Según Filipenses 2, Jesús se hizo voluntariamente obediente al Padre durante su encarnación en la tierra (véase Filipenses 2:5–8). Accedió a renunciar a sus atributos divinos durante algún tiempo: no hizo obras milagrosas por su propia naturaleza divina, ya que si lo hubiese hecho habría violado su pacto de obediencia con el Padre. Todos sus hechos prodigiosos fueron realizados por el Espíritu Santo obrando a través de El (véase Mateo 12:28; Hechos 10:38; Lucas 4:1, 14,17). Por tal razón, Colin Brown llama a esto «Cristología del Espíritu».
Así, cuando Jesús estaba a punto de dejar esta tierra, pudo decir con verdad a sus discípulos que les convenía que El se fuese (véase Juan 16:7). Sólo después de que se había ido pudo enviarles al Paracleto (Juan 16:14). Jesús expresó: «De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre» (Juan 14:12).
EL SIGNIFICADO DE LA TENTACIÓN DE JESÚS
Volviendo ahora al choque de poder que hubo en la tentación de Jesús, ya he dicho anteriormente que Satanás se empleó a fondo, pero ¿cuál fue específìcamente su plan de ataque?
El diablo atacó a Jesús precisamente igual que lo hizo con Adán y Eva en la primera tentación: en el aspecto de la obediencia a Dios. Satanás logró engañar al primer hombre y la primera mujer para que desobedecieran a Dios, y esperaba poder hacer lo mismo con el Señor. De modo que lo intentó tres veces, sabiendo que si Jesús rompía el pacto de obediencia que había hecho con el Padre el plan de salvación habría fracasado.
Jesús hubiera podido convertir las piedras en pan y lanzarse desde el templo llamando a los ángeles en su socorro, pero en ambos casos habría tenido que utilizar sus atributos divinos—lo cual siempre podía hacer—. Podría haber afirmado su deidad y tomado los reinos de Satanás sin adorarle. Pero ya que el Padre no le había mandado que hiciera ninguna de esas tres cosas, no las llevó a cabo. A diferencia de Adán y Eva, El obedeció al Padre.
Lo que vemos, entonces, es a Jesús en su naturaleza humana confrontando directamente al enemigo. Cierto que El seguía siendo la segunda persona de la Trinidad, pero eso era sólo algo accidental en el caso de aquel choque de poder. El hecho central es que Jesús, como ser humano, desafió abiertamente a Satanás su territorio y lo venció. Y esto lo hizo mediante el poder del Espíritu Santo que recibió durante su bautismo cuando éste descendió sobre El en forma de paloma. (Marcos 1:10). A continuación, «fue llevado por el Espíritu» a enfrentarse con el diablo (Lucas 4:1). Y después de que Satanás hubiera sido derrotado, «Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea» (Lucas 4:14).
La pregunta sigue siendo: ¿Podemos identificarnos hoy con esto? Pues nosotros podemos ser tentados por el diablo como lo fue Jesús, ya que El «fue tentado en todo según nuestra semejanza» (Hebreos 4:15), y también tenemos acceso al mismo Espíritu Santo (Juan 16:14). Además, el Señor dijo a sus discípulos, y presumiblemente a todos nosotros: «He aquí os doy potestad […] sobre toda fuerza del enemigo» (Lucas 10:19). Yo personalmente creo que tenemos las posibilidades teológicas y espirituales para hacer las obras que hizo Jesús.
Pero me apresuro a señalar que esta es principalmente una conclusión teórica. El si deberíamos hacerlo, en qué medida, y bajo qué circunstancias, constituye una pregunta diferente y más perentoria.
¿CUÁN LEJOS DEBERÍAMOS IR?
Una de las razones por las que debemos ser cautos en esto, es que no tenemos ejemplos bíblicos de los doce apóstoles ni de otros dirigentes cristianos del primer siglo que desafiaran al diablo a un choque directo de poder como lo hizo Jesús. Yo presumiría que la mejor explicación de ello es que Dios no les guió a hacerlo. Al parecer el Espíritu Santo no llevó literalmente a ninguno de ellos al desierto, ni a ningún otro escenario de choque de poder como en el caso de Jesús. Si los discípulos siguieron el ejemplo de Jesús e hicieron sólo lo que veían hacer al Padre, podemos concluir que el Padre, muy obviamente, no lo estaba haciendo.
¿Qué sucede cuando hoy en día los cristianos gritan: «¡Te ato, Satanás!»? Tal vez no tanto como esperamos. El diablo será finalmente encadenado durante mil años, pero eso lo llevará a cabo un ángel y no un ser humano (véase Apocalipsis 20:1–2). Por otro lado, el decir «¡Te ato, Satanás!» puede ser útil para declarar a otros y a nosotros mismos que no nos gusta en absoluto el diablo y que queremos verle neutralizado en el mayor grado posible.
No seré yo de los que regañen a los hermanos y hermanas que reprenden agresivamente al diablo, como no criticaría tampoco a un soldado americano en el Golfo Pérsico que gritara: «¡Aquí estamos, Sadam Husein!» Ninguno de los soldados esperaba siquiera ver a Sadam Husein personalmente, pero sí declaraban quién era el verdadero enemigo.
Jesús nos ayuda a entender esto. El expulsa de una mujer a un espíritu de enfermedad que la había mantenido atada durante 18 años. Luego, explicando lo que había hecho, dice que Satanás era quien la había tenido así todo ese tiempo (véase Lucas 13:10–16). Yo no creo que Jesús estaba diciendo que el diablo mismo había pasado esos 18 años endemoniando a aquella mujer, sino que había sido el último responsable, como comandante en jefe de las fuerzas del mal, de que esa misión fuera delegada a un determinado espíritu de enfermedad. De modo que si Jesús puede decir que Satanás la había atado a ella, resulta apropiado que nosotros digamos: «¡Te ato, Satanás!»—siempre que entendamos las limitaciones de nuestra actuación.
Por tanto, aunque puede ser dudoso que Dios espere de nosotros el que entremos en una confrontación directa con el diablo mismo, no hay muchas dudas respecto de que tenemos un mandato divino de confrontar a los poderes demoniacos en niveles inferiores a Satanás. Los ejemplos del Nuevo Testamento son tan numerosos que no necesitan repetirse. Jesús relacionó claramente la predicación del reino de los cielos con el echar fuera demonios (véase Mateo 10:7, 8).
Lo que el Señor no especificó fue si debíamos esperar un combate con lo demoniaco sólo al ras del suelo—lo cual es bastante obvio—o si la lucha iría en ascenso hasta incluir también la guerra espiritual en el nivel del ocultismo o en el estratégico. En este punto hay ciertos desacuerdos entre aquellos que enseñan y participan activamente en la guerra espiritual en nuestros días. Según puedo percibir, el consenso general es que debemos ministrar con bastante libertad al ras del suelo, echando fuera los demonios corrientes, y que haríamos bien en mantenernos alejados de choques directos con el dios de este siglo: Satanás mismo. Algunos son más precavidos en cuanto a hacer frente a las fuerzas demoníacas en los niveles intermedios y otros más agresivos.
Creo que Dios puede estar llamando, equipando y capacitando a un número reducido de dirigentes cristianos para que pasen a primera línea, a la guerra espiritual en el nivel estratégico. Y pienso que El está levantando a grandes cantidades de creyentes para respaldar a esas personas moralmente, así como por medio de la intercesión, el aliento y los recursos materiales. Dios, según mi opinión, está en vías de elegir un grupo cada vez más amplio de «boinas verdes» tales como Eduardo Lorenzo, Cindy Jacobs, Larry Lea, Carlos Anacondia, John Dawson, Edgardo Silvoso o Dick Bernal, quienes librarán las batallas decisivas de alto nivel contra los gobernadores de las tinieblas y por ende verán aumentos mensurables en los números de perdidos que se convierten «de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios» (Hechos 26:18).
LA CONQUISTA DE UNA CIUDAD
¿Qué tenía que decir Jesús a sus discípulos acerca de la guerra espiritual en el nivel estratégico? Algunas de sus intrucciones más directas no se encuentran en los evangelios, sino más bien en el libro del Apocalipsis. Es bastante corriente olvidar que más de dos capítulos enteros de ese libro son palabras literales de Jesús. Mi Biblia me lo recuerda, ya que están escritas con tinta roja. El contenido de las cartas a las siete iglesias de Asia es una de las pocas partes de la Escritura que fueron al parecer dictadas literalmente por Dios al escritor humano.
Cada una de las siete iglesias recibió un mensaje distinto. Sin embargo todos esos mensajes tienen algunas cosas en común. Por ejemplo: cada carta comienza con algunas frases descriptivas acerca de su autor, Jesucristo. Todas ellas afirman que su contenido es «lo que el Espíritu dice a las iglesias». Y lo más importante para nosotros ahora: en cada una de las siete cartas aparece un único verbo relacionado con la milicia: vencer.
De hecho, hay algunas promesas bastante extraordinarias que dependen de ese hecho de vencer en cada una de las cartas. Si vencemos, como Jesús quiere que lo hagamos: (1) comeremos del árbol de la vida; (2) no sufriremos el daño de la segunda muerte; (3) comeremos del maná escondido; (4) tendremos autoridad sobre las naciones; (5) seremos vestidos con vestiduras blancas; (6) seremos columnas en el templo de la Nueva Jerusalén; y (7) nos sentaremos con Jesús en su trono. ¡A los que cumplan los requisitos les esperan las recompensas más selectas!
La tarea y el deseo principal de Satanás es impedir que Dios sea glorificado.
¿Pero qué significa «vencer»? Puesto que parece algo tan decisivo en el programa de Jesús para la iglesia actual, se precisa un estudio de la palabra. El término griego es nikao, raíz del nombre Nicolás, corriente en la cultura griega. Significa «conquistar», y es una voz prominente de guerra. Cuando Jesús nos llama a vencer, nos está llamando a la guerra espiritual. El Diccionario de Teología del Nuevo Testamento dice que en el Nuevo Testamento, nikao «casi siempre presupone el conflicto entre Dios o Cristo y las potestades demoniacas contrarias».4
Otras partes del Nuevo Testamento presentan a Jesús utilizando nikao sólo en dos ocasiones. Una de ellas es Juan 16:33, donde el Señor afirma: «Yo he vencido al mundo». Este es un pasaje tremendamente tranquilizador, porque nos recuerda que la guerra misma ha terminado y que el ganador y el perdedor ya han sido designados. Nuestro trabajo no consiste en ganar la guerra—Jesús lo hizo en la cruz—, sino en llevar a cabo una operación de limpieza del territorio. Pero el Señor aún espera de nosotros que venzamos en esto.
CÓMO VENCER AL HOMBRE FUERTE
La otra ocasión en la que Jesús utiliza nikao es refiriéndose al trato con el «hombre fuerte» o con una fuerza opositora demoniaca. En el evangelio de Lucas, el Señor habla de vencer (nikao) al hombre fuerte para que su palacio pueda ser invadido y sus bienes tomados como botín. Este no es sólo un pasaje importante de guerra espiritual, sino que podría considerarse válido para la actividad demoníaca en múltiples niveles. El incidente empieza con una batalla espiritual al ras del suelo, en la que Jesús está echando fuera un demonio de un hombre mudo (Lucas 11:14). Sin embargo, el Señor sigue luego hablando acerca del reino de Satanás (Lucas 11:18) y de un palacio (Lucas 11:21) y de Belzebú, que es un gran príncipe de los demonios pero situado en la escala por debajo de Satanás mismo. Esto podría considerarse como un escalamiento del ámbito de Jesús en cuanto a conquistar y vencer.
En los pasajes paralelos acerca del hombre fuerte armado en Mateo y Marcos, Jesús no utiliza la palabra «vencer», sino «atar» (véase Mateo 12:29 y Marcos 3:27). Es la misma palabra utilizada en Mateo 16:19, donde dice: «Todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos». Por lo tanto tenemos justificación para emplear de forma intercambiable los términos «vencer», «conquistar» o «atar»»cuando describimos nuestra actividad contra el enemigo en la guerra espiritual.
Las iglesias de las siete ciudades tienen que vencer—o conquistar—a las fuerzas del mal que impiden que la gloria de Dios brille en sus urbes. Y yo entiendo que ese es el deseo de Jesús, no sólo para el primer siglo, sino también para nosotros en el siglo XX.
Por ejemplo: Siento la responsabilidad de conquistar para Cristo mi ciudad, Pasadena, en California. Tengo el privilegio de participar en un grupo más grande de dirigentes cristianos llamado «Pasadena para Cristo». En este momento estamos todavía comenzando un esfuerzo masivo de oración de guerra por nuestra ciudad. Espero sinceramente que, con el tiempo, seamos capaces de identificar al hombre fuerte o a los hombres fuertes de Pasadena y vencerlos en obediencia a las instrucciones de Cristo.
LA ESTRATEGIA DE SATANÁS
Para vencer a las fuerzas demoniacas que gobiernan una ciudad en el nivel estratégico, se requiere una comprensión básica del modus operandi de Satanás.
Creo que es exacto resumir toda la maldad y las actividades tácticas del diablo en esta sola frase: La tarea y el deseo principal de Satanás es impedir que Dios sea glorificado. Cuando Dios no es glorificado en la vida de una persona, iglesia, ciudad, o en el mundo como un todo, es porque Satanás ha cumplido su objetivo hasta ese punto. La motivación subyacente del diablo, como bien sabemos, es que desea para sí la gloria debida a Dios. Cuando Lucifer cayó del cielo, estaba exclamando: «¡Seré semejante al Altísimo!» (Isaías 14:14). El tentó a Adán y Eva diciéndoles que si comían del fruto prohibido serían «como Dios» (Génesis 3:5). También tentó sin éxito a Jesús para que le adorara y le glorificase (Mateo 4:9).
¿Cómo se las arregla Satanás para hacer que Dios no sea glorificado? A fin de contestar esta pregunta puede resultar útil dividir los objetivos del diablo en primarios y secundarios.
El objetivo primario del diablo es hacer que Dios no sea glorificado impidiendo que la gente perdida se salve.
Jesús vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Dios envió a su Hijo para que todo aquel que en El cree tenga vida eterna. Cuando alguien se salva, los ángeles del cielo se regocijan. Satanás odia todo lo mencionado anteriormente. El quiere que la gente vaya al infierno, no al cielo, y la razón por la que ese es su principal objetivo es que cada vez que lo logra obtiene una victoria eterna.
El objetivo secundario de Satanás es lograr que los hombres sean muy desgraciados.
El enemigo ha venido para hurtar, matar y destruir. Cuando vemos las guerras, la pobreza, la opresión, la enfermedad, el racismo, la codicia y otros males semejantes en tal cantidad que no se pueden enumerar, no tenemos duda alguna de que el diablo está consiguiéndolo con creces. Ninguna de estas cosas trae gloria a Dios. Pero estos objetivos son secundarios para Satanás porque suponen sólo victorias temporales.
Satanás es un experto en ambas tácticas. Ha acumulado milenios de experiencias tanto en una como en otra. Estoy de acuerdo con Timothy Warner cuando dice que «la principal táctica del diablo es el engaño», lo cual consigue «contando mentiras a la gente acerca de Dios» y «deslumbrándolos con sus muestras de poder».5 Me resulta casi incomprensible el que impida de una forma tan masiva que la gente crea en el evangelio.
¿Por qué cuando compartimos el evangelio con nuestros vecinos ellos muchas veces ni siquiera oyen lo que les estamos diciendo? El evangelio es una oferta excepcional. Sus beneficios son enormes. ¡Hacerse cristiano es mejor que ganar la lotería! Sin embargo, muchos de los que conocemos prefieren la lotería a la vida eterna. ¿Por qué? La respuesta está bien clara en 2 Corintios 4:3, 4.
El apóstol Pablo estaba experimentando una frustración semejante. No había bastante gente que aceptara a Cristo, de modo que dijo que el evangelio estaba encubierto entre aquellos que se pierden «en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento … para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo» (2 Corintios 4:4). La gente no llega a ser cristiana, pura y simplemente, porque sus mentes están cegadas. La gloria de Cristo no penetra en ellas. ¡Satanás está actuando!
CÓMO CEGAR 3.000 MILLONES DE MENTES
Mientras escribo, 3.000 millones de individuos del planeta tierra no conocen aún a Jesucristo como Señor y Salvador. Y eso sin contar a varios millones más que son cristianos sólo de nombre y no por un compromiso del corazón. Lo que quiero decir es que Satanás está consiguiendo mucho. ¿Pero cómo lo hace? ¿Cómo puede cegar a 3.000 o más millones de mentes?
Es obvio que no puede hacerlo él solo. Satanás no es Dios, ni posee ninguno de sus atributos, lo cual significa que no es omnipresente. El no puede estar en todas partes a todas horas como Dios. Tal vez sea capaz de ir muy rápidamente de un lugar a otro, pero cuando llega se encuentra aún en un sitio determinado.
La única forma imaginable de que Satanás ciegue eficazmente la mente de 3.000 millones de personas, es delegando responsabilidad. El cuenta con una jerarquía de fuerzas demoniacas que llevan a cabo sus propósitos. Cuál será esa jerarquía tal vez nunca lo sepamos, pero sí tenemos algunas indicaciones generales acerca de ella. Nuestra pista más clara está quizá en Efesios 6:12, donde dice que no luchamos contra carne y sangre, sino contra (1) principados, (2) potestades, (3) gobernadores de las tinieblas de este siglo, (4) huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.
Los eruditos del Nuevo Testamento no reconocen un orden jerárquico estricto en Efesios 6:12, ya que los mismos términos griegos se utilizan con diferentes significados y de modo intercambiable en otras partes de la Escritura. Además, otros términos tales como «tronos» y «dominios» se añaden en otros lugares. En definitiva, que esas categorías no son tan claras como las de general, coronel, teniente coronel, comandante y capitán lo serían para nosotros.
Lo que sí está claro, sin embargo, es que los términos en cuestión describen a ciertas variedades de seres sobrenaturales, demoniacos, cuyo trabajo consiste en poner en práctica «las asechanzas del diablo» (Efesios 6:11). Dichos seres, y tal vez muchas otras especies inferiores que obedecen sus instrucciones, están encargados de impedir que los perdidos sean salvos y de enredar las vidas de éstos lo más posible mientras se encuentran en la tierra.
LA REALIDAD DE NUESTRAS CIUDADES
Como ya he mencionado, George Otis hijo está trabajando en un concepto fascinante que él denomina «cartografía espiritual». Entre otras cosas, George dice que debemos luchar para ver nuestras ciudades y naciones como son en realidad, no como parecen ser. Resulta decisivo discernir aquellas fuerzas espirituales en las regiones celestes que están modelando nuestras vidas visibles sobre la tierra. Walter Wink, por ejemplo, ha estado tratando de convencer a los activistas sociales, de que mayores y mejores programas de reforma no han cambiado, y probablemente nunca cambiarán la sociedad a algo mejor si no se nombran, desenmascaran y confrontan las potestades espirituales que hay detrás de sus estructuras.6
En sus éxitos de librería This Present Darkness y Piercing the Darkness [Esta patente oscuridad y Penetrando la oscuridad, Crossway Books], Frank Peretti personaliza y escenifica la lucha con las potestades más de lo que lo haría Wink. Aunque los planteamientos de ambos difieren entre sí y el mío no concuerda con ninguno de ellos, lo cierto es que todos estamos luchando por ver nuestro mundo como es en realidad, y no sólo como parece ser.
Uno de los pasajes bíblicos más útiles para esto es 2 Corintios 10:3, donde Pablo dice: «Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne». Jesús mismo expresó que debíamos estar en este mundo, pero no ser del mundo (Juan 15:19 y Juan 17:15). Esto significa que la verdadera batalla es espiritual. Y en 2 de Corintios, el apóstol Pablo sigue diciendo:
Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, refutando argumentos, y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10:4, 5).
Una fortaleza es donde el diablo y sus fuerzas se han parapetado. El destruir dichas fortalezas constituye obviamente una acción de guerra ofensiva. Según parece, Dios quiere que ataquemos esas fortalezas del mismo modo que Jesús invadió el territorio de Satanás en el desierto para realizar su definitivo choque de poder.
Charles Kraft hace una útil distinción entre tres clases de enfrentamientos espirituales. Todos ellos se encuentran en 2 Corintios 10:4, 5 y son: choque de verdad, choque de lealtad y choque de poder.7 El choque de verdad consiste en «refutar argumentos» y el choque de lealtad en «llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo». La oración de guerra necesita ser dirigida contra estos dos tipos de fortalezas.
La frase que se refiere de la manera más directa a lo demoníaco en 2 Corintios 10:4, 5, es «toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios». La palabra griega traducida por «altivez» es hypsoma, que según el Diccionario de Teología del Nuevo Testamento es un término relacionado con las «ideas astrológicas», «potestades cósmicas» y «poderes dirigidos contra Dios, que tratan de interponerse entre Dios y el hombre».8 Esto indica la necesidad de librar una guerra espiritual a nivel estratégico que haga retroceder a esas potestades o espíritus territoriales, los cuales impiden que Dios sea glorificado.
Si distinguimos esas potestades, veremos nuestras ciudades como son en realidad. El crimen, las pandillas, la pobreza, el aborto, el racismo, la codicia, las violaciones, las drogas, el divorcio, la injusticia social, el abuso infantil y otros males que caracterizan a mi ciudad, Pasadena, en California, reflejan las victorias temporales de Satanás. Las iglesias vacías y la indiferencia al evangelio representan sus victorias eternas.
Yo apoyo y participo en la promoción de programas sociales, educación, manifestaciones Pro-vida, unas fuerzas policiales vigorosas y una lesgislación sana. Creo en las campañas evangelísticas y en las Cuatro Leyes Espirituales. Pero estos programas sociales y evangelísticos, por sí solos, jamás funcionarán como pueden o deben funcionar a menos que se destruyan las fortalezas del diablo. Esta es la verdadera batalla, y nuestra arma es la oración: la oración de guerra.
EJEMPLOS BÍBLICOS
Una vez que llegamos a comprender los principios bíblicos y teológicos que hay detrás del enfrentamiento de Jesús con el enemigo en el desierto, su deseo de que «venzamos» o conquistemos nuestras ciudades para Cristo, y la naturaleza de la verdadera batalla, que es espiritual, varios otros pasajes bíblicos cobran un nuevo significado. Los veo, no tanto como manuales tácticos para cristianos que son llamados a la guerra espiritual en el nivel estratégico, sino más bien simplemente como ilustraciones de la manera en que Dios utilizó a sus siervos de vez en cuando en la oración de guerra.
Daniel
Un ejemplo corriente es la experiencia del profeta Daniel, quien se dedicó durante tres semanas a una oración de guerra acompañada de ayuno (Daniel 10:1–21). Estuvo orando por asuntos que tenían que ver con la más alta esfera política, la de Ciro, rey de Persia. Daniel pedía por todo tipo de temas pertenecientes al ámbito natural sociopolítico, pero en esta ocasión se nos concede un atisbo poco corriente de lo que estaba sucediendo en realidad en la esfera espiritual como resultado de la oración del profeta. Allí vemos el reino de Persia como es en realidad y no como parece ser.
Durante su período de oración y ayuno, Daniel tuvo una «gran visión» que le dejó sin fuerzas (Daniel 10:8). Pero luego se le apareció un ángel para explicarle lo que había sucedido. Este ángel había sido enviado a Daniel en el primer día de su oración, pero le costó 21 días llegar a su destino. El intervalo de tres semanas fue testigo de una feroz batalla en las regiones celestes. Un ser espiritual llamado «el Príncipe de Persia» logró frenar el progreso del ángel bueno hasta que este último recibió refuerzos nada menos que a través del arcángel Miguel. Finalmente pudo darle a Daniel el mensaje de Dios, el cual era tan imponente que el profeta «estaba … con los ojos puestos en tierra y enmudecido» (Daniel 10:15). A continuación, el ángel contó a Daniel que en su viaje de vuelta no sólo tendría que pelear con el Príncipe de Persia, sino también con el Príncipe de Grecia, y que nuevamente sólo conseguiría pasar con la ayuda de Miguel.
Esta historia nos deja pocas dudas en cuanto a la influencia de los espíritus territoriales en la vida humana y en todos sus aspectos sociopolíticos. También nos muestra claramente que la única arma que Daniel tenía para combatir a esos gobernadores de las tinieblas era la oración de guerra.
Jeremías
No tenemos los mismos detalles acerca de la guerra espiritual en las regiones celestes que acompañó al ministerio del profeta Jeremías, pero sí datos más específicos sobre su llamamiento divino a la guerra espiritual en el nivel estratégico. Dios había dicho a Jeremías: «Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar» (Jeremías 1:10). Esto, obviamente no es una referencia a los reinos de este mundo como parecen ser, sino como son en realidad. Tiene que ver con los principados y las potestades, que son la raíz de los sucesos que se producen en los asuntos humanos.
Y Dios no le dio a Jeremías armas carnales para realizar ese trabajo. El profeta no ocupaba ningún cargo político, ni tenía autoridad militar ni grandes riquezas a su disposición. Su arma era la intercesión, la oración de guerra que sintonizaba con Dios y que era lo bastante poderosa para cambiar el curso de la historia humana.
Lucas y Hechos de los Apóstoles
Pocos eruditos modernos se han tomado tanta molestia en estudiar el tema de la guerra espiritual estratégica en el Nuevo Testamento como la especialista en temas neotestamentarios Susan R. Garrett, de la Universidad de Yale. Su excelente libro The Demise of the Devil [La destitución del diablo] confirma que el asunto subyacente a la narrativa de Lucas en el libro de los Hechos era la batalla contra lo demoníaco. Susan Garrett plantea la pregunta: «Si los ojos de la gente han sido «cegados» por el control de Satanás sobre sus vidas, ¿cómo puede Pablo abrírselos?» La respuesta, según ella afirma, es: «Pablo mismo debe estar investido con una autoridad superior a la de Satanás» (énfasis de Susan Garrett). Ella considera Lucas 10:19 como un pasaje clave, la declaración de Jesús de que sus discípulos tendrían autoridad sobre todo el poder del enemigo, y ese es exactamente el poder que actúa a través de Pablo en Hechos.9
Es muy posible que el ejemplo más extraordinario de Pablo «tomando la ciudad para Dios»—si utilizamos la terminología de John Dawson—sea su ministerio en Efeso.
Efeso destacaba entre las ciudades del imperio romano como «centro de los poderes mágicos», según el profesor Clinton E. Arnold, profesor de la Escuela Teológica Talbot. Arnold afirma que «la característica predominante del ejercicio de la magia en todo el mundo helenístico era el conocimiento de un mundo espiritual que ejercía influencia sobre prácticamente todos los aspectos de la vida humana».10
Cuando Pablo fue a Efeso, seguramente estaba al corriente de la intensa guerra espiritual de alto nivel que le aguardaba. Y después de salir de allí, su epístola a los Efesios contiene «una concentración de terminología de poder bastante más alta que cualquier otra carta atribuida al apóstol».11
A través del ministerio del apóstol Pablo y de otros de su equipo, los principados que dominaban el área (Efeso) se debilitaron hasta el punto de que el evangelio pudo extenderse rápidamente. Esta fue una guerra espiritual efectiva en el nivel estratégico.
El ministerio de Pablo en Efeso dio como resultado la fundación de una iglesia fuerte en aquel lugar, así como el establecimiento de una base regional para la extensión del evangelio. En el plazo de dos años «todos los que estaban en Asia oyeron la palabra del Señor Jesús» (Hechos 19:10) y «crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor» (Hechos 19:20). Susan Garrett dice que la expresión «crecía la palabra» implica que se había vencido un obstáculo. ¿Y cuál era ese obstáculo? «Era—explica—la aparentemente implacable presa que había tenido el ejercicio de la magia, el comercio con malos espíritus y su concomitante lealtad a su señor, el diablo, sobre los efesios».12
En otras palabras: que a través del ministerio del apóstol Pablo y de otros de su equipo, los principados que dominaban el área [Efeso] se debilitaron hasta el punto de que el evangelio pudo extenderse rápidamente. Esta fue una guerra espiritual efectiva en el nivel estratégico que muchos interpretaron como un asalto al espíritu territorial conocido: Diana de los Efesios.
Antes de su experiencia en Efeso, Pablo había experimentado otro choque espiritual de alto nivel en el oeste de la isla de Chipre, donde el apóstol descubrió que el dirigente político Sergio Paulo se había ligado con el ocultista Elimas, también llamado Barjesús. El brujo hizo lo que deseaba Satanás, intentar «apartar de la fe al procónsul». Después de asegurarse que los presentes reconocieran que aquel hombre estaba «lleno de todo engaño y de toda maldad» y que era un «hijo del diablo» y «enemigo de toda justicia», Pablo le hirió con ceguera por el poder del Espíritu Santo. Susan Garrett comenta al respecto: «Cuando Pablo invocó la mano del Señor, haciendo que la oscuridad y las tinieblas cayeran sobre Barjesús, quedó inequívocamente confirmada la posesión por parte del apóstol de una mayor autoridad que la de Satanás». La gente que presenció aquello percibió rápidamente: «Este hombre tiene capacidad para abrir los ojos de los gentiles, a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios».13
Los cristianos que creen en la Biblia querrán seguir a Jesús y a los apóstoles en esa guerra espiritual a nivel estratégico que puede llevar a conquistar sus ciudades y naciones para Cristo. Me gusta la forma en que Susan Garrett describe el mundo que rodeaba al ministerio de Jesús y los apóstoles. Dice Garrett: «Las regiones tenebrosas son el reino de Satanás, príncipe de este mundo, quien durante eones se ha sentado parapetado y bien protegido, rodeado por sus muchas posesiones a manera de trofeos. Sus demonios mantienen cautivos a los enfermos y poseídos, y también los paganos están sujetos a su dominio, dándole el honor y la gloria debidos a Dios».14
Cuando Jesús llegó anunciando el reino de Dios, este reino de tinieblas de Satanás quedó abocado al fracaso». Desde luego—sigue diciendo Garrett—, la victoria final es algo futuro. Pero Satanás y sus servidores demoníacos y humanos ya no pudieron seguir acosando y atormentando a su antojo. El reino del diablo se astillaba a su alrededor, y su autoridad ya no era reconocida por todos. La batalla aún rugía, pero el triunfo definitivo de Cristo estaba asegurado. La experiencia cristiana—desde sus primeros días hasta el tiempo de Lucas—testificaba de la destitución del diablo».15
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1.      Desarrolle el concepto de que Jesús vivió su vida sobre la tierra a través de su naturaleza humana pero que al mismo tiempo no dejó nunca de ser Dios.
2.      ¿Cuáles son las ventajas y también las limitaciones de decir: «Te ato, Satanás»?
3.      Explique cómo acomete Satanás su tarea de impedir que Dios sea glorificado.
4.      ¿Qué es probable que encuentre si mira su ciudad «como realmente es» y no «como lo que parece ser»?
5.      ¿Qué implicaba la guerra espiritual del apóstol Pablo contra Diana de los Efesios?
CAPÍTULO CUATRO
Demonios tras los arbustos
Richard Collingridge ha sido misionero durante 20 años. Cuando lo conocí, a finales de los años 80, había tomado algún tiempo libre para hacer estudios de postgraduación en Misiones en nuestra Escuela de Misión Mundial del Seminario Teológico Fuller.
Se trata de una persona madura, espiritual y emocionalmente equilibrada. Lo digo de antemano porque sospecho que algunos que lean el relato que él hace, le relegarían de otro modo al grupo de los que consideran fanáticos.
EL “DIABLO DEL AGUA”
Allá por el 1975, Rich llevaba enseñando cinco años en el Instituto Bíblico de Sinoe, Liberia, y algunos de sus estudiantes le habían estado hablando de un «diablo del agua» que adoptaba la forma de anillo de latón y a menudo se le veía rodar por los senderos de la jungla movido por su propia energía. Más tarde hizo algunas averiguaciones y descubrió que aquel «espíritu del agua» era también descrito por George Schwab en su libro Tribes of the Liberian Hinterland1 [Tribus del interior liberiano]. Se sabía que su poder podía neutralizarse golpeando el anillo con un machete, poniendo sangre sobre él o echando en su camino una hoja de bananero.
En aquellos tiempos Rich pensaba que tales cosas eran «mera superstición». Debía tratarse de invenciones de alguna imaginación tribal colectiva que ciertamente no tenían ningún parecido con la realidad de nuestra era científica. Movido por una especie de curiosidad antropológica, Collingridge preguntó a sus estudiantes si podían buscarle alguno de esos demonios rodantes para añadirlo a su colección de arte nativa. Pronto uno de sus alumnos le localizó uno, y Rich lo compró de un vecino aldeano. Decidió utilizar el diablo del agua como tope de puerta en la entrada delantera de la casa familiar.
Pablo explica a los corintios que antes de empezar siquiera a hablar de ídolos y demonios debemos recordar que Dios es supremo sobre toda criatura, incluso sobre los demonios y los malos espíritus.
¡Terrible equivocación!
Los problemas empezaron a asediar a la familia Collingridge.
La esposa de Rich, Esther, comenzó a tener fuertes dolores de cabeza, que al principio atribuyó al estrés de la maternidad, la enseñanza en la Escuela Bíblica y otras presiones que la mayoría de las mujeres de misioneros experimentan.
Pero aquellos dolores de cabeza eran diferentes: le causaban trastornos emocionales, no se iban y el sufrimiento que producían no era como el de un dolor de cabeza normal, sino más agudo y violento, además de localizarse en lugares extraños del cráneo.
Sus dos hijas pequeñas empezaron a sufrir terribles pesadillas: oían y hasta veían cosas misteriosas en las paredes. A menudo sólo lograban conciliar el sueño si Rich o Esther encendían una vela y dormían en la habitación con ellas.
Como el tiempo fue pasando y aquellos trastornos anormales se hacían cada vez más agudos, la familia oró en contra de las fuerzas de las tinieblas. Luego, una mañana temprano, sus oraciones fueron contestadas. De repente, Rich tuvo plena conciencia de lo que estaba sucediendo en su hogar. Dios le había revelado que estaban bajo un ataque satánico directo por medio del diablo del agua que ingenuamente habían llevado a casa. Rich compartió con su mujer la revelación del Señor, salió de la cama, llevó el anillo de latón al taller, lo destruyó con una mandarria y lo tiró. En seguida se produjo una notable transformación en el hogar de los Collingridge. El ataque había terminado y la victoria era del Señor. Cuando Rich compartió aquella experiencia con un sabio y maduro pastor liberiano, James Doe, éste simplemente asintió con la cabeza como diciendo: «¿Y qué esperabas?»2
CRUZADA ESTUDIANTIL Y PROFESIONAL PARA CRISTO EN TAILANDIA
Que yo sepa, la película Jesús, de Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo, es la herramienta evangelística más efectiva que se está usando en el mundo hoy en día. No hay duda de que más personas se convierten actualmente viendo la película Jesús que a través de ningún otro material evangelístico. Paul Eshleman, el ejecutivo de Cruzada Estudiantil a cargo del proyecto, cuenta una fascinante historia en su libro I Just Saw Jesus [Acabo de ver a Jesús].
Uno de los ejemplos sobresalientes del fruto que puede recogerse mediante la película Jesús es la nación de Tailandia. Antes de que la Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo empezara al comienzo de la década de los 80 a utilizar dicha película, sólo se habían establecido en aquel país, después de 150 años de trabajo misionero, 500 iglesias. A partir de entonces, en los ocho años siguientes—según ha revelado el estudio de Roy Rosedale—se organizaron 2.000 iglesias nuevas.3
Eshleman cuenta la siguiente historia acerca de un equipo que había estado proyectando la película en cierta aldea rural. Según dice, los componentes del mismo planearon pasar la noche en dicha aldea, y volver a casa al día siguiente. Se les dijo que dormirían en el templo budista local, pero lo que no les dijeron fue que aquel templo en particular era conocido en kilómetros a la redonda como una morada principal de demonios. Otros que habían intentado dormir allí anteriormente habían salido corriendo antes de que amaneciera, y se decía que algunos habían aparecido muertos al día siguiente.
Según cuenta Eshleman, poco después de que el equipo se hubiera ido a dormir, «fueron despertados todos a la vez por la presencia inmaterial de un animal horrible. Allí, en un rincón del recinto apareció la imagen más terrorífica que hubieran visto jamás, y el miedo los golpeó como un puño helado».4
El sobresaltado equipo decidió poner en práctica lo que habían visto hacer a Jesús en su propia película: oraron juntos y con valentía echaron al demonio fuera del templo en el nombre del Señor. No hubo necesidad de nada más, y pudieron dormir tranquilos el resto de la noche.
Por la mañana temprano, los aldeanos llegaron para llevarse el equipo de proyección que estaban seguros habrían dejado atrás los cristianos al salir corriendo o al morir por causa de los demonios. Pero los encontraron profundamente dormidos y «fueron confrontados por la realidad innegable de que Dios es más poderoso que ninguna otra fuerza».5
LA CUESTIÓN SUBYACENTE
Una hipótesis que estoy intentando defender en este libro ha sido formulada de la siguiente manera:
Satanás delega en miembros de alto rango de la jerarquía de los espíritus malignos, el control de naciones, regiones, ciudades, tribus, grupos de personas, vecindarios y otras redes sociales humanas. La tarea principal de esos espíritus es evitar que Dios sea glorificado en su territorio, lo cual llevan a cabo dirigiendo la actividad de demonios de rango inferior.6
Se ve en seguida que esta hipótesis se sostiene o cae según se pueda o no legítimamente considerar que los espíritus o seres demoniacos ocupan territorios. En el siguiente capítulo trataré ese tema en detalle, pero antes necesitamos tocar una cuestión preliminar: ¿Se vinculan los demonios a cosas específicas tales como ídolos, animales, casas, árboles o montañas?
Mi respuesta es sí.
Mateo, Marcos y Lucas narran la historia de cuando Jesús echó fuera el demonio llamado Legión en la tierra de los gadarenos. Los demonios salieron del hombre y entraron en los cerdos (Mateo 8:28–34; Marcos 5:1–20; Lucas 8:26–39). No hay duda, por lo tanto, bíblicamente, de que los demonios pueden vincularse a animales.
Haciendo un paréntesis, es oportuno señalar aquí que cuando los demonios se dieron cuenta de que Jesús iba a echarlos del hombre, «le rogaban mucho que no los enviase fuera de aquella región» (Marcos 5:10). ¿Por qué hicieron aquello? Obviamente el permanecer en el mismo territorio geográfico tenía cierto valor para ellos, y Jesús accedió a su petición mandándolos a los cerdos. El pastor argentino Eduardo Lorenzo, cuya congregación logró desalojar al espíritu territorial que controlaba Adrogué (véase el capítulo 1), expresa su opinión de que los principados a quienes se expulsa de los territorios que les han sido asignados temen que sus superiores les inflijan un cruel castigo por no haber permanecido en ellos.
En Apocalipsis 2:13 se asocia a Satanás con una ciudad y con su centro de culto. En el pasaje en cuestión, se dice de la ciudad de Pérgamo, en Asia Menor, que es «donde mora Satanás».
DEMONIOS E ÍDOLOS
Un pasaje bíblico central para comprender la relación entre los demonios y los ídolos es 1 Corintios 8–10, donde Pablo trata el tema de comer carne sacrificada a estos últimos.
El apóstol comienza esa extensa enseñanza afirmando que «sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios» (1 Corintios 8:4). Más tarde, Pablo plantea la pregunta retórica: «¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos?» (1 Corintios 10:19). Naturalmente la respuesta es no. El apóstol Pablo estaría de acuerdo con Isaías, quien ridiculiza a los que hacen ídolos diciendo: «¿Quién formó un dios, o quién fundió una imagen que para nada es de provecho?» (Isaías 44:10), y cuenta de un necio que utiliza la mitad de un leño para asar carne y de la otra mitad se talla un ídolo, y luego «se postra delante de él, lo adora, y le ruega diciendo: Líbrame porque mi dios eres tú» (Isaías 44:17).
Pablo también explica a los corintios que antes de empezar siquiera a hablar de ídolos y demonios debemos recordar que Dios es supremo sobre toda criatura, incluso sobre los demonios y los malos espíritus. Dos veces el apóstol cita el Salmo 24:1. «Del Señor es la tierra y su plenitud» (1 Corintios 10:26, 28). El no cae en el dualismo de considerar a las fuerzas del bien en pie de igualdad con las fuerzas del mal. No, Satanás y todos los demonios ejercen sólo el poder que Dios les permite y nada más, como claramente ilustra el libro de Job.
Habiendo dicho esto, nos ponemos sin embargo en una posición peligrosa y vulnerable si no vemos que objetos tales como los ídolos físicos pueden albergar un poder maligno increíble. Esto es lo que hay, a mi entender, detrás de los dos primeros mandamientos del Decálogo: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» y «No te harás imagen» (Éxodo 20:3 y 4). Los ídolos no son juegos ni cosas divertidas. Dragones y Mazmorras es un juego cualitativamente distinto del Scrabble o del ajedrez. A menudo existe una relación perniciosa entre seres demoniacos y objetos físicos, a pesar de que dichos objetos en sí no sean más que madera, metal, piedra, plástico u otra cosa parecida.
Eso es lo que Pablo está tratando de explicarles a los corintios, algunos de los cuales estaban en realidad aceptando invitaciones a entrar en templos de ídolos y comer carne que había sido sacrificada allí.
No es que hubiera algo intrínsecamente malo en comer la carne misma. Sabiendo de antemano que mucha de la carne que se vendía en el mercado había sido previamente sacrificada a los ídolos, Pablo les dice sin embargo que la coman sin preguntar nada (véase Corintios 10:25). Pero una cosa es la carne y otra el ídolo al que se sacrifica.
Pablo dice que los paganos no están simplemente sacrificando a un pedazo de madera o de piedra, sino que en el templo de los ídolos «lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican y no a Dios» (1 Corintios 10:20). El erudito del Nuevo Testamento Eldon Ladd, comentando sobre este pasaje clave, dice que «hay un poder relacionado con los ídolos que reside en demonios. De modo que adorar a los ídolos significa sacrificar a los demonios».7 Leon Morris está de acuerdo con esto: «Cuando la gente practica un ritual de sacrificios para los ídolos—expresa—, no puede decirse que estén comprometiéndose con una actividad neutral y sin significado. En realidad están haciendo sacrificios a espíritus diabólicos».8
Esto arroja algo de luz bíblica y erudita sobre incidentes tales como el del diablo del agua que rodaba por las sendas de la jungla liberiana, o el del templo budista donde se sabe que los demonios residentes matan a los extraños. Los demonios reales se vinculan con animales, ídolos, anillos de latón, árboles, montañas y edificios, así como con un número y una variedad indeterminada de objetos fabricados y naturales.
¿SUCEDE ESTO EN LOS ESTADOS UNIDOS?
Muchos de mis amigos misioneros procedentes de todo el mundo mencionan lo arriesgado que ha sido para ellos contar sus experiencias con los demonios a congregaciones de los Estados Unidos, particularmente dentro de ciertos círculos de iglesias norteamericanas. Una de las denominaciones que tradicionalmente han sido más bien reacias a aceptar desafios a una guerra espiritual enérgica, son los bautistas del sur. Y no los menciono para señalarlos o criticarlos, sino para felicitarlos por haber oído lo que el Espíritu está diciendo a las iglesias. El número correspondiente a febreromarzo de 1991, The Commission, publicación oficial de la Junta de Misiones Extranjeras de esa denominación, contiene artículos muy francos sobre la posesión demoniaca y la guerra espiritual.
Después de describir dos liberaciones bastante asombrosas, una en el Caribe y otra en Malasia, Leland Webb dice: «Los misioneros pocas veces comparten relatos como éste con los bautistas de los Estados Unidos. Una de las razones es que esta clase de informes están fuera de la experiencia de la mayoría de los cristianos de América.»9 Y continúa señalando el problema evidente al que se enfrentan aquellos que escuchan esos relatos: Si sucede en el campo misionero, ¿por qué no podría pasar también aquí en nuestro país?
Naturalmente, el hecho es que sucede también en los Estados Unidos.
Nos ponemos en una posición peligrosa y vulnerable si no vemos que tales objetos como los ídolos físicos pueden albergar poderes malignos.
Al igual que los bautistas del sur, los menonitas contemporáneos tampoco han sido especialmente abiertos en el tema de los demonios y las manifestaciones demoniacas. Esto, por sí solo, realza la credibilidad de David W. Shenky Ervin R. Stutzman, ambos menonitas, que cuentan la experiencia de Richard y Lois Landis, una pareja de misioneros dedicados a la fundación de iglesias en Nueva Jersey. Una de las familias de la iglesia de los Landis llegó a estar muy preocupada por el hecho de que su hijo adolescente se despertara continuamente durante la noche oyendo ruido de arañazos en la pared de su cuarto. El pastor Landis visitó la habitación del chico y la encontró atestada de fotos lascivas de rock, así como de objetos y libros lujuriosos. La familia se arrepintió, confesó su pecado e hizo una limpieza del dormitorio. «Luego, en el nombre de Jesús, mandaron al espíritu malo que arañaba las paredes por la noche que se fuese para siempre». Como resultado de ese simple acto de fe acompañado de la oración de guerra, «la paz llenó la habitación y el Espíritu Santo vino sobre aquel pequeño grupo reunido con el muchacho. El espíritu malo jamás volvió».10
ESPÍRITUS EN CASA DE LOS WAGNER
La idea de espíritus ocupantes de casas no sólo podemos traerlas a los Estados Unidos del campo misionero. Yo también puedo contar de algunos que habían en mi propia casa de Altadena, California.
En 1983, mi esposa Doris y yo recibimos la visita mensual de un grupo de oración intercesora. Una de aquellas noches, dos de las mujeres con dones de discernimiento de espíritus, mencionaron que sentían una presencia maligna especial localizada aparentemente en nuestro dormitorio.
Poco después de aquello, en una ocasión en que yo me encontraba fuera, Doris se despertó de repente a mitad de la noche atenazada por un miedo terrible. Su corazón latía furiosamente, y cuando miró al otro lado de la habitación pudo ver una sombra, como de tres metros de altura, con ojos y dientes verdes luminosos. Su miedo se convirtió en ira, y Doris reprendió al espíritu en el nombre de Jesús, mandándole que saliera de su habitación y que no entrase en las de los niños. El espíritu salió.
Algunas semanas más tarde, ambos estábamos en la cama cuando Doris se despertó, esta vez con un doloroso calambre en el pie. Le impuse las manos, oré por su sanidad e intenté volver a dormir. Diez minutos después le pregunté por su pie. «El dolor no se quita—me contestó—, y creo que es un espíritu». Esta vez reprendí al espíritu en el nombre de Jesús y aparentemente obedeció, ya que el dolor desapareció en seguida.
Cathy Schaller y George Eckart, dos amigos que asisten a nuestra clase de Escuela Dominical en la Iglesia Congregacionalista de la Avenida Lake, oraron fervientemente por Doris y por mí y fueron guiados por el Espíritu a ir a casa y hacer una oración de guerra.
Una tarde, mientras nosotros estábamos trabajando en el seminario, les dejamos una llave de la vivienda. Y tan pronto llegaron y se bajaron del automóvil supieron que iban a tener que pelear, ya que una fuerza invisible les impedía físicamente entrar en el patio que circundaba la puerta delantera.
Decidieron entrar en el garaje, y allí pudieron discernir varios espíritus malos, uno de ellos tan fuerte que Cathy en realidad podía olerlo. Después de echarlos fuera, entraron con facilidad en el patio y en la casa. Encontraron espíritus en tres de las habitaciones, y el mayor de ellos, como era de esperar, en el dormitorio principal.
En el salón sintieron que un espíritu se había vinculado con un puma de piedra el cual habíamos traído como recuerdo de nuestro trabajo misionero en Bolivia.
Cuando volvimos a casa destruimos el puma al igual que algunas máscaras ceremoniales animistas que neciamente habíamos colocado en la pared del salón. La siguiente vez que el grupo de intercesión se reunió, sintió que la atmósfera era distinta y que la casa había sido limpiada.
El monstruo con ojos verdes de Wagner
Aquel incidente con los espíritus fue una experiencia de aprendizaje tan importante para mí que la relaté en una columna de la revista Christian Life. Entonces no sabía que algunos estudiantes la pondrían en el «Tablón de Declaraciones» del Seminario Fuller, convirtiéndola en el centro de un fuerte debate que duró aproximadamente dos semanas en el campus de la universidad. El «monstruo con ojos verdes» de Wagner se convirtió en un asunto de broma y en motivo de ridiculez para muchos, mientras que otros lo defendían principalmente contando experiencias semejantes. Uno de los resultados fue que se me llamó al despacho del presidente del seminario para explicar mi más bien polémico comportamiento.
Aunque aquella experiencia fue dolorosa, mucho del daño se alivió pocas semanas después al recibir una carta de Irene Warkentin, de Winnipeg, Manitoba.
Irene se presentaba como profesora y socióloga de buenas credenciales académicas, y me dijo lo mucho que había significado para ella mi columna en Christian Life. Explicó que Kevin, su hijo de cinco años, había estado experimentando fuertes calambres en las piernas que no tenían explicación médica. Ella los identificó con los calambres de Doris que yo describía en mi artículo, y fue a la habitación del niño pidiéndole a Dios que le mostrara lo que andaba mal. «Y allí estaba—decía en la carta—: la estatua de un perro traída de un país extranjero». Irene recibió una palabra clara del Espíritu Santo en cuanto a que debía destruir aquella estatua.
Después de hacer lo que estoy llamando una oración de guerra, la mujer llevó la estatua del perro al garaje y la destruyó con un martillo.
La carta sigue diciendo: «Casi todo aquello lo había hecho con temor reverente, pero cuando destruí ese perro la emoción que experimenté fue de ira. Estaba tan airada que golpeé al perro con vehemencia».
Yo diría que aquello tuvo un significado especial, ya que Irene Warkentin es menonita y una mujer muy pacífica por naturaleza.
Luego explica que la ira la dejó por completo y, naturalmente, también los calambres de las piernas de Kevin desaparecieron de una vez por todas.
Otras opiniones
Me volví tan inseguro a causa del ridículo que me habia traído el escribir aquella columna en Christian Life, que comencé a preguntarme si no habría perdido la cabeza. De manera que lo que hice fue escudriñar la literatura disponible para ver si otros concordaban conmigo.
Me sentí animado al descubrir que el dirigente anglicano de origen británico Michael Harper había tenido experiencias semejantes a la mía. De un modo bastante inesperado, Harper comenzó a experimentar en determinado momento sentimientos angustiosos de abatimiento y temor durante la noche, especialmente miedo a la muerte. Esto era tan poco corriente en él que le hizo preocuparse, particularmente al ver que dichos sentimientos se iban haciendo cada vez más intensos.
Michael Harper pronto llegó a la convicción de que la casa que su familia ocupaba desde hacía poco, un edificio bastante antiguo, tenía «algo desagradable». De manera que llamó a Robert Petipierre, un monje benedictino anglicano, para que pasara allí una noche e hiciera algunas oraciones de guerra. Petipierre «celebró en la casa un culto de comunión y exorcizó cada una de las habitaciones» según el ritual prescrito por la Iglesia anglicana para tales casos. Según cuenta Michael Harper. «A partir de aquel día, la atmósfera de nuestra casa cambió y no se volvieron a repetir las experiencias que he referido».11
El mismo Dom Robert Petipierre editó el informe de una comisión especial convocada por el obispo de Exeter en 1972 para investigar tales temas. Dicho obispo describía la situación que le había llevado a formar la citada comisión investigadora como una tendencia dentro de la Iglesia de Inglaterra a «considerar el exorcismo como un ejercicio de magia blanca o la supervivencia de una superstición medieval». Por lo general, esta práctica llevaba adscrita una connotación negativa. Al obispo de Exeter le preocupaba que los dirigentes anglicanos hubieran casi pasado por alto los «aspectos positivos [del exorcismo] como una extensión de las fronteras del reino de Cristo y una demostración del poder de la resurrección para vencer al mal y sustituirlo por el bien».12
El informe descubría que sitios tales como las iglesias, las casas, las ciudades y el campo pueden ser «perturbados o influidos por una variedad de causas como espíritus, encantamientos, pecados humanos, memorias del lugar, actuaciones síquicas o de espíritus burlones e influencias demoniacas».13
Respetados dirigentes cristianos, como la misionera Vivienne Stacey, hablan acerca de expulsiones de demonios de casas encantadas en Pakistán.14 El pastor James Marocco describe la opresión sobre la isla hawaiana de Molokai.15 Don Crawford, por su parte, cuenta de la ocupación de un árbol por espíritus en Indonesia.16 Y la lista podría ampliarse más y más.
¿DEMONIOS TRAS LOS ARBUSTOS?
Me doy perfecta cuenta de que a muchos les molesta la idea de que los espíritus puedan vincularse y se vinculen a objetos materiales, casas o territorios. Una expresión corriente utilizada algo a la defensiva por ciertas personas es que la gente como Wagner o Petipierre, Collingridge o Irene Warkentin, «ven demonios detrás de cada arbusto».
Debo decir que entre las docenas de dirigentes cristianos que conozco y que participan en ministerios de liberación responsables, todavía no he encontrado a ninguno que pretenda que hay demonios detrás de cada arbusto. Concordamos sí, en que hay espíritus detrás de algunos arbustos, y que en la medida que seamos capaces de discernir, por el poder del Espíritu Santo, de qué arbustos se trata y de la naturaleza especifica de las infestaciones demoniacas, podremos tomar con más facilidad autoridad sobre ellos en el nombre de Jesús y reclamar el territorio que han usurpado para el reino de Dios.
En el presente libro quiero tratar de emplear ese discernimiento. Deseo tomar en serio la advertencia de C. S. Lewis en Cartas a un diablo novato, cuando dice: «Hay dos errores equivalentes y opuestos acerca de los demonios en los cuales puede caer nuestra raza: uno es no creer en su existencia, y el otro es sentir un interés excesivo y malsano por ellos. Ellos, por su parte, se sienten complacidos con ambos errores, y saludan con el mismo deleite a un materialista y a un mago».17
PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN
1.      ¿Qué piensa usted acerca de la experiencia de Rick Collingridge con el «diablo del agua»? ¿Ha visto u oído alguna vez algo parecido?
2.      Muchas personas creen que puede haber casas encantadas. ¿Son capaces también los espíritus malos de controlar territorios enteros?
3.      Hable de la relación que hay entre los ídolos físicos y los espíritus demoniacos.
4.      Cuando Doris Wagner vio a aquel espíritu en su dormitorio, lo primero que experimentó fue miedo y luego ira. ¿Puede usted identificarse con esas emociones?
5.      Desarrolle el doble tema de no ver demonios en absoluto o de ver demasiados de ellos.
CAPÍTULO CINCO
Territorialidad: Entonces y ahora
El libra de Apocalipsis contiene el relato más sostenido de guerra espiritual en el nivel estratégico de toda la Biblia. Cuando la trama se perfila aparece un poderoso ser demoniaco personificado por una ramera, tan feroz enemiga del evangelio que está ebria de la sangre de los cristianos perseguidos y martirizados.
Lo que resulta notable es que el apóstol Juan, que llegado a aquella fase de su visión reveladora ya había visto prácticamente de todo, se quedó «asombrado con gran asombro» al contemplarla (Apocalipsis 17:6). Debe haber sido imponente.
Esta ramera de Apocalipsis 17 es con toda probabilidad el espíritu territorial más influyente mencionado en la Escritura. En primer lugar había tenido relaciones sexuales, al parecer de un modo habitual, y había llegado a ser una sola carne con los dirigentes políticos terrenales: los «reyes de la tierra». No se nos dice si esto implica súcubo, pero el lenguaje no excluye tal posibilidad.
Se nos dice que esta perversa y obscena criatura «está sentada sobre muchas aguas» (Apocalipsis 17:1). ¿Y cuáles son esas aguas? «Las aguas que has visto … son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas» (Apocalipsis 17:15). Aquí tenemos una referencia explícita de un ser espiritual perverso que ha conseguido el más alto nivel de control malicioso sobre diversos tipos de redes sociales humanas. A esta clase de ser le he estado llamando «espíritu territorial».
ESPÍRITUS Y TERRITORIOS
La idea de que a los espíritus se les asignan áreas geográficas, grupos culturales, naciones o—como dice el informe del obispo de Exeter—«campos», no ha recibido mucha atención ni despertado demasiado interés en los eruditos. Hace poco me tomé la molestia de examinar todos los libros del Seminario Teológico Fuller clasificados en el catálogo bajo «angelología» o «demonología», para ver cuántos de esos autores trataban el tema de la territorialidad espiritual. De las 100 obras inspeccionadas, sólo cinco de ellas hacían alguna referencia a los territorios, y de esas cinco únicamente tres trataban un poco los temas, aunque de forma claramente secundaria.
Lo que sí encontré al seguir investigando fueron fragmentos y párrafos de diversos autores en libros ya agotados, publicaciones periódicas, trabajos de investigación, secciones en otros libros, y demás fuentes la mayoría de las cuales no se hallan en la biblioteca del seminario. Reuní 19 de esas fuentes en el libro Engaging the Enemy [Comprometiendo al enemigo, Regal Books], del cual he encontrado muchos de utilidad. El interés en el tema de la territorialidad parece ir rápidamente en aumento, por lo menos en aquellos círculos con los que estoy en contacto.
La profesora de Yale Susan Garrett, que enfoca el asunto no tanto como guerrera de oración, sino más bien como erudita en temas bíblicos, resume sus hallazgos en The Demise of the Devil [El fallecimiento del diablo]—libro que ya he mencionado antes—diciendo que las tinieblas estaban puestas como un sudario sobre el mundo en que se escribió el Nuevo Testamento. «Las regiones tenebrosas son el reino de Satanás, príncipe de este mundo, quien durante eones se ha sentado parapetado y bien protegido, rodeado por sus muchas posesiones a manera de trofeos. Sus demonios mantienen cautivos a los enfermos y poseídos, y también los paganos están sujetos a su dominio, dándole el honor y la gloria debidos a Dios».1
Susan Garrett no sólo menciona a los gentiles como un grupo humano específico, sino que explica asimismo que «Lucas cree que hay poblaciones humanas enteras que han estado durante mucho tiempo bajo la autoridad de Satanás, dándole a él la gloria gustosamente y acatando sus órdenes».2
En la actualidad cada vez hay más gente interesada en descubrir el significado de todo esto, y particularmente la aplicación que pueda tener tanto para la evangelización mundial como para el mejoramiento de la sociedad humana. Creo que sería útil mirar un poco más de cerca el tema de la territorialidad entonces—en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamentos—y ahora, desde el punto de vista de los antropólogos y de los expertos en misiones contemporáneas.
LA TERRITORIALIDAD EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
A lo largo del Antiguo Testamento resulta evidente que los pueblos de aquel entonces—incluso Israel, desgraciadamente, en algunos momentos—consideraban que los dioses, deidades, espíritus o potestades angélicas de varias clases tenían jurisdicción territorial. Un ejemplo prominente de esto es la ardiente aversión que sentía Jehová Dios por los lugares altos. Pasajes tales como Números 33.52, que ordena a los hijos de Israel destruir «todos sus ídolos de piedra, y todas sus imágenes de fundición, y … todos sus lugares altos» abundan demasiado como para catalogarlos. Como ya indiqué en el capítulo anterior, aquellas piedras, imágenes y lugares altos eran algo más que arte nativo. Muchos de ellos se habían convertido en la morada literal de espíritus demoniacos, llamados más tarde en el Nuevo Testamento principados y potestades.
Algunas de las expresiones más vehementes de la ira de Dios están relacionadas con israelitas que, en vez de destruir los lugares altos, adoraron y sirvieron a los seres demoniacos que ocupaban. Acaz fue uno de ellos, quien «hizo también lugares altos en todas las ciudades de Judá, para quemar incienso a los dioses ajenos, provocando así a ira a Jehová el Dios de sus padres» (2 Crónicas 28:25). ¿Y cuál fue el resultado? «Fueron éstos su ruina, y la de todo Israel» (2 Crónicas 28:23). Vez tras vez Dios tuvo que ejecutar juicio y castigar a Israel por lo que los profetas denominaron adulterio espiritual. Uno de dichos juicios fue la cautividad babilónica.
EL PENTATEUCO
El Pentateuco nos proporciona uno de los textos claves para comprender la territorialidad de los seres espirituales. Forma parte del Cántico de Moisés en Deuteronomio 32:8. Por desgracia su significado está oscuro en la mayoría de las versiones traducidas del hebreo o del texto masorético. Por ejemplo, la versión Reina-Valera de 1960, dice:
Cuando el Altísimo hizo heredar a las naciones,
Cuando hizo dividir a los hijos de los hombres,
Estableció los límites de los pueblos
Según el número de los hijos de Israel.
El problema surge con la expresión «hijos de Israel», que tendría poco que ver con el gobierno de territorios por los espíritus. Sin embargo, eruditos como F.F. Bruce nos explican que gracias a ciertos descubrimientos hechos en los rollos del Mar Muerto que se encontraron en la Cueva número 4 de Qumrán, ahora sabemos que la versión de la Septuaginta, traducción griega del hebreo realizada unos 250 años antes del nacimiento de Cristo, representa con más exactitud el texto original. En vez de decir que Dios estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel, la Septuaginta nos informa que El lo hizo «según el número de los ángeles de Dios». Una crucial diferencia como poco.
F.F. Bruce expresa: «Esta lectura implica que la administración de las diferentes naciones ha sido repartida entre un número correspondiente de potestades angélicas». Y luego pasa a desarrollar esto trasladando sus implicaciones a Daniel 10, donde se menciona al «príncipe de Persia» y al «príncipe de Grecia». Además vincula el asunto con el Nuevo Testamento, diciendo que «en varios lugares, por lo menos algunos de estos gobernadores angélicos se describen como principados y potestades hostiles: los «gobernadores de las tinieblas de este siglo de Efesios 6:12».3
Volviendo atrás, de Moisés a Abraham, recibimos más luz acerca de la territorialidad espiritual en tiempos del Antiguo Testamento. Al analizar el contexto espiritual de Ur de los caldeos y de la civilización sumeria de la cual Dios hizo salir a Abraham, el erudito bíblico Don Williams señala que los sumerios estaban dominados por un «panteón de dioses» y «el gobierno centralizado se consideraba como el regalo de ellos, que hacía posible la vida». Un espíritu territorial llamado Enlil encabezaba la jerarquía divina, pero gobernaba en consulta con un consejo celestial. «Cada ciudad era propiedad de su dios, y los ciudadanos de la misma esclavos de éste». Abraham fue el primero de ellos que comprendió que Jehová era el Rey de todo el universo.4 La diferencia entre Dios y los espíritus territoriales comenzaba a aclararse.
LIBROS HISTÓRICOS
Israel estaba en guerra con Siria (Aram) casi 900 años antes de Cristo. Ben-Hadad, el rey sirio, planeaba su estrategia militar y sus consejeros le dijeron que los dioses de los israelitas eran dioses de los montes, mientras que aquellos de los sirios lo eran de las llanuras. Por lo tanto debía disponer las cosas de tal manera que la batalla se llevara a cabo en los llanos (véase 1 Reyes 20:23). Esto demuestra que los sirios consideraban que los espíritus gobernadores tenían, si no jurisdicción territorial por lo menos topográfica. Nada en este pasaje, ni en el resto del Antiguo Testamento, contradice su idea de que los espíritus territoriales gobernaran áreas geográficas determinadas. Se supone que estaban en lo cierto. Su gran error era el que consideraban a Jehová Dios simplemente como un espíritu territorial más.
Por esto Dios levantó entonces a un profeta para decirle a Acab, rey de Israel: «Por cuanto los sirios han dicho: Jehová es Dios de los montes, y no Dios de los valles, yo entregaré toda esta gran multitud en tu mano, para que conozcáis que yo soy Jehová» (1 Reyes 20:28). ¡La batalla resultó ser de un solo día! Los israelitas, en inferioridad numérica, mataron a 100.000 soldados sirios en una única jornada, demostrando en forma terminante que Jehová era Dios de los montes, de los valles y, si vamos a ello, del universo entero.
Gran parte del Antiguo Testamento se basa en la suposición de que ciertos seres espirituales ejercen dominio sobre esferas geopolíticas.
Uno de los tratamientos más detallados de la naturaleza territorial de los «dioses» paganos lo encontramos en 2 Reyes 17. Israel estaba muy mal espiritualmente y se edificaron «lugares altos en todas sus ciudades» (2 Reyes 17:9) asimismo «levantaron estatuas e imágenes de Asera en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso» (2 Reyes 17:10), provocando al Señor a ira porque «servían a los ídolos, de los cuales Jehová les había dicho: Vosotros no habéis de hacer esto» (2 Reyes 17:12). Y por si ello no fuera suficientemente malo, «adoraron a todo el ejército del cielo», sirvieron a Baal, sacrificaron a sus hijos al dios del fuego y practicaron la brujería (ver 2 Reyes 17:16, 17). Dios reaccionó decisivamente «y los quitó de delante de su rostro» (2 Reyes 17:18), por lo cual los asirios entraron en su tierra y pusieron en ella colonos de muchas naciones.
Los nuevos inmigrantes también importaron sus espíritus y fabricaron imágenes y santuarios apropiados para personificarlos. Los espíritus en cuestión tenían nombres específicos, y se nos dice que los colonos procedentes de Babilonia hicieron a Sucotbenot, los de Cuta hicieron a Nergal y los de Hamat hicieron a Asima, los aveos hicieron a Nibhaz y a Tartac, y los de Sefarvaim quemaban a sus hijos en el fuego para adorar a Adramelec y Anamelec (2 Reyes 17:29–31). No hay duda de que cada grupo étnico se consideraba bajo la influencia directa de un principado específico cuyo nombre y cuyas costumbres conocían bien, y a quien estaban sometidos.
LOS PROFETAS
En una palabra dada al profeta Jeremías contra Babilonia y la tierra de los Caldeos, Dios declaró: «Tomada es Babilonia, Bel es confundido, deshecho es Merodac; destruidas son sus esculturas, quebrados son sus ídolos» (Jeremías 50:2, 3). La palabra «Bel» o «Baal» es un nombre genérico que significa «Señor», y aquí se aplica a Merodac como Señor Merodac. Este era el «dios estatal de Babilonia»5 o el espíritu territorial de más alto rango sobre aquella nación.
En el capítulo 3 mencioné ese pasaje aclaratorio de Daniel 10 donde se nombran específicamente al «príncipe de Persia» y al «príncipe de Grecia». No es necesario repetir aquí los detalles, basta con reiterar el concepto de territorialidad. Los eruditos del Antiguo Testamento Keil y Delitzsch llegan a la conclusión de que el «príncipe de Persia» es en realidad el demonio del reino persa. Se refieren a él como «el poder espiritual sobrenatural detrás de los dioses nacionales, al que podemos llamar propiamente el espíritu guardián del reino».6
En resumen, sin proporcionar muchos detalles, parece ser que gran parte del Antiguo Testamento se basa en la suposición de que ciertos seres espirituales ejercen dominio sobre esferas geopolíticas. Y no sólo eso, sino que es importante resaltar que estos conceptos pasaron a través del período intertestamentario al pueblo judío de la época del Nuevo Testamento. Oscar Cullman dice: «Esta creencia judía posterior, abundantemente confirmada, de que todos los pueblos son gobernados mediante ángeles, está presente de un modo particular, en El libro de Daniel, en La sabiduría de Jesús, Hijo de Siracy en El Libro de Enoc, y también se puede encontrar en el Talmud y la Midrash … El poder político terrenal existente se ejerce en la esfera de esas potestades angélicas».7
EL NUEVO TESTAMENTO
Empecé este capítulo citando la ramera de Apocalipsis 17, que constituye el ejemplo más explícito que he encontrado en el Nuevo Testamento de un espíritu demoniaco con dominio sobre naciones y pueblos. La conclusión de Susan Garrett, en su detallado estudio de los escritos de Lucas, es que «Lucas considera a Satanás como un ser poderoso que tiene bajo su autoridad a gran parte del mundo. El controla a los individuos mediante la enfermedad y la posesión demoniaca, y tiene dominio sobre reinos enteros cuyos habitantes viven en las tinieblas de la idolatría adorándolo y dándole la gloria sólo debida a Dios».8
Es obvio que Satanás tiene control sobre los reinados. Cuando Jesús fue tentado en el desierto Satanás mostrándole todos los reinos de este mundo le dijo: «Todo esto te daré, si postrado me adorares». (Mateo 4:9).
LOS PRINCIPADOS Y LAS POTESTADES
Durante décadas, desde la Segunda Guerra Mundial y las atrocidades nazis, los teólogos han discutido entre sí sobre las implicaciones de Efesios 6:12: «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades …» ¿De qué manera exacta se relacionan diariamente los principados y las potestades espirituales con la carne y la sangre como son las naciones o los gobiernos humanos? ¿Sería posible que hubiera en realidad fuerzas espirituales dirigiendo los asuntos de los hombres? Y en tal caso … ¿cuál es su naturaleza? Algunos de los nombres más importantes asociados con este debate son G.B. Caird, Markus Barth, Heinrich Schlier, Richard Mouw, John Howard Yoder y Hendrik Berkhof. Uno de los más influyentes en nuestros días es Walter Wink.
Las estructuras sociales, como los seres humanos endemoniados, pueden ser liberadas de la opresión demoniaca mediante la oración de guerra … la historia pertenece a los intercesores.
Aunque Walter Wink y yo tal vez no veamos exactamente igual la naturaleza de esas fuerzas espirituales, sí concordamos en que algo perverso, que no puede explicarse simplemente con analizar la naturaleza humana—por depravada que ésta sea—o mediante la aplicación de los principios sociológicos, está actuando a través de la sociedad. Wink argumenta que los cristianos primitivos concebían que cada «nación, tribu, pueblo y lengua» estaba «presidida por una potestad espiritual».9
El cita, al igual que lo he hecho yo, Deuteronomio 32:8, 9 y Daniel 10, los cuales, según dice, «proporcionan el cuadro más completo de la Biblia de esos ángeles y de las naciones».10 Aunque Wink no utiliza el término «oración de guerra», está de acuerdo en que la oración es nuestra mayor arma espiritual, y afirma: «Este nuevo elemento en la oración—la resistencia de las potestades a la voluntad de Dios—da decisivamente al traste con la idea de que Dios es la causa de todo lo que sucede … La oración nos cambia a nosotros, pero cambia también lo que es posible para Dios».11 Una de sus afirmaciones clásicas es que «la historia pertenece a los intercesores».12 Estoy totalmente de acuerdo.
En cuanto a la naturaleza de las potestades, Wink no cree que sean seres celestiales trascendentes, sino más bien «la verdadera espiritualidad interna del ente social en cuestión».13 Por su parte, Ronald Sider, del Seminario Bautista del Este, considera que dichas potestades se refieren «tanto a las estructuras sociopolíticas de la sociedad humana como a las fuerzas espirituales invisibles que subyacen a las mismas, están detrás de ellas y de alguna manera misteriosa ayudan a modelarlas».14
Aunque respeto profundamente el trabajo de estos eruditos y concuerdo con su deseo de desenmascarar a las potestades invisibles que hay tras las estructuras visibles, ya he dejado claro hasta aquí que mi postura es que los principados y las potestades son, para ser muy específico, espíritus malos o demonios.
Estoy de acuerdo con Leon Morris, que afirma que no podemos comprender claramente el concepto que tenía Pablo de la obra salvadora de Cristo «a menos que la contemplemos contra el telón de fondo del mal y de la futilidad que hay en este mundo, un mundo poblado por malos espíritus y por gente mala».15
Al decir esto, quiero afirmar mi conformidad con Wink, Sider y los otros en cuanto a que las mismas estructuras sociales pueden considerarse como controladas por demonios. Pero según mi modo de pensar éstas son simplemente las entidades visibles que las fuerzas invisibles demoniacas están utilizando para sus propios fines de un modo bastante parecido a como harían con un ídolo—aunque el ídolo no sea sino un pedazo de madera o de piedra.
Una persona endemoniada no es en sí alguien diabólico, sino más bien la víctima de una poderosa fuerza demoniaca. Del mismo modo, las estructuras sociales no constituyen, en sí mismas, algo del diablo, pero pueden estar—y a menudo lo están—controladas por algunas personalidades demoniacas sumamente perniciosas y dominantes a las que yo llamo espíritus territoriales.
La visión por la que abogo permite por lo menos una teología de la esperanza y abre la posibilidad de que las estructuras sociales, al igual que los seres humanos endemoniados, puedan ser liberados de la opresión demoniaca mediante la oración de guerra. Esta es la razón por la cual creo que la historia pertenece a los intercesores.
ARTEMISA DE LOS EFESIOS
La hipótesis de que el choque de poder de Pablo con el brujo Barjesús, o Elimas, en Chipre implicaba a un espíritu territorial, sería defendible. Sin embargo, no se nombra a dicho espíritu y no hay nada específico en el texto que pudiera imponer o negar tal conclusión (véase Hechos 13:6–12). Esa es también la situación cuando Pablo echó al espíritu de adivinación de la chica esclava en Filipos (véase Hechos 16:16–24). Tengo la fuerte sospecha de que se trataba de un espíritu territorial, pero no hay pruebas concluyentes para afirmarlo.
La historia del ministerio de Pablo en Efeso es distinta. Aquí sí tenemos el nombre del espíritu gobernante: Diana (su nombre romano) o Artemisa (su nombre griego) de los efesios.
Clinton E. Arnold, de la Facultad de Teología Talbot, es un erudito del Nuevo Testamento que se ha especializado en el libro de Efesios y que nos ayuda a comprender las implicaciones de guerra espiritual que tiene la epístola. Arnold se lamenta: «Pocos especialistas en el Nuevo Testamento han hecho referencia al culto de Artemisa como un dato importante en el trasfondo de Efesios, y menos aún como algo a tener en cuenta en la enseñanza de las ‘potestades’ hostiles».16 Clinton E. Arnold piensa que intentar comprender el tema de los principados y las potestades de Efesios sin referirse al culto de Artemisa es una equivocación.
Una de las razones por las que concuerdo con Arnold es que los dirigentes de la ciudad de Efeso se sintieron tan inquietos con el ministerio del apóstol que temieron que el templo de la diosa Diana sería despreciado y su magnificencia destruida (véase Hechos 19:27). Ellos alardeaban de que «toda Asia, y el mundo entero» la adoraban (v. 27), y el escribano proclamó: «¿Quién es el hombre que no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter?» (Hechos 19:35). La investigación histórica de Clinton Arnold confirma que Artemisa era adorada en Colosas, Laodicea, Hierápolis y toda Asia.
El poder de Artemisa era imponente. Arnold explica: «Una característica indiscutible de la Artemisa efesia es el insuperado poder cósmico que se le atribuía». Y sigue diciendo que, debido a sus poderes supranaturales, «podía mediar entre sus seguidores y el hado cruel que los asediaba». La llamaban «Salvador», «Señor» y «Reina del Cosmos», llevaba alrededor de su cuello los signos del zodíaco y «poseía una autoridad y un poder superiores a los del hado astrológico».17
LA LIBERACIÓN DEL PODER EVANGELÍSTICO
Creo que no nos equivocaremos mucho si consideramos a Artemisa de los efesios como un espíritu territorial y comprendemos la posible relación que tuvo el debilitarla a ella con la evangelización del territorio que dominaba.
Ciertamente, en Efeso «crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor» (Hechos 19:20). No sólo surgió allí una iglesia vigorosa, sino que aquella ciudad llegó a ser un centro evangelístico para toda la región, hasta el punto de que «todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús» (Hechos 19:10).
Algunas fuentes históricas de la época, aparte de la Biblia, revelan también la creencia de los cristianos primitivos acerca de Artemisa. Arnold cita de Los Hechos de Andrés un texto que habla de que había una multitud de demonios en una roca cercana a la estatua de la diosa.18
Ramsay MacMullen, historiador de Yale, considera gran parte de la cristianización del imperio romano como un choque de poder entre el cristianismo y las fuerzas demoniacas internas del imperio.
MacMullen extrae de Los Hechos de Juan uno de los enfrentamientos acaecidos, que implica a Artemisa. Presuntamente, y al contrario que el apóstol Pablo, Juan habría entrado en el mismo templo de Artemisa para librar una guerra espiritual en el nivel estratégico. Según se cuenta, él habría hecho la siguiente oración de guerra:«Oh Dios … ante cuyo nombre todo ídolo huye y también todos los demonios y los poderes inmundos. ¡Que el demonio que está aquí salga ahora en tu nombre!» En ese mismo momento, sigue diciendo el relato, el altar de Artemisa se partió en trozos y la mitad del edificio se derrumbó.19
La historia nuevamente indica que esto tuvo un efecto directo sobre la evangelización. Los Hechos de Juan registran que, como resultado de aquel choque de poder efectuado por Juan, los efesios dijeron: «Nos convertimos ahora que hemos visto tus obras maravillosas». El estudio de Clinton Arnold, por su parte, señala: «La afluencia y la expansión del cristianismo produjo con el tiempo la extinción del culto de la Artemisa Efesia».20

1 O. Bocher, “Wilderness”, The New International Dictionary of New Testament Theology, Colin Brown, ed., Vol. 3, pp. 1005, 1008 (Grand Rapids, MI: Zondervan Publishing House, 1978).
2 Colin Brown, That You May Believe: Miracles and Faith Then and Now (Grand Rapids, MI:Wm. B. Eerdmans Pub. Co., 1985).
3 C. Peter Wagner, How to Have a Healing Ministry (Ventura, CA:Regal Books, 1990), pp. 102–103).
4 W. Gunther, “Fight”, Dictionary of the New Testament Theology, Vol 1, p. 650.
5 Timothy M. Warner. “Deception: Satan’s Chief Tactic”, Wrestling with Dark Angels, C. Peter Wagner and F. Douglas Pennoyer, eds. (Ventura, CA: Regal Books, 1990), pp. 102–103.
6 La influyente trilogía de Walter Wink incluye: Nombrando a las potestades, Desenmascarando a las potestades y Confrontando a las potestades. Todos ellos han sido publicados por Fortress Press.
7 Charles H. Kraft, “Encounters in Christian Witness”, Evangelical Missions Quarterly, julio de 1991, pp 258–265.
8 D. Mueller, “Height”, Dictionary of New Testament Theology, Vol. 2, p. 200.
9 Susan R. Garrett, The Demise of the Devil: Magic and Demonic in Luke’s Writings (Minneapolis, MN: Fortress Press, 1989), p. 84.
10 Clinton E. Arnold, Ephesians: Power and Magic (Cambridge, England: Cambridge University Press, 1989), pp. 14, 18.
11 Ibid., p. 1.
12 Garrett, The Demise of the Devil, p. 97.
13 Ibid., p. 86.
14 Ibid., p. 101.
15 Ibid., pp. 108–109.
1 George Schwab Tribes. Tribes of the Liberian Hinterland (Cambridge, MA: Report of the Peabody Museum Expedition to Liberia, 1947) p. 163.
2 Este caso está tomado de la disertación “Demonios e ídolos” escrito por Richard Collingridge mientras estudiaba en el Seminario Teológico Fuller en abril de 1986.
3 Roy Rosedale, “Mobil Training Centers: Key to Growth in Thailand”, Evangelical Missions Quarterly, octubre de 1989, pp. 402–409.
4 Paul Eshleman, I Just Saw Jesus (San Bernardino, CA: Camous Crusade for Christ, 1985, p. 112.
5 Ibid.
6 Esta hipótesis se publicó primeramente en el capítulo “Territorial Spirits” de Wrestling with Dark Angels, editado por C. Peter Wagner y F. Douglas Pennoyer (Ventura, CA: Regal Books, 1990) p.77.
7 George Eldon Ladd, A Theology of the New Testament (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1974), pp. 400–401.
8 Leon Morris, The First Epistle of Paul to the Corinthians: An Introduction and Commentary (Grand Rapids, Ml: Wn. B. Eerdmans Publishing Company, 1958, p. 147.
9 Leland Webb, “Spiritual Warfare: Reports from the Front”, The Commission, febrero-marzo de 1991, p. 30.
10 David W. Shenk y Ervin R. Stutzman, Creating Communities of the Kundom (Scottdale, PA: Herald Press, 1988), p. 69.
11 Michael Harper, Poder para vencer (Caparra Terrace, Puerto Rico: Editorial Betania, 1982), pp. 129–130.
12 Dom Robert Petipierre, ed., Exorcism: The Report of a Commission Convened by the Bishop of Exeter (Londres, Inglaterra: S.P.C.K., 1972), p. 9
13 Ibid., pp. 21–22
14 Vivienne Stacey, “The Practice of Exorcism and HealingMuslims and Christians on the Emmaus Road, J. Dudley Woodberry, ed. (Monrovia, CA: MARC, 1989), pp. 298–300.
15 James Marocco, “Territorial Spirits”, estudio escrito en el Seminario Teológico Fuller, 1988, p.5.
16 Don Crawford. Miracles in Indonesia (Wheaton, IL: Tyndale House Publishers, 1972), p. 144.
17 C.S. Lewis, The Screwtape Letters (Nueva York, NY: Macmillan, 1962), p. 3.
1 Susan R. Garrett, The Demise of the Devil (Minneapolis, MN: Fortress Press, 1989), p. 101.
2 Ibid., p. 40.
3 F.F. Bruce, The Epistle to the Hebrews (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1964), p. 33.
4 Don Williams, Signs, Wonders and the Kingdom of God (Ann Arbor, MI: Vine Books, Servant Publications, 1989), p. 35.
5 Interpreter’s Dictionary of the Bible (Nashville, TN: Abingdon Press, 1962), Vol. 1, p. 376
6 C.F. Keil, Biblical Comentary on the Book of Daniel (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1949), p. 416.
7 Osear Cullman, “The Subjection of the Invisible Powers”, Engaging the Enemy. C. P8. Peter Wagner, ed. (Ventura, CA: Regal Books, 1991), p. 195.
8 Garrett, The Demise of the Devil, p. 43.
9 Walter Wink, Unmasking the Powers (Filadelfia, PA:Fortress Press, 1986), p.88
10 Ibid, p. 89.
11 Ibid., p. 91.
12 Walter Wink, “Prayer and the Powers”, Sojourners, octubre 1990, p. 10.
13 Wink, Unmasking the Powers, p. 88.
14 Ronald J. Sider, Christ and Violence (Scottdale, PA: Herald Press, 1979), p. 50.
15 Leon Morris, New Testament Theology (Grand Rapids, MI: Academie Books, Zondervan Publishing House, 1986), p. 66.
16 Clinton E. Arnold, Ephesians: Power and Magic (Cambridge, England: Cambridge University Press, 1989), p. 27.
17 Ibid., p. 21
18 Ibid., p. 27.
19 Ramsay MacMullen, Christianizing the Roman Empire, A.D. 100–400 (New Haven, CT: Yale University Press, 1984), p. 26.
20 Arnold, Ephesians, p. 28.